Se estima que 1.800 millones de personas verán la final del Mundial el domingo por la noche. Tendrá todo lo que se puede pedir de un espectáculo global: un partido reñido, una corrida de toros en español, con cánticos, aficionados ondeando banderas, estrategias de entrenadores rivales y sumas colosales de dinero apostadas al resultado. A pesar de todas las predicciones de los expertos, el misterio que subyace en el espectáculo es la incertidumbre sobre quién ganará, lo que convierte el partido en una gran metáfora del papel del azar, el destino y la casualidad en la vida humana.
Todo aquel que haya jugado al fútbol lo verá, transportado a su juventud, recordando lo que aprendió sobre sí mismo mientras lo practicaba. Quienes aman el juego por sí mismo buscarán momentos de belleza: un toque aquí, un pase allá, un gol desde un ángulo imposible; y a veces la belleza de estos momentos será tal que incluso obligará a los aficionados a rendirse ante su poder.
Más allá de la belleza, esperamos presenciar demostraciones de talento individual espectacular. Un futbolista no llega a jugar en una competición como esta a menos que tenga el potencial para brindar momentos así. Ciertas profesiones, como el deporte profesional, pero también la ópera, la música clásica, la neurocirugía y las ciencias exactas, requieren un talento excepcional. Entre estos profesionales, hay unos pocos asombrosos que elevan el listón incluso para los más excepcionales.
El domingo por la noche, todas las miradas estarán puestas en dos jugadores: Lionel Messi y Lamine Yamal. Messi pasa la mitad del tiempo en el campo caminando, en medio de la acción, observando y esperando una oportunidad fugaz para marcar. Este talento para ver lo invisible lo ha distinguido de los demás durante veinte años. Lamine Yamal, al igual que Messi, se formó en la cantera del FC Barcelona, La Masia. El mundo ya ha visto la famosa foto tomada en una sesión fotográfica benéfica de UNICEF en 2007, donde un joven Lionel Messi mira con ternura a un bebé regordete en una cuna azul. Ese bebé, ahora de diecinueve años, se enfrentará a Messi en el campo en Nueva Jersey el domingo por la noche. Incluso a los doce años, los entrenadores sabían que el joven tenía un don excepcional. Les dijeron a los periodistas que debían anotar el nombre de Lamine Yamal en sus cuadernos.
Cuando entra en juego un talento tan extraordinario, nos adentramos en un reino mágico donde las reglas y expectativas habituales dejan de aplicarse. Por eso miramos: queremos que gane nuestro equipo, pero, al mismo tiempo, nos mantiene en vilo la posibilidad de lo inesperado, lo imprevisto, ese instante de talento que lo transforma todo.
El talento extraordinario en cualquier campo —fútbol, ciencia, literatura, arte— siempre nos recuerda que lo que hace únicos a los seres humanos es la singularidad de cada individuo. En ninguna otra especie, los individuos excepcionales influyen tanto en nuestra identidad. Sus logros, ya sea en el deporte, la ciencia o el arte, marcan las expectativas para quienes vienen después. Sin duda, la atención y el entrenamiento que recibieron estos dos jóvenes en La Masia contribuyeron a su desarrollo, pero sus entrenadores sabían desde el principio que poseían un talento natural prodigioso. Sus seguidores veneran estos talentos y creen que ellos, al igual que otras grandes estrellas del deporte, merecen recibir cuantiosas sumas por exhibirlos.
Esta actitud ante la desigualdad incorregible entre los individuos contrasta con el resentimiento que sentimos hacia otras desigualdades sociales, económicas, de género y raciales. Admiramos y premiamos el talento individual excepcional, mientras que rechazamos cualquier ventaja desproporcionada derivada del nacimiento, la riqueza, la raza, la clase social o el género. Los privilegios inmerecidos de los hijos de famosos o adinerados nos parecen injustos y despiertan resentimiento y desprecio.
El gran filósofo liberal John Rawls intentó que abandonáramos la idea de que algunos merecemos nuestro talento y las ventajas que de él se derivan. « Algunos pensarán», dijo, «que la persona con mayores dotes naturales merece esos recursos». Esta visión, afirmó, era «sin duda errónea». «Nadie merece su lugar en la distribución de las dotes innatas, del mismo modo que nadie merece su lugar de partida inicial en la sociedad».
El gran profesor no tendría mucha suerte intentando convencer a los fans de Messi y Yamal de que no merecen su fama ni su éxito. La magnitud de sus ingresos se debe a la magnitud de su público, y ese público somos nosotros. Creemos que se lo merecen y les pagamos para que nos cautiven, del mismo modo que aprobamos, aunque con menos justificación, la desorbitada remuneración de las estrellas de cine que simplemente nos entretienen.
Que las personas con un talento extraordinario merezcan su fama y fortuna no es el único problema que plantean las desigualdades de talento entre individuos. En cualquier familia donde exista una marcada diferencia en los talentos de hermanos o hermanas, los padres saben que estas diferencias pueden desembocar en una tragedia. Como lo expresó el cantante estadounidense Sly Stone en una emotiva canción de finales de los 60: «Un niño solo quiere aprender, mientras que otro solo quiere arder; es un asunto familiar». El motivo por el cual la capacidad de aprender —frente al deseo de arder— se distribuye de forma tan arbitraria entre hermanos, y por qué ni siquiera una crianza llena de amor puede compensarlo, es la base de la tragedia y el distanciamiento familiar.
Justo debajo de nuestra admiración por el talento extraordinario subyace el temor a que sea peligroso. Los padres tienen motivos para preocuparse de que un hijo superdotado pueda sumir a la familia en el caos. Un entrenador de fútbol sabe que necesita un Messi y un Yamal para su equipo. La arrogancia que puede acompañar a tal talento puede convertirse en una especie de némesis, haciendo imposible que los grandes dependan de un equipo para mantener su brillantez.
Messi o Yamal, tras marcar los goles de la victoria, saben qué protocolos deben seguir en las ruedas de prensa posteriores al partido. Murmuran su gratitud por el «esfuerzo de equipo» que hizo posibles sus goles. Su aparente humildad es testimonio de la inquietud secreta que la verdadera grandeza despierta en quienes la presencian. Incluso los grandes tienen que fingir que son solo miembros de un equipo.
Aquí subyace un mensaje más profundo sobre la incomodidad que acompaña a nuestra actitud hacia las formas extremas de individualismo. La brillantez deportiva es precisamente eso: una individualidad extrema y trascendente que desafía las reglas, amplía las posibilidades y supera cualquier obstáculo. La admiramos, sin duda, pero también la tememos y realizamos rituales para mantenerla bajo control. Independientemente de lo que estos rituales nos exijan decir y hacer, sabemos que el domingo por la noche, la individualidad extrema marcará la diferencia. Michael Ignatieff es historiador y profesor de la CEU Viena. Substack, 18 de julio de 2026.



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