jueves, 5 de marzo de 2020

[ARCHIVO DEL BLOG] Tu rostro mañana (Publicada el 27 de agosto de 2009)



La trilogía Tu rostro mañana


Veintidós meses he tardado en leer la inmensa aventura de Jacobo Deza, un español, antes profesor en Oxford, al servicio de una oficina sin nombre -casi invisible- de la Inteligencia Militar británica, la archi-famosa "MI6", ya finiquitada por obtusa y anacrónica la mayor parte de su función primordial, pero que sigue trabajando no se sabe muy bien para qué ni para quién. Jacques, Jacobo o Jaime Deza es el personaje creado por el escritor y académico Javier Marías para protagonizar su trilogía "Tu rostro mañana". Una inmensa obra no sólo por su tamaño, 1606 páginas, sino por su calidad y vigor literarios. La he leído en tres tandas sucesivas, a una por año. La primera, "Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza" (Suma de Letras, Madrid, 2004), en Maspalomas, durante las navidades de 2007. La segunda, "Tu rostro mañana. 2. Baile y sueño" (De Bolsillo, Barcelona, 2008) en Punta Umbría, Huelva, en septiembre de 2008, durante unos días de vacaciones con mi hija Ruth y su marido. La tercera y última, "Tu rostro mañana. 3. Veneno y sombra y adios" (Alfaguara, Madrid, 2007), en mi casa de Las Palmas durante las últimas cuarenta horas, en las que a pesar de notables vicisitudes familiares, o quizá por ellas, no he podido abandonar la lectura de sus 707 páginas hasta concluirla. Ni que decir tiene que me ha encantado, aunque mi obra preferida de todas las suyas por mí leídas, sigue siendo "Mañana en la batalla piensa en mí" (De Bolsillo, Barcelona, 2006).

"No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no enreda o anuda y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo". Con estás palabras se inicia "Tu rostro mañana"; las finales, 1606 páginas después, se hacen cortas. HArendt




El escritor Javier Marías



La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

[SONRÍA, POR FAVOR] Es jueves, 5 de marzo





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Tengo un peculiar sentido del humor que aprecia la sonrisa ajena más que la propia, por lo que, identificado con la definición de la Real Academia antes citada iré subiendo cada día al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. Y si repito alguna por despiste, mis disculpas sinceras, pero pueden sonreír igual...



















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miércoles, 4 de marzo de 2020

[A VUELAPLUMA] Intolerancia





"En la Eneida -escribe en el A vuelapluma de hoy la psicóloga Remei Margarit ("El caballo de Troya". La Vanguardia, 29/2/2020)-, Virgilio explica que los griegos asediaban la ciudad de Troya, pero como la ciudad tenía unas murallas muy altas no podían entrar; entonces construyeron un caballo enorme de madera, lo dejaron en la puerta de la ciudad y se marcharon del asedio. Los troyanos creyeron que aquel caballo era un regalo de los dioses y lo metieron en la ciudad. Por la noche, los guerreros griegos escondidos dentro del caballo salieron y tomaron la ciudad.

Desde entonces, el caballo de Troya es un símil del enemigo infiltrado. Pues en este nuestro país, la entrada de Vox en las instituciones es el caballo de Troya de la ultraderecha. Se presentan como demócratas porque han tenido votantes, pero el voto no lo es todo en una democracia, las bases de la democracia son la libertad de expresión y el respeto para toda clase de pensamiento. Ello no quiere decir que sea preciso tolerar el pensamiento que la quiere destruir, que es lo que quiere la ultraderecha de este país y del mundo entero. He vivido bajo el franquismo y reconozco los gestos, el tono y las palabras de la ultraderecha cuando los oigo. Ya sé que entre sus votantes pocos quieren una dic­tadura, otros muestran su enojo porque las cosas no les van bien y otros se han dejado engañar por las mentiras de las soluciones fáciles para resolver problemas complejos, como propone la ultraderecha. El pin parental ya es un primer paso para empobrecer la educación.

En la anterior legislatura, el PP ya arrinconó la educación para la ciudadanía, una buena asignatura para educar buenos ciudadanos; y ahora, la ultraderecha quiere vetar el respeto para toda clase de afectos humanos, y si se la deja hacer, vetará la libertad de expresión y todo lo que haga falta. Son viejos conocidos aunque sean jóvenes y sonrientes; eso sí, sonríen mucho, aunque a mí me parece que lo que hacen es enseñar los dientes.

El caballo de Troya existe siempre. Los intolerantes aprovechan las facilidades democráticas para introducirse en las instituciones y desde allí desmontar las democracias, conseguidas con el esfuerzo de todos. No hay que descuidarse ni un día si queremos vivir en paz. La into­lerancia no puede estar en las institu­ciones".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 





La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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[DE LIBROS Y LECTURAS] 1917



El filósofo Franz Rosenzweig


La lección de la película "1917", del cineasta británico San Mendes es que ni todo es posible ni se pueden satisfacer todos los deseos. Cosa que supone aceptar que la historia no tiene leyes que expliquen su funcionamiento y prevean su futuro..., que la mejor y más racional manera de vivir y hacer política es a través de la discusión y el pacto en un marco de democracia, seguridad y libertades.

"El filósofo Franz Rosenzweig -comienza diciendo el escritor Miquel Porta ("La trama oculta de 1917". ABC, 23/2/2020)- fue un testigo de excepción de la Gran Guerra que arrasó parte de Europa y conmocionó al mundo. Y lo fue por partida doble: como protagonista y observador de la misma. En 1914, Franz Rosenzweig se fue a la guerra. En una trinchera de los Balcanes, en donde ejerció como enfermero, empezó a escribir -en el dorso de unas tarjetas postales- La Estrella de la Redención (1921). La primera impresión del autor en la trinchera: Vom Tode. De la muerte. Sí, de la muerte y el tormento: «Que el hombre se esconda como un gusano en los pliegues de la tierra desnuda ante los tentáculos sibilantes de la muerte ciega y despiadada, que pueda sentir ahí, con toda su violencia inexorable, lo que no suele sentir jamás: que su Yo se convertiría en una cosa si muriera, y que cada uno de los gritos contenidos en su garganta pueda proclamar su Yo en contra de lo Despiadado que le amenaza con este aniquilamiento inimaginable». Concluye: «Ante toda esta miseria, la filosofía sonríe con su vana sonrisa».

¿A qué se refiere el filósofo? ¿A quién se refiere el filósofo? Teoría y práctica. La teoría: esa obsesión del nacionalismo mesiánico que se empeña en la realización de la Idea, la Redención y el Destino; esto es, el dominio del Todo. Stéphane Mosès, uno de los intérpretes de Franz Rosenzweig: «El sentido del nacionalismo es que los pueblos no se contentan con creer que son de origen divino, sino que están de camino hacia Dios» (Franz Rosenzweig. Sous l’Étoile, 2009). La práctica: Franz Rosenzweig desvela y cuestiona la imagen optimista de la historia entendida como el desarrollo de la razón en marcha, como el camino que conduce a la realización del espíritu absoluto y a la reconciliación de la humanidad consigo misma. En definitiva, la metafísica de la Historia. El filósofo crítica y denuncia a quienes -Ilustración, Hegel, Marx o nacionalismos- forjaron dicha creencia, a quienes pusieron las bases filosóficas y políticas de los sueños y los monstruos generados por la razón.

La Gran Guerra, con su inusitada crueldad, segó las vidas de casi cincuenta millones de personas. Pero -a tenor de lo ocurrido y lo que posteriormente ocurrió con la Revolución rusa y sus terminales-, hizo más: quebró la idea de un determinismo histórico que, inexorablemente, instauraría la igualdad y la felicidad en la tierra. Quebró, en definitiva, la posibilidad de toda utopía. Mostró que la utopía conduce al peor de los mundos posibles, que exige el sacrificio del presente en beneficio de un supermundo ilusorio que nunca llegará, que esconde una concepción mítico-religiosa del desarrollo histórico. El resultado de todo ello lo describió Isaiah Berlin (Libertad y necesidad en la historia, 1974) en los siguientes términos: el determinismo redentor convierte el «Universo en una prisión» a pesar de que «sus cadenas estén cubiertas de flores».

La Gran Guerra y sus consecuencias brindan una lección -confirmada por la biología, la antropología, la psicología y la historia- que no podemos olvidar: la imposibilidad de alcanzar la autoidentidad humana o la sociedad reconciliada. Truman Capote: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas». Con razón, decía Ralf Dahrendorf (Reflexiones sobre la revolución en Europa, 1991) que «la utopía es, por la naturaleza misma de la idea, una sociedad total» que «necesita de una sociedad cerrada» de tal manera que «cualquiera que pretenda planes utópicos, en primer lugar tendrá que limpiar la tela sobre la cual está pintado el mundo real» y después «deberá construir un nuevo mundo condenado a producir errores y fracasos». Un aviso para navegantes: el asalto del cielo suele conducir al infierno en la tierra. Ejemplos, sobran.

La Gran Guerra muestra que la historia, además de discontinua, es un desgarramiento sin cesar. Pero, queda el hombre. Dice Franz Rosenzweig: «Después de que la Razón lo haya absorbido todo y de que haya proclamado que a partir de ahora sólo ella existe, el hombre descubre de repente que aunque hace mucho que ha sido asimilado por la filosofía todavía sigue allí... “Yo, que no soy más que ceniza y polvo”, yo, mero sujeto privado, un nombre y un apellido..., sigo aquí todavía y filosofo».

Y Franz Rosenzweig filosofa. Se trata -ningún plan de salvación supraterrenal- de alcanzar lo posible, de sobreponerse a lo imprevisible e inesperado. De lograr que el hombre se vuelva a la realidad y actúe sobre ella en la medida de sus posibilidades. Sentido del límite. Una redención -manumisión, rescate, regeneración- contra la teleología y la utopía y contra los sueños y los monstruos de la razón. La redención es lo inminente, lo factible, lo admisible. Una redención que, a la manera de Franz Rosenzweig, implica recuperar la soberanía individual y aceptar que la verdad no es un concepto absoluto, sino una idea relativa a un espacio, un tiempo y un individuo determinados.

Franz Rosenzweig, después de la Gran Guerra, llegó a la conclusión de que el desastre que había padecido en carne propia era consecuencia de las ideas hegelianas y de la prepotencia de la razón. Europa, a fuego y sangre, había ido hacia la catástrofe en nombre de la misión histórica de los pueblos, de los Estados, de la revolución, del progreso. Por decirlo a la manera de Edmund Husserl (La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, 1936) la Gran Guerra se explicaría en función de cuatro hipótesis: la vanidad, la espontaneidad, la liberación edénica o la venganza frente a los límites de un hombre engreído e impulsivo a la par que -supuestamente- omnisciente y omnipotente. El resultado práctico de estas hipótesis: el derrumbe de la civilización europea de entreguerras.

Franz Rosenzweig y Edmund Husserl fueron testigos de las consecuencias perversas que generan las ideas que se proponen la emancipación del género humano. De vivir unos años más -la llegada de Hitler al poder, la misión histórica del proletariado, el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, la persecución y el exterminio de los judíos, el campo de concentración, el gulag, la Guerra Civil española, los nacionalismos exacerbados y divisorios, el populismo rampante-, hubieran confirmado su percepción.

La lección de 1917: ni todo es posible ni se pueden satisfacer todos los deseos. Esa es la cuestión. Cosa que supone aceptar que la historia no tiene leyes que expliquen su funcionamiento y prevean su futuro, que la sociedad nunca podrá reconciliarse por entero, que no merece la pena sacrificarse por un mundo perfecto que afortunadamente nunca llegará, que no existen las soluciones totales sino -en el mejor de los casos- las reformas parciales, que la mejor y más racional manera de vivir y hacer política es a través de la discusión y el pacto en un marco de democracia, seguridad y libertades.

El Oscar que no ganó Sam Mendes por 1917 se lo merecen Franz Rosenzweig y Edmund Husserl por haber descrito la trama oculta de una Gran Guerra que ha condicionado, y puede condicionar todavía, la vida de Europa y los europeos".




El cineasta Sam Mendes



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[SONRÍA, POR FAVOR] Es miércoles, 4 de marzo





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Tengo un peculiar sentido del humor que aprecia la sonrisa ajena más que la propia, por lo que, identificado con la definición de la Real Academia antes citada iré subiendo cada día al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. Y si repito alguna por despiste, mis disculpas sinceras, pero pueden sonreír igual...















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martes, 3 de marzo de 2020

[A VUELAPLUMA] Andalucía en el corazón



Jornaleros andaluces a la vendimia francesa, 1980


"Desde los seis años -escribe el filósofo Emilio Lledó ("Salteras y el patio de madrina desde el exilio". El País, 2/3/2020) en el A vuelapluma de hoy- he vivido fuera de Sevilla, de Triana, donde nací. La distancia en el tiempo me ofreció, en cambio, otros espacios donde asentar mis experiencias. Esos lugares de mi vida fueron Vicálvaro, un inolvidable pueblo, a pocos kilómetros de Madrid, incorporado ya, por la furia inmobiliaria, a la capital. En Vicálvaro, a cuyo regimiento de Artillería estaba destinado mi padre, pasé los años de la Guerra Civil, y en el fondo de mi memoria, laten siempre sus recuerdos. Cuando terminó la guerra nos vinimos a Madrid donde hice los estudios de Bachillerato y universitarios. Al acabar la carrera y el servicio militar, que entonces era obligatorio, me fui a Alemania, a Heidelberg, donde pasé 10 años preparando mi doctorado y dando clase en el departamento de Filología de la Universidad. Después, tres años de catedrático de instituto en Valladolid, y otros tres en la Universidad de La Laguna. A continuación, 11 años en la Universidad de Barcelona y muchos más en Madrid. Pero entre esos años de Madrid estuve, también, cinco en Berlín, donde viví la caída del muro en 1989, y pude percibir la pasión de los alemanes por unirse, de nuevo, en aquellas dos Alemanias, aparentemente, tan distintas.

Muchas veces me he preguntado: ¿De dónde soy yo? Porque todos esos sitios a los que mis estudios y mi trabajo me llevaron han sido parte esencial de mi vida y de mi posible enriquecimiento personal. En todos esos lugares he sentido una profunda identificación con ellos y, ahora, en la historia de mi particular memoria, una cierta forma de solidaridad.

Precisamente, por ello, me he visto siempre impulsado a reflexionar sobre ese importante y maltratado concepto de identidad. Identidad que ha servido, tantas veces, para construir supuestas teorías, que nada tienen que ver con ese fondo íntimo de la persona, fruto siempre de una educación en libertad y de esos ideales de solidaridad para los que los filósofos griegos inventaron esa hermosa palabra: filantropía.

Pero, en el fondo, la propia identidad está llena de memoria y del surco del tiempo: ese río colectivo en el que nacemos, en el que navegamos, y en el que vive el ser que somos. En esa identidad se encuentran los recuerdos que forjan nuestra existencia. Es verdad que soy un andaluz en el exilio, aunque esa distancia se ha ido acortando, año tras año, a lo largo de mi adolescencia y juventud.

Todos los veranos, al acabar la Guerra Civil, los he pasado en Salteras, ese pueblo de Sevilla en el que nacieron mis padres y que llenó de alegría aquellos tristes años de la posguerra. Allí vivía mi madrina Fernanda, viuda desde muy joven de un tío de mi padre, y para la que fui el hijo que ella no pudo tener. Por ella, por su casa, por el patio que perfumaba aquel jazmín, por sus palabras y su amor, por su inteligencia y sensibilidad, empecé a percibir un horizonte de esperanza en el que habría de reencontrarse mi futuro. Y ese maravilloso pueblo y esa extraordinaria mujer alentaron el reencuentro con el río de mi existencia en el que empezaba a fluir ya mi persona.

Porque allí aprendí, en el trato con mi madrina, algo que me ha llevado, muchas veces a reflexionar sobre el contenido del lenguaje y la inteligencia humana. Creo que madrina, con excepción de algunos viajes a Sevilla, nunca salió del pueblo; pero su innato talento me hizo pensar que, a través de su lenguaje, de sus palabras, latía mucho de lo que habría de aprender, años después, al estudiar la historia de Andalucía y de su cultura.

Y en este momento tengo que rememorar a ese andaluz genial, a Casiodoro de Reina, el fraile jerónimo del monasterio de San Isidoro del Campo que, en el siglo XVI y en un estilo y belleza admirable, tradujo la Biblia. Esa obra le costó verse obligado a abandonar su tierra, por la persecución y condena inquisitorial a la que fue sometido. Como él, otros muchos tuvieron que abandonar Sevilla, que empezaba a ser una de las ciudades más interesantes y cultas de Europa. Doris Moreno, una profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona ha escrito una magnífica biografía de Casiodoro, publicada por el Centro Andaluz de las Letras.

Cuando después de las vacaciones veraniegas regresaba a Madrid, mis padres me decían siempre que volvía “como nuevo”. Esa supuesta novedad me permitía, desde mis resonancias saltereñas, descubrir el ingenio y la gracia de mi madre y el interés cultural de mi padre. Y no puedo evitar el recuerdo de aquel día en que, poco después de la guerra, paseando casualmente por la calle de la Real Academia, me dijo mi padre: “Niño, mira que si tú, alguna vez...”. Yo no sabía lo que significaban sus palabras, ni qué era ese edificio al que señalaba, pero quedaron siempre en mi memoria: ¡Era el jazmín del patio de madrina; era Salteras, Sevilla, Andalucía!" .

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 





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[ARCHIVO DEL BLOG] Las reglas del juego (Publicada el 23 de agosto de 2009)




Alegoría de la Justicia



Ninguno de los amables y sufridos lectores de este Blog que siga el mismo con un mínimo de asiduidad podrá decir que comparto un especial fervor por la judicatura española en particular o por los tribunales de cualquier tipo, en general. No sólo pienso que una buena parte de las sentencias y pronunciamientos judiciales dictados en estos últimos tiempos en España son un auténtico disparate, sino que me ratifico en planteamientos anteriormente expuestos de que sería preferible resolver los pleitos tirando una moneda al aire, y "a quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga". En función de la Ley de Probabilidades, la posibilidad de acierto o fallo de las sentencias dictadas de esta manera estaría en un 50 por ciento exacto, lo que es mucho más favorable para todas las partes implicadas que el recurso a los tribunales de justicia.

Dicho lo cual, y sin empecinamiento alguno, reconozco que las reglas del juego son las reglas del juego y que están para respetarlas. Los jueces, como los árbitros, se equivocan; algunas veces sin intención y por ignorancia, y otras a sabiendas y con intención. Pruebas de lo último nos están dando en estos días a paletadas. Pero son los árbitros y hay que aceptar sus decisiones, y recurrirlas si es el caso, o demandarles si entendemos que han prevaricado. Pero cuando la decisión llega a la última instancia, pues se acabó la historia. Si no nos gusta pongámonos de acuerdo todos, o la mayoría, para cambiar las reglas del juego (las leyes) y el proceso de designación de los árbitros (los jueces y tribunales).

Esta intrascendente reflexión, -intrascendente por venir de quién viene, es decir, de un servidor de ustedes-, me la estoy haciendo hoy a cuento de la que veo venir con motivo de la ya inminente sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña. impugnado -no se olvide. por el PP- casi en su totalidad, y en algunos de sus artículos, por el inefable Defensor del Pueblo, don Enrique Múgica.

Algunos ya se están poniendo la venda antes de la herida y comienzan a hacer aspavientos antes de conocer la literalidad de la sentencia, hablando o escribiendo de ofensa gravísima a la soberanía del pueblo catalán. Y aunque me duele en el alma decirlo pues ansío para Cataluña y para todas las restantes comunidades autónomas españolas el mayor nivel de autogobierno posible para cada una de ellas en el marco de una nueva e hipotética reformulación constitucional del reparto de competencias entre el Estado central y las Comunidades autónomas. la soberanía es una e indivisible, y pertenece al conjunto de los ciudadanos españoles y no a los ciudadanos de cada una de sus Comunidades autónomas como tales. Esa es una verdad de "Perogrullo". Así que, si no gusta, cambiemos las reglas del juego, pero eso es lo que hay y mientras no se cambien hay que respetarlas si de verdad nos llámamos demócratas. Si algunos están jugando a otra cosa, es su problema.

Como no hay regla sin excepción, me gustaría reseñar la enorme satisfacción que me ha producido la reciente Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, sobre el recurso presentado por Herri Batasuna y Batasuna contra la ilegalización de ambas formaciones políticas por los tribunales españoles. La comenta magníficamente el profesor de la Universidad del País Vasco, Aurelio Arteta, en su artículo del pasado 20 de agosto en El País, titulado "La sentencia silenciada", que pueden leer en el enlace anterior.

Comparto con el autor del artículo mi estupor por el escaso -¿intencionado o malintencionado?- eco que se la ha dado a la misma, y eso que en la Sentencia, dictada por unanimidad de la Sala Quinta del Tribunal, se destaca cosas tan obvias y de triste actualidad en nuestro país, como la de que la sola repulsa de los medios violentos no convierte en democrático a un partido, al revés de lo que predica la simpleza política reinante; sólo lo vuelve pacífico, y que para calificarlo de democrático, deberá probar además que su programa y su proyecto respetan la igualdad política y postulan la libertad de los ciudadanos.

Dentro de mi estupor encuentra acogida la imposibilidad de acceder a dicha sentencia en español, así que he tenido que rebuscarla en la propia página electrónica del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en francés. La pueden leer desde este enlaceEspero que les resulte interesante. HArendt




Tribunal Europeo de Derechos Humanos, Estrasburgo



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