sábado, 31 de octubre de 2026

ESPECIAL DE HOY SÁBADO: UNA DENTELLADA DE DESGRACIA, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA

 





En el museo Metropolitano de Nueva York me fijé por primera vez en la cabeza de leona de la diosa Sekmet. Era una exposición sobre los saberes de la medicina en el Antiguo Egipto. En un vestíbulo en penumbra, que tenía una atmósfera inevitable de templo, relucía la superficie muy pulida del basalto, la diosa sentada en su trono, esculpida a una escala mayor que la humana, con una majestad definitiva, una serenidad amenazante. Sekmet es la diosa de la guerra y la peste, de la desgracia súbita y de la curación. Su aliento de fuego asolaba la vegetación y expandía el desierto. Cuando Ra, asustado por la iniquidad de los seres humanos, decidió exterminarlos, Sekmet avanzaba sobre la tierra extendiendo la mortandad universal como una gran mancha de sangre. El Jehová del Génesis tuvo un arrepentimiento parecido.

Me acuerdo de aquella cabeza de la diosa leona cada vez que tengo miedo de que una desgracia sin remedio irrumpa en las vidas de las personas que quiero, o desbarate de golpe una normalidad que cada día siento más frágil. La frontera entre la lucidez y el trastorno puede ser tan estrecha, y tan ambigua, como la que separa lo cotidiano de lo inaudito, la calma del horror. También la pesadumbre y la alegría pueden estar más conectadas entre sí de lo que muchas veces nos da a entender nuestro desaliento. Agazapada en los escenarios usuales de la vida, la leona Sekmet da un salto de relámpago y degüella a su presa indefensa de una dentellada. Y lo hace sin motivo, sin un propósito moral, sin el menor interés en la inocencia o la culpabilidad de la víctima, con la crueldad impasible de los grandes depredadores y de los fenómenos excepcionales de la naturaleza. En 1755, después de la catástrofe sucesiva del terremoto, el tsunami, el gran incendio de Lisboa, Voltaire conjeturó que no era verosímil creer en un Dios que administraba el mundo a través de una providencia justiciera: qué culpa tendrían que pagar los millares de ahogados anónimos, los sepultados, los consumidos por el fuego.

Hay pensamientos y sensaciones que no sabemos bien si las produce la lucidez o el trastorno, o una mezcla de los dos para la que no tenemos nombre. Una conciencia afligida o debilitada tiende a percibir que la realidad en torno suyo es más insegura y amenazante de lo que parece. El suelo que pisas es una delgada lámina de hielo. El mundo a tu alrededor es de una complejidad que de un momento a otro puede quedar desbaratada por el caos. El autobús enorme que se acerca a toda velocidad a la acera en la que tú aguardas o al paso de cebra que empiezas a pisar puede no detenerse a tiempo. Las personas digamos normales viven con la convicción inquebrantable de que los accidentes y las desgracias, si bien existen, les suceden exclusivamente a otros, casi todos ellos desconocidos. Esa visión sin duda insensata de las cosas ayuda sin embargo a circular razonablemente por la vida, al aliviar el presentimiento de un horror posible del que solo nosotros estaríamos exentos. Gente anónima muere por centenares en avalanchas de glaciares que se derrumban por las laderas del Himalaya, en terremotos que se abaten sobre barriadas de hacinamiento y miseria. Incluso los desastres más cercanos afectan con preferencia a otros. El espanto parece inseparable del alivio. Creerse particularmente a salvo es una ensoñación extendida y persuasiva de la que solo lo despierta a uno, cuando ya no hay remedio, la dentellada o el zarpazo, el aliento de fuego de la leona Sekmet en la nuca.

El trastorno, el malestar profundo que puebla de amenazas y sombras la vida diaria, puede que sea a veces una forma de lucidez. Las sombras andan por dentro, pero también están fuera, y son bien reales. Una persona de mente frágil rehúye por instinto los lugares contemporáneos en los que se congregan las multitudes y las máquinas, los estruendos de la velocidad, las complejidades formidables del funcionamiento tecnológico del mundo. Yo sé que hay épocas de mi vida en las que no puedo aventurarme solo —y con frecuencia ni siquiera acompañado— en un gran aeropuerto, o en una de esas estaciones de tren que son cada vez más parecidas a aeropuertos. Los ecos de la megafonía en bóvedas de metal y hormigón me asustan porque no comprendo lo que dicen esas voces. Al bajar por las escaleras mecánicas he tenido la sensación de que tras el último peldaño se abriría un gran foso que nos engulliría a todos con nuestros teléfonos y nuestras maletas de ruedas. En los controles de seguridad cada uno de nosotros, idéntico a los demás, era un maniquí o un monigote en una cadena de montaje. Desde la altura de una pasarela he visto bajo mis pies haces de trenes moviéndose adheridos los unos a los otros como cables o tuberías en las tripas de una maquinaria gigante. La omnipresencia de las pantallas repitiendo imágenes publicitarias tan circulares como pensamientos obsesivos me ha forzado a cerrar los ojos o a fijarlos en un libro para apaciguar el vértigo.

Una pastilla puede servir de alivio. Se pueden mitigar las turbulencias de la imaginación, pero quizás no al precio de anestesiar la realidad. Los peligros que amedrentan a la persona frágil o de sensibilidad extrema también amenazan a quien se cree a salvo de ellos. El conductor beodo o gamberro que se lleva por delante a una abuela en un paso de cebra puede acabar igual de fácilmente con la vida de un joven en la plenitud de sus reflejos. Los ancianos, los niños, los animales, las personas de alma atribulada de cualquier edad, son los sensores muy especializados que perciben lo que la mayoría prefiere no ver: lo desquiciado, lo desmedido del mundo, la avidez del crecimiento cuantitativo y la acumulación, la multiplicación de todo, al precio que sea, al límite del derrumbe: el delirio del crecimiento ilimitado en un planeta donde los recursos esenciales son muy limitados, las temperaturas cada vez más altas, las calamidades naturales más frecuentes. Como hace solo unos meses en Adamuz, o hace dos años en las inundaciones de Valencia, expertos de todo tipo se apresuran a analizar las causas del nuevo desastre ferroviario, mientras los familiares buscan y lloran a los muertos, y los carroñeros de la política se van afilando con deleite los colmillos. Le digo a mi amigo ingeniero que quizás algo que ocurre es que hay demasiados trenes discurriendo por las mismas vías, y como los ingenieros creen que no hay problema que no pueda resolver la ingeniería, incluso cuando se trata de problemas creados por ingenierías anteriores, mi amigo me dice: “Más aviones despegan y aterrizan a cada momento, y nunca pasa nada. Con mejores sistemas de control todo se resuelve”.

Ellos sabrán. Nosotros sabemos que ni la más sofisticada automatización evita un solo error calamitoso de un controlador aéreo, y que los pilotos denuncian un estado general de ansiedad y agotamiento: demasiados vuelos, complicaciones, informaciones instantáneas que el cerebro humano no puede asimilar. Escribió hace poco Timothy Garton Ash que solo un desastre de la gravedad de la bomba de Hiroshima forzará a los gobiernos y a las comunidades científicas a establecer un control efectivo de la inteligencia artificial, antes de que destruya la civilización tal como la conocemos. Pasarán días, semanas, y no tardaremos mucho en leer de nuevo cifras triunfales sobre aumento de viajeros, de trenes, de vuelos, de turistas, de ocupaciones hoteleras, sobre la urgencia de ampliar estaciones y aeropuertos, de abrir la competencia saludable a nuevas compañías, de construir trenes más veloces. Quizás no sea en las mentes propensas al desamparo y a la angustia donde haya que buscar los peores síntomas de la locura. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País.






















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