miércoles, 18 de febrero de 2026

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ASÍ MURIÓ UN BARRENDERO, DE HASEL-PARIS ÁLVAREZ MARTÍN

 







ASÍ MURIÓ UN BARRENDERO


 


El día final de su vida


fue otro día de trabajo.


Sobre su cuerpo pesaban


ya más de sesenta años.


 


Arrastra las perrerías


de la “crisis 2008”


en la que su frutería


tuvo que echar el cerrojo.


 


Por los mismos derroteros,


ya en la década presente,


lo echaron siendo cajero


con despido improcedente.


 


Ahora hace las horas extra


de limpiar lo del Orgullo.


La Humildad obrera llega,


callando, tras el barullo.


 


Por amor a un compañero


se pide el turno de tarde,


barriendo asfalto y un suelo


tan caliente que le arde.


 


Ya las horas suman tres


pero aguanta por su vida:


tiene un contrato de un mes


y teme que lo despidan.


 


Ahogado por el calor


solo tiene un pensamiento:


si en casa faltase yo,


les falta todo el sustento.


Mira al cielo, pide a Dios


y luego sigue barriendo.


 


Cuarenta y dos grados marca


la placa al lado del metro.


Cuarenta y uno en su frente


cuando encontraron el cuerpo.


 


Yacía solo, olvidado.


Un lugar superpoblado


donde o miran sus pantallas


o bien miran a otro lado.


 


Fue el día de su aniversario


(veintidós años casado),


que quedará sin festejo


ni vigésimo-tercero.


 


Se marchó dejando atrás


dos hijos y cuatro hermanos


y millones de españoles


que no deben olvidarlo.


 


Así murió un barrendero


pero podría haber sido


repartidor, jornalero,


o tú mismo, o un conocido,


o un mendigo sin dinero


al que llamen “mantenido”.


 


Así murió un extremeño,


que también podría ser


un andaluz o un gallego


o alguno del extranjero,


de Ecuador o marroquí,


pero en todo caso un alma


que, en una inercia febril,


fue robada de su pueblo


para matarla en Madrid.


 


¿Qué será ese artefacto,


de quién la invisible mano


que a los nadie desparrama


como a mierda en la calzada?


 


Nos lo explica un progresista:


ha sido el cambio climático


y un global calentamiento


lo que acabó con su vida


y se llevó al barrendero.


 


Que habrá que bajar los grados


del aire acondicionado,


que la abuela pase frío


y calor en el verano,


que los niños coman menos


-alimentos procesados-


y que no cojas el coche


ni para ir al trabajo.


 


Que entre todos lo matamos


por ser tan contaminantes.


Pero yo tengo mis dudas,


porque recuerdo de antes


otras tantas sepulturas


de accidentes laborales,


donde caen siempre los mismos,


con buen tiempo o nieve o truene


o con lluvias torrenciales.


Y lo digo sin lirismos:


las causas diferenciales


de quienes viven o mueren,


¿serán las del termostato,


o más bien las marca el dato


que haya en su cuenta corriente?


 


¿Cuándo ha visto alguien a un rico


asfixiado en el asfalto


-a no ser que ya de anciano


sus desaprensivos hijos


lo dejen abandonado


porque nunca los amó


como amó su negociado-?


 


¿No será que son los pobres,


los humildes, los de abajo,


quienes más lo sufren todo,


sea como quieran llamarlo:


lo del clima, la pandemia,


el racismo, el patriarcado


y todo palabro que inventen


para no mentar al diablo?


 


Yo creo, en fin, que hay culpables,


y más allá del carbono,


hay distancias bien palpables


entre obreros y patronos.


Más allá del efecto invernadero


se abre entre los hombres un abismo


que es señal del enemigo verdadero:


se llama “capitalismo”.


 


No es un agujero en la capa


de ozono de nuestro planeta,


sino un agujero en el alma


y es la Séptima Trompeta.


 


No nos mata el mes de Junio,


ni mata el hermano Sol,


ni la ola de calor,


ni nada puesto por Dios


aquí en esta Creación.


Solo mata lo que no es


de Dios sino que es del diablo:


el lucro y el interés


y el libre, libre Mercado.


Mata un sistema que pone


-Urbaser, en este caso-


lo público en manos privadas


para las cuales las vidas


del pobre no valen nada.


 


Además después se vende


lo privado al extranjero:


ahora Urbaser es yanki


y fue de China primero,


que es más o menos lo mismo.


Más que un golpe de calor,


un golpe de globalismo.


 


Mata un sistema que pone


el ahorro en el centro de éste


y equipa a sus barrenderos


con un grueso poliéster.


 


Mata un sistema que busca


el contrato más precario,


el mayor riesgo en el peor horario,


el máximo beneficio del menor salario,


que no les moleste Inspección,


y retrasar, si es posible,


la edad de jubilación.


 


Toda esta es la basura


de este mundo y de sus dueños.


Toda esta es la porquería


que contamina los sueños.


Juremos en este día


que seremos barrenderos.


Los barreremos, confía,


todos somos barrenderos.




HASEL-PARIS ÁLVAREZ MARTÍN

poeta español






















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