domingo, 19 de julio de 2026

REVISTA DE PRENSA, 6. LA PELOTA NO SE MANCHA, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. 19 DE JULIO DE 2026

 






No sé qué pasará en la noche de hoy, cuando termine la final de esta Copa del Mundo, pero sí sé que algo se ha roto este año en el espíritu del campeonato y que tenemos derecho a preguntarnos cómo ha ocurrido. No hablo de fútbol, como entenderá cualquiera: de eso ha habido mucho y muy bueno, y esta noche jugarán dos equipos extraordinarios cuyo recorrido explica por qué los futboleros seguimos viendo los partidos de un Mundial a pesar de la suciedad que lo pueda rodear. Pero he estado pensando, inevitablemente, en lo que dijo Maradona el día de su retiro definitivo. Era el 10 de noviembre de 2001; siete años habían pasado desde que fuera expulsado de su último Mundial por uso de sustancias prohibidas, y allí, en La Bombonera, el estadio del Boca Juniors, habló frente a miles de hinchas que no lo veían como un futbolista, sino como un pequeño dios que había marcado los últimos 15 años de la vida argentina. Con los brazos cruzados, como abrazándose de pura tristeza, Maradona reconoció sus errores. Y entonces añadió: “Porque se equivoque uno, no lo tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero la pelota no se mancha”.

Durante los últimos años hemos asistido a los esfuerzos denodados de la dirigencia de la FIFA, en complicidad con los líderes más deplorables del siglo XXI, por mancharla hasta dejarla irreconocible. Ya sabíamos que Donald Trump, como un Midas al revés, convierte en mierda todo lo que toca; Gianni Infantino, por su parte, lleva varios años dedicado a su propia alquimia: a convertir el fútbol en una mercancía grosera, susceptible de ser explotada o exprimida hasta el último dólar y, sobre todo, capaz de lavarles la cara a los matones y los autoritarios del mundo entero. Sí, lo ha hecho de manera dedicada y recurrente; pero ha caído más bajo que nunca en los últimos años, los de la preparación y ejecución de este Mundial que organizaron tres países pero que giró desde el primer momento alrededor de uno. Y el espectáculo ha sido lamentable.

Vamos por partes. Han pasado varios meses ya, pero todavía me da vergüenza ajena recordar el premio ridículo que se inventó Infantino para lamerle los zapatos (es un decir) al presidente de Estados Unidos: para darle contentillo a ese ego frágil, a esa herida narcisista en forma de ser humano que es Trump. “Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”, se llamaba desfachatadamente aquel trofeo artificial, o así lo llamaba el anuncio risible que hizo la FIFA el día del sorteo. El fútbol une al mundo, háganme ustedes el favor. Esa frase escogió Infantino para premiar al gobernante occidental que con más ahínco ha dividido a la gente, aupado a los xenófobos y alentado la violencia entre sus propios ciudadanos, por no hablar del sabotaje metódico que ha llevado a cabo contra todas las instituciones del multilateralismo —las Naciones Unidas, la OEA, los Acuerdos de París— cuyo empeño es fingir que el mundo no es una selva donde gana el más fuerte.

Para el momento de aquella ceremonia grotesca, ya Trump había humillado a Zelenski en el Despacho Oval de la Casa Blanca (mientras le negaba su apoyo al país agredido o lo sometía a chantajes) y había dicho que convertiría la franja de Gaza en un balneario (mientras condonaba el exterminio que ha llevado a cabo el régimen genocida de Netanyahu y los suyos). Todavía no había agredido a Venezuela para imponer su gobierno de títeres, ni había lanzado su guerra opcional contra Irán, ni había amenazado a la vista de todos con destruir en ese país las estructuras de la vida civil: es decir, con cometer lo que todas las convenciones del mundo consideran crímenes de guerra. Sus palabras de pandillero (pero de pandillero armado con misiles nucleares) quedaron inscritas desde el primer momento en la historia universal de la infamia: “El martes será el día de las plantas de energía, el día de los puentes, todo en un solo paquete para Irán. ¡¡¡No habrá nada parecido!!! Abran el puto estrecho, malditos bastardos, o vivirán en el Infierno”.

(Mi traducción es aproximada. Donde Trump escribe crazy bastards, me debato entre “malditos bastardos”, con su aire inevitable de película de Tarantino, o “locos de mierda”. Las dos responden bien al espíritu del original, creo yo.)

Pero nada de lo anterior nos hubiera podido preparar para lo ocurrido durante el mundial. Como lo sabe todo el que no haya vivido este mes escondido debajo de una piedra, el goleador de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió una tarjeta roja en el partido de su selección contra la de Bosnia-Herzegovina; Trump, que hasta entonces se había mantenido misteriosamente al margen del torneo, intervino al mejor estilo Corleone: levantó el teléfono, llamó al presidente de la FIFA, pidió que la sanción le fuera retirada al jugador. Infantino obedeció, por supuesto, pues no está en sus genes eso de plantarle cara a un poderoso ni mucho menos de defender con las acciones la integridad de un deporte que tanto defiende con las (huecas) palabras. Luego Trump se jactó de la llamada ante las cámaras; y en su respuesta a un periodista hubo tanto de satisfacción de Padrino como de cinismo impune, con un gramo de insinuación cobarde (pues no iba a desaprovechar la oportunidad de mancillar a alguien).

“Yo entiendo los deportes muy bien”, dijo. “Y eso no fue falta. No fue ni siquiera infracción. Y el árbitro, que es un tipo un poco sospechoso, si uno se fija en su pasado… Si usted quiere, le puedo entregar pruebas de ese pasado…” Enseguida, para probar que entiende los deportes muy bien: “Una cosa es sancionar a alguien por un partido. Pero, ¿cómo se le puede sancionar por un partido que aún no se ha disputado? Es muy injusto”.

La sanción le fue retirada a Balogun y el delantero pudo jugar contra Bélgica. Pero el fútbol, el terco fútbol, tiene sus correctivos, o su organismo tiene sus propias defensas: la situación provocada por Trump el marrullero puso a los pobres jugadores en medio de un debate incómodo, tan pesado y venenoso que se les olvidó jugar. Los Estados Unidos fueron ante Bélgica un equipo sin alma ni concentración, como si tuvieran la cabeza en otra parte, y salieron del mundial en medio del caso más agudo de schadenfreude que se haya visto recientemente.

Yo quiero creer que es cierto lo que decía Maradona. Esta noche, uno de los capitanes recibirá el trofeo que ojalá haya merecido, y lo hará en presencia de dos indecentes cuyo comportamiento mafioso ha dejado una mancha indeleble en la historia de los Mundiales: pero la pelota no se mancha. Estoy seguro de que más de un jugador preferirá no tener la obligación cargante de estrecharles la mano, y debo decir que los compadezco a todos: he hablado con campeones del mundo y sé cuántas emociones y cuántas memorias (las de los fracasos pasados, las de los éxitos con sus malentendidos, las de los vivos que los acompañan para ver el momento, las de los muertos que no pueden verlo) les llenarán el cuerpo, como a cualquiera en un momento parecido, y es una lástima que el momento sea menos limpio por la presencia de esos personajes nefastos que son Infantino y Trump. Pero ellos también pasarán, y el fútbol queda. Juan Gabriel Vásquez es escritor. El País, 19 de julio de 2026.


















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