sábado, 9 de mayo de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. LA POLITÓLOGA LEONOR COMO SÍNTOMA, POR ESTEFANÍA MOLINA. 9 DE MAYO DE 2026

 






Para una generación entera, el fundador de Podemos, Pablo Iglesias, fue quien popularizó el oficio de politólogo: eran aquellos años posteriores a que nuestro país protestara, desde abajo, de la mano de los indignados. Para otra generación, en cambio, será la princesa de Asturias, Leonor de Borbón, quien simbolice el estudio de la ciencia política: una joven que ha pasado tres años aprendiendo en una institución jerárquica como son las Fuerzas Armadas a servir a los ciudadanos. La metáfora describe bien la evolución de España en estos 12 años. Hoy son las instituciones tradicionales del Estado las que parecen tener más capacidad de transmitir confianza, mientras que aquel populismo de las plazas ha mutado en cierta desafección democrática.

El 15-M fue un momento de poner patas arriba el sistema, de impugnarlo: en pocos años, surgieron nuevos partidos que hablaban de regeneración, de la necesidad de transparencia en las instituciones y de que el pueblo fuese escuchado más veces que cada cuatro años en las urnas. Tanto es así, que, entre 2014 y 2015, el bipartidismo saltó por los aires, fruto de la sensación de que la política consistía simplemente en cambiar el poder de manos. Sin embargo, ni una década han tardado en irse al traste aquellos anhelos fundacionales. Hoy, vuelve a notarse sutilmente en el ambiente cierta decepción o nihilismo entre una parte de la juventud actual ante unas instituciones incapaces de solucionar problemas tan existenciales como el acceso a la vivienda o los bajos salarios. Quizás haya más espectáculo televisivo o en las redes sociales, pero no ha habido más luz y taquígrafos sobre nuestros representantes: el PP y el PSOE vuelven a pasear sus casos de presunta corrupción por los juzgados. El cuestionamiento profundo del sistema no siempre ha conseguido perfeccionar las virtudes morales de nuestros gobernantes.

Parte del auge reaccionario que vive hoy nuestro país tiene mucho que ver con la desilusión, porque una vez hubo idealismo y esperanza. La propia heredera Leonor acudirá al aula con algunos compañeros cuya generación, según las encuestas, está insatisfecha con la democracia. Si en 2011, los jóvenes protestaban porque jamás serían propietarios de su casa, hoy lo hacen por no poder alquilar una habitación en el piso de un tercero. Vuelve a cundir la impresión, incluso, de que un cambio de Gobierno tampoco solucionará algunos males estructurales; de ahí el voto antisistema de algunos de sus coetáneos. Recuerda mucho a lo que pensaban aquellos chicos que llenaron las plazas, pero esta vez la pulsión es distinta: ya no es simple indignación con el desempeño de la política, sino una desidia aún más acusada.

Allí donde las instituciones electivas son incapaces de escapar a la sensación de hartazgo, otro tipo de legitimidad se acaba abriendo hueco: la que emana de la estabilidad o eficacia del propio Estado. Es la UME rescatando a ciudadanos tras la dana; son los Reyes entrando en el funeral de Estado en Valencia y logrando, por un momento, que su auctoritas apaciguara los ánimos. Si en 2014 en España se creía que una república era una forma más democrática —o al menos así lo pensaban los independentistas y Podemos—, hoy una virtud de una Monarquía a la que buena parte de la ultraderecha cuestiona es sostener la Constitución de 1978. De Iglesias a la princesa de Asturias, quién sabe si algunas concepciones también han cambiado, y por lo bajo, algunos republicanos piensan que menos mal que la Jefatura del Estado no es otra institución más para ser politizada.

Pese a ello, el orden institucional no debería descansar solamente en aquellos cargos no electivos. Otro de los males que acecha a la generación con la que Leonor compartirá aula es el bombardeo sobre el supuesto desempeño de ciertos regímenes autoritarios. El deseo de una tecnocracia aparece en aquellas sociedades donde el individuo siente que la demagogia ha tomado el debate público con recetas ineficaces. Hoy sabemos, a diferencia de 2015, que más partidos no sirven para fiscalizar mejor a los gobernantes: el bipartidismo ha mutado en un sistema de bloques acríticos y estancos. Si el empobrecimiento de nuestra juventud se perpetúa, pronto habrá hasta quien implore que ese cuerpo de técnicos venga a rescatarnos de nosotros mismos, al precio que cueste garantizarlo.

La elección académica de Leonor podría entenderse, en medio de todo ese contexto, como una oda sutil a la comprensión del actual escenario político que, pese a lo polarizado que está, se sigue sustentando sobre un pilar de legitimidad democrática. Le tocará, como a su padre, hacer frente a un entorno altamente politizado donde otras disciplinas más regladas, como el derecho, parecen no resultar ya suficientes para explicar una nueva normalidad que se sale de los márgenes. Felipe VI ha tenido que gestionar episodios inéditos para la Corona, desde múltiples rondas de consultas para la investidura hasta el discurso del 3 de octubre de 2017 y otras tantas derivadas internacionales. La politóloga Leonor quizás sea otro síntoma de la complejidad de los tiempos que atraviesa España. Estefanía Molina es analista política. El País, 8 de mayo de 2026.



























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