En la típica operación de falsa bandera, un grupo de “agentes provocadores” se infiltra en la protesta pacífica y provoca actos violentos para activar la reacción policial. Se llama de falsa bandera porque el objetivo es atribuir engañosamente a otros la violencia. En realidad es una campaña de desinformación, porque está diseñada para demostrar algo que sin ellos no sería cierto: que la manifestación es violenta o que la policía abusa de su poder. También es un ataque contra los derechos civiles, porque impide a la ciudadanía ejercer su derecho a reunirse y expresarse de forma pacífica sin poner en riesgo su integridad física o su libertad.
La legítima protesta de los estudiantes de París fue atacada por una operación de falsa bandera. El Gobierno de Francia ha señalado grupos coordinados, encapuchados y vestidos de negro, transformando las protestas estudiantes del 17 de octubre en disturbios, incendios y saqueos. También han identificado redes de desinformación vinculadas a Rusia (Storm-1516, Matryoshka, Operation Overload y Doppelgänger) agitando los disturbios y difundiendo desinformación para proyectar una imagen de caos y barbarie y capitalizar la indignación. Por ejemplo, difundieron imágenes de manifestantes usando pirotecnia masiva y de policías respondiendo con cañones de agua y gas lacrimógeno, que no eran de Francia sino de las protestas de Tiflis, capital de Georgia, en 2024.
Las redes prorrusas dieron visibilidad a los acontecimientos y difundieron relatos falsos, pero no fueron el origen de la manifestación. Fue una movilización genuina de personas enfadadas con las instituciones del Estado por motivos legítimos, utilizada por diferentes actores para instalar su versión alternativa de la realidad. Benjamín Netanyahu dijo que Francia había sufrido una invasión de extremistas del islam. “Cuando miro a Francia, cuando miras a Italia (…) eso no es por la escuela”, dijo en una entrevista. “Eso es sobre personas que entran a los países y odian al país”.
Los 300 que vandalizaron y robaron comercios en Barcelona y provocaron 33 incendios no lo hicieron por la escuela, pero tampoco fue una operación de falsa bandera porque no había una manifestación legítima que reventar. Según los Mossos, convocaron una quedada a través de TikTok y distribuyeron instrucciones precisas de cómo vestir, cómo actuar, y los objetivos a saquear por canales de WhatsApp y de Telegram. La táctica recuerda más a la campaña que animó a 80.000 personas a cruzar de Marruecos a Ceuta, o a las campañas rusas de cuentas falsas que se hacían pasar por ciudadanos estadounidenses durante las elecciones presidenciales de 2016. Los famosos bots rusos imitaban el lenguaje de los movimientos por los derechos civiles para convocar manifestaciones reales y forzar choques callejeros. Hoy todo eso se puede hacer con un centenar de agentes de IA y un ordenador.
Estas operaciones van a repetirse, y no pueden quitar legitimidad a ningún movimiento estudiantil que se moviliza contra la falta de soluciones a las crisis que condenan su futuro. Apoyar sus reivindicaciones es importante. Protegerlos de la violencia es fundamental. Tras dos años de protestas masivas en Serbia, iniciadas por estudiantes universitarios y gradualmente apoyadas por el resto del país, una lista de estudiantes le disputa por primera vez el poder al Gobierno proruso de Vucic. En Berlín recuperaron la ciudad. Las manifestaciones son el laboratorio de la nueva política, y dependemos de su potencia emergente para salir del callejón del bipartidismo, con la ultraderecha como única alternativa. No hace falta ser joven para luchar por una vida mejor. Marta Peirano es escritora. Publicado en El País.


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