domingo, 19 de julio de 2026

REVISTA DE PRENSA, 5. EL MUNDIAL VISTO DESDE EL MÁS ALLÁ, POR JOHN CARLIN. 20 DE JULIO DE 2026

 





Las tres de la tarde hoy en Nueva York, cuando arranque la final de la Copa del Mundo, es el momento indicado para que por fin aterricen los extraterrestres y analicen la conducta de la especie dominante del planeta Tierra.

Gracias a su tecnología avanzada observarán que, salvo unas tribus perdidas en el Amazonas o la mitad de aquella nación pagana llamada Estados Unidos, la casi totalidad de Homo sapiens tendrá los ojos pegados religiosamente a un aparato primitivo llamado televisor. 

Su primera conclusión, o teoría, será la que propuso una vez un escritor llamado Geoff Dyer. Que el fútbol es “un fenómeno cultural y deportivo tan absorbente que unos visitantes de otra galaxia podrían concluir, con toda lógica, que nuestro planeta adquirió su forma en deferencia al balón alrededor del cual giran la vida semanal y el ciclo de las tem­poradas”.

Seres impolutamente racionales, los recién llegados de una civilización superior harán –en nanosegundos– un análisis de las reglas del deporte, y de todos los partidos disputados de la historia de los Mundiales, y se quedarán perplejos ante la frecuencia con que los resultados no corresponden ni con la lógica ni con la justicia.

El error –o el pecado– original es que a los árbitros se les otorgan poderes divinos, pero son tan falibles como el resto de estas extrañas criaturas, los humanos, esclavos más de la pasión que de la razón. En vez de actuar juntos por el bien planetario se dividen en tribus, se inventan unas cosas llamadas banderas y no entienden mayor gloria o felicidad que derrotar a aquellos que visten otros colores.

La guerra es una constante de la humanidad. El fútbol, una metáfora de ello: más benigna que la guerra con balas, pero emerge de los mismos sentimientos de odio al prójimo, fenómeno también conocido como nacionalismo. Una radiografía del actual Mundial ofrecerá a los extraterrestres más luz. Particularmente reveladora les resultará la semifinal del miércoles pasado entre Inglaterra y Argentina, dos países que hace no mucho fueron a la guerra de verdad.

Aquel conflicto fue descrito por un humano inusualmente lúcido, Jorge Luis Borges, como “dos calvos peleándose por un peine”. La misma definición se podría atribuir a la mayoría de las carnicerías bélicas que se han organizado a lo largo de los siglos en el planeta azul. Pero en este caso el absurdo se llevó a extremos desconocidos.

Murieron unas mil personas gracias a la disputa entre dos países por unos inhóspitos trocitos de tierra en medio de un océano, cuyo valor para las dos partes no es más que fruto de la vanidad que rige el comportamiento humano. Les cuesta reconocerlo, así que se inventan argumentos para dignificar su pequeñez mental. Las Mal­vinas deben ser argentinas por proximidad geográfica (a 1.800 kilómetros de la capital, Buenos Aires); las Falklands (a 12.800 kilómetros de Londres) deben ser inglesas por lo que llaman fair play democrático.

Argentina perdió esa batalla, pero, de infinitamente mayor importancia para sus ciudadanos, ganó a Inglaterra en un partido de fútbol que se celebró cuatro años después. Esta variante de la guerra por otros medios se libró otra vez esta semana, volvió a ganar Argentina y volvieron los argentinos, y sus jugadores, a celebrar lo que los psicoanalistas que en ese país pululan llamarían la imaginaria recuperación en el subconsciente colectivo del magro territorio malvinense. 

En la final de hoy reaparece Argentina y su rival será España, la una vez madre patria colonial. Otra oportunidad para que los extraterrestres reflexionen sobre los hábitos de nuestra especie. La curiosidad de que tanto dependa de meter una pelotita entre tres palos se extenderá, más allá de Argentina y España, al mundo entero. Los cuatro mil y pico millones que verán el partido­ lo interpretarán como una batalla moral, como siempre con un partido de fútbol. Los míos son los buenos; los tuyos, los malos.

En la final, la mayoría de los telespectadores estarán con España, pero Israel y Trump irán con Argentina

Un rápido repaso intercontinental les dirá a los analistas alienígenas que la gran mayoría de los telespectadores han elegido su tribu y querrán que España venza a Argentina. Israel, eso sí, estará con Argentina por razones reconociblemente coherentes (el Gobierno ar­gentino aplaude las matanzas en Gaza); medio Bangladesh estará con Argentina por razones absolutamente inexplicables, y el gran árbitro planetario, Donald Trump, estará con Argentina también, fervorosamente.

Por un lado, porque el rey naranja ama a su alma gemela en la Casa Rosada, Javier Milei, y apoya su reclamo por las famosas Malvinas. Por otro, porque, de todos los países del mundo, España es el que más aborrece. Rusia, China, Corea del Norte: ni una palabra en contra. Sobre España ha dicho en las últimas dos sema­nas que es un “socio terrible” y que los españoles son “mala gente, sin remedio”.

El resto del mundo irá con España en la final de hoy en parte porque el resto del mundo, o el 90% de él, considera que Trump es terrible, malo y sin remedio. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y también, o más, porque se ha creado la percepción durante las semanas de este Mundial, justificada o no, de que los jugadores argentinos son unos tramposos y de que la hinchada argentina exhibe una ofensiva chulería, más un aire de militancia fachistoide. Messi, la divinidad más idolatrada del planeta, ofrecerá un contrapeso a este prejuicio en contra, pero no tanto como para inclinar la balanza a favor de Argentina.

Este es el análisis de la situación a la que tendrán que haber llegado, con frialdad forense, los extraterrestres. Si gana España y Trump le tiene que entregar la copa a su capitán, sus sofisticados aparatos medirán impactos sísmicos gracias a las carcajadas que darán la vuelta al mundo. Si gana Argentina, detectarán algunos solemnes aplausos a su capitán, reconocido universalmente como tan responsable de las victorias de su equipo como Aquiles del suyo en la guerra de Troya, otro más de los baños de sangre a los que han conducido las pasiones humanas en los últimos diez mil años bajo el sol.

Lo más lógico, claro, sería que los extraterrestres no esperasen al pitido final. La comedia humana nos entretiene a nosotros, pero para cualquier ser civilizado es para correr volando al más allá. John Carlin es escritor. La Vanguardia, 19 de julio de 2026.

























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