WALDEN
Cierto que nuestra conversación es bien ajena al habla,
solo el oído educado puede captar las palabras que te brotan,
rompen contra tus pedregosos labios y allí mueren.
Silenciosa es tu corriente de pensamiento, como el paso de
tus propias aguas,
y se eleva de tu superficie cual la bruma en la mañana
para que el alma pasiva así la inhale,
contagiada de la verdad que tú expresas.
Hasta las estrellas más remotas han venido en tropel
y han inclinado la cerviz para recibir la bendición
de tu semblante. Tantas veces como ha amanecido el día
el sol se ha mostrado imparcial siempre
sobre tu estrecho tragaluz, y jamás la luna
ha dejado de rodar hasta ti cíclicamente,
aquí y desotra parte, para hablarte de la noche.
Ni ha habido nube que por acá no merodeara
y redoblara en tu rostro su belleza.
Dime qué han escrito los vientos a lo largo de miles de años
en la bóveda azulada que ciñe tu caudal,
qué ha transferido con delicadeza el sol en sus reimpresiones
para que lo leyeras en privado. Algo
de todo ello he leído yo estos días,
pero seguro que hubo más que habría estremecido al alma
y el ojo humano nunca vio.
¡Lo que daría por leer esa primera y luminosa página
húmeda de una imprenta virgen!, cuando Euro, Bóreas
y la hueste que empuña los alados cálamos
mojaron por primera vez sus plumas en la bruma.
H.D. THOREAU (1817-1862)
escritor estadounidense


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