La Conferencia de Seguridad de 2026 no ha roto la alianza transatlántica, escribe el politólogo Eduardo Bayón en Substack (15/02/2026), pero ha confirmado que la confianza automática entre Europa y Estados Unidos ha dejado de existir. Eso obliga a repensar todo. .
Durante décadas, la Conferencia de Seguridad de Múnich ha funcionado como una liturgia del orden occidental. Cada febrero, líderes europeos y estadounidenses se reúnen en el hotel Bayerischer Hof para reafirmar su alianza, subrayar valores compartidos y recordar que, pese a las crisis, el vínculo transatlántico sigue siendo el pilar de la seguridad global.
Este año, la liturgia cambió. No hubo ruptura. Nadie anunció el fin de la OTAN ni el divorcio entre las dos orillas del Atlántico. Pero algo más silencioso (y quizá más profundo) se hizo evidente: Europa ha dejado de dar por hecho que Estados Unidos estará ahí cuando lo necesite.
Múnich 2026 pasará a la historia como el momento en que Europa empezó a prepararse mentalmente para un escenario que durante décadas había evitado imaginar: un mundo en el que Washington ya no es el garante incuestionable de su seguridad.
El momento más esperado fue la intervención del secretario de Estado, Marco Rubio. Su misión era clara: rebajar la ansiedad europea sin alterar el rumbo político de la Administración Trump.
El tono fue conciliador. Rubio habló de amistad, historia compartida y revitalización del vínculo atlántico. Pero el contenido del discurso contaba otra historia. El secretario de Estado pidió a Europa que se sume al proyecto estadounidense para “reconstruir el orden mundial”: un proyecto basado en soberanía nacional, reindustrialización y fuerza militar.
Fue una invitación a cooperar, sí, pero dentro de un marco ideológico nuevo. Un marco en el que el orden liberal internacional se considera un fracaso, las instituciones multilaterales se cuestionan abiertamente y la relación entre aliados se concibe cada vez más en términos transaccionales. Hubo además un silencio que no pasó inadvertido: la guerra de Ucrania apenas ocupó espacio en su discurso.
Europa captó el mensaje. El tono había cambiado respecto a los ataques del año anterior, pero la dirección seguía siendo la misma.
A partir de ahí, toda la conversación en Múnich giró en torno a una pregunta que rara vez se pronunciaba abiertamente, pero que estaba presente en cada reunión bilateral y en cada conversación de pasillo: ¿Puede Europa seguir confiando plenamente en la protección de Estados Unidos?
Las dudas no nacen de un único gesto, sino de una acumulación de señales: la posibilidad de una reducción de tropas estadounidenses en Europa, la presión constante para aumentar el gasto militar, las tensiones comerciales, el apoyo de Washington a fuerzas euroescépticas y las amenazas sobre Groenlandia.
Todo ello ha generado una percepción compartida entre buena parte de los líderes europeos: hay que prepararse para escenarios en los que Estados Unidos no actúe como antes. Una frase resume bien el clima: Europa se está organizando no por inspiración, sino por desesperación.
En medio de este giro hacia la autonomía estratégica y el rearme, la posición española destacó por su singularidad. Pedro Sánchez reconoció que Europa debe reforzar su capacidad de defensa frente a Rusia. Pero lanzó un mensaje claro y deliberadamente diferenciador: el rearme nuclear no es el camino.
En una conferencia dominada por el lenguaje de la disuasión y la urgencia militar, España introdujo un matiz que merece atención. Mientras el norte y el este del continente hablan de amenaza existencial y de reforzar el poder duro, Madrid insiste en una visión más amplia de la seguridad europea: una que incluye la estabilidad económica, la energía, la migración, el multilateralismo y la defensa convencional.
Esta posición no es casual. España ha intentado ocupar el espacio de voz europeísta moderada, ejerciendo de contrapeso frente al giro hacia la militarización total. Mientras algunos países hablan de supervivencia, el Gobierno español habla de modelo de seguridad.
En términos de posicionamiento, España aparece como puente entre la autonomía estratégica europea y la defensa del multilateralismo. Una posición legítima, pero que corre el riesgo de quedar desdibujada si el debate continental sigue acelerándose hacia el rearme.
El cambio más profundo de la conferencia llegó, sin embargo, por otro lado. En Múnich ocurrió algo que hace pocos años habría parecido impensable: Europa empezó a hablar abiertamente de disuasión nuclear propia.
Los países bálticos (Estonia y Letonia) se mostraron dispuestos a explorar esa posibilidad. Alemania abordó el tema públicamente, sin los tabúes de otras épocas. Francia anunció que Macron presentará próximamente un discurso clave sobre la doctrina nuclear francesa y su dimensión europea.
El debate dejó de ser teórico. Se discutieron opciones concretas: reforzar el papel nuclear de Francia y Reino Unido, financiar el arsenal francés con contribuciones europeas o crear una disuasión complementaria a la estadounidense. Europa no quiere nuclearizarse. Pero empieza a temer depender exclusivamente del paraguas nuclear de Washington. Y esa diferencia (entre querer y necesitar) lo cambia todo.
En este nuevo clima estratégico, Alemania ha empezado a hablar de sí misma de una manera distinta. El canciller Friedrich Merz llegó a Múnich con un mensaje claro: Europa debe asumir más liderazgo y prepararse para un mundo con menor protagonismo estadounidense. Alemania sigue siendo profundamente atlantista, pero ya no se presenta como el aliado que acata sin preguntar.
El cambio es sutil, pero históricamente significativo. Durante décadas, Berlín ha sido el ancla más sólida del vínculo transatlántico. Que Alemania empiece a hablar de autonomía estratégica sin complejos indica hasta qué punto el suelo se ha movido bajo los pies del orden europeo.
Este giro no implica la ruptura de la alianza. Reino Unido pidió mayor cooperación militar europea y compras conjuntas de defensa. La OTAN ha asumido internamente que su futuro será cada vez más europeo en recursos, decisiones e iniciativa. Occidente no se rompe. Se reconfigura. La cuestión es si esa reconfiguración será ordenada o improvisada.
Múnich también dejó claro que la seguridad se ha ampliado conceptualmente. Se habló de financiación, inversión tecnológica, autonomía industrial y capacidad de innovación. Europa quiere canalizar su ahorro hacia la innovación, reforzar su industria de defensa y reducir dependencias estratégicas en semiconductores, energía y materias primas críticas. La seguridad económica ha pasado a formar parte del núcleo del debate geopolítico.
Europa empieza a hablar de poder en sentido amplio: militar, tecnológico, industrial y financiero. La pregunta es si será capaz de traducir esa ambición en decisiones concretas y coordinadas.
La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 no ha anunciado una ruptura histórica. Pero ha confirmado algo igual de relevante: la alianza transatlántica ya no funciona con piloto automático. Ahora se basa en la necesidad mutua. Y la necesidad, a diferencia de la confianza, exige negociación constante.
Si la guerra de Ucrania fue el shock que despertó a Europa, Múnich 2026 puede ser recordado como el momento en que el continente dejó de esperar a que alguien viniera a protegerlo y empezó (con torpeza, con urgencia, con contradicciones) a prepararse para protegerse a sí mismo.


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