martes, 6 de agosto de 2019

[A VUELAPLUMA] La filosofía y el ridículo


Dibujo de Eduardo Estrada


Hay quienes se pronuncian sobre las cosas desde una presunta superioridad moral, intelectual y política. Tienen el mismo derecho a opinar que cualquiera, pero sus homilías pueden volverse contra ellos, comenta el filósofo y escritor José Luis Pardo. 

Aunque tomaré como punto de partida la publicación, el pasado 30 de mayo, de un artículo de apoyo a Josu Ternera en el diario francés Libération, comienza diciendo Pardo, firmado por Alain Badiou, Étienne Balibar, Jean-Luc Nancy, Toni Negri, Jacques Rancière y Thomas Lacoste, no pretendo actuar como azote de estos ilustres pensadores a quienes ya me he referido colectivamente en alguna ocasión. Por el contrario, defiendo sin matices su libertad para opinar sobre cualquier materia pública según su mejor saber y entender: en nombre de la libertad de expresión, defendí en su día el derecho de los dibujantes de Charlie Hebdo a ridiculizar a los profetas, y por el mismo motivo defiendo ahora el derecho de los profetas a hacer el ridículo. Sobre lo que quiero llamar la atención es sobre la condición de filósofos que ostentan los cinco primeros aludidos, que el citado diario destaca en la cabecera del artículo.

¿Qué efecto social puede tener, sobre la percepción pública de la filosofía, el hecho de que un artículo de este tipo esté firmado por cinco de sus más eminentes representantes en el escenario internacional? Todos los profesores de filosofía sabemos perfectamente que la formación académica que hemos recibido no nos habilita para inferir (en el sentido serio de este verbo), a partir de las consideraciones teóricas propias de nuestra disciplina, una posición política como la expresada en el citado artículo. Es decir, sabemos que estas afirmaciones no las hacen los aludidos en cuanto filósofos, sino sencillamente en cuanto ciudadanos, como podría hacerlas un titulado superior en química o un barrendero.

Sin embargo, los ajenos a nuestro gremio no tienen por qué tener tan clara esta circunstancia. Existe un prejuicio social muy extendido acerca de la filosofía —reforzado cuando se agolpan tantos apellidos de filósofos como en este caso—, en el sentido de que el filósofo tiene derecho a expresar este tipo de opiniones desde la autoridad que le confieren los conocimientos propios de su disciplina, porque él sabe algo más que los abogados, los filólogos o los numismáticos. Este prejuicio arraiga en el pasado histórico de la filosofía, cuyo detalle no es este el lugar para desgranar, pero en el cual hubo dos momentos en los que se tomó a sí misma por algo así como una superciencia: uno, en los siglos XVI-XVII, cuando se creyó capaz de utilizar el método matemático para resolver cuestiones como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma; y otro, en los siglos XIX-XX, cuando se confundió con la historiografía científica y con las que ahora llamamos ciencias “sociales” o “humanas” y pretendió disponer de un saber acerca de los fines últimos de la historia de la humanidad.

Aunque siempre hay resistencias irreductibles (del mismo modo que quedan personas que practican la magia negra o creen en la astrología), la primera confusión —la de que la filosofía tiene algo que decir acerca de la naturaleza que supera el saber de la física matemática o de la biología— ha quedado felizmente descartada como una ilusión. La segunda —la de que la filosofía tiene algo que decir acerca de la sociedad que es más profundo y verdadero que lo que dicen las ciencias sociales— también, pero esta última noticia no se ha divulgado tanto como la primera, y el reducto de los resistentes es más numeroso y tenaz. La razón de ello es fácil de comprender. La distinción entre filosofía y ciencia es uno de los motivos de la merma de relevancia social de la filosofía y del ninguneo que esta padece a menudo tanto en el ámbito cultural como en el académico, fuente de un cierto complejo de inferioridad que quienes nos dedicamos a la filosofía llevamos incorporado a nuestro ethos profesional.

Así, cuando se nos recrimina que nuestros presuntos conocimientos acerca del Bien, la Verdad y la Belleza están muy lejos de los que sobre estas materias dispensan las leyes, las ciencias y las artes, algunos filósofos se defienden con la siguiente excusatio vulpina: vivimos en un mundo que se ha alejado de los verdaderos fundamentos de la vida humana, que se conforma con explicaciones superficiales y desprecia el verdadero rigor intelectual y moral, y frente a ese mundo (que sólo se guía por criterios de rentabilidad inmediata) la filosofía —y no la química, la antropología o la musicología— representa el denostado pabellón de la razón pura, atenta únicamente a los intereses genuinos de la humanidad; en un mundo malo, feo y falso (vulg. “capitalismo”), lo normal es que el Bien, la Belleza y la Verdad no estén sólo desacreditados, sino perseguidos.

Con este argumento consiguen estos filósofos explicar su inferioridad como un estigma que la sociedad les impone justamente debido a su superioridad moral e intelectual y al carácter políticamente revolucionario de sus conocimientos. Ellos pueden criticarlo todo (tienen el monopolio del espíritu crítico), pero nadie puede criticarles a ellos sin colocarse inmediatamente en el bando de los malvados. Así que, incluso cuando dicen barbaridades, los fundamentos y motivaciones de su palabra parecen estar más allá de toda sospecha.

Como ya he dicho, todos los profesores de filosofía, incluidos los firmantes del artículo antes nombrado, sabemos perfectamente que esa concepción de la filosofía es filosóficamente injustificable, y que los compromisos políticos que los firmantes han contraído nada tienen que ver con la filosofía. Pero también sabemos que muchos lectores —incluidos muchos profesores y estudiantes de filosofía que se sienten atraídos por este modo tan original de prestigiar su disciplina— percibirán su discurso como pronunciado desde esa presunta —pero falsa— superioridad moral, intelectual y política. También he dicho ya que estos pensadores tienen el mismo (pero no más) derecho a opinar que cualquiera. Pero es casi inevitable que sus homilías puedan acabar afectando a la reputación social de la filosofía, e incluso a la consideración de lo que las propias obras filosóficas de estos autores puedan tener de valor, como ha sucedido notoriamente en casos —ciertamente muy alejados de los aludidos— como los de Sartre o Heidegger, debido a sus conocidas y lamentables defensas públicas del totalitarismo.

Por tanto, es posible que la peor parte del descrédito que padece la filosofía, y del que tanto nos quejamos sus profesionales, no proceda exactamente de la animosidad del capitalismo contra Aristóteles o Gottlob Frege, sino de una mala digestión por parte de algunos pensadores de las restricciones que la razón crítica ilustrada impuso a la teología, que también aspiraba al título de superciencia y a dirigir las conciencias de sus súbditos hacia el bien supremo. Estas restricciones hicieron posible institucionalizar la libertad de pensamiento en virtud de la cual los firmantes del artículo en cuestión han podido expresar su santa opinión, a pesar de que sea un despropósito.






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[ARCHIVO DEL BLOG] Filosofía vital, en versión de la familia Simpson



Los filósofos "simpsonianos"


Puede parecer pueril que inmersos en una crisis económica que afecta a más de la mitad (precisamente la más rica..., hasta ahora) del planeta, de una disputa territorial (Rusia-Georgia) que tiene todos los visos de irse calentando gradualmente, de unas olimpiadas perfectas en lo material pero que están dejando mal sabor de boca en los defensores de los derechos humanos... Sí, absolutamente pueril, que alguien, aunque ese "alguien" sea tan representativo del mundo de la inteligencia como la Universidad de Berkeley, en la ciudad de San Francisco de California, se ocupe de estudiar y organizar un curso de filosofía fundamentado en una seria de dibujos animados como la de la familia Simpson. Pero al parecer la serie da para ello y para mucho más. Dos escritores, Jordi Soler y Eloy Fernández Porta, lo explican hoy con todo lujo de detalles en El País. Espero que no se lo tomen a broma, porque no lo es. Y merece la pena leer lo que nos dicen... Personalmente, voy a retomar la serie y mirarla con otros ojos. Y aprender... HArendt



Los Simpson, al completo


"Pienso, luego... ¡mosquis!", por Jordi Soler

En la Universidad de Berkeley, en California, se imparte un curso de filosofía fundamentado en la vida cotidiana de la familia Simpson. El maestro y sus alumnos van tomando nota, a lo largo de un semestre, de los actos y los diálogos que la tribu de Homer va desvelando semanalmente en la televisión; este conocimiento, aparentemente superfluo, les sirve para comprender, y luego aplicar, los engranajes del pensamiento filosófico. Matt Groening, artífice de esta familia dolorosamente arquetípica, sostiene: "Los Simpson es un programa que te recompensa si pones suficiente atención". Sus célebres episodios pueden entenderse en distintos niveles, divierten a niños, a adultos y a filósofos; tres datos sobre la inversión que lleva cada capítulo de esta serie dan una idea de su complejidad: 300 personas, que trabajan durante 8 meses, con un costo de 1,5 millones de dólares. La misma idea de convertir a la familia Simpson en materia de especulación filosófica es el tema de un curioso libro, The Simpsons and philosophy: the D'oh of Homer (ese D'oh se traduce en la versión española por "mosquis", la célebre interjección de Homer). Una nueva editorial, Blackie, lo publicará en España en invierno con el título de Los Simpson y la filosofía. En este volumen, un éxito de ventas en EE UU e Italia, 20 filósofos, de diversas universidades de Estados Unidos, ensayan sobre esta familia y su entorno en la desternillante ciudad de Springfield. El compilador de este proyecto de reflexión colectiva es William Irwin, profesor de filosofía del Kings College, en Pensilvania, con la participación de Mark T. Conrad y Aeon J. Skoble; Irwin es también autor de un célebre ensayo, en la misma línea de filosofía pop, titulado Seinfeld and philosophy (Seinfeld y la filosofía), donde, en un ejercicio a caballo entre la reflexión y la enajenación que produce mirar tantas horas la tele, desmonta filosóficamente la vida del solterón neoyorquino y el grupo de solterones que lo rodean.

Los Simpson y la filosofía comienza con un ensayo de Raja Halwani dedicado a rescatar, filosóficamente, lo que Homer tiene de admirable, y el punto de partida para esta empresa imposible es Aristóteles, ni más ni menos. "Los hombres fallan a la hora de discernir en la vida qué es el bien"; esta idea aristotélica consuena con esta idea homérica, de Homer Simpson: "Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo, las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio". La interesantísima radiografía filosófica de Homer que hace Halwani viene salpicada con diálogos y situaciones que hacen ver al lector lo que ya había notado al ver Los Simpson en la televisión: que Homer, fuera de algunos momentos de intensa vitalidad, casi todos asociados con la cerveza Duff, no tiene nada de admirable. "Brindo por el alcohol, que es la causa y la solución de todos los problemas de la vida", dice Homer en un momento festivo, con una jarra de cerveza en la mano, y unos capítulos más tarde se sincera con Marge, su esposa: "Mira Marge, siento mucho no haber sido mejor esposo; estoy arrepentido del día en que intenté hacer salsa en la bañera y de la vez en que le puse cera al coche con tu vestido de novia... Digamos que te pido perdón por todo nuestro matrimonio hasta el día de hoy".

El libro se divide en cuatro grandes secciones: personajes, temas simpsonianos, la ética de los Simpson y los Simpson y los filósofos. El resultado, como suele suceder en los libros de varios autores, es desigual y ligeramente repetitivo; sin embargo, su lectura puede ser muy instructiva para los millones de forofos de esta serie que desde 1989 presenta una visión de la sociedad en dibujos que se parece bastante a la realidad de la familia occidental; en sus episodios, además de la lúcida disección que se hace del zoo humano, se tratan temas muy serios como la inmigración, los derechos de los homosexuales, la energía nuclear, la polución, y todo teñido de una sátira política que al final, como sucede casi siempre en los ambientes de Hollywood, resulta ser más demócrata que republicana.

Hace unos años, Matt Groening declaró que el gran subtexto de Los Simpson es éste: "La gente que está en el poder no siempre tiene en mente tu bienestar". La serie está basada en la desconfianza que siente el ciudadano común frente al poder, en todas sus manifestaciones, y en la necesidad que éste tiene de preservar a su familia que, por disfuncional que sea, termina siendo el último refugio posible. En los capítulos que se ocupan de los personajes de la serie, los filósofos autores de este libro aprovechan para revisar el antiintelectualismo yanqui a la luz de Lisa, o el silencio de Maggie a partir de esa idea de Wittgenstein que dice "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"; también hay una sesuda reflexión sobre Marge, esposa y madre, como referente moral de la familia Simpson, y del pueblo de Springfield; en uno de los episodios aparece este diálogo, debidamente consignado en el libro, entre Marge y el tabernero Moe:

Moe: "He perdido las ganas de vivir".

Marge: "Oh, eso es ridículo, Moe. Tienes muchas cosas por las que vivir".

Moe: "¿De verdad?, no es lo que me ha dicho el reverendo Lovejoy. Gracias Marge, eres buena".

Bart Simpson es analizado con óptica nietzscheana; Mark T. Conrad intenta armonizar la vida gamberra de este niño con el rechazo de Nietzsche a la moral tradicional. "Yo no lo hice. Nadie me ha visto hacerlo. No hay manera de que tú puedas probar nada", se defiende Bart en uno de los episodios, ignorando esta contundente línea de Nietzsche que lo justifica: "No existen los hechos, sólo las interpretaciones".

Además de Nietzsche y Aristóteles, Los Simpson y la filosofía echa mano de Kierkegaard, Camus, Sartre, Heidegger, Popper, Bergson, Husserl, Kant y Marx, y este último filósofo da sustancia al divertido capítulo Un (Karl, no Groucho) marxista en Springfield, donde James M. Wallace llega a la conclusión de que los Simpson son capitalistas y, simultáneamente, críticos marxistas de la sociedad capitalista. A la hora de desmontar filosóficamente a Homer, Raja Halwani llega a la conclusión de que el tipo de carácter que tiene este personaje, desde el punto de vista aristotélico, es el vicioso, su escaso autocontrol frente a la ira, la alegría, el sexo o la cerveza, sus mentiras y su cobardía histérica en las situaciones en que tendría que responder como jefe de la tribu, lo sitúan como la antítesis de la templanza. Esta línea, dicha por él mismo cuando peligraba su integridad física, describe bien al entrañable personaje: "¡Oh, Dios mío; criaturas del espacio! ¡No me coman, tengo esposa e hijos!; ¡cómanselos a ellos!".

Y aquí, una selección de algunas de las frases más memorables de Homer Simpson:

- Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo: las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio...

- Brindo por el alcohol: que es la causa y la solución de los problemas de la vida.

- Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso.

- Normalmente no rezo, pero si estás ahí, por favor sálvame, Superman.

- A Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins: ¿Sabes? Mis hijos piensan que eres fantástico. Y gracias a tu música depresiva han dejado de soñar con un futuro que no puedo darles.

- ¿Cuándo aprenderé? Las respuestas de la vida no están en el fondo de una botella. ¡Están en el televisor!.

- Sólo porque no me importe no significa que no lo entienda.

- Si cuesta trabajo hacerlo, es que no merece la pena.

- Quiero decirte las tres frases que te acompañarán en la vida. Uno, cúbreme; dos, jefe, qué gran idea; tres, ¿así estaba cuando llegué?

- Hijo, una mujer es como una cerveza. Huelen bien, se ven bien, ¡y matarías a tu madre por una! Y no puedes tener sólo una. Querrás beber a otra mujer.



http://www.elpais.com/recorte/20080816elprdv_1/LCO340/Ies/Homer_Simpson.jpg
Homer Simpson


"Esta niña está en mi cabeza", por Eloy Fernández Porta

El único personaje indispensable de Los Simpson es Lisa. Las astracanadas de Bart o el payaso Krusty son intercambiables, y cada uno de los caracteres restantes puede ser sintetizado en un giro verbal, así "¡Excelente!", "Jaaaa-há" u "Hola-holita, vecino". Esta sucesión de pifias y calamidades no podría sostenerse narrativamente de no ser por esa conciencia racional, cívica y tocada con collar de bolas que pugna por sobreponerse a la sinrazón de sus mayores. La niña modélica como imagen del futuro nacional: esta idea ha sido elaborada en el marco de la teoría política queer y desarrollada por comentaristas como Laurent Berlant o Mariano Rajoy. Sin embargo, Lisa es una "primera de la clase" más europea que norteamericana. En la escuela de Estados Unidos no basta con sacar las mejores notas; es preciso ser también activa, dinámica, una líder natural; de lo contrario, una quedará reducida a ojito derecho de la maestra. La singularidad de este personaje determina que en la serie coexistan dos tipos distintos de sátira, que podríamos llamar "anecdótico" y "trascendental".

Por una parte, lo que ocurre alrededor de Lisa y a pesar de ella: la incompetencia de los dirigentes, el alcoholismo de los paisanos, el ridículo cotidiano. Por otra, lo que le pasa a ella en particular, y que no es sino la cancelación de todas las ilusiones de trascendencia: el ecologismo, la Ilustración, el sentido de la comunidad... el porvenir, en fin, tal como lo imagina un europeo con gafotas. En cada episodio nos reímos 10 veces de asuntos anecdóticos y sólo una o dos de cosas trascendentales. Por eso Los Simpson es crítica cultural punk en estado puro: no porque haga mofa de lo más sagrado, sino porque nos dice que el fin de la civilización es menos grave que la suspensión del programa de Krusty.




Universidad de Berkeley, California



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Entrada núm. 5130
Publicada el 20/8/2008
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[SONRÍA, POR FAVOR] Al menos hoy martes, 6 de agosto





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Tengo escaso sentido del humor, así que aprecio la sonrisa ajena, por lo que, identificado con la definición de la Real Academia antes citada, iré subiendo cada día al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. Y si repito alguna por despiste, mis disculpas sinceras, pero pueden sonreír igual...









 




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lunes, 5 de agosto de 2019

[SONRÍA, POR FAVOR] Al menos hoy lunes, 5 de agosto





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Tengo escaso sentido del humor, así que aprecio la sonrisa ajena, por lo que, identificado con la definición de la Real Academia antes citada, iré subiendo cada día al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. Y si repito alguna por despiste, mis disculpas sinceras, pero pueden sonreír igual...










 







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domingo, 4 de agosto de 2019

[ESPECIAL DOMINGO] Despedida y cierre





«Hemos llegado, señoras y señores, al término de nuestra programación de hoy, día tantos de tantos. Estaremos de nuevo con ustedes a las equis horas con la carta de ajuste. Hasta ese momento, nos despedimos deseándoles muy buenas noches». 

Cuando en España sólo existían uno o dos canales de televisión –obviamente TVE, Televisión Española–, escribe el historiador, filósofo y crítico literario Rafael Núñez Florencio en su blog "Morirse de risa", y las emisiones se interrumpían durante el horario nocturno, un locutor o una locutora –creo recordar que normalmente era un personaje femenino, pero de eso no estoy ahora muy seguro– se dirigía al telespectador en un tono muy sosegado comunicándole lo anterior y despidiéndose hasta el día siguiente. Cuando consultábamos la programación televisiva, la última línea la ocupaba ese brevísimo espacio, que precedía al himno nacional, y que se formulaba así: «Despedida y cierre». Para quienes, aun siendo niños, vivimos aquella época esa acuñación, «despedida y cierre», ha quedado en nuestra memoria como una especie de despedida irónica, equivalente, por ejemplo, al actual e impreciso «¡nos vemos!», aunque uno no tenga la menor voluntad de ver al otro en mucho tiempo. Creo recordar que alguna publicación de humor utilizaba la expresión en alguna de sus secciones y, en todo caso, lo que sí recuerdo claramente es que el humorista Moncho Borrajo tituló así su último espectáculo para clausurar treinta y tantos años de actividades cómicas. Es decir, que esto de «despedida y cierre» es casi como un clásico. Y me ha parecido el título más adecuado para poner punto final a esta ventana sobre el humor que hemos mantenido abierta durante casi cuatro años.

En octubre de 2015 planteé al director de Revista de Libros la posibilidad de abrir un blog que tuviera como asunto central el humor. No exactamente un blog de humor, modalidad para la que no me siento capacitado, sino un blog sobre el humor, que no es obviamente lo mismo, como me he afanado en recordar en distintas ocasiones. Me impulsaba a ello una constatación elemental: la práctica inexistencia de una sección permanente de esas características en el inconmensurable panorama de las publicaciones periódicas convencionales y digitales. Mi intención, desde luego, no era hacerme un hueco contando chistes, chascarrillos o cosas parecidas, sino básicamente prestar atención crítica a todo lo que iba apareciendo –libros, artículos, revistas, películas, televisión, anuncios, teatro, exposiciones, polémicas– en torno al humor o que representara una visión humorística de las distintas vertientes del mundo que vivimos. La perspectiva era, pues, amplia y he procurado que los criterios de selección fueran muy flexibles, pues siempre me ha guiado la convicción de que el mejor humor no es el que nos hace simplemente reír, sino el que nos fuerza a ver las cosas de manera distinta: obviamente, si es con una risa o, al menos, una sonrisa, mejor que mejor.

Como adelanté antes, ha sido una larga singladura de cuarenta y seis meses, casi cuatro años, con la sola interrupción de los períodos vacacionales o festivos en los que nuestra Revista de Libros se tomaba un respiro. Mentiría si dijera que en aquellos comienzos tenía ya prefijado el rumbo exacto de este blog. O, mejor dicho, la verdad es que sí lo tenía, pero la propia dinámica del mismo me ha hecho cambiar algunas de mis determinaciones iniciales. Por ejemplo, yo pretendía en principio circunscribirme en exclusiva –o casi– al ámbito del humor negro y mantenerme en las coordenadas culturales españolas. Esto es lo que vulgarmente se conoce como la pretensión de poner puertas al campo. Pronto me di cuenta de que ambos propósitos eran irrealizables: primero, porque el humor negro limita a derecha e izquierda, por delante y por detrás, con todas las demás modalidades de humor, sin que haya barrera infranqueable, sino más bien todo lo contrario, continuidad y semejanza; y, en segundo lugar, porque poner adjetivos nacionales al humor de modo estricto y exclusivo es tan absurdo como un paraguas para una vaca. Por supuesto que hay un tipo de humor que se hace en España y que gusta más a los españoles. Por supuesto que el sentido del humor español es distinto al de los chinos o japoneses –y viceversa, naturalmente–. Pero pensar que hay un tipo de humor español absolutamente específico y distintivo o, simplemente, que la comicidad española puede explicarse sin influencias, préstamos o incluso mimetismos, es una solemne tontería, por no emplear otros términos más gruesos. A pesar de todo, he procurado no perder por completo la voluntad primigenia, de manera que mi atención se ha volcado preferentemente, como habrá comprobado quien me haya seguido, hacia el humor negro y hacia el ámbito hispano.

Ello me ha llevado a tratar en diversas ocasiones el problema de los límites del humor. Es curioso: entre nosotros –aunque también en muchas otras partes– el humor goza de una escasa, por no decir escasísima, consideración intelectual. Parece obligado, por su propia esencia, que nadie se tome en serio el humor. Lo cual significa una actitud de patente menosprecio hacia la obra humorística –catalogada habitualmente como obra menor, casi por definición– y una displicencia manifiesta hacia el cómico, rebajado a nivel de mero bufón. No negaré que buena parte de los humoristas se han ganado a pulso esta consideración con un tipo de comicidad facilona, infantil o, simplemente, grosera. Pero hay otro humor, más difícil, valioso y creativo que ha sufrido injustamente esta preterición. Muchos de los grandes humoristas han clamado en el desierto en este sentido: al drama o a la obra que se pretende seria se le perdona casi todo, mientras que a la comedia se la degrada sistemáticamente como mero pasatiempo insustancial, cuando hacer reír es incomparablemente más difícil que hacer llorar. ¡Y no digamos ya hacer reír con elegancia e ingenio! Pero, volviendo a lo que decía al comienzo de este párrafo, este abierto menosprecio respecto al humor y al humorista sólo se quiebra cuando el chiste o la broma se tornan ofensivos en la estimación de un sector social o un determinado colectivo. ¡Ah, entonces sí, ahora sí que nos tomamos en serio el humor, la supuesta ofensa del humor, y exigimos medidas drásticas!

De hecho, en los últimos tiempos el humor sólo sale como noticia en los periódicos e informativos cuando una parte de la población –feministas, gais, lesbianas, gitanos, afroamericanos, judíos, niños o personas con «diversidad funcional»– claman contra una presunta ofensa del cómico, porque ha hecho una broma que supuestamente agrede o humilla a esos sectores. El caso más dramático, como todo el mundo sabe, ha sucedido con las bromas sobre el islam y las caricaturas de Mahoma. La matanza perpetrada por radicales islamistas en la sede del semanario Charlie Hebdo (enero de 2015) muestra la radical incompatibilidad entre fanatismo y humor. El problema es que se enfrentan con armas muy descompensadas. Por más injurioso que se le repute, el humor no va más allá, en el peor de los casos, de un comentario inoportuno, soez o incluso irritante, pero nada que no se combata con la indiferencia o el desprecio. El desdén es la mejor respuesta ante la provocación patosa: por ejemplo, la del descerebrado que hace una gracieta sobre los hornos crematorios en pleno Auschwitz. Prestarle la menor atención es seguirle el juego, y no digamos ya si lo elevamos a nivel de ultraje. Habría que recordar aquí ese viejo principio de que no ofende quien quiere, sino quien puede. Algo tan elemental y evidente no constituye, sin embargo, la norma habitual de conducta en los últimos tiempos, caracterizados por sistemáticas peticiones de prohibiciones, procesamientos o incluso censura de todo aquello que no nos gusta.

Hace poco tiempo se publicó en un periódico digital un artículo sobre «las principales figuras del humor en España» (así se caracterizaba de modo apresurado a quienes aparecían en el reportaje), pero el título que antecedía a la frase anterior era «Del chiste a la cárcel». Desde mi punto de vista, era un poco alarmista o exagerado, pero no por ello menos expresivo de la controversia que está presente en nuestra sociedad y en nuestro ordenamiento jurídico sobre los márgenes del humor. ¿Qué se puede decir y qué no? ¿Quién marca los límites? ¿Debe prevalecer la libertad del cómico o el honor cuestionado de la persona o el colectivo? En el caso de una acusación concreta o una injuria ad hominem, está claro que es necesario el recurso a los tribunales, pero en todas las demás situaciones parece que la llamada corrección política ha introducido una sensibilidad exacerbada más lindante con el infantilismo que con la ciudadanía democrática. Antes daba a entender mis reservas sobre las llamadas «grandes figuras» del humor. En buena medida, el problema también reside en este punto. Toda la vida de Dios han existido los bocazas de bar que han dicho las mayores barbaridades –pretendidamente graciosas– sin que su repercusión haya trascendido la cuadrilla o el grupo de incondicionales que le reía las gracias. Ahora con Twitter y toda la pesca, cualquier gilipollez se convierte en viral en cuestión de segundos. Y, por supuesto, gilipollas dispuestos a tales hazañas no faltan. Encima, como la difusión de sus memeces es brutal, se creen genios.

Nunca ha sido más fácil y más rentable la provocación. Y nunca ha habido más idiotas deseosos de provocar, obviamente. Esto afecta a la cuestión del humor que estamos tratando, como a cualquiera se le alcanza, porque la provocación es consustancial al humor, que tiende siempre a poner a prueba los límites. Lo que tanto memo no puede entender es que no todo desafío a los límites tiene por qué ser humorístico. La ofensa o la humillación, por ejemplo, no tienen de por sí nada que ver con la comicidad. La mayor parte de las patochadas que inundan la red no tienen la más mínima gracia. Hacerlas pasar por muestras de humor y querer ampararse en la libertad de expresión es un insulto a la inteligencia. Se dice a menudo que el humor no debe tener límites, pero bajo ese principio se tratan de colar de matute muchos despropósitos procaces y, encima, nada ingeniosos. Así que volvemos, en cierto modo, al punto de partida: hoy día hay incontables profesionales del escarnio que mienten, difaman o injurian, y si te molestas, van y te dicen que no tienes sentido del humor. Y al revés: cientos de miles de ofendiditos con la piel tan sensible que, a la menor alusión mordaz a sus convicciones o formas de vida, se declaran escandalizados y piden censurar, silenciar o perseguir todo planteamiento crítico con ellos.

Esta situación desemboca en una paradoja que cualquiera puede observar: nunca ha sido más necesario que ahora el humor, pero tampoco nunca ha sido tan difícil. Cuando me propuse escribir sobre el humor, ya tenía clara esta discordancia, pero la práctica no ha hecho más que intensificar esta sensación. Desde el principio supe lo que no quería hacer: un mero catálogo o muestrario del humor que habían hecho o estaban haciendo otros. Con todo mi respeto o incluso admiración por autores como Luis Conde Martín o José María López Ruiz, autores, respectivamente, de El humor gráfico en España. La distorsión intencional  y Un siglo de risas. 100 años de prensa de humor en España, 1901-2000. Tengo estos gruesos volúmenes ahora mismo encima de mi mesa de trabajo: los he leído, subrayado y anotado. Me han sido de una gran utilidad. Pero desde que abrí sus páginas tuve claro que no era eso lo que yo quería hacer. No sé si lo que yo finalmente he hecho ha sido bastante peor. No lo sé o, por lo menos, no estoy seguro. Pero he huido de la historia convencional, de la mera relación de épocas, escuelas, revistas y figuras del humor en España. He pretendido, como quien dice, agarrar al humor por las solapas y dialogar con él, con sus objetivos, sus métodos y sus resultados. He procurado implicarme huyendo del rol de historiador aséptico o analista tan concienzudo como ayuno de sentido del humor. Cuando empecé a dar los primeros pasos en este terreno, constaté inmediatamente que el humor es frágil y delicado. Exige una cierta comprensión, casi empatía, me atrevo a decir. No puede hablarse de humor aburriendo al personal, de la misma manera que no se puede cocinar sin mancharse las manos.

Pensaba yo estas cosas cuando leí algo parecido en el reclamo publicitario de un libro que apareció hace unos meses, editado por Jordi Costa, Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia: «¿Te imaginas un festival del humor donde no se ríe nadie? Este libro no sólo lo imagina, además trata de explicar por qué no sería un fracaso, sino, más bien, la posibilidad de una nueva forma de comedia. Hace casi diez años un buen puñado de los críticos y humoristas más importantes de nuestro país unieron sus fuerzas, en forma de textos y viñetas, para rastrear las últimas mutaciones que estaba experimentando el humor a través de la parodia, la incomodidad o el vacío». En esta obra se reivindica el concepto de posthumor, pero no estoy muy seguro de que constituya una alternativa ni que sea operativo. En relación con el libro, Juan Carlos Saloz publicó en el diario El Mundo un artículo con un título bastante semejante: «Posthumor, cinismo y relevo generacional: ¿de qué nos reímos hoy día?» En el primer párrafo se planteaba en forma casi abrupta el mismo problema que antes mencionamos: «¿De qué nos reímos hoy día? Si haces esta pregunta en redes sociales, probablemente encuentres dos respuestas masivas: “de nada” y “de todo”. La primera respuesta puede que provenga de humoristas o de gente que exige libertad de expresión por encima de todo. Este primer grupo dirá cosas como que “vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto” o que “la autocensura se ha apropiado de todo”. El segundo grupo defenderá que no existe ningún problema, o incluso que “se están sobrepasando los límites”. Probablemente, estos sean los que enfadan tanto a los primeros».

Bueno, cito todo esto como una especie de balance abierto o, si prefieren, un estado de la cuestión. Así están las cosas, vivimos en un mundo que evoluciona de modo más rápido que nuestra capacidad para asimilar los cambios. Y el humor es una de las expresiones más características de este mundo. Yo no tengo ninguna respuesta. Nada que realmente sirva para orientarse, ni siquiera a escala de uno mismo. ¿Estamos ahora mismo viviendo una revolución en el campo de la comedia y del humor en general y ni siquiera somos conscientes de ella? Dije antes que no me convencía mucho la etiqueta de posthumor, pero enseguida veo que no sólo es cosa mía, porque el propio Jordi Costa mantiene que «El problema del posthumor es que lo han acabado convirtiendo en una especie de fórmula, en algo mecánico». ¡Pues claro! Si la mirada hacia el futuro nos sumerge en la incertidumbre e incluso la mirada a nuestro presente no nos saca de la perplejidad, otra forma para calibrar las cosas es dirigir la vista hacia el pasado para comprobar cuánto ha cambiado nuestra actitud ante el hecho humorístico. Lo que antes –hace muy poco– era gracioso, resulta hoy-, en el mejor de los casos, indiferente, bien por el curso mismo de los acontecimientos, bien por los cambios de mentalidad. La propia repetición de los clichés humorísticos provoca hartazgo y aburrimiento. En esto del humor pasa como con la gastronomía: un plato creativo nos deslumbra la primera vez, pero, repetido mecánicamente, nos resulta insoportable. Más que otros asuntos, la comicidad requiere renovación constante. Necesitamos una cierta sorpresa para reírnos: ahí está el reto. En todo caso, no hay motivo de preocupación: sea como fuere, seguiremos riéndonos. Al fin y al cabo, eso es lo que somos, por encima de otras muchas cosas: animales que ríen.






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