miércoles, 22 de julio de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. DE LOS NO NACIDOS (Y DE LOS TODAVÍA VIVOS), POR SANTIAGO ALBA RICO. 22 DE JULIO DE 2026

 






Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.

De todos los que aún no hemos muerto, es verdad, se puede decir que vamos a morir, pero también puede decirse —de todos sin excepción— que hemos nacido. ¡Que levante la mano el que no haya nacido! Hace un mes, en estas mismas páginas, escribía que la única cosa que aún pueden hacer los humanos mejor que la IA es morirse. Es cierto, a condición de que recordemos que la IA tampoco puede nacer. Y que, mientras no aprenda a nacer, y a nacer de otra vida, podrá contar historias, e historias bien trabadas, pero no introducir en el mundo nada radicalmente nuevo.

Pero cuidado. El caso es que los ya nacidos no nacemos una sola vez. Por ejemplo, hace unos días encontré a un amigo al que no veía hace mucho tiempo y que me contó que había sufrido un infarto fulminante, con tan buena suerte que se encontraba en ese momento en el hospital para una revisión rutinaria y los médicos pudieron salvarle la vida. “Es como si hubiera nacido de nuevo”, me dijo. Condenados a muerte, todos los días sobrevivimos a un posible infarto y a un posible accidente de coche y a una posible caída. Cada día que no nos morimos volvemos a nacer. Aún más: volvemos a parir. Porque todos, cada vez que no nos morimos, cada vez que nacemos de nuevo, contribuimos a asegurar las condiciones de re-nacimiento del mundo, con todas sus cursilerías y todas sus porquerías. Es verdad que las mujeres saben de nacimientos más que los hombres, pero los hombres también paren, al menos en el sentido de que pueden ayudar a sobrevivir a esos nacidos prematuros que somos todos los humanos; y a consolidar y transformar con sus acciones un mundo en ininterrumpida gestación.

De manera que, si nos fijamos más en el nacimiento que en la muerte, introducimos en nuestras vidas un permanente fondo de ingenuidad. No de optimismo, no, esa chuchería analgésica de la que con razón se burlaba Voltaire en la figura de Pangloss, absurdamente convencido de que vivimos en el mejor mundo posible y de que incluso las desgracias más atroces anticipan un mundo superior. No hablo de optimismo sino de ingenuidad en su sentido clásico, etimológico, ése que asociaba la idea de nacimiento a la de libertad originaria. Todos, quiero decir, nacemos libres todos los días, aunque quedemos enseguida atrapados en una red de obligaciones, trabajos, cuerpos y relaciones de poder. El optimismo es incompatible con el estado actual del mundo. La ingenuidad, en cambio, acompaña a todos los mundos posibles porque tiene que ver con la repetición de lo imposible: el gesto de la madre regañona que vuelve a cambiar los pañales al único hijo que ha sobrevivido a la guerra, el del maestro desengañado que sigue enseñando el alfabeto entre las ruinas, el del bombero misántropo que regresa entre las llamas del bosque incendiado; el gesto, en definitiva, de nacer y parir contra toda esperanza y toda racionalidad. Suspicaces y escépticas, todas las madres del mundo —de cualquier sexo y de cualquier género— sostienen el universo sobre sus espaldas. El optimista suele acabar desengañado y buena parte de los suicidas son, en realidad, optimistas descabalgados. Las madres —de cualquier género— no son optimistas y por eso no se suicidan; sencillamente nacen y paren y de esa manera, como decía Hannah Arendt, restablecen con sus acciones, una y otra vez, el mundo común.

Así que hay que defender la ingenuidad frente al optimismo y recordar cuáles son sus tres fuentes milagrosas de renovación: los niños, cuyas demandas no se pueden ni rechazar ni procrastinar; el trabajo, de cuya repetición fatigosa depende todo lo bueno y todo lo malo del ser humano; y la belleza, cuyas revelaciones efímeras (artísticas, poéticas, literarias) no sirven para “orientarnos” o “educarnos” o “volvernos virtuosos”: sólo sirven para hacernos imprescindible el mundo común.

Por eso, cuando hablamos del aborto incurrimos en un malentendido. Nadie tiene derecho a nacer y nadie tiene derecho a impedir un nacimiento. No hay ningún derecho de los no nacidos ni tampoco sobre los no nacidos. Existe, sí, el derecho de los nacidos a cuidados, ropa, alimentos, reparo; es decir, el derecho a una vida digna y el derecho más general a que, una vez nacidos, a los niños les esté esperando aquí un mundo y no un infierno. Y existe asimismo el derecho de cada mujer individual a decidir sobre su propio cuerpo, con las aporías éticas y psicológicas que acompañan a toda verdadera decisión. Pero ni nacer ni abortar pueden ser un “derecho”. Si aceptásemos la idea del “derecho a nacer”, habría que reconocer enseguida el derecho a nacer rico, blanco, sano, feliz, lo que —contrario a la idea misma de “nacimiento”— instituiría una eugenesia de clase y privaría a la mayor parte de las mujeres del derecho sobre su propio cuerpo. Como ha ocurrido a lo largo de la mayor parte de la historia.

En este sentido, la obsesión de la derecha con los no nacidos es coherente con su tendencia, en tantos casos, a desentenderse de los nacidos, a los que tratan, contra la caridad cristiana, como seres condenados a muerte. ¿Y por qué ocuparnos de criaturas que se van a morir? Paradójicamente, entre los mal llamados activistas pro-vida y esos antinatalistas que, invocando los males presentes, se niegan a traer más niños al mundo, existe esta concordancia: los dos se tratan a sí mismos y a las generaciones futuras como condenadas a muerte. No es justo: los nacidos merecen volver a nacer; los no nacidos merecen un mundo mejor que este.

Este artículo, dirigido contra el optimismo, se opone también al pesimismo. Recuerdo que Chesterton, hace ahora un siglo, defendía los cuentos de hadas en cuanto que transmisores de un doble mensaje: (1) los monstruos existen y (2) podemos vencerlos. Pues bien, el optimismo es negacionista: pretende que los monstruos no existen. El pesimismo es derrotista: pretende que no podemos vencerlos. La ingenuidad actúa una y otra vez, sin falsas ilusiones, como si la victoria sobre los monstruos estuviese —nunca mejor dicho— al alcance de la mano. Demos a luz de nuevo al mundo; volvamos a nacer un día más. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 21 de julio de 2026.




















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