Hay una escena de los Diarios de Rafael Chirbes que me hiela el corazón cada vez que la leo. El escritor valenciano narra la desaparición del paisaje hortelano de su infancia, sustituido por grandes edificaciones y una maraña de corrupción, para, acto seguido, colocar la responsabilidad en su generación: “La de los que íbamos a transformar el mundo”, la del Mayo del 68 o, después, la Transición. Finalmente, sentencia, ya en tercera persona: “Son Saturnos. Se están comiendo a sus hijos entre dos rebanadas de cemento”. Chirbes, cuya clarividencia histórica es incuestionable, describe el legado dejado por los boomers como una retahíla de especulación inmobiliaria, desigualdad económica y destrucción medioambiental, a la vez que señala la traición de los ideales que alimentaron no pocas promesas de cambio.
No es el único que observa este fenómeno; la Premio Nobel francesa Annie Ernaux desgrana una culpa consustancial a quienes alentaron la revolución y luego se aburguesaron de la mano del neoliberalismo: ella misma, según cuenta a lo largo de su obra intimista. A los procesos descritos por ambos literatos los acompaña la estadística: era más barato, para los de su quinta, comprar una vivienda; los sueldos daban de media para vivir; estudiar hallaba su recompensa bajo el paraguas de cierta meritocracia; y la naturaleza aún no se había desbocado. ¿Qué ocurrió con la siguiente hornada de hijos? Que nos encontramos el templo en ruinas avivadas por la crisis de 2008.
Ha llovido desde que publiqué Vivir peor que nuestros padres en 2023 y la fractura generacional no ha hecho más que recrudecerse, extendiendo sus tentáculos dentro y fuera de España. El debate se ha ideologizado tanto que, aupado por la crispación y el odio ya hegemónico al que han contribuido las redes sociales, resulta casi imposible pensarlo con serenidad: a la derecha, se utiliza para pedir el desmantelamiento de garantías legítimamente adquiridas como las pensiones, y azuzar una rabia en algunos casos destructiva, contraproducente; a la izquierda, no falta quien niegue la mayor argumentando que todo es “clase social” con una suerte de marxismo destartalado que sirve para iluminar algunas zonas grises y, simultáneamente, opacar certezas cristalinas.
En mitad de este clima beligerante, las acusaciones de filicidio o parricidio se multiplican sin prestar atención a las causas estructurales que hacen de esta fractura una verdad irrebatible, independientemente de que siempre haya habido ricos y pobres, brecha, que, por cierto, también se ha incrementado. Pero ni el espíritu que atenta contra el Estado del bienestar y criminaliza a los mayores, ni el negacionismo de quienes obliteran el factor etario y anulan particularidades históricas conseguirán nunca llevarnos a buen puerto. Entre otras cosas, porque casi nadie vincula el problema a la emergencia climática, indispensable para ubicarnos conceptualmente en el mundo mientras nos abrasamos de calor, o entre las llamas de un incendio.
¿Por qué se omite este vector? Los cálculos más recientes de las muertes provocadas por la ola de calor de junio en Europa apuntan a las 10.000 almas, sin contar los fallecidos de julio. Sabemos que las temperaturas extremas no paran de aumentar, en grados y en duración; que no podremos librarnos de una meteorología tan devastadora como la que azuzó la dana; y ya hay estudios que hablan de “inflación climática”, referida, sobre todo, a la comida, debido a una debacle ecológica que, en el próximo año, agravará El Niño y el encarecimiento de los combustibles fósiles de la mano de Ormuz, entre otras cosas.
El planeta en ebullición que se ha construido de manera deliberada especialmente en el último medio siglo produce indefectiblemente una desventaja para los más jóvenes, como ha demostrado en numerosas ocasiones el IPCC (Panel de Expertos sobre Cambio Climático, dependiente de la ONU). Los bebés actuales, los adolescentes, los Z y hasta los millennials podemos esperar biografías que se desarrollarán en unas condiciones inhóspitas jamás sufridas por nuestros predecesores, dentro de una atmósfera política, además, cargada de tendencias autoritarias y el programa explícito de destrozar los servicios públicos destinados a la protección de la ciudadanía. De tan obvio, duele redactarlo: ni nos hemos beneficiado de la bonanza económica, ni gozaremos de un clima estable donde reconstruir nuestras vidas; para más inri, tampoco nos son útiles los marcos de sentido neoliberales, pues de ahí brota el espantoso calentamiento global.
Intentar solucionar esta encrucijada con fórmulas simplistas, mediante el ataque a los derechos sociales o borrando la pizarra constituye, una vez más, la pereza mental que caracteriza nuestra época, a veces movida por el rédito electoral. Da pena comprobar lo desnortados que andamos a pesar del conocimiento a nuestra disposición, también filosófico, pues esta fractura hunde las raíces en otra gran distancia: la que separa el horizonte de expectativas con que crecieron los boomers, su anhelo de tiempo conquistado, su esperanza, y el pavor al futuro agotado de los nacidos más tarde. Pero no nos engañemos, “alzad la mirada” —decía el Papa—: el rayo que no cesa baja con 45 grados, más mortífero para quien no tiene casa y respira a la intemperie. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire). El País, 21 de julio de 2026.










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