viernes, 5 de junio de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. NO HAY REVOLUCIÓN REAL SIN REVOLUCIÓN MENTAL, POR JAVIER CERCAS. 5 DE JUNIO DE 2026

 






En un artículo publicado hace poco por este periódico (Necesitamos una Unión dentro de la Unión), Josep Borrell, Guy Verhofstadt y otros políticos europeos proponían una reforma política para avanzar hacia una Europa federal. Aplausos sin reservas. Una Europa unida —una Europa federal, capaz de combinar la unidad política con la pluralidad lingüística, cultural e identitaria— es la única utopía razonable que hemos inventado los europeos, el gran proyecto político del siglo XXI y la gran esperanza para el futuro de la democracia en el mundo. Cuando un servidor decía estas cosas hace 20 o 25 años, lo trataban de soñador, pero hoy incluso un tipo tan práctico como Mario Draghi —­expresidente de Italia y del Banco Central Europeo— aboga, con precavido pleonasmo, por un “federalismo pragmático”. Dicho esto, salta a la vista que, para fundar una Europa federal, no bastan reformas políticas, ni siquiera una revolución política: es necesaria, además, una revolución mental; en otras palabras: es imposible una Europa federal sin una mentalidad federal.

Desde hace más o menos dos siglos vivimos en una Europa nacional: la Europa de las naciones. Esa Europa no surgió de forma natural, porque las naciones no son entes naturales, existentes desde el origen de los tiempos, o casi; las naciones se construyen —son una creación política, en cierto sentido una invención—, y para construirlas fueron necesarias muchas cosas, entre ellas forjar una mentalidad nacional. Ésta afirma básicamente que ser español (o francés o italiano) consiste en hablar español y sentirse parte de la cultura y la identidad españolas (o francesa o italiana), y que esas lenguas, culturas e identidades se excluyen entre sí y por tanto no pueden convivir bajo el mismo Estado: cada una necesita un Estado propio, que las ampare y las fomente.

A lo largo del siglo XIX, muchos Estados europeos trataron de imponer, con todas las herramientas a su alcance —incluida la violencia—, esa visión del mundo; el éxito fue aplastante. “¿Quién que es, no es romántico?”, escribió Rubén Darío a principios del siglo XX; pero, como el romanticismo fue a la cultura lo que el nacionalismo a la política, el poeta también hubiera podido escribir: “¿Quién que es, no es nacionalista?”. Las dos guerras mundiales fueron en el fondo una única gran guerra nacional —la primera, en parte, de las naciones contra los imperios; la segunda, de las naciones entre sí—; asolaron Europa, pero no la mentalidad nacional, todavía tan arraigada entre nosotros que muchos la consideran casi eterna, poco menos que genética. No lo es. Es histórica, creada, coyuntural y, sin sustituirla por una mentalidad federal, no hay Europa federal que valga. La mentalidad nacional es excluyente, purista y competitiva: dice que una lengua equivale a una cultura y una cultura equivale a una nación y una nación equivale a un Estado (o necesita de él); la mentalidad federal es incluyente, mestiza y colaborativa: dice que en un Estado pueden convivir muchas lenguas, culturas e identidades, y que ese Estado no solo no debe aplastarlas —como hacía o intentó hacer el nacionalismo—, sino que está obligado a protegerlas y fomentarlas. Una revolución mental de este calibre no será ni fácil ni rápida —sobre todo si se hace como es debido: no mediante la coerción sino mediante la persuasión—, como no lo fue la que creó la mentalidad nacional; pero, sin ella, la Europa federal es una quimera.

Por lo demás, no se trata de propugnar un patriotismo europeo que suplante a los patriotismos nacionales, una gran identidad continental que absorba las pequeñas identidades nativas; se trata de asumir que, si la identidad europea existe, radica precisamente en su diversidad: en su capacidad para acoger, dentro de un solo Estado, lenguas, culturas e identidades diversas. En resumen: Europa es la única patria posible porque es la antipatria, entendiendo la palabra patria en el sentido político que el nacionalismo le insufló y nadie captó mejor que aquella campesina siciliana que gritó despavorida al ver que unos soldados venían en busca de su hijo: “¡Corre, hijo mío, que viene la patria!” Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 30 de mayo de 2026.



















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