sábado, 27 de junio de 2026

MI PLAN DE LECTURAS PARA EL INVIERNO 2025-OTOÑO 2026 (MODIFICACIONES)

 






INVIERNO, 2025/2026

==============

LA FUGITIVA (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VI), de Marcel Proust (leída).

HANNAH ARENDT, UNA BIOGRAFÍA INTELECTUAL, de Thomas Meyer (leída).

IDENTIDAD Y AMISTAD, de Emilio Lledó (leída).

EL TIEMPO RECOBRADO (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VII), de Marcel Proust (leída). 

APOLOGÍA DE SÓCRATES, de Platón (leída).

WALDEN, de Henry David Thoreau (leída).

LOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA, de George Bernanos (leída).

EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald (leída).

LA MARAVILLOSA HISTORIA DEL ESPAÑOL, de Francisco Moreno (leída).

FEDÓN, de Platón (leída).

SONETOS DE AMOR, de William Shakespeare (leída). 

ANA NO, DE Agustín Gómez Arcos (leída).

CAMINAR, de Henry David Thoreau (leída).

(Trece lecturas completadas).

     

PRIMAVERA, 2026

===========

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, de Byung-Chul Han (leída).

ENEIDA, de Virgilio (leída).

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO, de Pablo D’Ors (leída).

TRISTRAM SHANDI, de Laurence Sterne (leída).

CRÓNICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la Real Academia Española (leída).

COMERÁS FLORES, de Lucía Solla (leída).

SAN MIGUEL, BUENO Y MÁRTIR, de Miguel de Unamuno (leída).

EL ARTE DE TENER RAZÓN, DE ARTHUR SCHOPENHAUER (leída).

SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky (leída).

ANTOLOGÍA GENERAL, de Pablo Neruda (leída).

EL PERIÓDICO DE LA DEMOCRACIA, de Javier Cercas (leída).

CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE, de Josephine Quinn (leída).

LENGUA MADRE, de Laura Spinney (leída).

(Trece lecturas completadas).


VERANO, 2026

=========

POEMA DE GILGAMESH, Anónimo (leída).

REPÚBLICA, de Platón (leyendo ahora).

IBIS, de José María Vargas Vila (pendiente de lectura).

ANTOLOGÍA EN VERSO Y PROSA, de Gabriela Mistral (pendiente de lectura).

MARTÍ EN SU UNIVERSO, de José Martí (pendiente de lectura).

ORIGEN Y META DE LA HISTORIA, de Karl Jaspers (pendiente de lectura).

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE, de Oswald Spengler (pendiente de lectura).

ARTE SONORA, de Auserón (pendiente de lectura).

UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de Jürgen Habermas (pendiente de lectura).

HISTORIA ALTERNATIVA DE LA FELICIDAD, de Juan Antonio González Iglesias (pendiente de lectura).

POLÍTICA Y FICCIÓN, de Jorge Lagos y Pablo Bustinday (pendiente de lectura).

ESCRITOS 6, de Soren Kierkegaard (pendiente de lectura).

¿TIENE FUTURO LA VERDAD? de Georg Steiner (pendiente de lectura).

UN CABALLERO EN MOSCÚ, de Amor Towles (pendiente de lectura).

MANIFIESTO POR UNA DEMOCRACIA RADICAL, de Jordi Sevilla (pendiente de lectura).

GALDÓS, Yolanda Arencibia (pendiente de lectura).

CONTRA EL ESTADO, de James C. Scott (pendiente de lectura).

MOMO, de Michael Ende (pendiente de lectura).

LA MEMORIA RECUPERADA, de Antonio Iglesias (pendiente de lectura).

(Una leída, dos leyendo ahora y dieciséis pendientes).


OTOÑO, 2026

=========

EL FENÓMENO HUMANO, de Teilhard de Chardin (pendiente de releer)

ERASMO Y ESPAÑA, de Marcel Bataillon (pendiente de releer).

ULISES, de James Joycee (pendiente de releer).

ENSAYOS, de Michael de Montaigne (pendiente de releer).

OBRAS COMPLETAS, de Esquilo, Sófocles y Eurípides (pendiente de releer).

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche (pendiente de releer).

¿QUÉ ES LA POLÍTICA?, de Hannah Arendt (pendiente de releer).

ANTOLOGÍA GENERAl, de Pablo Neruda. (Pendiente de releer).

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes. (Pendiente de releer).

POLÍTICA, de Aristóteles (Pendiente de releer).

(Diez relecturas pendientes).

TOTAL DE LECTURAS PROGRAMADAS EN EL AÑO: 55.

















BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY SÁBADO, 27 DE JUNIO DE 2026, EN ESPAÑOL

 






Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de sábado del 27 al 28 de junio de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía  de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt





















DE LA TARDE QUE CAE. CRITICAR A LOS JUECES, POR JOSÉ MARÍA CALERO MARTÍNEZ. 27 DE JUNIO DE 2026

 






El ejercicio de cualquier poder público debe estar sometido a crítica por principio. En otro caso, pronto incurrirá en exceso. Es una ley de la física del comportamiento humano que aparece contrastada por la experiencia diaria en cualquier colectivo, desde el más simple, de dos elementos, la pareja, hasta el más complejo, 49,7 millones de habitantes censados en España, según la última estimación. La historia de la humanidad acredita que toda forma de poder tiende a expandirse. Es imprescindible el establecimiento de eficaces controles. Tanto más desarrollado y culto es un pueblo cuanto mejores y más eficaces medios de control del poder en todas sus expresiones aparezca integrado en la educación y los hábitos de sus ciudadanos.

Habría que empezar con una aclaración cada día más necesaria:” los jueces”, como colectivo, no constituyen un poder legítimo del Estado en ningún ordenamiento jurídico del mundo moderno. Desde que el rey absoluto perdió la potestad de juzgar y de dictar leyes, conforme a un modelo de control conocido como el principio de separación de poderes, el poder judicial fue atribuido y corresponde ejercer a cada juez, sobre cada litigio del que resulta competente para conocer. Eso es lo que significa que el poder judicial es un poder difuso, repartido, atribuido a cada juez. Un solo juez, uno solo, tiene poder para dejar sin efecto un acto del poder ejecutivo e incluso provocar del Tribunal Constitucional o del Tribunal Europeo de Justicia un pronunciamiento sobre la constitucionalidad o la adecuación al derecho comunitario de una ley. Un solo juez puede cuestionar un acto del poder legislativo. Sin embargo, ningún miembro del poder ejecutivo o del poder legislativo, por sí solo, puede dictar un acto administrativo ni promulgar una ley. Porque el poder ejecutivo y el legislativo corresponden a personas integradas en órganos colectivos, un departamento, un ministerio, un gobierno o una cámara legislativa. Por idéntica razón “los jueces” como colectivo no tienen ningún poder, no son un poder del Estado; como colectivo, “los jueces” no pueden hacer nada.

La crítica al poder judicial legítimo, al que ejercen diariamente cada uno de los jueces en órganos unipersonales o en tribunales colegiados al dictar sentencia, comienza con el recurso que permite a las partes del pleito solicitar a otros jueces de rango y autoridad superior revisar la corrección de la decisión. Pero además de esa crítica interna, tiene que ser posible en el ejercicio de los derechos fundamentales a la libertad de pensamiento y de expresión la crítica externa, pública, expuesta con el mayor o menor acierto, con cualquier grado de acidez o agresividad, incluyendo lo grosero, impertinente o desabrido. No solo porque es un modo de control del poder irrenunciable, sino porque la formación de la opinión pública bajo criterios de máxima vigencia de esos derechos fundamentales es el presupuesto de un sistema democrático basado en ciudadanos que votan viendo, escuchando y leyendo todas las voces, incluso las equivocadas, estrafalarias o maleducadas.

Si un ciudadano o un colectivo dice públicamente, por ejemplo, que una resolución judicial es un disparate, no solo que no menoscaba ningún principio, ni infringe ninguna ley, sino que ejerce su derecho a la libertad de expresión, controla un poder del Estado y refuerza el sistema jurídico sobre el que se sostiene nuestra convivencia en paz. Si ese ciudadano ocupa un escaño en el Parlamento, su derecho a la libertad de expresión está todavía más reforzado porque representa a los ciudadanos que le han votado y, sobre todo, pueden dejar de votarle. Si es funcionario o ejerce un cargo público, es decir, en cualquiera de sus modalidades es parte del poder ejecutivo, no por ello pierde o ve limitados sus derechos fundamentales y entre ellos, el de la libertad de pensamiento y de expresión. Incluso algunos jueces convertidos en tertulianos reclaman, con toda la razón, su libertad de pensamiento y expresión en sus intervenciones en la plaza pública de los medios de comunicación y las redes sociales.

En mi opinión, es indiscutible que todas las resoluciones judiciales pueden ser sometidas a la crítica pública, incluida la manifiestamente infundada o irrespetuosa. Como sabiamente enseña la jurisprudencia norteamericana, el ejercicio incurriendo en abuso de los derechos esenciales debe ser soportado para asegurar su vigencia efectiva.

Frente a la anterior conclusión podría aparecer la siguiente objeción: una cosa es criticar una resolución y otra criticar “a los jueces”. Y entonces entramos en otra pantalla que nos ofrece ocasión de nuevas e interesantes reflexiones.

La primera es que “los jueces” no son un poder legítimo en nuestro sistema constitucional ni en ninguno de los sistemas constitucionales modernos. Esta es la primera crítica que merecerían aquellos que se pronuncien como si fueran, o se consideraran como poder colectivo y en tal condición como un poder del Estado. Es frecuente esta profunda perversión del ejercicio de ese poder en estos días. Hemos oído expresiones como “los jueces no nos vamos a dejar intimidar” u otras similares como “¿se creen que van a poder con los jueces y la Guardia Civil?”. Esas manifiestaciones apuntan a un entendimiento personalista y equivocado de la naturaleza y los límites de su poder. El juez solo ejerce un poder legítimo en el dictado de sus sentencias, pero cuando pretende hablar como juez miembro de un poder colectivo en televisión hace un ejercicio ilegítimo y desviado de su poder. Por eso merece la crítica más simple y más severa: usted no es juez en este momento y debiera saberlo, los jueces como colectivo no son un poder legítimo en nuestro ordenamiento jurídico. Diga lo que quiera, pero acuérdese que lo hace como ciudadano, no como juez.

La segunda reflexión es que, como colectivo, los jueces sí son un servicio público y en ese sentido pueden someterse a crítica sobre su mejor o peor funcionamiento. Esta es otra faceta completamente distinta y merece ser diferenciada: hablamos ya de la oficina judicial, no del poder de decidir. Si a un ciudadano lo atienden mal en un juzgado y así lo manifiesta públicamente, lo que critica es un servicio público deficiente, pero no propiamente al poder judicial.

Precisamente, en este sentido del poder judicial como servicio público, cuando el juez es ya un funcionario público que sirve a la ciudadanía, tienen sentido las asociaciones profesionales que les permiten como colectivo, reclamar la mejora en sus condiciones de trabajo, de sus instalaciones, el personal auxiliar o sus retribuciones. El problema nace cuando situándose claramente fuera de este ámbito funcionarial o de servicio público, las asociaciones judiciales se erigen en portavoces, no de reclamaciones “domésticas” propias del servicio público, sino de ese “poder judicial”, incurriendo ya en el abuso consistente en la pretensión del ejercicio de un poder judicial colectivo, es decir, ilegítimo.

En España las asociaciones profesionales en general se han ocupado muy poco de las condiciones de trabajo de sus asociados, paulatinamente peores hasta llegar al estado lamentable de la actualidad. Es obligado expresar como merecida crítica a esas asociaciones, lideradas por jueces y fiscales que querían ser ministros antes que buenos jueces y fiscales, que en los últimos tiempos siguen más en el debate político que en el profesional, para desgracia de sus afiliados.

Una reflexión final. El repaso de los comunicados emitidos desde su creación en 1985 por el Consejo General del Poder Judicial, como reacción a manifestaciones críticas más o menos desacertadas o desabridas o irrespetuosas contra algún juez o tribunal, permite comprobar la recurrente referencia a la necesidad de asegurar la confianza de los ciudadanos en los jueces, como presupuesto necesario de una sociedad democrática. Mi experiencia, después de más de treinta años con la toga puesta, es que la confianza de los ciudadanos se gana o se pierde en el día a día de cada juzgado, no en la crítica, por más desafortunada y procaz que sea, propia del debate político de cada día.

Una persona muy cercana a Adolfo Suárez me contaba que, cuando su mente iba adentrándose en la pesada niebla que le fue alejando de la realidad en los últimos años, de vez en cuando parecía recobrar súbitamente una extraña lucidez. Un día le miró y le dijo “se han quedado fuera del sistema”. Cuando le preguntó a qué se refería le aclaró: “Los jueces y los periodistas se han quedado fuera del sistema, no admiten la crítica”. José María Calero Martínez es abogado y fiscal en excedencia. El País, 25 de junio de 2026. 

























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. STROMBOLI, POR MANUEL JABOIS. 27 DE JUNIO DE 2026

 





Stromboli es uno de los volcanes activos más célebres del mundo. Aquí el gas empuja de forma constante fragmentos incandescentes de lava, bombas y escoria desde los cráteres. Erupciona así desde 1934. No es un volcán apagado que a veces despierta: es un animal que respira cada 10 o 20 minutos. Se organizan excursiones nocturnas para ir a verlo de cerca desde el mar o incluso caminando, unas seis horas, por sus laderas, hasta donde permiten las restricciones (“dos pasos adelante, uno atrás”). En el lado noroeste está la Sciara del Fuoco, una enorme pendiente negra por la que bajan materiales volcánicos hacia el mar. Es un vertedero de fuego: lo que el volcán escupe arriba, rueda, cae o se derrama. Las playas de las Eolias, las islas que tiene alrededor, están hechas de piedras volcánicas. Aunque pueda parecer, y lo sea, una atracción turística, también es algo más: una amenaza vigilada pero latente. Desde Canneto, la playa de la isla de Lipari, el fenómeno se observa con curiosidad natural, nada obsesiva. Aquí están la playa, los niños, las sombrillas, las piedras calientes, las fachadas claras, los turistas (pocos) en las tres o cuatro terrazas que ofrecen pescado. Enfrente está Stromboli, la montaña negra que recuerda que bajo esta belleza hay presión, gases y magma. Este lunes por la noche, con todo a punto de cerrar, una familia celebra el 72 cumpleaños de uno de sus miembros en el Mari e Suli. Sacan la guitarra y cantan todos Gianna, una de las canciones de mi vida estos dos últimos años. Qué poco importa todo: uno se cree el rey del mundo cantando este tema a gritos en Madrid y ahora, en Lipari, se canta en mis narices sin mencionarme. Un día antes de viajar, alguien me dijo que el éxito, el amor y la gracia son cosas que no se pueden buscar. Que como creas que tienes la fórmula, las pierdes. “El éxito es un gato, viene cuando quiere”. Y así el amor, y así la gracia, y así los volcanes que saltaremos esta noche de San Juan a falta de una hoguera mejor. Manuel Jabois es escritor. El País, 24 de junio de 2026.























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 27 DE JUNIO DE 2026

 





























DEL ARCHIVO DEL BLOG. SOBRE EL ORIGEN DEL UNIVERSO Y LA VIDA DESPUÉS DE LA VIDA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 17 DE MAYO DE 2016

 








A mi amiga Jesús


Hace unos días publiqué en el blog una entrada: "El sinsentido de la existencia", que contrariamente a lo que yo pensaba no ha despertado excesivo interés por parte de los lectores del blog. Apenas unos cuantos lectores se han acercado a curiosearla... Lo que me confirma en la idea de que lo de "interesante" es un concepto absolutamente relativo ajeno a toda realidad objetiva. De todas maneras, cabezota que es uno, insisto en el tema. Decía en ella que yo no le encontraba excesivo sentido a la misma, a la existencia. Que era de los que piensa que estamos aquí por puro azar. Que somos polvo de estrellas. Que al final vamos a desaparecer sin dejar rastro. Que todo lo que ha existido se extinguirá sin dejar recuerdo ninguno de su existencia ni de su paso por el mundo. Que nada quedará, ni siquiera memoria... Y que hay pocas cosas que puedan consolarnos de ese sinsentido de la existencia. Entre ellas, el amor, la amistad y los libros.

A pesar de ser de formación académica en letras y humanidades, reconozco que siento la pasión del neófito por la Ciencia. Y que a pesar de esa pasión, no entiendo absolutamente nada sobre ella. La Madre Naturaleza no me ha dotado con las cualidades necesarias para acceder, ni por aproximación, a los arcanos de la física, la química o la cosmología. Por eso, cuando leo un artículo tan denso como el publicado en el último número de Revista de Libros por el profesor Viatcheslav Mukhanov, catedrático de Cosmología de la Ludwig-Maximilians Universität, de Munich, y premio Gruber de Cosmología 2013, titulado El Universo Cuántico: de la Nada al Todo, se me disparan automáticamente todas las neuronas y entro en una especie de trance del que me resulta difícil salir. Y aquí estoy a la 1:38 de la madrugada (hora insular canaria), intentando relajarme a base de darle algún sentido racional a la pantalla en blanco de mi portátil.

El citado artículo se abre con una frase del físico estadounidense Steven Weinberg, profesor de la Universidad de Texas, en Austín, y premio Nobel de Física 1979, tomada de su libro Los tres primeros minutos del universo (1977), que dice así: "Los esfuerzos para comprender el universo son una de las poquísimas cosas que elevan la vida humana un poco por encima de la farsa y que le otorgan algo de la elegancia de la tragedia". Polemista como pocos, el profesor Weinberg es también autor de una frase que ha hecho fortuna entre los científicos norteamericanos. Como el también polemista y biólogo Richard Dawkins, Weinberg mantiene una cruzada sin tregua, casi a vida o muerte, contra las tendencias "creacionistas" de buena parte de los científicos estadounidenses. Para no alargarme, dice Weinberg: "La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión". Comparto plenamente las dos primeras oraciones de la frase. La segunda, no tanto. Mi beligerancia no llega a tal extremo.

No puedo, por falta de capacidad, resumirles el artículo del profesor Mukhanov, pero les invito a leerlo si están interesados en ese asunto de la Cosmología y la Física Cuántica y el origen del Universo. Es lo más reciente que se ha escrito al respecto. Y dada la valía científica de su autor, merece la pena intentarlo.

Pero yo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Guiniguada por Las Palmas, vuelvo a lo que me es y resulta más asequible: el sentido de la vida o de la existencia y la pervivencia de vida después de la vida. Personalmente no creo en ella. Me gustaría hacerlo, pero no me es posible. Ni tan siquiera a pesar de la admiración que siento por Teilhard de Chardin y las puertas que al respecto abre la lectura de su libro El fenómeno humano, una de las obras científicas que más profunda e indeleble huella ha dejado en mí. Somos unos recién llegados en la historia de la evolución, y desde luego resulta difícil aceptar que seremos los últimos. Pero esas son cosas que explica mejor la neurobiología que la religión. Y no soy experto en ninguna de las dos. Así pues, aprovechando mi ignorancia, vuelvo a retomar lo dicho por otros, ahora sobre eso de la vida después de la vida, en la que yo no creo pero me gustaría creer. Aunque en ningún caso sea un asunto que me ocupe ni preocupe en lo más mínimo.

En la autobiografía del escritor israelí Amos Oz de la que vengo hablando en estos últimos días, Una historia de amor y oscuridad (Siruela, Madrid, 2004), hay unas páginas que el autor dedica a su relación como alumno con el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Samuel Hugo Bergman. No me resisto a transcribirlas literalmente, y espero que tengan la paciencia de leerlas hasta el final y comprenderán la razón (o sinrazón) de esta entrada, si es que han sido capaces de leer igualmente el enlace de más arriba.

"Después de hacer el servicio militar-dice Oz-, en el año 1961, la secretaría del kibbutz Hulda me envió a estudiar dos años a la Universidad Hebrea. Estudié literatura, porque el kibbutz necesitaba con urgencia un profesor de literatura de enseñanza media, lo que nosotros llamábamos "clases de continuación", y estudié filosofía porque me empeñé en estudiar filosofía. Cada lunes, de cuatro a seis de la tarde, había unas cien personas reunidas en el aula magna del edificio Meiser para oír el ciclo de conferencias del profesor Samuel Hugo Bergman sobre el tema "La filosofía dialéctica de Kierkegaard a Martin Buber". También Fania, mi madre, estudió filosofía con el profesor Bergman en Har Hatzofim en los años treinta, antes de casarse con mi padre, y él la recordaba con afecto y cariño. En el año 61 el anciano Bergman ya era un profesor jubilado, emérito, pero nosotros estábamos fascinados por su lúcida y penentrante sabiduría. Me emocionaba pensar que el hombre que estaba ante nosotros había sido compañero de clase de Kafka, y durante dos años -eso nos contó una vez- se sentó en el mismo pupitre que Kafka en el "gimnasium" de Praga, hasta que llegó Max Brod y le quitó el sitio.

Durante aquel invierno, Bergman invitaba a cinco o seis alumnos, los que le resultaban más simpáticos o por los que se interesaba más, a ir a su casa una o dos horas después de clase. Todos los lunes, a las ocho de la tarde, yo llegaba en el autobús número 5 desde el nuevo campus de Guivat Ram al modesto piso del profesor Bergman en Rehavia. Un ligero olor, continuo y agradable, una mezcla de polvo de libros, pan recién hecho y geranios, flotaba en la habitación. Nos sentábamos en el sofá y en la alfombra  a los pies de nuestro gran maestro, amigo de juventud de Kafka y de Martin Buber y autor de los libros en los que estudiábamos la historia de la epistemología y los principios de la lógica, y permanecíamos en absoluto silencio esperando sus palabras. Samuel Hugo Bergman era un hombre corpulento incluso de viejo. Con su melena canosa, con sus sonrientes arrugas de ironía en las comisuras de los párpados, con su mirada perspicaz pero inocente y pura como la de un niño curioso, Bergman se parecía mucho al viejo Albert Einstein de las fotografías. Con su acento alemán-checo caminaba por la lengua hebrea no con naturalidad y propiedad sino con cierta solemnidad festiva, como un pretendiente feliz cuya amada por fin le correspondía y ya podía enorgullecerse y demostrarle que no se había equivocado con él.

Casi el único tema que trataba nuestro maestro en esos encuentros privados era la pervivencia del alma, o la posibilidad, si es que existía alguna posibilidad, de una existencia después de la muerte. De eso nos hablaba las tardes de los lunes de aquel invierno, mientras la lluvia golpeaba las ventanas y el viento silbaba en el jardín. A veces nos pedía nuestra opinión y escuchaba atentamente, no como un maestro paciente vigilando los pasos de sus alumnos, sino como alguien que estuviera oyendo una obra musical muy compleja y entre todos los sonidos tuviese que localizar uno especial, menor, y determinar su autenticidad.

-Nada -nos dijo una de aquellas tardes inolvidables para mí, hasta tal punto no lo he olvidado que creo que podría repetir sus palabras casi al pie de la letra-, nada desaparece. Jamás. De hecho la palabra "desaparición" supone que el universo es aparentemente finito y que es posible alejarse de él. Pero naaada (alargó a propósito esa palabra), naaada sale jamás del universo. Ni tampoco entra en él. Ni una sola mota de polvo desaparece ni se añade. La materia se transforma en energía y la energía, en materia, los átomos se unen y se vuelven a separar, todo cambia y se transforma, pero naaada puede pasar de ser a no ser. Ni el más minúsculo pelo que pueda brotar en la punta de la cola de un virus. El concepto de infinito es completamente abierto, abierto hasta el infinito, pero al mismo tiempo es un concepto cerrado herméticamente: nada sale y nada entra. Pausa. Una sonrisa desnuda e ingenua se expandía como la luz del ocaso por el paisaje de arrugas de su rostro rico, fascinante: 

-Y entonces por qué, tal vez alguien pueda explicármelo, por qué se empeñan en decirme que lo único que se aparta de esta regla, lo único que está destinado a ir al infierno, a convertirse en no ser, lo único a lo que le espera la aniquilación total en todo el universo, donde ningún átomo puede reducirse a la nada, es precisamente a mi pobre alma. ¿Es que cualquier mota de polvo y cualquier gota de agua va a continuar existiendo eternamente, aunque con otra forma, todo excepto mi alma? 

-El alma  -murmuró algún joven y perspicaz genio desde un rincón de la habitación- aun no la ha visto nadie.

-No -aceptó Bergman de inmediato-, pero tampoco las leyes de la física y las matemáticas se las encuentra uno por los cafés. Tampoco la sabiduría, la necedad, el placer o el miedo. Nadie ha metido aun una pequeña muestra de alegría o de nostalgia en una probeta. Pero, mi querido joven, ¿quién te está hablando ahora? ¿Los humores de Bergman te están hablando? ¿Su bazo? ¿Será por casualidad el intestino grueso de Bergman el que está filosofando contigo? ¿Y quién, perdóname, provoca en este momento esa sonrisa tan poco agradable en tus labios? ¿No es tu alma? ¿Los cartílagos tal vez? ¿Los jugos gástricos?

Y en otra ocasión dijo: -¿Qué nos espera después de la muerte? Naaadie lo sabe. De cualquier modo es un desconocimiento que comporta cierta demostración o cierto potencial de persuasión. Si yo cuento esta tarde que a veces oigo la voz de los muertos y que su voz es más clara y comprensible para mí que la mayoría de las voces de los vivos, tenéis todo el derecho a decir de inmediato que este viejo se ha vuelto loco. Que ha perdido un poco la cabeza por el espanto que le causa la cercanía de la muerte. Por tanto no os hablaré de voces, esta tarde os hablaré de matemáticas: como naaadie sabe si hay algo o no hay nada más allá de nuestra muerte, de este desconocimiento absoluto se puede concluir que la posibilidad de que exista algo es exactamente igual a la posibilidad de que no exista nada. Un cincuenta por ciento para la aniquilación y un cincuenta por ciento para la pervivencia. Para un judío como yo, un judío de Centroeuropa de la generación del holocausto nazi, esa posibilidad de pervivencia completamente estadística no es en absoluto despreciable.

Por aquellos años también a Gershom Scholem, amigo y admirador de Bergman, le fascinaba al tiempo que le mortificaba la cuestión de la vida después de la muerte. La mañana en que informaron por la radio de la muerte de Scholem escribí: Gershom Scholem ha muerto esta noche. Ahora lo sabe.

También Bergman lo sabe ya. También Kafka. Y mi madre y mi padre. Y sus conocidos y amigos, y la mayoría de los hombres y mujeres de aquellos cafés, aquellos que utilicé para contarme historias y aquellos que ya han caído en el olvido, todos lo saben ahora. Algún día también nosotros lo sabremos. Y mientras tanto seguiremos aquí recopilando diferentes datos. Por si acaso". HArendt