viernes, 5 de junio de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. CÓMO DOS EMPERADORES TROPEZARON CON CON LA GUERRA, POR XAVIER COLÁS. 5 DE JUNIO DE 2026

 






Una lección común sobre la historia de los emperadores de ayer y hoy es que no suelen tropezar al primer paso. Tropiezan cuando un éxito anterior les enseña una conclusión falsa.

El problema de los emperadores es que acaban creyendo demasiado en su propia biografía. Vladimir Putin siente que sabe mucho sobre historia, aunque no siempre predice bien lo que va a pasar: creyó que 2022 sería 2014, una victoria ineludible aunque con más tanques. Donald Trump confía en sus instintos, y calculó que la batalla de Irán sería como la de Caracas pero con más portaaviones desplegados en esas aguas. Ahora están ambos entrampados en guerras que parecían menos complejas, y condicionan la política europea.

Para Europa, Putin es abiertamente una amenaza, aunque en algunos sectores sigue siendo visto como el proveedor barato de energía al que alguna vez habrá que recuperar. Con Trump aparece ante nosotros el aliado norteamericano malogrado por la putrefacción política, y los europeos dudan si señalar la desnudez populista y temeraria del emperador o ponerse de perfil para conservar los vínculos que hicieron florecer la relación durante el siglo XX.

Europa contempla las humaredas del campo de batalla con espanto. Trump y Putin entraron en la guerra con la memoria de un éxito anterior, y los dos descubrieron demasiado tarde que la historia no se repite a voluntad del hombre que manda.  La resistencia de Europa en su apoyo a Ucrania ha hecho que Moscú señale a los europeos como participantes en la guerra. Y la renuencia de los socios de la UE a seguir a Trump en su aventura iraní ha dado al voluble emperador americano una excusa para cargar contra el continente europeo precisamente por no querer participar.

El problema es cómo se puede influir sobre jefes de Estado que parecen diseñados para ser herméticos ante cualquier presión.

Serguéi Lavrov, preguntado por un empresario sobre si Putin le consultó antes de invadir Ucrania, musitó: «Putin tiene tres consejeros: Iván el Terrible, Pedro I y Catalina II». En el caso ruso, la trampa estaba en Crimea. Fue precisamente Catalina quien convirtió Crimea en trofeo imperial ruso en 1783, después de arrancarla de la larga mano otomana y vestir la anexión como destino histórico. Potemkin, su hombre en el sur, transformó la península en pieza central de la expansión rusa hacia el mar Negro. Por eso cuando Putin habla de Crimea invoca el glorioso 1783, la vieja frontera sur de Catalina, la fantasía de Nueva Rusia y la idea de que la historia rusa avanza corrigiendo humillaciones.

La anexión de 2014 fue rápida, barata y sancionada por Occidente con más indignación que castigos inmediatos. Putin leyó aquel episodio como una prueba de debilidad ucraniana y de cansancio –o poca resistencia – occidental. Ocho años después, más aislado, más ideologizado y con un círculo de decisión cada vez más estrecho, convirtió ese chute histórico en un descabellado plan militar. Ucrania no sería una guerra, sino una corrección histórica. Kyiv no lucharía, pues no opuso resistencia a perder Crimea, y el Estado se partiría como ocurrió con Donbas. Europa protestaría y después seguiría comprando gas y petróleo, igual que hizo tras 2014. Así fue cómo la guerra de 2022 empezó como una aventura emprendida desde un palacio mal informado. Putin no subestimó solo al Ejército ucraniano. También subestimó la existencia política de Ucrania, la capacidad europea de reaccionar y el coste de convertir una operación de decapitación en una guerra nacional. Desde entonces el Kremlin ha ido moviendo el objetivo de la victoria. Primero era tomar Kyiv. Luego liberar el Donbás. Después resistir a lo que en Moscú llaman «Occidente colectivo». Hoy la guerra que debía demostrar la grandeza rusa consume soldados, presupuesto, industria, alianzas y futuro. Moscú puede avanzar, bombardear y aguantar más que una democracia, pero ya no puede fingir que no es una guerra de verdad sino una «operación militar especial» contra unos nazis sueltos.

Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo

Donald Trump tropezó con otra analogía. Caracas le ofreció una imagen demasiado perfecta de su poderío: una operación fulminante, un enemigo personal capturado, una capital sobrevolada con impunidad por sus Delta Force, dejando un régimen descabezado. Durante los días posteriores el rey bravucón se mostró capaz de vender la acción como restauración del orden. El precedente venezolano alimentó una idea muy trumpiana de la guerra, pero la verdad es que Irán no es Venezuela. No es un régimen dependiente de un solo hombre ni una crisis caribeña contenible en la lógica del patio trasero. Irán tiene profundidad estratégica, mucha población, un sólido aparato ideológico, redes regionales que no ayudan a descabezar a distancia, misiles escondidos, drones probados en Ucrania y una palanca económica que ha demostrado ser formidable: Ormuz.

El resultado es que la guerra que empezó con maximalismo –destruir capacidades, imponer condiciones, insinuar cambio de régimen– se está encogiendo hacia los términos clásicos de toda salida imperfecta: un alto el fuego, la esperada reapertura del estrecho, mediadores y sobre todo propaganda de victoria para todos.

Los dos errores nacen de la misma enfermedad imperial: confundir el precedente con una ley escrita en mármol. Putin pensó que Ucrania seguía siendo el país fracturado y vulnerable de 2014. Trump pensó que la intimidación que funcionó en Caracas podía trasladarse al Golfo Pérsico. En ambos casos, el enemigo fue menospreciado antes de ser atacado.  La propaganda hizo el resto. Rusia no invadía: se defendía de una cosa invisible. Estados Unidos no lanzaba otra guerra: prevenía un peligro nuclear y castigaba a un régimen hostil aunque lejano.

La diferencia está en el tiempo: Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo. El trumpismo puede asimilar golpes de fuerza, imágenes de superioridad y negociaciones disfrazadas de rendición ajena. Pero una guerra cara, con petróleo alto, división interna y objetivos cambiantes, amenaza el centro mismo de su relato: que basta con querer para imponer. No olvidemos que Trump tiene elecciones legislativas en noviembre.

En Europa hay inquietud sobre cómo las tensiones del trumpismo pueden dañar las garantías de seguridad del viejo continente. «Desde mi punto de vista es horrible las declaraciones de activistas Maga cuestionando los vínculos euroatlánticos», admite un diputado polaco que prefiere hablar desde el anonimato: «Si queremos revivir nuestras relaciones euro atlánticas tenemos que asumir el peso de nuestra seguridad». Pero en todo caso, recuerda que «tenemos muchos vínculos como para estar pendientes de cada reacción de Trump».

También difieren los riesgos. Para Putin, Ucrania es el lugar de su régimen en la historia. La guerra ha concentrado a Rusia alrededor de la industria militar, la represión y la dependencia de China. Una derrota clara pondría en duda veinticinco años de autoridad personal y una paz mala dejaría a la vista que la sangre no compró kilómetros para el imperio. Por eso Putin puede preferir una guerra interminable a una conclusión humillante. El peligro es perder el derecho a explicar Rusia, porque durante los últimos 10 años se ha erigido en principal intérprete.

Para Trump, Irán no es existencial para Estados Unidos, pero puede ser corrosivo para su presidencia. El riesgo no es el colapso del Estado, sino la fractura. Sobre todo porque prometió fuerza sin pantano, castigo sin ocupación, victoria sin coste. Si termina aceptando un acuerdo parecido al tipo de pacto nuclear que antes despreciaba, podrá llamarlo triunfo, pero sus adversarios lo llamarán retirada. La política estadounidense permite cambiar de relato con más facilidad que la rusa. Y también castiga más deprisa cuando la factura llega al bolsillo.

Los clásicos ayudan a entender el problema. Roma no hacía la guerra sin vestirla antes con compases de ceremonia: los sacerdotes de la diplomacia y de la guerra, envolvían el conflicto en ritos, reclamaciones y fórmulas de justicia… la violencia necesitaba un lenguaje solemne. Aquello no impedía el imperialismo, pero obligaba a presentarlo como necesidad. En Atenas la guerra se discutía en la asamblea, y aun así la democracia ateniense se precipitó sobre Sicilia en una expedición desastrosa: de nuevo encontramos mucha retórica, mala inteligencia, objetivos hinchados y una derrota que cambió la guerra del Peloponeso.

«Si Putin pensaba que con la invasión iba a recuperar el prestigio de Rusia en el mundo, está claro que se equivocó», explica José María Faraldo historiador y autor de Sociedad Z. La Rusia de Vladimir Putin. Faraldo señala que «ni siquiera los países que le apoyan ven a Rusia como un líder o un modelo de futuro». Salvo en pequeños aspectos como la reacción conservadora o represión de minorías, no hay «nada en lo que Rusia parezca poder liderar a las autocracias menores».

¿Hay solución para los desmanes de dos hombres tan poderosos? Edward Lucas, periodista y autor de The New Cold War (La Nueva Guerra Fría, 2008) no es muy optimista: «Creo que los países solo cambian de verdad cuando sufren un shock político o económico profundo». En el caso ruso, «si la prosperidad económica de Rusia dejara de depender de recursos naturales vulnerables en un modelo depredador y pasara a basarse en una economía mucho más descentralizada y de servicios, donde el Estado no tuviera tanto control, quizá eso cambiaría algo».

Putin aprendió de Crimea que Ucrania era vulnerable y Europa manejable. Trump aprendió de Caracas que la audacia podía sustituir a la estrategia. Ambos descubren ahora que una guerra empieza en el despacho del líder, pero después a la mesa se sienta el enemigo, bajo los nubarrones de la economía, con el eco de los muertos, el condicionante del tiempo y la tozudez de los hechos. Pero todo esto será en todo caso una lección para los siguientes emperadores. Xavier Colás es periodista. Ethic, 1 de junio de 2026.























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