jueves, 9 de julio de 2026

ESPECIAL 6 DE HOY. ENTRE LO ELEGÍACO Y LO ÉPICO, POR JORDI NADAL. 9 DE JULIO DE 2026

 





Cuando nos hacemos mayores, el vocabulario se afina, los matices están más a mano, pero los acostumbramos a usar para expresarnos con contundencia, aunque sea de seda: tenemos menos tiempo para tonterías. Lo superficial cansa, a no ser que seamos superficiales. La banalidad es cómoda.

Hay personas –muchas, seguramente, bienintencionadas– que, aunque no se den cuenta, son muy idealistas, sea por sus convicciones políticas, filosóficas o personales. En algunos casos, toman formas de expresión algo naifs o hermosamente hippies. Me enternece la ingenuidad de una postura que respeto porque la entiendo, aunque no la comparto. Son esos que, por ejemplo, en Alemania, no quieren nucleares, pero han comprado gas ruso sin dolor, conciencia, ni rubor. Aquí hay casos similares: cuando se deben hacer molinos de viento, que no sea en mi horizonte, para entendernos. Los nimbys (“Not in my back yard”) son los profesionales de tortillas imposibles, sin querer romper huevos.

No creo en quienes niegan la dureza de las cosas; suelen ser peterpanes, futuros herederos de algo que no han creado

La vida en plenitud y consciencia aboca a lo elegíaco. El canto, celebración y reconocimiento de todas las pérdidas. Duras y amargas, unas. Otras, llenísimas de belleza. Hay un pensamiento de Shakespeare que dice “qué razón tiene el amor/y no la razón/ si aquellos que se van/se quedan tanto”. Hay que celebrar dentro de la pérdida y convocar a la gratitud a diario.

Una vida sin gratitud es invivible. Un día ya no estaremos aquí. Y, mientras ese momento no llegue, habrá también que batirse y defenderse. Mi amigo Aurelio me decía siempre, al despedirse,“defiéndete” y “que nada humano te cause excesivo dolor”. A diferencia de Moisés, no tengo que llegar a mis diez mandamientos sin mis amigos. Estos dos ya están inscritos en mis tablas de la ley personales.

Hay quienes no quieren defenderse. Por pereza, debilidad, falta de energía, de medios, de tiempo, de salud, de recursos materiales o intelectuales (incluso espirituales). O por exceso de comodidad y/o patrimonio. No los envidio en absoluto. Saben defenderse, acaso, de cosas irrelevantes, pero ignorar la enorme brutalidad y dureza de la vida es de una ingenuidad sorprendente y ofensiva, a veces. No me los creo casi nunca. No creo en quienes niegan la dureza de las cosas. Acostumbran a ser biempensantes, adanistas, peterpanes, futuros herederos de algo que no han creado.

Conocí a un tipo que decía, con contundencia y pillería: “Mucho mejor que tener dinero es hacerlo”. Es una frase muy poderosa que levantará ampollas en los profesionales de la piel fina. Gente que, en gran proporción, heredará una tierra que no ha labrado. Jordi Nadal es editor. La Vanguardia, 9 de julio de 2026.


























ESPECIAL 5 DE HOY. EL AYER Y EL HOY DE LA CORRUPCIÓN, POR FERNANDO VALLESPÍN. 9 DE JULIO DE 2026

 






En estos momentos de conmoción por la reaparición de ostentosos casos de venalidad política, conviene revisitar, como diría un anglosajón, el libro de Javier Pradera Corrupción y política. Los costes de la democracia (Galaxia Gutenberg). Se publicó en 2014, veinte años después de haber sido escrito, el lapso que medió entre su redacción y la aparición del manuscrito entre el copioso legado de textos, notas y papeles que el autor dejó tras su muerte. Solo se puede especular sobre por qué no lo publicó en su día. De lo que estoy seguro es que no fue, como se ha sugerido, por no perjudicar al PSOE. Tal afirmación significa ignorar las durísimas columnas que dirigiera a ese partido durante ese mismo periodo y desconocer el talante personal y ético del personaje.

Pero bajemos al texto, que es lo que importa. Antes que nada, conviene atender tanto al contexto en el que fue escrito como al de su publicación. El primero abarca el largo proceso de implantación de la democracia en nuestro país, con la profusión de escándalos que afectaban sobre todo al PSOE en el gobierno; el segundo, sitúa la aparición de estas reflexiones justo cuando estábamos tratando de asimilar casos tan mediáticos como la trama Gürtel, Nóos/Urdangarin, el caso Bárcenas o los ERE de Andalucía.

Ambos hitos temporales remiten, pues, a dos momentos de especial sensibilización frente al fenómeno de la corrupción, algo que los vincula inevitablemente a nuestra situación presente. Es como si la irrupción pública de estos escándalos y la atención que les prestamos fuera por olas, ciclos de tormenta mediática a los que luego sigue un periodo de calma. Pasamos, así, de la hipersensibilización a la indiferencia. Pero, como vemos, el cáncer siempre estuvo y seguirá estando ahí, haya o no nuevos rebrotes de gran resonancia pública. Esto es precisamente aquello sobre lo que advertía Pradera, como bien dice el subtítulo del libro: la venalidad política es una externalidad negativa de la democracia, tanto más propensa a hacer su aparición cuanto mayor sea la pasividad a la hora de atajarla y la debilidad de la armadura legal e institucional encargada de combatirla.

Ese fue el caso del primer periodo referido, aquel sobre el que Pradera se explayó con especial detalle, caracterizado por una expansión creciente del Estado y el gasto público y el progresivo asentamiento de los partidos en la todavía joven democracia, con sus progresivas necesidades de financiación y la correlativa tolerancia hacia conductas de dudosa rectitud ética. Porque, para empezar, cuando hablamos de corrupción nos referimos a un amplio abanico de conductas que comparten un rasgo común: la obtención de algún beneficio privado gracias a la posición que se ocupa en la estructura de poder, el desempeño de algún cargo público. Y, como es lógico, ofrece una variedad de supuestos pasmosa: desde aprovechar lucrativas puertas giratorias cuando se abandona el cargo —y gracias a él, claro está— hasta meter la mano directamente en la caja, como hicieron algunos responsables del Ministerio del Interior con el dinero de los fondos reservados. Sin olvidar la imprescindible complicidad de la sociedad civil, ese amplísimo campo del tráfico de influencias, donde suelen hacer su aparición los siempre escurridizos y siniestros intermediarios, siempre atentos al botín de los contratos de obras y servicios, las recalificaciones urbanísticas u otros actos administrativos con claro beneficio privado.

Hasta que no fueron aflorando los escándalos, ramificados por todo el territorio nacional, en todas las escalas de decisión y casi sin distinción de partido, no acabamos de tomar conciencia de sus múltiples formas y del desafío que supusieron para la propia deslegitimación de la democracia. Con el agravante de que la sensibilidad hacia estas formas de venalidad y su denuncia solo parecía importar a nuestros agentes políticos cuando quienes se veían inmersos en ellos pertenecían al partido contrario. Las llamadas a la dimisión desde las bancadas de la oposición cada vez que se producía un escándalo se tornaban en tozudos aferramientos al cargo cuando a esta le tocaba ejercer el gobierno. Y esa flagrante contradicción entre discurso público y acción real acabó teniendo un corrosivo impacto sobre la confianza en la política.

Tanto la presión social como la verificación empírica de que los casos de corrupción poseían un efecto electoral claramente negativo para los partidos implicados, condujo a un progresivo desarrollo del sistema inmune del Estado de derecho. Pronto se fueron introduciendo reformas, que afectaron sobre todo al control de la financiación de los partidos políticos y de la discrecionalidad administrativa, las principales fuentes de la caída en este tipo de prácticas; una apuesta explícita por hacer gobernar la transparencia en la gigantesca red de decisiones que caracteriza al Estado contemporáneo y otros medios para anular cualquier abuso de poder. El objetivo era disolver cualquier incentivo para caer en los tradicionales amaños. Creo que ese objetivo se logró. Hoy poseemos en España un entramado legal dirigido al control de la corrupción que no se diferencia en prácticamente nada al de cualquier otra democracia avanzada.

¿Por qué entonces siguen apareciendo los escándalos? No, desde luego, porque —como señalaba Pradera— exista una “propensión ontológica a la corrupción” por parte de los políticos profesionales. La causa, nos dice, es más estructural o, si prefieren, “sistémica”. Tiene que ver fundamentalmente con la concentración del poder en los partidos, que acaban siendo los usufructuarios de todo el entramado estatal, que lo ocupan en hasta en sus últimos alveolos. Ad intra, sin embargo, no pueden evitar sus tendencias oligárquicas, favorecidas por el propio diseño vertical de las listas electorales o, a partir de la elección de su líder por los afiliados, el giro cesarista de su dirección. Y cuando las carreras políticas dependen de los de arriba, la disciplina acaba sustituyendo al debate y se prima la lealtad al mérito. Bajo esas condiciones, las llamadas a “prietas las filas” cuando asoma algún caso de corrupción impiden la exigencia de responsabilidades internas con el consiguiente intento de encubrir —cuando no banalizar— los escándalos.

Con todo, aquello que no le dio tiempo a ver a Pradera, la fiera polarización en la que ha caído nuestro sistema de partidos, ha introducido un elemento nuevo cuyo impacto potencial sobre la evolución del enjuiciamiento popular de la venalidad política es todavía imprevisible. Me refiero a la sospecha de falta de imparcialidad e independencia del sistema de la justicia, ya se trate de aquella parte más subordinada al poder ejecutivo, la fiscalía general, como de los propios jueces, acusados —sin apenas entrar en matices o distinción de personas—, de una politización flagrante. La encuesta publicada el pasado lunes en este periódico solo puede llamar al desánimo y exige una reflexión colectiva en profundidad. Tanto por parte de quienes lanzan irresponsables acusaciones interesadas, como por los propios miembros del poder judicial, sin excluir, claro está, a los medios de comunicación.

La acusación es de una seriedad meridiana. Todo nuestro sistema de controles de la actividad delictiva de los agentes políticos pivota al final sobre los presupuestos del Estado de derecho. Eso no tiene por qué excluir las críticas a sentencias puntuales, pero trasladarlo al sistema como un todo acabaría reduciendo la aplicación de la ley a cargos políticos a mera opinión interesada. El paraíso para quienes se ven afectados por las pesquisas y el infierno para quienes seguimos creyendo en la justicia. No aclarar este problema en una conversación pública serena y responsable acabará por retrotraernos a los tiempos más oscuros de la democracia. Si es que no estamos ya en el más preocupante de todos. Fernando Vallespín es miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. El País, 9 de julio de 2026.





















ESPECIAL 4 DE HOY. EN SERIO, ¿DE DÓNDE PROVIENE EL PODER DE TRUMP?, POR ROBERT REICH. 9 DE JULIO DE 2026

 






Amigos: En la cumbre de la OTAN que acaba de concluir, Trump arremetió contra otros miembros de la OTAN, diciendo que estaba "muy decepcionado con la OTAN" y preguntando "¿Por qué gastamos cientos de miles de millones de dólares si no están ahí para nosotros?". Reiteró su deseo de anexionarse Groenlandia, criticó duramente las políticas europeas de energía e inmigración, insultó a España y preocupó a los aliados al declarar que los enfrentamientos entre Kiev y Moscú "no nos afectan".

Sin embargo, a lo largo de la reunión, Trump fue tratado por las demás potencias de la OTAN con tanta cortesía y respeto como ningún otro presidente estadounidense ha recibido jamás de la OTAN, o incluso más. «Fue una gran reunión, había mucho cariño en esa sala, mucha unidad», exclamó Trump al concluir. ¿Qué sucedió? Es importante comprender el origen del poder de Trump.

Su poder no proviene de ser presidente de la nación más poderosa del mundo. De hecho, sus aranceles arbitrarios, la absurda guerra en Irán y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa han mermado la influencia de Estados Unidos en gran parte del mundo.

Su poder tampoco proviene de su base de seguidores de MAGA, que ahora se lo está pensando dos veces antes de apoyar a alguien que involucró a Estados Unidos en otra guerra en Oriente Medio, provocó el aumento de los precios y todavía se niega a publicar los archivos completos de Epstein.

Su poder no emana de su brillantez estratégica ni de su astucia. De todos los presidentes estadounidenses de la época moderna, sin duda es el más estúpido.

El poder de Trump proviene de su disposición a violar todas las normas, reglas y leyes sobre cómo se supone que deben actuar los presidentes estadounidenses: hacer cualquier cosa que le ayude a acumular más riqueza, poder y gloria, y vengarse de cualquiera que haya intentado interponerse en su camino.

Los presidentes y primeros ministros de la OTAN trataron a Trump con una deferencia extraordinaria porque temen lo que pueda hacer si no consigue lo que quiere. Ya sea la OTAN, Irán, el Mundial, las elecciones de 2020, ganar miles de millones gracias a su presidencia, o cualquier otra cosa, no se rige por normas, reglas, tratados ni leyes.

Cuando la comunidad mundial de aficionados al Mundial protestó por su intervención el fin de semana pasado a favor de Estados Unidos, respondió: «Si [Bélgica] nos gana, entonces pueden estar muy orgullosos. De lo contrario, si nos ganan, diremos que fue —yo diría— que hubo fraude, igual que las elecciones de 2020».

Fíjense en cómo se corrigió: de «diremos» a «yo diría ». La ética se basa en el «nosotros», en nuestro juicio colectivo sobre lo que está bien o mal. A Trump le importa un bledo el juicio del mundo o de la nación sobre lo que está bien o mal. Ni siquiera piensa en lo que está bien o mal.

Hemos cometido un grave error al caracterizar a Trump como alguien que infringe las normas éticas. La ética presupone ciertos estándares acordados que permiten definir y medir una infracción. Pero Trump carece por completo de estos estándares. Su enfoque de la vida, de los negocios y ahora de la presidencia no tiene nada que ver con ellos. Se trata de ganar a cualquier precio. Cueste lo que cueste.

Trump no es falto de ética. Es amoral . No es inmoral. Es amoral.

A la mayoría de nosotros nos resulta difícil concebir la vida en un mundo trumpiano sin estándares, normas, reglas ni leyes; un mundo compuesto únicamente de transacciones y cálculos en el que la única prueba es qué gano yo con ello y a qué precio.

Y esa dificultad que la mayoría de nosotros tenemos para imaginar un mundo así es precisamente la clave del poder de Trump. Ya sea usted presidente de los Estados Unidos o cualquier otra persona, siempre es posible obtener beneficios personales siendo el primero en romper una norma ampliamente aceptada.

Imagínese un pueblo pequeño donde la gente no cierra sus puertas ni ventanas con llave debido a la regla no escrita de que nadie roba. En estas circunstancias, el primer ladrón que comete un robo tiene una enorme ventaja. Puede entrar sin esfuerzo en cualquier casa.

Esta ventaja de ser el primero en actuar desaparece en cuanto la gente se da cuenta y empieza a cerrar con llave sus puertas y ventanas. Pero el ladrón no asume el costo de las cerraduras ni la molestia de cerrar todas las puertas y ventanas. Se aprovecha de la confianza de la comunidad. Luego, una vez que la destruye, deja que sean ellos quienes se protejan de futuros robos.

Esa asimetría —un coste mínimo para quien traiciona la confianza, pero un coste enorme para todos los que después deben protegerse— es la esencia misma del modus operandi de Trump. Él obtiene riqueza, poder y gloria para sí mismo al quebrantar las normas, tras lo cual todos los demás tienen que lidiar con las consecuencias.

Como presidente, tiene normas mucho más importantes que quebrar que un ladrón de poca monta, y a su propio beneficio, mucho mayor. Como presidente, su brutalidad le ha resultado rentable, al menos para él. Pero también ha dañado todo tipo de instituciones en las que Estados Unidos y el mundo han confiado —desde la OTAN hasta la FIFA y el Departamento de Justicia de EE. UU.— instituciones basadas en la confianza de que ningún presidente estadounidense haría jamás lo que él ha hecho.

Será recordado como el presidente más poderoso que Estados Unidos haya tenido jamás, pero también como el peor. Cuando se vaya, todos pagaremos para arreglar el desastre. Tendremos que comprar un sinfín de cerraduras para un sinfín de puertas y ventanas, y dedicar muchísimo tiempo a instalarlas y luego a mantenerlas cerradas. Robert Reich es economista. Substack, 9 de julio de 2026.






















ESPECIAL 3 DE HOY. ¿QUÉ PASARÍA SI EL PRÓXIMO PRESIDENTE FRANCÉS TUVIERA QUE LLEVAR UN MONITOR ELÉCTRICO EN EL TOBILLO?, POR FRANCOIS VALENTIN. 9 DE JULIO DE 2026

 






Ayer, un tribunal de apelaciones de París confirmó la condena de Marine Le Pen por malversación de fondos del Parlamento Europeo. El partido de Le Pen, la Agrupación Nacional (RN), había malversado 2,8 millones de euros utilizando un fondo destinado a los asistentes parlamentarios para pagar a personal del partido entre 2004 y 2016.

En un giro inesperado, el tribunal redujo drásticamente las consecuencias políticas de la condena, acortando su pena de prisión de cuatro a tres años, dos de los cuales quedaron en suspenso y el último deberá cumplirse en su domicilio bajo vigilancia electrónica.

Más importante aún, el tribunal redujo la prohibición de que ocupara un cargo electo a 45 meses, con 30 meses en suspenso. Los 15 meses restantes se considerarán ya cumplidos en virtud de la ejecución provisional del veredicto inicial de marzo de 2025, lo que significa que Le Pen ahora parece estar habilitada para presentarse a las elecciones presidenciales de 2027, algo que ella misma anunció rápidamente que planea hacer.

Según la sentencia actual, Le Pen vería sus movimientos muy limitados y tendría que llevar un monitor electrónico en el tobillo durante gran parte de su campaña. Para sortear estas restricciones, ha anunciado que apelará ante el Tribunal de Casación, la máxima instancia judicial francesa. Esto le permitiría hacer campaña libremente hasta que el tribunal se pronuncie sobre su caso y (si confirma su culpabilidad) dicte una resolución definitiva sobre la pena que deberá afrontar. Inicialmente, parecía improbable que todo esto ocurriera antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en abril próximo; sin embargo, los calendarios judiciales son impredecibles y existe la posibilidad de que una resolución definitiva le impida de repente celebrar mítines en las semanas o meses previos a la votación decisiva.

El juicio y el veredicto —y ahora la incertidumbre sobre si Le Pen cumplirá arresto domiciliario y cuándo— han generado un considerable malestar en la política francesa. A un año de las elecciones presidenciales, ¿es posible que la favorita y líder de la oposición vea frustradas sus posibilidades por los jueces? Una forma de verlo es que Le Pen se ha convertido en víctima de las paradojas de la política populista.

Los populistas se presentan como ajenos al sistema político para denunciar la corrupción del régimen actual y exigir mayor moralidad en la política. La crítica más severa de los políticos corruptos es quizás la propia Le Pen. Su padre, Jean-Marie, fundador del Frente Nacional, antecesor de la RN, en la década de 1970, hizo de la corrupción un pilar fundamental del programa del partido. En las elecciones legislativas de 1993, su eslogan fue el descarado «manos limpias, cabeza bien alta». Durante décadas, el partido se valió de un lema que afirmaba que los políticos tradicionales estaban «todos podridos» («tous pourris»).

Asimismo, en 2013 Marine Le Pen arremetió contra los entonces dominantes partidos de centroderecha y centroizquierda por presentar candidatos con antecedentes penales. Preguntó: "¿Cuándo vamos a implementar la inhabilitación de por vida para todos aquellos que han sido condenados por actos cometidos durante su mandato?". Y añadió: "Nunca lo harán, porque si lo hicieran, la mitad de la clase política ya no podría ejercer la política, dado el estado de corrupción e inmoralidad que impera en Francia".

Esas palabras ahora la persiguen. Su mejor defensa ha sido contraatacar, señalando que no obtuvo ningún beneficio personal del plan, ya que se utilizó para pagar a los empleados del partido (lo cual es cierto). Más concretamente, argumenta que muchos otros políticos en Francia supuestamente idearon planes similares mientras estaban en el Parlamento Europeo, incluidos François Bayrou, ex primer ministro de Emmanuel Macron, y Jean-Luc Mélenchon, líder del partido de izquierda La France Insoumise. Si bien las sumas involucradas en estos dos casos fueron considerablemente menores, Le Pen tiene razón en cierto modo.

Sin embargo, para la líder de un partido que durante décadas vociferó que los políticos estaban "todos podridos", está peligrosamente cerca de admitir que ahora forma parte del mismo grupo. Esta incómoda constatación ha llevado a Le Pen a aferrarse a la segunda vertiente de la política populista: que la voluntad democrática del pueblo no puede ser coartada por entidades no electas como los tribunales. En este sentido, su aliado Jordan Bardella , la joven promesa del partido, ha denunciado la existencia de jueces politizados de tendencia comunista.

Aún está por verse el impacto que tendrá el fallo en el electorado. Las primeras encuestas indican que el 51% de la población considera que Le Pen tiene razón al presentarse a las elecciones de 2027. Sin duda, se centrará en el tema de la persecución, alegando ser víctima del sistema. Sus oponentes estarán deseosos de atacarla por este motivo, a pesar del riesgo de que pueda obtener apoyo electoral presentándose como una mártir.

Más fundamentalmente, hay una lección que aprender para los opositores al populismo. La batalla contra la RN debe librarse, ante todo, en el ámbito democrático. La desconfianza en las instituciones políticas en Francia se encuentra en su punto más alto en dos décadas. La incapacidad del Estado para mejorar las condiciones de vida o controlar la inmigración está alimentando un descontento genuino.

Ante este panorama, esperar que los jueces desestimen a los oponentes es una estrategia perdedora. Este caso demuestra que los jueces comprenden los posibles costos de ser percibidos como un obstáculo para el funcionamiento de la democracia y pueden recurrir a un compromiso políticamente astuto que no llega a inhabilitar directamente a los candidatos. En estas circunstancias, no está nada claro que Le Pen vaya a dimitir, y de hecho, la posibilidad de que permanezca confinada en su casa durante varias horas al día durante una campaña electoral podría movilizar a votantes que de otro modo no la apoyarían. Pero incluso si Le Pen decide dimitir —un resultado que muchos esperaban antes de este fallo—, es aún menos claro que Bardella, su probable sucesora, sea más fácil de vencer en unas elecciones presidenciales. Intentar elegir a tu oponente rara vez termina bien. Darle motivos para alegar que los jueces lo están persiguiendo es aún peor. François Valentin es consultor sénior en London Politica. Substack, 9 de julio de 2026.




















ESPECIAL 2 DE HOY. EL DESASTRE DE TRUMP CON IRÁN SE HA CONVERTIDO EN UNA GUERRA INTERMINABLE. 9 DE JULIO DE 2026

 





Amigos: A estas alturas, probablemente ya hayas oído la última noticia de que la Guardia Revolucionaria iraní se ha rendido oficialmente a Trump y que los soldados estadounidenses están ocupando Teherán.

Me lo acabo de inventar. Pero ¿quién sabe? Hace dos semanas, Trump declaró: «Por primera vez en 3000 años, vamos a tener paz en Oriente Medio».

Hoy declaró que el alto el fuego “ha terminado”. Hace semanas teníamos un alto el fuego y un "memorando de entendimiento" con Irán que, según Trump, nos daba todo lo que queríamos, incluido el fin del programa nuclear iraní.

Pero el llamado "memorando de entendimiento" dejó prácticamente todo por negociar, incluyendo el programa nuclear de Irán, su programa de misiles, su apoyo a grupos terroristas y la represión de su propio pueblo. Antes de eso, a finales de febrero, nos prometieron una intervención rápida de "cuatro a seis semanas".

La cruda realidad es que Estados Unidos está mucho peor hoy que antes de que Trump iniciara este conflicto, sin consultar al Congreso ni a nuestros aliados. El estrecho de Ormuz está nuevamente cerrado de facto. Los precios del petróleo están subiendo. El arsenal nuclear de Irán permanece oculto. El régimen de Teherán está más radicalizado y decidido que nunca a conseguir una bomba nuclear.

Mientras tanto, 13 estadounidenses han muerto y unos 425 han resultado heridos en combate. Más de 3400 iraníes han muerto, entre ellos 120 escolares, y 26 000 han resultado heridos. El Pentágono ya ha solicitado al Congreso unos 70 000 millones de dólares para cubrir los gastos de las operaciones iniciales en Irán, y el coste aumenta cada semana. Trump nunca le dio al pueblo estadounidense una buena razón para atacar a Irán en primer lugar. No tenía un objetivo ni una estrategia de salida.

Lo más probable es que este conflicto continúe a baja intensidad indefinidamente, acompañado de anuncios esporádicos de Trump que afirman que ha terminado y que Estados Unidos ha ganado, los cuales son luego contradichos por otra serie de ataques con misiles y drones iraníes, seguidos de otra ronda de agresión estadounidense y represalias iraníes. Esta es la “guerra eterna” que Trump criticó cuando se postuló para la presidencia en 2024. La cuestión es si él y el pusilánime Congreso republicano que han apoyado este desastre rendirán cuentas. Robert Reich es economista. Substack, 9 de julio de 2026.
















 











ESPECIAL 1 DE HOY. EL DOLOR EN ESPAÑA RESIDE PRINCIPALMENTE EN EL CEREBRO DE TRUMP. 9 DE JULIO DE 2026

 






Ayer, Donald Trump ordenó a Scott Bessent, secretario del Tesoro, que cortara todo el comercio con España. Bessent respondió: «Sí, señor». Trump también afirmó que esto se debía a que los españoles le habían robado sus fresas.

Vale, me he inventado la segunda parte, pero sí que le ordenó a Bessent que cortara todo el comercio.

Esto no va a suceder. Los presidentes tienen mucha autoridad discrecional en materia de aranceles y comercio, más de la que deberían, pero usted no tiene derecho como presidente a imponer aranceles a un país simplemente porque no le guste su gasto en defensa o porque crea que no han sido lo suficientemente amables con usted.

Esto no sería viable ni siquiera bajo la administración Trump. Ni siquiera con un Congreso sumiso y una Corte Suprema permisiva, esto va a suceder. Además, España forma parte de la Unión Europea. Así que esto sería como si Europa declarara: «Vamos a cortar todo el comercio con Florida»: no pueden hacer eso. Y, además, hay mucho comercio estadounidense con España. De hecho, España es uno de esos países con los que tenemos superávit comercial. Así que las empresas estadounidenses protestarían enérgicamente.

Así que todo esto es un hecho sin importancia, no es algo real. Excepto que el Presidente de los Estados Unidos sí dijo esto.

Fue una auténtica locura, y esa es la conclusión que debemos sacar de todo esto. A estas alturas, ya no se trata de economía. Ni siquiera tiene sentido hablar de las políticas de la administración Trump, y mucho menos de ideología.

Lo que tenemos es al presidente Sundowner. Es decir, esto es una completa locura. En cualquier sistema político que funcione con normalidad, en cualquier entorno partidista que funcione con normalidad, habría un clamor bipartidista masivo, que abarcaría a casi todos, excepto a un puñado de congresistas que están locos, para decir: "Este tipo no está en sus cabales". No podemos dejar el destino de Estados Unidos ni del mundo en manos de alguien completamente irracional, que hace exigencias y se cree con poderes que no posee.

Y, por supuesto, en lugar de eso, no solo todos fingen que sigue siendo un ser humano racional, sino que el Partido Republicano y la administración Trump están plenamente dedicados a intentar construir un culto a la personalidad.

Esto me indica que el problema es mucho mayor que Trump. Algo falla fundamentalmente en Estados Unidos, y a estas alturas no hace falta recurrir a justificaciones complicadas. Basta con decir que algo falla en un país y en un sistema que permite que este individuo se mantenga en el poder. Que tenga un buen día. Paul Krugman es premio Nobel de Economía. 8 de julio de 2026.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 9 DE JULIO DE 2026

 





























DEL ARCHIVO DEL BLOG. MANIFESTARSE, POR JOSÉ ANDRÉS ROJO. PUBLICADO EL 9 DE JULIO DE 2020

 







En una democracia es imprescindible que la gente pueda mostrar en las calles su malestar, aunque sea con mascarilla, afirma en este último A vuelapluma de la semana [Nostalgia de la multitud. El País, 9/7/2020] el historiador José Andrés Rojo.

"En las primeras páginas de La muerte de Virgilio, el escritor austriaco Hermann Broch narra la llegada a Brindisi de Octaviano Augusto. Regresa de Grecia para celebrar que cumple 43 años. Ahí están las siete naves que se acercan con todo su esplendor a Italia; la que transporta al César se adelanta y maniobra entre veleros y botes y barcas de pesca y tartanas hasta conseguir tocar tierra. Es en ese instante cuando “el sordo rugir de la bestia masa” estalla en un “jubiloso alarido”, “desenfrenado, aterrador, magnífico”. Broch escribe que Augusto sabía que sin esa multitud que vibraba “no se podía hacer política alguna”. Aquello ocurrió en septiembre del año 19 antes de Cristo. Hoy, con el coronavirus suelto por el mundo, la hipótesis de grandes concentraciones está en principio puesta entre paréntesis. Se han producido movilizaciones, como las de quienes protestaron por la muerte de George Floyd y contra la pervivencia del racismo, pero las indicaciones de los expertos en salud son bastante claras: no se mezclen, trátense con cierta distancia, nada de barullos.

Es posible que este sea uno de los elementos que generan más extrañeza ahora que en Europa se está produciendo la salida de la pesadilla de los contagios y los hospitales abarrotados y los muertos. No hay mítines multitudinarios, no hay público en los estadios de fútbol, no hay conciertos de rock donde millares de jóvenes se empastan en una corriente vertiginosa agitada por la energía del ritmo. La masa está dormida, y aquel alarido tan suyo —”desenfrenado, aterrador, magnífico”— parece cosa del pasado. Si esto se prolongara, ¿qué podría pasar con la política? ¿Cómo ejercerla, cómo entenderla, cómo habrán de sintonizar los que gobiernan con los gobernados si a estos se les ha indicado que mejor nada de alaridos?

Cuenta Elias Canetti en La antorcha al oído que durante los años que pasó en Fráncfort, entre 1921 y 1924, tuvo una experiencia muy potente. Se estaba celebrando una marcha obrera de protesta por el asesinato de Walter Rathenau, ministro de Exteriores en la República de Weimar, cuando descubrió que se sintió fuertemente arrastrado por la energía de la multitud que avanzaba por la calle. Habla de “embriaguez”, de romper los “límites habituales”, de descubrir “el camino hacia otras personas que se hallaban en una situación análoga” y formar con ellas “una unidad superior”. Más adelante se refiere en esa historia de su vida a un primo suyo un poco mayor, que un día le comentó a propósito de sus habilidades como orador: “Tienes a la gente entre tus manos, son como una bola de plasta blanda con la que puedes hacer lo que quieras. Podrías animarlos a incendiar sus propias casas, es un tipo de poder que no conoce límites”. Canetti se dedicó 25 años de su vida a estudiar la naturaleza de la masa. Y a explorar la consistencia de su poder.

La historia está llena de líderes fanáticos que supieron moldear a las muchedumbres para arrastrarlas por los peores derroteros. Ahí están Hitler o Mussolini. Pero sin esas multitudes que de tanto en tanto llenan las calles para expresar sus anhelos o su malestar, su furia, la democracia estaría coja. Por eso es un signo de buena salud cívica que la brutal muerte de George Floyd no haya quedado sin respuesta. Este extraño mundo de ahora no puede prescindir del alarido contra las injusticias. Aunque no haya más remedio que proferirlo tras una mascarilla".