sábado, 25 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LA COMPASIÓN, POR IMMA MONSÓ. 25 DE JULIO DE 2026

 







A veces, siento la misma compasión por el acusado que por la víctima. No me ocurre con los corruptos. Tampoco con los conductores temerarios crónicos. No me conmovió en absoluto la detención del dueño del bar de Crans Montana que, por ahorrar en aislamiento del local y por no prescindir de las bengalas arruinó el pasado fin de año la vida de más de cuarenta jóvenes.

En otros casos, la empatía con el acusado anida en mi espíritu. Me ocurre a veces con Andic hijo. Lo imagino dándose la vuelta y viendo que su padre ha volado. Consternado, estupefacto, aún no sabe que a su dolor como hijo se sumará la acusación más aberrante imaginable: el parricidio.

Esta visión me asalta de vez en cuando, y es por mi madre. En los últimos años saludables de su vida, dos domingos al mes la llevaba de excursión a parajes remotos y desiertos de la Noguera y del Pallars. Explorábamos pistas forestales y andábamos por caminos abruptos a la vez que discutíamos con vehemencia. Imagino que, durante un silencio airado, me doy la vuelta y no la veo. Lo que sigue soy incapaz de imaginarlo. Mi madre y yo nos peleábamos mucho. De hecho, disfrutábamos tanto de nuestras encendidas disputas como de los paseos. Pero cuénteselo usted al fiscal. Aunque cuando caigo en la cuenta de que no era millonaria y habría faltado el típico móvil del crimen, me tranquilizo de inmediato.

Me conmueve también el trabajador de la sierra radial que ha ocasionado la catástrofe de las Gavarres. Tengo una debilidad por los operarios de esta zona y, aunque no lo conozco, no me cabe duda de que desearía no haberse levantado ese día. ¿Sabía lo que hacía? ¿O se arriesgó pensando “será un momentito de nada”? Y, si pensó en clave de imprudencia, ¿quién no ha sido así de imbécil alguna vez en su vida?

Empatizo también mucho con los padres que olvidan a los niños en el coche, algo que en verano se ha convertido en una plaga. Casi siempre son padres y no madres, así que supongo que empatizo mucho con los padres. También compadezco a los despistados. A fin de cuentas, la empatía con el reo refleja, ante todo, nuestros miedos. Fui una niña distraída, aunque tras años domesticando al tarambana que llevo dentro, practico comprobaciones obsesivas, como verificar si he echado el freno de mano aunque sea automático. No me fío de nada. Pero un fallo lo tiene cualquiera. Y si me acusan de algo gordo (y juro que solo podrá ser por error o por negligencia), el fiscal podrá esgrimir este artículo en mi contra. Imma Monsó es escritora. La Vanguardia, 24 de julio de 2026.
















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