martes, 5 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL UNO. LA OTAN DEBERÍA PLANTEARSE UN MUNDO EN EL QUE ESTADOS UNIDOS NO ESTARÁ, POR AGENDA PÚBLICA CORP. 5 DE MAYO DE 2026

 






En su conversación durante la conferencia internacional 'War and Peace in the 21st century' de CIDOB, Daniel Fiott y Max Bergmann, expertos en defensa y seguridad, entienden el presente como un momento crítico para la estabilidad del continente. Fiott, de la Brussels School of Governance, habla de un "cambio estructural en marcha" en la relación atlántica. Por su parte, Bergmann, del Center for Strategic and International Studies, lamenta que en este momento no exista "un mecanismo real de política exterior" capaz de unificar las voces del continente para abordar este reto.

Desde que en el año 2022 Rusio decidió invadir Ucrania, la conversación sobre la seguridad y la defensa europea se ha acelarado. Sin embargo, a medida que los retos han ido evolucionando, la percepción de que existía una tendencia de cambio arrastrada durante décadas también avanzaba. Para explorar esta idea, durante la última edición de la conferencia internacional War and Peace in the 21st Century de CIDOB, Carme Colomina, investigadora sénior y editora en CIDOB, conversa con Daniel Fiott, director del programa de Defensa y Statecraft de la Brussels School of Governance, y Max Bergmann, director del programa de Europa, Rusia y Eurasia del Center for Strategic and International Studies (CSIS). En su diálogo, analizan y examinan ese cambio de época.

Ambos coinciden en un diagnóstico, el de una Europa alejada de Estados Unidos y con frentes distintos. Bergmann lo explica: "Por primera vez en la historia de la alianza atlántica, Estados Unidos y Europa están centrados en amenazas diferentes". Fiott, por su parte, advierte de que Europa debe tiene un desafío por delante en cuanto a su propia toma de decisiones, puesto que "en cada gran cuestión política ha sido extremadamente difícil para los europeos mantenerse en la misma línea".

En la conversación, Colomina lleva a los analistas a explorar las contradicciones acumuladas en periodos anteriores: Washington pedía a Europa que gastara más, pero frenaba los intentos de construir una defensa propiamente europea; los gobiernos europeos aumentan sus presupuestos, pero "más dinero no significa más Europa". En definitiva, un diálogo sobre defensa, pero también sobre poder, dependencia y la urgencia de construir una autonomía europea que debe dar un paso al frente con urgencia pero bien organizada.

 Nos encontramos en un momento crucial: han pasado muchas cosas desde la invasión rusa de Ucrania. La defensa europea está experimentando una verdadera transformación. El propio concepto de seguridad ha cambiado y, al mismo tiempo, siguen apareciendo nuevas capas de vulnerabilidad: la brecha transatlántica, Groenlandia, Irán. La sensación de vulnerabilidad no retrocede; crece. ¿Cómo ven lo ocurrido en estos últimos años? ¿Hasta qué punto es sólido este giro y dónde ven sus debilidades?

Max Bergmann (M. B.): Para empezar, es algo estructural y temporal a la vez. Estructural en el sentido de que estamos en un momento distinto, en un periodo distinto. Por primera vez en la historia de la alianza atlántica, Estados Unidos y Europa están centrados en amenazas diferentes. Estados Unidos debería estar centrado en la amenaza rusa, pero el principal foco de Washington —no solo bajo la Administración Trump, sino también bajo administraciones anteriores— ha sido China. En Europa, en cambio, la principal amenaza es Rusia.

También hay una sensación creciente en Washington de que Europa debe hacerse cargo de su propia seguridad, y esa tendencia va a continuar. En cierto modo, la Administración Biden fue una anomalía, un regreso al pasado. El punto en el que estamos ahora sugiere que cualquier futura administración querrá que Europa asuma la responsabilidad de su propia seguridad.

A eso se suma toda la disrupción provocada por Donald Trump: Groenlandia, Irán, sus ataques a Europa como cultura, sus ataques a la Unión Europea. Estamos en un lugar muy distinto. Los europeos tienen que darse cuenta de que están solos. Estados Unidos no va a estar ahí para ellos bajo esta administración. Y si, de algún modo, lo está, ¿cuál será el precio? Porque esa es la naturaleza de esta administración.

Daniel Fiott (D. F.): No discrepo en lo fundamental de Max. Nos enfrentamos a crisis sin precedentes. En cierto modo, incluso la pandemia ayudó a ampliar esta conversación hacia ámbitos de la seguridad europea en los que quizá no habíamos pensado antes, como las cadenas de suministro y las infraestructuras críticas. Ahora forman parte de las conversaciones cotidianas dentro de la Unión Europea y de la OTAN.

Hay claramente un cambio estructural en marcha en la relación transatlántica. Lo que me preocupa es que los europeos sigan tratando al presidente Trump como una anomalía del sistema. También deberían considerar la posibilidad de que la situación en el panorama político estadounidense empeore. Hay muchas pruebas de que el presidente Trump es, en muchos sentidos, un oportunista. Le gusta el caos porque ve oportunidades en él. También le gustan las crisis porque le permiten exponer con mucha claridad las debilidades de Europa.

Pero miremos hacia delante. Si uno de sus llamados hijos ungidos llega al poder como próximo presidente, puede ser más ideológico que el propio Trump. Eso es especialmente preocupante para Europa, porque partes de la élite política de Washington ya muestran una especie de hostilidad visceral e inexplicable hacia Europa. Es difícil decir de dónde viene, pero está ahí.

Así que, como decía Max, sea cual sea el futuro, los europeos tienen que planificar su propia defensa. La mentalidad debe ser: realmente estamos solos. Entiendo por qué los políticos de la OTAN no quieren ser recordados como quienes prendieron fuego a la OTAN y la pusieron fin. Pero, de forma cuidadosa y discreta, deberían estar planificando un mundo en el que Estados Unidos no estará ahí. Eso implica invertir en defensa y seguridad de formas que no se han hecho en el pasado.

Al analizar este giro, a menudo empezamos por la guerra en Ucrania. Pero ustedes ya apuntaban a cambios de más largo plazo en el enfoque estadounidense. Barack Obama ya hablaba de free riders y de liderar desde atrás. Las señales estaban ahí. Quizá los europeos no supieron leerlas, y eso es lo que los hizo vulnerables. ¿Cómo puede abordar Europa esta situación ahora, especialmente cuando sigue existiendo una fuerte división interna dentro de la UE sobre cómo relacionarse con Estados Unidos? Porque Rusia es un desafío, China es otro, pero ahora el propio Estados Unidos se ha convertido en una tercera capa de desafío, y también en una fuente de división entre Estados miembros.

M. B.: Cuando miro el estado de la defensa europea y de la seguridad europea, Estados Unidos tiene una buena parte de responsabilidad. Durante los últimos treinta años, no dejamos de decir a los europeos que se pusieran las pilas y gastaran más en defensa. Pero cada vez que había un intento de que la Unión Europea hiciera algo en defensa, decíamos: eso no, no hagan eso.

Ocurrió con Clinton, con Bush, con Obama y con Biden: ha sido continuo. ¿Por qué? Porque Estados Unidos tenía más influencia en Europa que en cualquier otra región del mundo. La situación le venía bien. ¿Por qué alterar la OTAN? ¿Por qué alterar el statu quo? Si la UE empezaba a entrar en defensa, los europeos quizá no necesitarían tanto a Estados Unidos.

Así que Estados Unidos tenía su propia confusión. Por un lado, quienes estaban centrados en la OTAN querían que las cosas siguieran igual, con Estados Unidos al mando. Por otro, quienes no prestaban mucha atención a Europa y a la OTAN se preguntaban por qué Europa no era más fuerte. Esa confusión está ahora incorporada a la estructura actual, en la que, por alguna razón, la defensa de la UE sigue viéndose como una competencia con la OTAN. ¿Por qué? Porque Estados Unidos dijo hace veintiocho años que era una duplicación. No tenía una estrategia clara. Quería el statu quo, pero estaba molesto con el statu quo.

D. F.: No discrepo. Especialmente después de la primera invasión rusa de Ucrania en 2014, hubo mucha ambición y mucha conciencia entre los líderes europeos de que Europa tenía que asumir más responsabilidad. El problema era que, cada vez que Europa intentaba avanzar en esa dirección, siempre llegaba la llamada de Washington diciendo: calma, calma; quizá preferimos que hagan declaraciones sobre defensa antes que hacer algo de verdad.

Eso está cambiando ahora. La mentalidad ha cambiado realmente. Y si, en el futuro, alguien ocupa la Casa Blanca con una visión más constructiva de Europa, y para entonces Europa es más independiente en defensa —con las capacidades y la capacidad política para ejercer su poder en el mundo—, Estados Unidos puede llegar a verlo como un resultado positivo.

Pero Europa ha estado atrapada en esa dinámica inmediatamente posterior a la Guerra Fría, en la que los europeos eran vistos como la parte débil, los free riders, y luego, cada vez que intentaban hacer algo al respecto, se les decía que se detuvieran. Ese ciclo se ha roto ahora.

 También existe una narrativa ampliamente aceptada según la cual los europeos no gastan lo suficiente, pero en los últimos años han gastado mucho más. Entonces, ¿el verdadero problema es la cantidad de gasto o la forma en que se gasta? ¿Y qué significa eso en la práctica? ¿Más gasto significa una Europa más fuerte, o simplemente una Europa más rearmada que no necesariamente es más fuerte?

D. F.: Es una muy buena pregunta, porque hay varias cosas que desentrañar. La primera es que más dinero no significa más Europa. De hecho, cuando los gobiernos tienen más dinero en caja, existe una tendencia a invertirlo en clave nacional.

Ahora bien, tenemos que ser cuidadosos con ese argumento, porque muchos gobiernos europeos parten casi de una hoja en blanco en materia de defensa. Así que no es realista insistir en que no debe haber inversiones nacionales. Parte de la inversión nacional es inevitable, tanto para poner en marcha la base industrial como para arrastrar a la opinión pública. En el clima actual —precios de los alimentos al alza, recortes presupuestarios en sanidad y educación, crisis energética—, a los gobiernos les resulta aún más difícil defender el gasto en defensa. Tienen que mostrar a los ciudadanos que ese dinero también se reinvierte en sus propias economías.

Sin embargo, eso no debería convertirse en el rasgo definitorio de la inversión. Tiene que haber un nivel europeo en esa inversión, especialmente en aquellas capacidades de defensa que ningún Estado miembro puede aportar por sí solo. De lo contrario, es simplemente tirar el dinero: repartir dinero como un aspersor y acabar sin capacidades militares reales.

La segunda cuestión es política. Imaginemos un futuro en el que los europeos sí tienen las capacidades, la base industrial, la innovación, los ejércitos formados y dotados. Incluso entonces, quedaría un gran problema político: nuestra desunión como europeos. No podemos actuar juntos de forma coherente. En cada gran cuestión política ha sido extremadamente difícil para los europeos mantenerse en la misma línea. Basta mirar la guerra en Irán ahora mismo. ¿Dónde está la autoridad moral de Europa? Parece estar en el Papa o en Pedro Sánchez, y en nadie más. Ese es el tipo de desunión del que hablo, y es muy problemática.

M. B.: Dos ideas rápidas, en parte para discrepar con Daniel. No veo desunión europea en la forma en que Europa ve el mundo, en cómo quiere actuar o en las grandes líneas de la política exterior europea. Ahí Europa está bastante unida.

El problema es estructural. En política exterior debe haber división. Nunca hay unidad total en Estados Unidos sobre cuál debe ser su enfoque del mundo. Hay dos partidos, hay desacuerdos y hay posiciones distintas. El problema en Europa es que, para tener una política exterior común, todos tienen que estar de acuerdo. Eso significa que Europa solo se pone de acuerdo en las cosas fáciles, en las cosas que no importan demasiado.

Así que hay un enorme problema estructural en la forma en que Europa se representa a sí misma en el escenario mundial. No es que no existan intereses o visiones comunes. Es que no hay una sola voz, ni una sola persona, ni un mecanismo real de política exterior capaz de expresarlos eficazmente.

El segundo obstáculo es esta idea de soberanía, de soberanía nacional. Los europeos no han sido soberanos en defensa desde 1945 —quizá España de una forma algo distinta, pero desde luego Europa occidental—. En lugar de trabajar juntos e integrar los esfuerzos de defensa, como pretendía el proyecto europeo original a través de una Comunidad Europea de Defensa, los europeos fracasaron. Estados Unidos había apoyado firmemente esa idea porque no quería quedarse en Europa para siempre. Ese nunca fue el plan después de la Segunda Guerra Mundial.

El conocido lema de la OTAN —mantener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes abajo— es una frase británica. Los estadounidenses no querían quedarse dentro. El plan era marcharse, y la forma de marcharse era construir un ejército europeo común. Eisenhower apoyó firmemente esa idea cuando fue comandante supremo aliado de la OTAN y después como presidente. Pero cuando aquello fracasó porque los franceses lo rechazaron, Estados Unidos se enfrentó a una elección terrible: los europeos no podían defenderse, así que ¿qué hacemos? Y se quedó.

Eso dio a los europeos la ilusión de que eran soberanos en defensa. Pero ¿dónde está la soberanía? Estados Unidos puede retirarse, ¿y entonces qué? Los europeos tienen que rebajarse para mantener dentro a los estadounidenses. Mark Rutte tiene que arrodillarse para intentarlo. Los ejércitos nacionales no hacen soberana a Europa. De hecho, probablemente son un obstáculo para que Europa sea verdaderamente soberana. Europa externalizó su defensa a una potencia extranjera, y esa potencia extranjera ya no quiere hacerlo o quiere mucho a cambio.

D. F.: Y podría ser aún peor si añadimos Groenlandia a la ecuación. Entonces ya no se trata solo de romper una dependencia; sería un acto hostil de toma de control de territorio europeo.

Al final, la Unión Europea siempre se ha explicado a sí misma como un proyecto de paz, pero era un proyecto de paz armada, y las armas venían de Estados Unidos. Esa parte nunca se explicó realmente. Al mismo tiempo, a veces siento que Europa también debería decirle a Washington: ten cuidado con lo que deseas. Porque si los europeos hicieran realmente todo lo que Washington dice ahora que quiere —si gastaran el 5% en defensa, asumieran el liderazgo y se volvieran plenamente independientes en seguridad—, la OTAN podría dejar de ser útil o atractiva para Estados Unidos.

M. B.: No estoy de acuerdo. Si volvemos al discurso de John F. Kennedy en Filadelfia el 4 de julio de 1962, sobre la interdependencia transatlántica, la idea era que los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa trabajaran juntos. Lo que Estados Unidos debería querer es un verdadero socio.

Sí, quienes trabajan en la OTAN adoran la influencia que Estados Unidos obtiene a través de ella. Pero lo que debería querer es una Europa capaz de defender los mismos valores que, esperamos, todavía comparte: estabilidad, Estado de derecho, democracia, libertad. Y que pueda ayudar a promover esos valores en todo el mundo. Eso es lo que debería buscar.

 Y quizá eso es lo que la Unión Europea siente que ahora defiende con más fuerza que el propio Estados Unidos.

M. B.: Es cierto. Pero entonces se convierte en una cuestión de que Europa se ponga realmente en pie y promueva esos valores en el mundo, en lugar de limitarse a arrodillarse ante Washington.

Déjeme cerrar con esto, Daniel. Si todo el mundo pide un pilar europeo más fuerte dentro de la OTAN, ¿quién debería liderar ese pilar?

D. F.: Es una pregunta muy difícil. Oigo hablar mucho, incluso ahora, de la europeización de la OTAN. Pero sigo teniendo dificultades para entender qué significa eso realmente en la práctica. Si nos enfrentamos a un escenario en el que Estados Unidos decide mañana que no quiere estar en la OTAN, entonces ya no es realmente la Organización del Tratado del Atlántico Norte. ¿En qué se convierte? ¿En una Organización del Tratado Europeo? Más Canadá, Turquía y Reino Unido, lo que plantea sus propios desafíos, por supuesto.

Así que entiendo por qué los gobiernos pueden querer jugar con la idea de europeizar la OTAN. En su cabeza, la OTAN ya cuenta con estructuras de mando y demás. Pero lo que descuidan es el poder de disuasión que Estados Unidos ha aportado históricamente. Estados Unidos tiene una capacidad de decisión muy clara que los europeos no pueden replicar fácilmente. A menudo juego a esto con mis estudiantes: ¿quién debería ser el SACEUR europeo [comandante supremo aliado en Europa]? Y enseguida se ve qué tipo de conflictos emergerían solo por elegir a la persona.

En una organización europea de defensa se necesita una estructura de toma de decisiones muy sólida. De lo contrario, los adversarios no te tomarán en serio. El peor escenario es que Europa europeice la OTAN de tal forma que simplemente importe a la OTAN todas las cosas que hoy no le gustan de la UE. Eso sería un gran error.

Así que Europa necesita pensar con mucho cuidado, no solo en las capacidades y las fuerzas que necesita —que son críticas—, sino también en los procesos de toma de decisiones. Y para eso, los gobiernos tienen que dejar de actuar como lo han hecho durante muchos años: confiando en Estados Unidos o evitando tomar decisiones por sí mismos. Muchas gracias. Agenda Pública Corp. 3 de mayo de 2026.

























No hay comentarios: