El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 13 de agosto de 2024
lunes, 12 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy lunes, 12 de agosto
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. La negativa a reconocer a los magistrados su papel nodal en nuestro sistema jurídico-político, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el jurista José Antonio Solozábal, se debe esencialmente a la deficiente comprensión de nuestra Constitución, pero sin lugar a dudas, la influencia de los jueces no hará más que crecer, como ya fue anticipado por Tocqueville. En la segunda de ellas, del 25 de diciembre de 2019, el escritor Miguel-Anxo Murado recordaba con cariño aquellos tiempos en que su padre le llevaba a buscar el musgo para el belén. La tercera va hoy del poeta italiano Cesare Pavese y reproduce su poema Sueño. Y para terminar, como siempre también, las viñetas de humor la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del gobierno de los jueces
La influencia de los jueces en la democracia no hará más que crecer
JUAN JOSÉ SOLOZÁBAL
09 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com
Todo son críticas para los jueces. En un sistema constitucional bien ordenado, parecería que están sobrepasando su papel ordinario, como garantes de los derechos de los ciudadanos y de la regularidad de la actuación de las instituciones, respetando su ámbito propio y observando los procedimientos establecidos. Se llega a hablar de judiciocracia, remedando aquella expresión de Lambert que hablaba del Gobierno de los jueces para denunciar, refiriéndose a Estados Unidos, su protagonismo excesivo. A veces son los mismos jueces los que, un tanto artificiosamente, parecen reclamar que se ponga el foco sobre ellos. Por ejemplo, en la sentencia sobre los ERE el Tribunal Constitucional emplea una especial dureza para referirse a la posición de los tribunales de instancia, sin deferencia alguna para ellos, en términos descalificadores, posición que la mayoría reitera para los votos discrepantes de su fallo. El Tribunal Supremo, en su resolución sobre la amnistía, acoge una acepción del enriquecimiento para excluir de la misma a los condenados en su día por su participación en el procés francamente rebuscada y contraria a los propios cánones de entendimiento gramatical común. A muchos también nos ha sorprendido el lenguaje desenvuelto del Tribunal Supremo al plantear la cuestión de inconstitucionalidad sobre la ley de amnistía, en la que adopta una calificación global del procés como golpe de Estado y se extiende en consideraciones políticas que la sentencia del Supremo en su día prudentemente eludió.
Digamos que estas expresiones que nosotros consideramos desafortunadas no rebajan la trascendencia de la necesidad de los jueces y tribunales en el ordenamiento constitucional español: el aseguramiento de los derechos de los ciudadanos de manera plena y el carácter complejo de la organización territorial estimulan una conflictividad que hace imprescindible la actuación jurisdiccional, como decíamos, en el nivel individual e institucional.
Sin lugar a dudas, la influencia de los jueces no hará más que crecer, como ya fue anticipado por Tocqueville. Ocurre, primero, que la democracia constitucional exige a las ramas políticas asumir un tipo de actuación que comparte en cierto modo el nivel de razonabilidad mínimo del principio de proporcionalidad, esencia de la actuación jurisdiccional; y, en segundo lugar, que en el futuro, si no se atacan los defectos de la partitocracia, la influencia judicial irá necesariamente en aumento. Es, en efecto, aguda la observación de Sumption: en la medida en que los políticos han perdido su prestigio, los jueces están prestos a ocupar su sitio. “Los jueces son generalmente inteligentes: gente reflexiva y coherente además de intelectualmente honestos. Contrariamente al cliché acostumbrado, saben mucho de la vida real. El mismo proceso judicial consiste en una combinación de razonamiento abstracto, observación social y valoración ética, que para mucha gente, racionaliza y moraliza el proceso de la toma pública de decisiones”. Naturalmente, no estoy ignorando que el principio de proporcionalidad rija en el mismo sentido en el ámbito jurisdiccional que en el político. En el nivel jurisdiccional, se trata de un criterio técnico: habrá de verse si la limitación de los derechos a que procede el juez ha respetado la justificación, estudiando su adecuación, necesidad y daño mínimo. En el nivel político, la aplicación del principio no elimina la discrecionalidad de la decisión, pero exige una ponderación de las alternativas que excluya la arbitrariedad, proscrita de nuestro sistema constitucional. La impregnación jurisdiccional es inevitable. El legislador ha de incorporar a la norma precisiones que pueden seguirse de la aplicación jurisdiccional del derecho, esto es, lecciones que se derivan del law in action. Como fundadamente sostiene la profesora Marian Ahumada, la democracia constitucional sin ser una judiciocracia, esto es, un gobierno de los jueces, si es una forma política obligada a tomar la opinión judicial en cuestiones fundamentales.
A mi juicio, la negativa a reconocer a los jueces su papel nodal en nuestro sistema jurídico-político, en el que incurren no pocos, se debe esencialmente a la deficiente comprensión de nuestra Constitución, a desconocer el significado en la misma del principio democrático y, asimismo, su ineludible condición normativa. En los sistemas políticos de nuestro tiempo, el principio democrático no equivale a la actuación omnímoda o irrestricta del legislador, pues no sería razonable haber sustituido al monarca absoluto por el legislador omnipotente. Los sistemas políticos, así el establecido en nuestra Ley Fundamental, son Estados de derecho en los que los poderes, empezando por el legislativo y comprendiendo, desde luego, a los gobiernos, se encuentran sujetos a la Constitución. La sujeción a derecho implica el entendimiento de la Constitución, en última instancia, según su interpretación por el Tribunal Constitucional. Así, el tribunal es un elemento imprescindible en el sistema político, una instancia de seguridad y reflexividad que completa con las administraciones independientes el diseño institucional de la democracia. En esta, sin duda, el principio democrático adopta un ropaje que va más allá de la representatividad. De este modo, los tribunales constitucionales tendrían una función depurativa, anulando el derecho anticonstitucional, actuando como legislador negativo, pero también, en positivo, una tarea integradora, al cuidar en su función interpretativa de los valores del sistema y procurar su renovación constante.
De otro lado, como comentábamos, el menosprecio de la función jurisdiccional tiene que ver con la erosión de la normatividad constitucional, pues los jueces son los garantes en último término del pleno reconocimiento en la comunidad de la supremacía constitucional. Los sistemas constitucionales solo se explican como órdenes positivos vinculantes y supremos o sin superior. Las constituciones no son un elemento más de los sistemas políticos, sujetos a un parámetro exterior (derecho natural o excelencia filosófica, o un modelo concreto reconocido como referencia que necesitase de la adhesión individual de cada ciudadano). La Constitución es una regulación completa, democrática, aunque solo fundamental, de la vida política de un pueblo. Pero se trata de una norma, como verdadero derecho que es, obligatoria e ineludible, mientras no se cambie. Su interpretación última, esto es, la determinación de su significado verdadero para los ciudadanos y poderes públicos, corresponde al Tribunal Constitucional. No deberíamos dejarnos engañar por el sentido de las críticas a la justicia constitucional, fuera de los casos en los que esta pueda haber olvidado las ventajas de la autocontención y la deferencia institucional, en sus vertientes internas, en su propio seno, y externas, respecto de los tribunales de instancia o las demás ramas del Estado. En efecto, lo que puede estar detrás de las pegas a la jurisdicción constitucional es la problematización de la propia idea de Constitución. Bien como sucede en Estados Unidos porque se cree que la Constitución es un texto superado, instrumento de la dominación de la generación que la hizo sobre la actual: un libro, como dice el constitucionalista Louis Michael Seidman en Constitutional disobedience, “viejo y arcaico, consistente en palabras secas, escritas por gente muerta”, o porque, como ocurre entre nosotros, en plena crisis del independentismo, se rechaza la unidad del pueblo que la sustenta con su soberanía. Juan José Solozábal es catedrático emérito de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid.
[ARCHIVO DEL BLOG] El pecado del musgo. [Publicada el 25/12/2019]
El poema de cada día. Hoy, Sueño, de Cesare Pavese (1908-1950)
SUEÑO
Poeta italiano
domingo, 11 de agosto de 2024
Sobre la saga y fuga de Puigdemont: Especial 3 de hoy domingo, 11 de agosto
De cómo el ‘tifa’ Puigdemont cayó en su propia trampa
JORDI IBÁÑEZ
11 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com
No es difícil de suponer que una parte de la sociedad catalana y española deseaba que el pasado 8 de agosto se pudiera celebrar la sesión de investidura de Salvador Illa como president de Cataluña sin percances, y que otra parte deseaba sobre todo poner al señor Puigdemont a disposición de la justicia, aunque el precio fuese dejar en el aire la investidura. A este reparto de prioridades puede incluso añadírsele otro subgrupo: los que querían que se celebrara la investidura pero tampoco necesitaban ni deseaban ver a Puigdemont entre rejas, o los que, siendo completamente partidarios de lo que este hombre representa, deseaban verlo mártir y de paso sabotear la investidura de un españolista. El hecho es que Puigdemont no se arriesgó ni tan siquiera a un martirio light —comparado con Companys, por si alguien jugaba a establecer paralelismos—, engañó a sus propios seguidores e hizo —las comparaciones reflejan también todo un repertorio de sensibilidades— de Houdini, de Jimmy Jump, de mago o, simplemente, y como se dice en catalán, el tifa. Fer el tifa no es muy honorable, que digamos. Es ser pura fachada, un ser sin sustancia y nada más. Pero hace tiempo que a este hombre le trae sin cuidado la honorabilidad del cargo que ostentó. Sus partidarios —sus fans— pueden dar y quitar al albur de sus devociones la honorabilidad a quien les parezca. El hecho es que, sin entrar en mayores especulaciones, ha jugado a ridiculizar al cuerpo de policía de Cataluña abusando aparentemente de un pacto entre caballeros —craso error: Puigdemont no lo es, ni es evidente que los suyos esperen de él que se comporte como tal—, y ha demostrado que la investidura le importaba un bledo. Él venía a tener cinco minutos de protagonismo y luego a echar a correr. Hay quien no entiende que el hombre suscite tanta animadversión. Yo confieso que no entiendo cómo todavía hay quien intenta reconocerle unos restos de mérito o decencia política.
El jueves 8 de agosto fue interesante seguir debates y tertulias. Un ejemplo: en Catalunya Ràdio, el señor Vicent Sanchis se esforzaba en aclarar, una y otra vez, que la noticia del día era Puigdemont y que nadie hacía caso de la investidura. Llegó a comparar lo que ya se ha dado en llamar su tocata y fuga —pobre Bach— con un pastel de chocolate, y la investidura con una peladilla. Más gráfico imposible. Infatigable también, Pere Rusiñol le respondía que lo de Puigdemont era el trueno o la traca final de unos fuegos de artificio, y que el hecho realmente importante era que el día acabaría con un nuevo presidente de la Generalitat. Mientras tanto, los relatos sobre la escapada del expresidente se volvían más y más novelescos. Que si coches persiguiéndolo, que si tramos recorridos en contradirección, que si un solo mosso corriendo a pie detrás y obstaculizado por los fans del fugitivo. Un mosso, por cierto, que según las últimas versiones habrá batido, sin ser consciente de ello, el récord mundial de los 1.500 metros, corridos a la velocidad propia de un automóvil en fuga. Puesto que conozco muy bien la zona, lo llamativo de este recorrido es que era el normal, dadas las circunstancias, para llegar a la única entrada habilitada en el Parque de la Ciudadela y poder así acceder al Parlament. Por tanto, al emprenderlo, ¿cómo sabían que huía? Pues porque no era lo pactado, es evidente. Este camino también lo llevaba en pocos minutos a la Ronda Litoral, da igual si hacia el norte (Francia) o hacia el sur (gran rodeo y cruzar la frontera por quién sabe dónde).
Si me fijo en la cuestión del recorrido es porque es muy posible que los Mossos hubiesen creído en lo presumiblemente acordado con Puigdemont —doy mi discurso, bajo a pie por el passeig Lluís Companys y en la Ciudadela me entrego—. Pero a partir de aquí el cúmulo de errores —¿cómo dejan aparecer un coche detrás del escenario sin controlarlo?, ¿cómo no revisan la estructura del escenario y la carpa tan bien pensada para el juego del doble fondo?, ¿cómo no estaba aquello lleno de agentes de paisano atentos a cualquier maniobra extraña?— resulta difícil de aceptar. Aunque tampoco es creíble que, presuntos traidores al cuerpo aparte, la policía catalana se expusiera a sabiendas a semejante ridículo. Tampoco descartaría que otro cuerpo de seguridad, o de inteligencia, interviniese en la operación de facilitar la huida al expresidente. Algún analista político ha hablado de “cohecho de libro”. Muy bien. Que lo demuestre. Yo por mi parte imagino posibilidades y estoy muy lejos de defender nada que no sea, lo admito, una presunción extraordinariamente imaginativa para hacer racional lo que acaso fue nada más y nada menos que un pasarse por el forro la palabra dada. Viniendo de Puigdemont me parece extraordinariamente insensato que esta palabra se diera por buena.
El hecho es que el hombre se esfuma. Da igual cómo. ¿Qué consecuencias tiene esto? La primera, importantísima, que la sesión de investidura pudo celebrarse sin mayores contratiempos. Segunda: la sociedad catalana —y la imagen pública de España en el extranjero, no se confundan con eso— se ahorra un Puigdemont seguramente encarcelado en prisión preventiva a pesar de haberse entregado él mismo y con una ley de amnistía sometida a todo tipo de tensiones interpretativas. Tercero, y esta es la que a mí más me impresiona: si Puigdemont pedía una cuerda para saltar a la comba, se la dieron para que se ahorcara. En realidad, Puigdemont es un Houdini al revés: si el gran escapista se desataba de todo tipo de cadenas y cuerdas, Puigdemont ha salido atado a su miedo, a su falta de palabra y de seriedad, y en definitiva a su histórica inanidad. Sus devotos dirán lo que quieran. Más tarde o más temprano la realidad les enseñará la lección exacta de lo sucedido este histórico 8 de agosto. Si le ayudaron a huir —una mezcla prodigiosa de inteligencia, ingenuidad y traición—, la trampa era perfecta, y el hombre se metió en ella pésimamente aconsejado, o dominado por el miedo, que tampoco es buen consejero. El video de más de ocho minutos que desde ningún lugar Puigdemont colgó el sábado 10 de agosto demuestra hasta qué punto él mismo y su entorno ya deben de ser conscientes de la dimensión del error. Es un video muy melancólico para justificarse y apostar voluntariosamente por un futuro lleno de vaguedades.
Por último, lo interesante y desolador es la sorprendente comunión de intereses. En denostar a los mossos coinciden con el mismo ahínco Puigdemont, sus adeptos, los portavoces del Partido Popular, Vox y cuantos columnistas y comentaristas ansiaban ver a ese hombre por fin sentado ante Llarena, a poder ser esposado, y de paso a Illa compuesto y sin investidura. La jugada les salió mal. Y si Puigdemont quizá ya intuye que ha saltado al vacío de la irrelevancia política, los comulgantes antagonistas seguramente nunca sabrán que las posiciones justicieras no engrandecen a un país, que el deseo del cuanto peor mejor no es patriótico, y que su incapacidad para comprender que lo que importa es lo que empieza y así dejar atrás el procés sólo demuestra mala fe e impotencia política.
Ignoro qué acabará sucediendo con la ley de amnistía. Vuelva o no amnistiado por fin, o simplemente harto y anciano ante un juez Llarena harto ya y anciano también —Kafka habría podido escribir una hermosa parábola sobre ese encuentro muy tardío, muy crepuscular—, el gran trabajo que le espera a ese hombre es que algún día alguien pueda volver a tomárselo en serio en términos políticos e incluso civiles, por mucho que los comulgantes antagónicos lo echen de menos para su triste manera de entender la política. El video colgado from nowhere es una buena demostración de ello. Jordi Ibáñez Fanés es escritor y profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.











































