A un año de las presidenciales en Francia, hay quien lo tiene ya todo “atado”. Ataviado con su eterna corbata roja, el díscolo de la política francesa, Jean-Luc Mélenchon, oficializaba a principio de mes en el telediario de TF1 su candidatura, sin dudar para ello en recurrir a una expresión —“nous c’est carré” (nosotros lo tenemos todo atado)— más propia del lenguaje de los jóvenes a los que quiere atraer que de un señor de 74 años, aferrado al poder y candidato por cuarta vez en unas presidenciales a las que había prometido no participar para permitir la renovación generacional de la cúpula de su partido. Situado en tercer lugar en las encuestas por detrás del ex primer ministro conservador Edouard Philippe, con un 16% de los votos y serias opciones de llegar a la segunda vuelta contra el gran favorito de los sondeos, el ultraderechista Jordan Bardella, Mélenchon ya se ve en el Elíseo.
El político a quien tanto le gusta repetir que apenas 400.000 votos le separaron de Marine Le Pen en 2022 —y con ellos, del acceso a la segunda vuelta— no está dispuesto a perder el tiempo. Mélenchon dará su primer mítin de campaña el 7 de junio en Saint-Denis, en la periferia de París y en uno de los departamentos más pobres de Francia. Una ciudad cosmopolita en sintonía con el lema de su campaña, “la nueva Francia”, antítesis, según el historiador Pascal Blanchard, del famoso “on est chez nous” (esto es nuestra casa) coreado en los mítines de la extrema derecha de Marine Le Pen. Pero esta “nueva Francia” también revela, según algunos, un enfoque identitario que confirmaría la voluntad de Mélenchon de referirse solo a una parte de las clases populares y no al conjunto de ciudadanos. Como defiende el politólogo Rémi Lefebvre en Le Monde, La Francia Insumisa de Mélenchon “busca construir un relato político global, criollizado" y destinado a “los urbanitas, los jóvenes con estudios superiores y los habitantes de los suburbios dominados por poblaciones de origen inmigrante”.
Nunca avara de cinismo, Marine Le Pen ―cuyo futuro político se decidirá el 7 de julio en los tribunales― no tardó en reaccionar en X al nuevo eslógan de LFI, arguyendo que se trataba de un concepto “claramente fundado sobre el origen extranjero y [que] constituye, por tanto, la quintaesencia del racismo y la negación de [la] Constitución”. Su tuit venía acompañado de un extracto de un mítin de Mélenchon ―manipulado, según el líder de LFI, que ha anunciado que presentará una denuncia― donde se le ve pedir al público que quien tenga un abuelo extranjero levante la mano. Con la sutileza y la integridad intelectual que le caracteriza, el multicondenado por incitación al odio Éric Zémmour, obsesionado con el “gran reemplazo” y los “francocidios”, tuiteó que “la nueva Francia” de LFI era “la reivindicación de una sustitución del pueblo francés de pura cepa por un nuevo pueblo árabo-musulmán”. Una aserción cuando menos grotesca, y que incluso podría prestarse a la risa, si la extrema derecha no estuviera tan cerca de conquistar el poder en un paisaje político más fragmentado que nunca y con una izquierda cuyos diferentes bloques parecen irreconciliables.
La importante impopularidad de Mélenchon ―el 71% de los franceses lo rechazan― no es ajena a esa división. La polarización que genera su figura pone en duda su capacidad de aglutinar tanto el voto de la izquierda como el del centro en el hipotético caso de que lograra acceder a la segunda vuelta. Algo que tiene muy claro el bloque de la izquierda no melenchonista, conformado por el Partido Socialista, Los Ecologistas, y Los Comunistas, el cual aboga por una primarias ―rechazadas por Mélenchon― y la adopción de un discurso más universalista e interclasista que identitario. En cuanto al tercer bloque, de orientación socialdemócrata y liderado por el diputado europeo Raphaël Glucksmann, la posibilidad de una alianza con LFI es sencillamente inconcebible, en parte por las salidas desafortunadas con resabios antisemitas del líder de los Insumisos y su complacencia hacia la política expansionista de Rusia y China. Eso sí, Glucksmann y Mélenchon comparten la voluntad de segmentar el electorado. Una nota interna del equipo de Glucksmann, filtrada por la prensa, aconsejaba al candidato “no dirigirse a los jóvenes de entre 18 y 25 años, a quienes ingresan menos de 1.500 euros al mes, a las familias monoparentales, a las banlieues o a quienes solo tienen el bachillerato”.
Ante este panorama desalentador, una figura cuando menos peculiar ha emergido en los últimos meses como posible salvador de la izquierda en un ecosistema mediático y cultural en el que la influencia del magnate ultraconservador Vincent Bolloré no deja de extenderse. Se trata del banquero Matthieu Pigasse, miembro del consejo de supervisión de Le Monde, del que llegó a ser co-accionista entre 2010 y 2022, dueño de la radio más popular de Francia, Radio Nova, la revista Les Inrokuptibles, o la productora Mediawan, que realiza programas de debate político muy seguidos en la televisión francesa como C´est à vous o C´est dans l´air. El millionario, que reinvidica de plató en plató la necesidad de la izquierda de llevar su propia batalla cultural frente a la extrema derecha, lleva meses dejando planear la duda sobre una eventual candidatura a las presidenciales.
Si bien es cierto que algunos votantes de izquierdas han podido sentirse atraídos por su discurso, una información del Wall Street Journal publicada este martes ha enfriado a los más entusiastas. Pigasse ha sido elegido por el régimen de Delcy Rodríguez para hacerse cargo de la reestructuración de la deuda pública exterior venezolana estimada en 150.000 millones de dólares. Una operación que habría obtenido el beneplácito de Trump, en cuya compañía fue visto Pigasse a finales de enero en la Casa Blanca con motivo de la proyección privada del documental sobre la primera dama de EE UU.
Pocas veces el escenario político de la izquierda francesa ha sido tan confuso. Pero la crisis que parece asolarla no nos habla solo de división, sino también de una renuncia compartida a la interpelación universalista de partidos y movimientos que ya no se dirigen a la nación en su conjunto sino a nichos de mercado. Exactamente lo opuesto a la estrategia del Reagrupamiento Nacional de Le Pen y Bardella. Carla Mascia es analista política. El Pais, 29 de mayo de 2026.


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