No son pocas las cosas que me desagradan del presidente Sánchez. Durante sus tormentosos años de gobierno, no me han gustado sus extremos cambios tácticos. Pasar de no poder dormir, si debía pactar con Podemos, a nombrar a Pablo Iglesias como vicepresidente, por ejemplo. O pasar de estar en contra de la amnistía a decretarla. Una cosa es la flexibilidad, fundamento del diálogo democrático, y otra muy distinta es la visión cínica o descreída de la política: proponer esto y hacer exactamente lo contrario.
Los descreídos solo responden al interés particular. ¿Es Sánchez un descreído? No puedo saberlo, pero a menudo lo ha parecido. El reproche principal que se le puede hacer es que sus logros políticos han estado siempre relacionados con concesiones forzadas. Concesiones que alteraban sus posiciones iniciales. Los aliados que han hecho posible su presidencia parecen haberle forzado a hacer cosas muy importantes en las que no creía.
Sus enemigos (que son legión) siempre hurgan en esta herida: para conseguir y apuntalar una presidencia demasiado coja de apoyos electorales, sostienen, Sánchez ha comerciado con sus ideas. Por haber aceptado los votos del independentismo, sus enemigos (verbigracia: el conglomerado mediático, político, judicial y policial del deep state español) le han descrito como un traidor a la nación española y un destructor del Estado. Tal argumento ha dado vía libre al hostigamiento a Pedro Sánchez por tierra, mar y aire, como se ve con la sentencia a su hermano o con el grosero acoso judicial a su esposa. Si estos dos familiares merecen condena, la merece prácticamente todo aquel que tiene influencia o vínculo de poder con las administraciones.
Conociendo la malevolencia que siempre ha suscitado Sánchez entre los poderes fácticos, y a sabiendas de que, tras la proclamación de la amnistía, muchos jueces y policías se la tenían jurada y lo estaban analizando con lupa, no puede entenderse que Sánchez cayera en su otro gran defecto: la torpeza con la que ha elegido a sus más íntimos colaboradores: Ábalos, Cedrán y Koldo (sin olvidar el padrinazgo de Zapatero). El PSOE actual ha situado en lugares de primer orden a unos tipos primitivos y éticamente inconsistentes. Es inevitable llegar a la conclusión de que la carnadura moral de Sánchez es inquietante.
Sin embargo, cínico o convencido, Sánchez es el primer presidente que ha ensayado superficialmente una fórmula que podría haber sido beneficiosa para una España que siempre vive con tensión su pluralidad interna. El pacto con los independentistas (amnistía) no solo pacificaba, como ha reconocido el Tribunal de Justicia de la UE, un conflicto que nos perjudicó a todos, sino que también abría la puerta a una idea de España, perfectamente constitucional, que podría desembocar en federalismo (asimétrico, porque la necesaria igualdad de fondo debe ser compatible con la diferencia de partida: no todos los territorios tienen lengua propia). Esta puerta se ha toqueteado, pero no se ha abierto.
Los jueces europeos, en vez de dar la razón a los severísimos colegas españoles que forzaron la ley buscando crímenes inexistentes, han apoyado la amnistía. Pero la sentencia llega demasiado tarde. Ahora el fuego viene del otro lado: excepto durante la transición, España siempre elige la senda de la pasión incendiaria.
La sentencia del TJUE (que los jueces del Supremo dudo que acepten) concluye de forma indolora un sueño: el de la independencia de Catalunya. Tardará mucho dicho sueño en reponerse, si lo consigue. La alternativa realista y cordial a ese sueño no era otro sueño, sino un arduo camino: el federalismo, que no se ha querido transitar. En cambio, como demuestran Aznar, Vox y el Poder Judicial, existe otro sueño que, pese a la derrota europea, sale reforzado del procés y de los años de Sánchez: el sueño de planchar España a la francesa. Uniformización. Los errores del independentismo y del PSOE han dado alas al viejo sueño uniformista, que ya fue compartido, y trabajado a fondo (a palos), por los dictadores Primo de Rivera y Franco. Estamos, pues, en este punto: la España que se proclama “nacional” (expresión que, ojo, también abanderaba un bando de la Guerra Civil) cree estar en condiciones de imponerse de forma total y definitiva. Antoni Puigverd es escritor. La Vanguardia, 20 de julio de 2026.



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