miércoles, 28 de octubre de 2026

ESPECIAL DOS DE HOY MIÉRCOLES. LA REVUELTA DE LOS JÓVENES QUE NADIE ESPERABA, POR SERGIO DEL MOLINO

 





Andan los científicos sociales un poco desubicados porque les han salido unos jóvenes en el bancal, como a los labradores de Amanece, que no es poco. Estaba la sociedad europea muy explicadita, con sus pirámides de población invertidas, sus inviernos demográficos, sus huchas de pensiones reparadas con cinta aislante y sus agendas políticas dictadas por las necesidades y miedos de una población envejecida que miraba entre visillos cómo se le había llenado el barrio de musulmanes. Nadie contaba con los jóvenes. Nadie esperaba que se pusieran a acampar en las plazas españolas o que paralizasen Francia (violencias al margen, si es que una revuelta puede desentenderse de sus revoltosos). De pronto, el discurso del ciclo electoral más importante en décadas, con giros históricos previstos en España, Francia y Alemania, lo dictan esos jóvenes que nadie había computado.

De la juventud no se sabía gran cosa. Que le gusta el fascismo, de eso sí que se hablaba. Una información muy poco útil, porque el fascismo siempre ha sido un asunto de jóvenes: el himno fascista italiano se titulaba Giovinezza. También se los caricaturizaba como ñoños —generación de cristal—, desinformados —no leen periódicos—, tarugos —no se esfuerzan estudiando— y con un gusto musical atroz. Pero todo esto eran suposiciones. En realidad, nadie había visto a un joven en carne mortal: escaseaban en las aulas de ratios menguantes, y no aparecían en los espacios de recreo de los cuarentones y cincuentones, como el tardeo y los festivales, llenos de calvos y canosos vestidos a la moda de hace treinta años. La juventud era abstracta, como el lince y el lobo ibéricos cuando estaban en peligro de extinción, algo que solo se veía en los documentales.

Insisten los convocantes de la próxima huelga general en que su protesta por la vivienda es transversal, pero su sujeto es abrumadoramente juvenil. Son los problemas que acorralan a los jóvenes los que se han impuesto, por encima de problemas ficticios como la inmigración —que solo es un problema para los racistas— o los ridículos temores nacionalistas. Ahora tenemos un conflicto real expresado con la cursilería y la agresividad de las que solo los jóvenes son capaces.

Pertenezco a una generación (la X o la millenial, no lo sé) que no creía en revoluciones y pasó sus mejores años cultivando el sarcasmo y las citas paródicas. Ojalá me perdonen si me burlo de la ingenuidad de algunos lemas o de la sobreactuación de los activistas. Desconfío del sentimentalismo por naturaleza, pero me tomo muy en serio el fondo del asunto y sé que esta es una batalla que merece ser luchada. Gracias por empezarla. Sergio del Molino es escritor. Publicado en El País.
























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