domingo, 7 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 4. EL OLVIDADO ARTE DE ESTAR A SOLAS, POR MARCOS ALONSO. 7 DE JUNIO DE 2026

 







Hoy, el cuadro Noctámbulos (Nighthawks) de Edward Hopper sería otro. Ese famoso bar nocturno de esquinas duras y luces frías ya no mostraría el silencio compartido de unos pocos solitarios, sino un grupo de figuras absortas en el resplandor de sus pantallas. Ninguna miraría a la otra; estarían juntas, pero cada una perdida en el pequeño rectángulo luminoso de su propio aislamiento. Aparentemente conectadas con miles o millones de personas en la distancia, pero ajenas a los pocos humanos que las rodean. Así comienza Soledad sin solitud, el último ensayo de Andrés Ortega Klein (Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2025), una reflexión de hondura sobre uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

Ortega Klein, periodista y ensayista de larga trayectoria, conocido tanto por sus reflexiones sobre geopolítica y tecnología (La fuerza de los pocos, 2007; La imparable marcha de los robots, 2016) como por su labor como director del Departamento de Estudios del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, centra esta vez su mirada en el problema de la soledad. Y si bien uno podría creer, ingenuamente, que nos encontramos ante una cuestión menor o muy específica, nada podría ser menos cierto. A propósito de la soledad y sus implicaciones, el ensayo despliega una profunda reflexión sobre la actualidad, sobre el impacto de la tecnología, las tendencias políticas más recientes y algunos de los más antiguos problemas existenciales de la condición humana.

El libro aborda una paradoja que define nuestra época: el aumento de la soledad y, al mismo tiempo, la desaparición de la solitud. La distinción es crucial y se establece con claridad desde el inicio. En su sentido más básico, tanto la soledad como la solitud remiten a la experiencia de estar a solas; pero sus valores son opuestos. La soledad suele ser negativa, algo impuesto, un aislamiento forzoso que se vive como carencia: no solo estamos solos, sino que nos sentimos solos. La solitud, en cambio, es positiva o al menos neutra: es el recogimiento buscado, el retiro fecundo que nos reconecta con nosotros mismos, que nos permite pensar y crear. El autor lleva a cabo un análisis perspicaz y matizado sobre esta compleja cuestión, exponiendo que «agravar la soledad nos ha robado parte de nuestra solitud». Esta frase condensa el hilo conductor de todo el ensayo, mostrando la conexión que existe entre ambas dimensiones. Pues en unos tiempos en los que la soledad se percibe como una ola que no deja de crecer, el espacio para la solitud parece cada vez más frágil y menguante.

La tecnología tiene aquí, como en otros ensayos de este autor, un peso decisivo. La hiperconectividad —esa red de vínculos digitales que parece abolir la distancia— no solo no ha curado la soledad, sino que la ha multiplicado; y al hacerlo, ha destruido las condiciones mismas de la solitud. El autor analiza con detalle este doble fenómeno. Por un lado, la soledad no deseada crece hasta convertirse en un problema sanitario y político de primera magnitud. Si bien Ortega Klein rechaza con acierto la tentación —muy extendida— de concebir la soledad como enfermedad, aclara que sí puede y suele ser enfermiza. Tanto es así que, como se detalla en el libro, hay estimaciones de que el coste anual de la soledad no deseada es de 14.000 millones de euros. Desde un ángulo menos cuantitativo, la obra describe el impacto de la soledad en términos de salud mental, suicidios y enfermedades derivadas. Mas, por otro lado, la falta de solitud, mucho menos presente en nuestras discusiones contemporáneas, empobrece nuestra vida interior, debilita la creatividad y nos priva del espacio indispensable para pensar. Nuestra cultura contemporánea parece haber olvidado las técnicas y el arte de estar a solas. Se nos ha vuelto insoportable el silencio; el aburrimiento nos aterra; buscamos distracción y entretenimiento como si de ello dependiera nuestra supervivencia psíquica.

Ortega Klein propone rescatar la palabra antigua «solitud», hoy prácticamente desaparecida del uso común. Y con ello no solo reivindica una experiencia, sino también un vocabulario: nombrar bien las cosas es ya empezar a comprenderlas. El ensayo resulta muy convincente en este sentido, mostrando que la recuperación de este concepto no es un capricho arcaizante, sino una manera de iluminar una dimensión esencial de lo humano. El recorrido que el ensayo realiza por la historia de la soledad y la solitud es impresionante por su amplitud. El autor convoca a filósofos, literatos, científicos y pensadores de todas las épocas —de Newton y Heisenberg a Montaigne y Ortega y Gasset— en un diálogo que atraviesa siglos. Los ejemplos son elocuentes: Newton, ideando su ley de la gravitación universal nocte dieque incubando («pensando en ello día y noche»); Heisenberg, aislado en su isla del Báltico, concibiendo las bases de la mecánica cuántica; el propio Ortega y Gasset, tan sensible a la introspección y al ensimismamiento, quien precisamente llamó a su hija «Soledad». La historia de la cultura, nos recuerda el ensayo, es también la historia de las grandes solitudes creativas.

Pero la obra, en todo caso, no idealiza el aislamiento ni se deja arrastrar por una nostalgia reaccionaria. No encontramos una propuesta de vida retirada ni un romanticismo de eremita, sino una reconciliación con la solitud como necesidad vital. Su defensa de la solitud es ponderada y matizada: no es una alternativa al contacto humano, sino su condición de posibilidad. Como se expone a lo largo del texto, solo quien sabe estar a solas puede convivir realmente con los demás. El autor acierta asimismo al abordar la cuestión de manera histórica, mostrando cómo el problema social de la soledad es algo relativamente reciente, vinculado al proceso de modernización: la industrialización, las migraciones del campo a la ciudad, la disolución de las comunidades tradicionales, el capitalismo y su culto a la productividad. La soledad contemporánea tiene, por todo ello, causas estructurales: la precariedad, la movilidad, la fragmentación de los vínculos y la hiperexposición digital, entre otras.

De ahí que el ensayo dedique muchas páginas al fenómeno de la hiperconectividad y a la «necesidad crónica de distracción» que caracteriza nuestra era. Ortega Klein habla incluso de «tecnosoledad», en clara conexión con la noción de «tecnopersona» acuñada por el filósofo Javier Echeverría, describiendo ese nuevo tipo de aislamiento paradójico en el que los individuos, rodeados de pantallas y otros elementos virtuales, se sienten cada vez más desconectados y aislados. Las pantallas, escribe, «no solo favorecen la soledad, sino que nos roban posibilidades de solitud». El libro no elude las realidades incómodas: una gran parte de las relaciones amorosas actuales nace en aplicaciones de citas; los vínculos se negocian en un mercado de algoritmos y perfiles; la amistad muchas veces se mide en notificaciones. Pero no hay amargura en su tono, sino una lúcida descripción de nuestro entorno tecnológico, sus efectos y las previsibles consecuencias a corto y medio plazo.

Resultan particularmente sugestivas las páginas dedicadas a Japón, presentado como un espejo de nuestro posible futuro. Ortega Klein examina fenómenos como los servicios de compañía de «personas que no hacen nada», el «alquiler de familias» impostadas, o la presencia cotidiana de robots diseñados para ofrecer atención y afecto. En todos estos casos se revela el intento desesperado de paliar la soledad mediante la simulación de compañía. ¿Podrán los chatbots, los LLM (Large Language Models; grandes modelos de lenguaje) o programas como Replika, reemplazar la presencia humana? ¿Podrán aliviar el aislamiento o solo disimularlo? El autor no ofrece una respuesta cerrada, pero deja clara su preocupación por las consecuencias éticas y psicológicas de esta nueva forma de intimidad artificial. En este sentido, el ensayo tampoco olvida la dimensión política del problema de la soledad. La erosión de la comunidad y el aislamiento social, observa el autor, favorecen la polarización y el retorno de formas tribales de identidad política. La soledad y la ausencia de lazos comunitarios alimentan la crispación y la necesidad de pertenencia, que con frecuencia se canaliza en extremismos. Así, podríamos decir que la soledad no solo enferma los cuerpos y las mentes, sino que también resulta enfermiza para nuestra vida política.

Asimismo, el autor aborda con rigor la soledad de la vejez, especialmente en la llamada «cuarta edad». Analiza el problema de los cuidados —con sus claros sesgos de género— y la tendencia demográfica que anuncia un futuro inquietante: hacia 2050, cerca de un 20% de la población tendrá más de 65 años. ¿Qué tipo de sociedad será esa en la que millones de personas vivan solas durante sus últimos años? Las implicaciones son enormes. La experiencia de los confinamientos durante la pandemia de COVID-19, que también se toca en el libro, nos da pistas sobre lo problemático de esta situación. La experiencia colectiva de soledad impuesta que trajeron consigo los confinamientos permitió comprender, con dolorosa evidencia, la diferencia entre estar solos por decisión y estarlo por obligación. Incluso los que, como quien escribe, buscan y abrazan la solitud siempre que pueden, comprobaron de primera mano lo problemático de la soledad permanente y forzada.

El recorrido culmina con una reivindicación luminosa: la del arte de la conversación. Frente a la tecnosoledad y la hipercomunicación vacía, el autor propone rescatar el diálogo genuino, esa forma olvidada de estar con otros sin dejar de ser uno mismo. En una época dominada por los monólogos digitales y las respuestas automáticas, esta defensa de la conversación adquiere el valor de una propuesta ética y hasta civilizatoria.

Soledad sin solitud es, en definitiva, un ensayo de gran altura intelectual y humana. Con una escritura sobria, cuidada y serena, Andrés Ortega Klein no solo realiza un análisis notable del problema de la soledad —y la desatendida dimensión de la solitud—, sino que ofrece herramientas para abordarlo. De manera si cabe más fundamental, este ensayo se erige en un importante recordatorio de que el ser humano no puede vivir solo, pero tampoco puede renunciar a la solitud. Ambas forman parte de nuestra condición, y quizás un gran error de nuestro tiempo haya sido el olvidar la importancia de la solitud. Las tecnologías del mañana harían bien en tener esto en cuenta; e incluso si no somos capaces de proponer diseños tecnológicos que favorezcan y promuevan la solitud, deberíamos al menos esforzarnos en que su ataque a esta dimensión humana sea menos brutal y destructivo. Puede que, indirectamente, esta sea la mejor manera de luchar contra la propia soledad: aprender a ser solos para dejar de estar y sentirnos solos. Marcos Alonso es investigador en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido docente e investigador en la Universidad Yachay Tech de Ecuador y en la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile. Autor de más de 70 artículos en revistas nacionales e internacionales, su último libro es Ortega y la técnica (2021, Editorial. Revista de Libros, 19 de mayo de 2026. Reseña del libro Soledad sin solitud, de Andrés Ortega Klein. Oviedo, Ediciones Nobel, 2025






















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