domingo, 25 de octubre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO: LA ISLA VACIADA, POR LEONARDO PADURA

 






1. En el aeropuerto internacional José Martí de La Habana hay una línea aérea con destino a otros países cuya fila tiene una reveladora peculiaridad: entre los pasajeros que se disponen a chequear, siempre hay varias familias que incluyen niños. Todos los días. Durante muchos días. Un empleado de esa aerolínea me ha dicho: cada semana se va un aula escolar. Cada dos meses sale del país una escuela, concluye. El dato, absolutamente empírico es, sin embargo, tan real que provoca, cuando menos, preocupación. La nación pierde así parte de su futuro y esa es una coyuntura que provocará muchas consecuencias.

Ahora el destino de esos viajeros, que en realidad son migrantes que se van para no volver —al menos sin intenciones de hacerlo— es Guyana, el puerto de llegada de los vuelos de esa aerolínea. Algunos de ellos se quedarán en ese país suramericano, medio perdido de las expectativas migratorias universales, aunque la mayoría seguirá en busca de las fronteras brasileñas, a las que llegarán por diversos medios ya más o menos establecidos. En ese país les espera una legalización de su estatus que resulta bastante expedita y la posibilidad de encontrar trabajo. Para los padres de esos niños, y para ellos mismos, ese es el futuro, y confían en que será mejor que el presente que han estado viviendo por años en su país.

Durante un tiempo, antes que Guyana, el punto de desembarque de esos emigrantes cubanos, muchos de ellos con sus niños a cuestas, fue Nicaragua. Desde allí, en los más diversos medios —cuya seguridad y rapidez dependían de la tarifa que se pudiera pagar— emprendían el recorrido por parte de Centroamérica y México conocido como “la ruta de los coyotes”. Buscaban la frontera sur de Estados Unidos, país al cual ingresaban con relativa facilidad por su condición de ciudadanos cubanos. Esta vía de escape, a la que muchos recurrieron a partir de 2021 cuando se aliviaron las restricciones de la pandemia del coronavirus, se le ha calculado un costo de unos 10.00 dólares. Hace un par de años, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la exigencia nicaragüense de un visado para ingresar en su territorio, semejante opción de escape se clausuró, al mismo tiempo en que se suspendía la otra vertiente migratoria de los programas de visados humanitarios, parole y de reunificación familiar que había establecido el gobierno del demócrata Joe Biden, luego cancelados por Trump quien, además, ha ordenado deportaciones de algunos de los beneficiados con esos programas migratorios.

Una porción importante de los migrantes cubanos llegados a Nicaragua que no lograron pasar a Estados Unidos, hoy permanecen en México y han formado populosas colonias como la de la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, o en Cancún, Quintana Roo. Establecidos en México, luchan por construirse el futuro y muy pocos son los que han optado por regresar a su lugar de origen. Mientras, en la ciudad brasileña de Curitiba existe hoy una “pequeña Cuba” en la donde se han asentado muchos de los salidos de la isla del Caribe.

Además, en todos esos años recientes uno de los sitios más concurridos de La Habana son las oficinas del Consulado General de España, sitio en el que se procura mucho más que una “visa para un sueño”: se aspira al pasaporte europeo que puede haber sido la mejor herencia que les dejó el abuelo español que emigró a Cuba huyendo de la pobreza en que vivía y persiguiendo lo que ahora buscan sus descendientes cubanos: un futuro.

A todas estas personas los empujan más o menos las mismas razones: las carencias de la vida cotidiana en Cuba que no han hecho más que crecer en los últimos años hasta límites que pueden resultar grotescos. Y, sobre todo a los que viajan con esos niños que cada semana suman los integrantes de un aula escolar, los mueve un ansia de concebir un futuro que para ellos está en otra parte. Y a veces ni siquiera importa la parte, solo la distancia.

2. Unas cifras recientemente publicadas por la ONEI, la Oficina Nacional de Estadísticas e Información de Cuba, ponen incluso más dramatismo al proceso migratorio en curso pues, junto a otros índices demográficos también muy reveladores, ofrecen la certeza de cómo Cuba se está vaciando.

Los números hablan con la frialdad de la certeza: al comenzar el año 2026 la población efectiva de la isla era de 9.434.593 habitantes, lo que expresaba la tendencia al decrecimiento poblacional que se ha acelerado desde el año 2021, luego de superados los controles establecidos por la pandemia. En el año 2022 en el país vivían de modo efectivo 11.113.215 personas, lo que ahora arroja un déficit poblacional de 1.678.622 residentes efectivos en la isla, o sea, ciudadanos cubanos que permanecían al menos 180 días en el país. Sin embargo, el dato puede resultar engañoso pues, eliminada la restricción que obligaba al viajero/emigrante a permanecer esos seis meses en el país y la vieja figura migratoria de la “salida definitiva” que implicaban la pérdida de la residencia, en realidad deben ser varios miles más (¿centenares de miles?) los que hoy están fuera del país por tiempos indefinidos. Personalmente, conozco a muchos de esos.

¿Cuántos entonces viven en Cuba? Posiblemente menos de nueve millones de habitantes, lo que entraña una diferencia poblacional de más de dos millones en apenas cuatro años. Quizás un 20% de su población, porque, según la ONEI, entre 2024 y 2025 la perdida fue de 313.414 habitantes, de los cuales, solo en el 2025 incluyó a un cuarto de millón de emigrantes… Y siempre recuérdese que, por los costos y las complejidades de las más recurridas de estas vías escapes, del país se han ido los que han querido y podido, pero no todos los que lo hubieran deseado.

Ahora, si a este panorama ya dramático se le suma (1) el proceso de envejecimiento que se constata en un país, donde en 2023 el 24,4% de su población superaba los 60 años, (2) la reducción de los nacimientos cuyas cifran solo alcanzan la mitad de las defunciones, y (3) la consecuente disminución de la fuerza laboral, es fácil colegir lo que implican todos estos fenómenos en los ámbitos laborales, profesionales y de reemplazo poblacional, pues, como incluso se afirma en documentos oficiales “la población es el principal recurso con que cuenta la nación para su desarrollo”. La situación es, obvia y definitivamente, alarmante.

Varias son las causas que han estado incidiendo en el fenómeno migratorio que está vaciando la isla y de las cuales mucho se ha hablado. Las condiciones materiales de la vida cotidiana se han deteriorado a extremos casi inconcebibles y en esa realidad hay responsabilidades compartidas: de un lado las ineficientes políticas económicas del Gobierno, que no se atrevió a realizar a tiempo cambios que hoy se pretenden y que pocos de ellos se logran concretar pues, del otro lado, está la extrema presión que ejerce sobre la isla la actual administración estadounidense que ha declarado, incluso, que nunca habían aplicado semejante rigor efectivo sobre el Estado cubano para provocar un cambio de sistema. Esas dos fuerzas son hoy como las tapas del sandwich que aplasta en el medio a los ciudadanos cubanos, más que al Gobierno que se mantiene en su sitio y posición política.

Y mientras, la gente cubana se va, envejece, sufre de la alienación que les provoca su circunstancia y vemos como el país se vacía, se desangra, y no se vislumbra en el horizonte el dique que pueda contener esa avalancha humana. Leonardo Padura es escritor y periodista, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015. Publicado en El País.
















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