Parece impensable considerar un modelo económico distinto al actual, al igual que imaginar un mundo en el que el PIB no sea la medida única de desarrollo económico, pero la realidad es que el capitalismo es efímero. Si nos remontamos a la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith como su origen, el capitalismo ha cumplido 250 años en 2026. Ha ocupado menos del 2% de la historia de la civilización humana. Dicho de otro modo, si concentráramos la historia de la civilización en un año, el capitalismo sería el sistema económico que habría regido la última semana.
Que sea el único que conocemos no significa que el capitalismo sea el único sistema económico posible. No fue el primero, y es más que posible que no sea el último.
Sus predecesores, el feudalismo y el mercantilismo, posiblemente también pasaron por épocas en las que parecían la respuesta definitiva a todos los problemas sociales relacionados con la gestión de recursos. Y, de hecho, el mercantilismo realizó contribuciones clave al progreso en términos de desarrollo de infraestructuras, crecimiento industrial, desarrollo del comercio internacional y establecimiento de las bases de los estados modernos. Pero el desequilibrio de la balanza comercial (que impulsó la inflación) y el estrangulamiento a las colonias probaron ser insostenibles a largo plazo. Todo sistema tiene un principio y un final.
De igual forma, el capitalismo ha sido sinónimo de crecimiento exponencial de la renta, desarrollo tecnológico, reducción de la pobreza, aumento de la esperanza de vida o reducción de la guerra y la violencia. También de agotamiento de recursos naturales, deterioro medioambiental, aumento de incidencia de patologías crónicas y crecimiento de la desigualdad social. Por ello, no todo lo relacionado con el capitalismo es negativo, pero algunos de sus defectos reclaman un replanteamiento del sistema o, incluso, el desarrollo de uno nuevo.
No es posible entender un sistema económico sin comprender antes los indicadores que lo gobiernan y, aunque no sabemos cómo será el nuevo sistema económico, sabemos que necesariamente se regirá por indicadores distintos.
El mercantilismo se regía por indicadores como las reservas de oro y la balanza comercial. En el marco del capitalismo se abandonó el patrón oro y las reservas pasaron a ser un indicador totalmente inocuo, mientras que la balanza comercial ha pasado a formar parte de un indicador más amplio: el omnipresente Producto Interior Bruto (PIB).
Curiosamente, el PIB y el capitalismo no siempre han estado juntos. Tuvieron que pasar 150 años de capitalismo hasta que Simon Kuznets inventara el PIB. Y no fue hasta después de Bretton Woods cuando se convirtió en la vara universal para medir el desarrollo, aun cuando su propio creador ya advertía sobre las limitaciones del indicador para capturar el nivel de desarrollo social.
Las consecuencias del uso del PIB como indicador único de desarrollo coinciden con las limitaciones que tiene: como no mide el reparto de renta, genera desigualdad; como no mide externalidades, nadie es responsable de los daños sobre los bienes comunes o sobre terceros; como no mide lo que no se intercambia en un mercado, convierte en despreciables desde un punto de gestión económica cuestiones como la esperanza de vida, la actividad física, el tiempo libre dedicado a relaciones sociales, el ocio, o el cuidado de terceros. Esto conecta con la paradoja de Easterlin, según la cual, a partir de cierto nivel de renta, el aumento del PIB deja de traducirse de forma clara en mayor bienestar para los ciudadanos.
Aunque no nacieron juntos, la canonización del PIB coincidió con la época dorada del capitalismo del periodo 1940-1970. Es inevitable pensar que hacen buena pareja cuando, en realidad, combinados presentan efectos secundarios severos.
En un mundo en constante aumento de la productividad, como sugería Adam Smith, el crecimiento económico medido a través del crecimiento del PIB, en ocasiones, no produce más bienestar sino que, sobre todo, impide que se genere malestar. Más productividad hace que se necesite menos fuerza laboral para producir lo mismo, por lo que lo único que evita el aumento del desempleo es la expansión de la economía. De ahí surge la necesidad de que el PIB crezca de forma indefinida. Es un sistema que nos hace adictos al crecimiento. Al mismo tiempo, cualquier mejora de productividad asociada a una mayor eficiencia en el uso de recursos se suele aprovechar para utilizar esos recursos liberados en seguir creciendo, por lo que acaba traduciéndose en un mayor consumo de recursos en un mundo de recursos finitos.
El equivalente del PIB para las empresas es el Valor Añadido Bruto (VAB). En esencia, es la suma de sueldos y salarios pagados por una empresa y de sus beneficios brutos. Todo aquel que ostente una posición de toma de decisiones corporativas posiblemente comparta la sensación claustrofóbica de tener que crecer cada año más que el anterior para que todo siga razonablemente igual. Es como tener que correr cada vez más deprisa para en realidad permanecer en el mismo sitio. Si es así, estás viviendo la suma de capitalismo y PIB.
Economistas como John Stuart Mill y John Maynard Keynes teorizaron sobre estados estacionarios de la economía en los que, una vez conseguido el pleno empleo, no sería necesario seguir buscando el crecimiento. Ese futuro que se dibujaba hace un siglo todavía no ha llegado. La realidad económica siguió empujando en otra dirección: más producción, más consumo y más expansión. Porque lo cierto es que las teorías económicas no inventan nada. Solo explican la realidad que acontece a su alrededor. La riqueza de la naciones no deja de ser una caracterización perfecta de la Revolución Industrial, interpretada desde una óptica económica.
La realidad siempre precede a la teoría que la explica. Y lo que nos dice ahora la realidad es que el capitalismo tal y como lo conocemos, con en el PIB como brújula, ya no sirve para explicarla.
Tal vez no se trate de buscar el crecimiento infinito, sino de alcanzar un equilibrio dinámico. La naturaleza no funciona como una línea ascendente permanente: sus sistemas crecen, se reajustan y se estabilizan. Quizás, el siguiente paso para que un sistema económico se sostenga en el tiempo sea precisamente ese. Y la respuesta está, hoy, en las empresas.
La Revolución Industrial conllevó un cambio en las estructuras sociales y la propiedad por el que la monarquía, la nobleza y el clero fueron dando paso progresivamente a las democracias occidentales, un sector público profesionalizado, un sector financiero moderno y la clase industrial. Estas nuevas estructuras sociales fueron clave en la adopción del capitalismo.
Como parte de esa evolución de las estructuras sociales, hace 150 años comenzaron a surgir también las grandes corporaciones modernas. Los General Electric, Boeing o Coca-Cola que abrieron el camino a los actuales Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Tesla o Walmart. Hoy son sinónimo de capitalismo, pero también pueden ser las protagonistas de la transición hacia un nuevo sistema.
En estos momentos concentran gran parte de la renta y riqueza mundial y, por lo tanto, gran parte del poder político –en el sentido amplio de la palabra– y social. Según Global Justice Now, 69 de las 100 economías más grandes del planeta son empresas. Las condiciones laborales y el Código Ético de Amazon pueden tener más relevancia que la Ley de Contratos del Trabajo de Estonia –el equivalente al Estatuto de los Trabajadores de España–, si consideramos el número de personas afectadas: 1,5 millones de empleados de Amazon, frente a 1,3 millones de habitantes de Estonia. En otras palabras, las corporaciones son las células del sistema capitalista y, si ellas cambian, el sistema cambia.
Con todos sus defectos y virtudes, y sus fracasos y sus logros, la denominada «sostenibilidad corporativa» ha sido, cuando menos, un elemento de disrupción que ha hecho que las empresas reflexionen sobre indicadores más allá de los estrictamente financieros. Su adopción no ha sido lineal ni ha estado exenta de tropiezos y marchas atrás. Pero, igual que el germen del PIB hay que buscarlo 300 años antes de su invención (en concreto, en las estimaciones de «Renta Nacional» de William Petty de 1665), posiblemente el origen de los indicadores del futuro sistema económico haya que buscarlos a finales de la década de los 1960.
No es casualidad que coincida con la aparición de los primeros síntomas de agotamiento del sistema capitalista manifestados en la estanflación de los 70, las crisis energéticas, la desindustrialización y el crecimiento del desempleo, el aumento de la desigualdad social o los movimientos ecologistas.
Desde entonces, cada nueva ola de sostenibilidad corporativa (figura 1) nos ha llevado a entender mejor los procesos de creación de valor e integrarlos en las estrategias y gestión de las empresas.
Si confiamos en la senda que proyectan las cuatro primeras olas de la sostenibilidad corporativa, todo apunta a que el futuro estará marcado por unas corporaciones y empresas cuyos procesos de toma de decisiones tendrán necesariamente en cuenta (en el sentido cuantitativo y de gestión de la expresión) los impactos que ejercen sobre sus entornos, y los riesgos y oportunidades sociales y ambientales que sus entornos presentan sobre el negocio.
Algunos actores ya han comenzado a imaginar la empresa del futuro, como recoge el Value Balancing Playbook, desarrollado por un grupo de expertos internacionales procedentes de multinacionales, ONG, instituciones internacionales y consultoras. Los resultados apuntan a la importancia de los indicadores con los que guían la toma de decisiones.
Al igual que en la transición entre el mercantilismo y el capitalismo la balanza comercial pasó a formar parte del PIB, ahora toca dar el siguiente paso y que el retorno económico de las empresas se integre en un indicador de valor aún más amplio, que capture también aspectos sociales y ambientales, que posea una mayor orientación hacia la construcción social a largo plazo y que refleje más adecuadamente los efectos reales sobre el desarrollo de la sociedad, como las cuentas de impacto.
En la práctica, estas cuentas de impacto, como pequeños instrumentos de contabilidad nacional de las células corporativas que componen la economía, potencialmente tienen la capacidad de corregir las carencias tradicionales de un indicador como el PIB, ya que implican ponerle un valor e integrar en los procesos de decisiones los bienes y servicios de no-mercado (externalidades, bienes comunes y todo aquello no sujeto al intercambio en un mercado formal).
Es legítimo querer salvar el modelo económico en el que nos encontramos. A esto los psicólogos lo llaman el fenómeno de «justificación del sistema» –teoría desarrollada por John Jost y Mahzarin Banaji–. Efectivamente, no se trata de matar el capitalismo, al igual que el capitalismo no mató el mercantilismo. Fue su evolución natural.
El abogar por un sistema nuevo no debe interpretarse como un movimiento antisistema. Al contrario. Es la forma de preservar el orden social y, al mismo tiempo, evolucionar para mejorar la capacidad de la economía de ponerse a disposición del desarrollo humano.
La medición de impacto no será perfecta pero, al menos, nos pone en la senda de una nueva evolución del sistema que nació hace 250 años de la tinta de la pluma de Adam Smith. Francisco Ortín y Alberto Muelas son investigadores sociales. Revista Ethic, junio 2026.


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