A estas alturas y con la que está cayendo, con tanto reaccionario levantisco, neofachita orgulloso y retrógrado entusiasmado de conocerse, no seré yo quien se ponga a escribir un artículo sobre los peligros de lo políticamente correcto, porque la verdad es que encuentro mucho más peligrosos los ataques a los valores democráticos que hay por doquier, y porque además la idea de lo políticamente correcto me parece sensata. Es un hecho innegable que la lengua no es neutra sino que se adapta como una piel al cuerpo social, reflejando todos sus valores y prejuicios. Y es lógico que, a medida que la sociedad cambia, los actores de ese nuevo mundo quieran y hasta exijan que la lengua también cambie, para que refleje su realidad. En el precioso libro El club de las modernas, de Eva Cosculluela, vemos que en la España de los años veinte las maestras especializadas en dar clase a ciegos y sordos eran llamadas anormalistas, porque enseñaban a anormales. Ahora no sólo no se nos ocurriría decir semejante cosa, sino que el término nos revienta el oído.
Admitamos, en fin, que hoy resulta chirriante e infamante decir maricón como insulto, gitanear como sinónimo de robar, mongólico para definir a personas con síndrome de Down y tantas otras expresiones lastimosas. Y esto, la nueva conciencia de que tal manera de hablar no es ni empática ni civilizada, me parece estupendo. Muchas veces en el origen de todo está la pura ignorancia, como, por ejemplo, en la palabra sordomudo, en franco retroceso pero que aún se oye. No existen los sordomudos; existen las personas sordas de nacimiento que tienen más dificultades para aprender a hablar. Y en el equívoco (en el desconocimiento) se evidencia la falta de atención que hemos prestado a los no oyentes. Es decir, en el uso de las palabras que terminan siendo ofensivas para un colectivo siempre subyace la supeditación de ese colectivo, una historia de olvidos, desprotección y maltrato. Bienvenida sea, pues, esa tendencia hacia lo políticamente correcto que permite visibilizar otras realidades.
Pero, claro, lo que pasa es que la humanidad está llena de tontos. De gente muy cerrada, dogmática y cerril. De manera que lo políticamente correcto puede ser llevado con facilidad hasta el disparate, porque los tontos tontean todo el rato. Y de ahí los muchos y famosos ejemplos de tropelías correctoras, como los libros clásicos expurgados y censurados. Que digo yo que, si nos ponemos así, el primer texto que habría que corregir es la Biblia (pero creo que con ese aún no se han atrevido).
Hace unas semanas, en este mismo artículo, hice un llamamiento a los hombres “de corazón blanco” para que nos ayudaran contra la misoginia, y una amiga me escribió diciendo que un conocido suyo, un joven chino, estaba indignado por mi uso del adjetivo blanco; consideraba que eso era racismo y que tenía que haber escrito corazón bueno. No conozco al chico y es muy probable que en su opinión influyan vivencias negativas y el escozor sufrido al tener que sobrellevar los prejuicios racistas, que son persistentes e insidiosos. Pero lo que tengo clarísimo es que está errando el tiro. La luz y la oscuridad han creado símbolos esenciales en los seres humanos desde el principio de los tiempos, al margen del color de su piel. Sobre todo el blanco, que simboliza la bondad, la inocencia y el bien en innumerables culturas. Los sacerdotes del antiguo Egipto se vestían de blanco para encarnar el orden y la verdad. En Japón, el blanco o shiro representa la pureza y lo sagrado. En muchos países africanos, como Gambia, el blanco significa la luz y la paz; de ahí que, en los rituales vudús, de origen africano, se use siempre el blanco como señal de espiritualidad. Lo que sucede con este tipo de símbolos es que están tan profundamente hincados en nuestra memoria ancestral que no tienen nada que ver con los catecismos políticos. En fin, si no intentamos pensar un poco más las cosas nos puede pasar como lo que sucedió en la disparatada y sanguinaria Revolución Cultural china, cuando los maoístas decidieron que el color rojo de los semáforos no podía significar detenerse (les parecía burgués) sino que debía indicar un glorioso avance. De modo que de la noche a la mañana cambiaron el sentido de las luces de tráfico. La que se armó. Hasta esos extremos lleva el dogmatismo. Rosa Montero es escritora. El País, 31 de mayo de 2026.



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