Era como una ciudad dentro de la ciudad, cuentan los historiadores del lugar. Había sido un convento y, después de la Desamortización, se transformó en la Fábrica de armas de La Vega. Estamos en Oviedo. A finales de los años veinte del siglo pasado el edificio de la Escuela de Artes y Oficios empezó a ser operativo. Hoy es testimonio de un pasado industrial que define la identidad de la comunidad del mar y la mina. En una de las aulas de la escuela se lee este lema en la pared: “El trabajo todo lo vence”. En el distribuidor del que salen las escaleras para subir al primer piso otro lema dirigido a los que aprendieron cifras, letras y un oficio: “Amad y respetad esta escuela”. La fachada es de ladrillo visto y para entrar en el edificio hay unas escalerillas donde el jueves se montó el escenario. Allí cantó Patti Smith. Allí esa viejecita princesa con trenzas infantiles y camisa de leñador no pudo disimilar su alegre emoción: el público que la escuchaba era un coro que acompañó su interpretación de People have the power. En el estribillo dejó que cantasen y ella incrustó algunas verdades: votad, manifestaros, creedlo. Momento mágico.
Otro momento mágico. Esta vez transcurre en un no lugar, un espacio sin sentido. Transcurre una tarde en el jardín de un hotel en la Guadalajara de México. Hace dos años. Oviedo está muy lejos, pero está presente. Xuan Bello —escritor asturiano y en asturiano— estaba solo, no lo conocía, me acerqué, encendió un cigarrillo y ya no recuerdo por qué me describió con la magia de sus novelas aquel abrazo que le dio Felipe VI. Me dijo que tenía una misión: debía trasladarle un mensaje en apariencia sencillo por encargo del presidente de la Fundación Princesa de Asturias. “Dale recuerdos de mi parte”. Se los dio. El Rey lo abrazó. Xuan Bello quedó desconcertado. Seguía sin entender lo ocurrido mientras me contaba la anécdota junto a un pequeño estanque hortera y artificial. Murió al cabo de poco más de medio año. Hace pocos días el presidente del Principado estuvo presente en el acto de renombrar un instituto de Oviedo con el nombre del autor de Paniceiros. Anunció que propondría la concesión de la Medalla de Asturias a título póstumo. Ahora le diría que aquel gesto tal vez era el agradecimiento por haber creado unos premios que nos permiten decir, con orgullo, que hay esperanza.
La magia es posible o al menos necesitamos creer en ella. Durante unas horas, cada año, se siente cerca del lugar donde los coros proclamaron que la gente tiene el poder de luchar contra los monstruos. Allí donde Leonard Cohen explicó cómo un joven español le enseñó a tocar los primeros acordes con una guitarra en Montreal y desapareció. Al lado de ese atril en el que Joan Manuel Serrat se arrancó con Aquellas pequeñas cosas después de pronunciar otra lección de vida decente. Exactamente allí, este viernes, por unos segundos pudo vislumbrarse como un ala volaba y bailaba sobre el escenario del Teatro Campoamor. “Y si hay algo / Que pudiera hacer por ti / Serías un ala / En el cielo azul”. Patti Smith cantó a capella Wing tras haber recibido el diploma que la acredita como Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026. Después de ella habló otra princesa y citó a María Zambrano para hablar de la “esperanza de una historia que se abre”. Sonaron las gaitas. Un niño argentino lloraba porque Messi le había firmado la camiseta. Oviedo volvió a ser la capital de la mejor España. Jordi Amat es escritor. Publicado en El País.
ENTRADA NO NUMERADA


No hay comentarios:
Publicar un comentario