El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 30 de junio de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG. LOS INTELECTUALES COMO DEFENSORES DE UN NUEVO ORDEN, POR JOSÉ ANDRÉS ROJO. PUBLICADO EL 25 DE JUNIO DE 2017
Nunca ha resultado demasiado clara la relación de los intelectuales con el poder. Existe, desde hace tiempo, esa entrañable leyenda que habla de almas nobles que ponen su inteligencia al servicio de una causa justa. El intelectual está marcado, en ese caso, por un aura romántica y despierta inmediatas simpatías por tener el inmenso coraje de arriesgarse a ofrecer su palabra para ayudar a los más débiles.
Hay otra imagen, más prosaica, en la que los intelectuales no salen muy bien parados. Es cuando se los ve medrando en los palacios, haciendo las posturitas más rocambolescas para obtener el favor de los poderosos y, vaya, explicando al mismo tiempo que están ahí para cumplir una misión histórica, para remediar terribles atropellos, para acabar con todo desmán.
¿En qué quedamos? ¿Trabajan realmente al servicio de los sectores de la población más castigados o andan procurándose un lugar idóneo desde el que meter la mano ahí donde se corta el bacalao, donde se reparte el pastel, donde se otorga todo favor? El intelectual, ¿es el látigo que estalla contra los abusos o trabaja más bien como un simple engranaje que garantiza el funcionamiento de algunas brutales maquinarias de opresión?
En una entrevista a Christian Ingrao, publicada hace unos días en las páginas de Cultura de este diario, Jacinto Antón se refería al estupor que produce enterarse de que algunos de los mayores criminales nazis eran impecables académicos entregados a la causa. El historiador francés lo ha contado en Creer y destruir, donde analiza el papel de los intelectuales en la máquina de guerra de las SS. Ingrao decía ahí, refiriéndose a un jurista que no tuvo problema en liquidar a una madre y a su bebé para dar ejemplo a sus tropas en la tarea de aniquilación de judíos que les esperaba en un pueblo de Ucrania: “Era un teórico de la germanización que trabajaba para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía”.
“Decir nazismo equivalía a decir fervor, esperanza en el desenlace de la intriga histórica”, escribe Ingrao en su libro. “El nazismo daba a quienes se adherían a él la sensación de que el curso de las cosas era el de la salvación colectiva gracias al advenimiento del imperio”.
Muchos de aquellos intelectuales habían pasado días difíciles cuando Alemania quedó humillada tras la Gran Guerra, y eran entonces solo unos niños. Fueron creciendo con el resentimiento y después quedaron atrapados en las redes de solidaridad que el nazismo tejía por doquier para soldar su sistema de creencias. El siguiente paso fue el fervor.
Lo de los nazis fue un horror. Pero esa secuencia diabólica —resentimiento, redes de solidaridad, fervor— la cultivaron también muchos comunistas que no vieron nunca los excesos del estalinismo. Y es esa secuencia la que termina por envenenar las buenas intenciones —las utopías— de tantos y tantos intelectuales. José Andrés Rojo es historiador. El País, 25 de junio de 2017.
DEL POEMA DE CADA DÍA. REMORDIMIENTO, POR JORGE LUIS BORGES. 30 DE JUNIO DE 2026
REMORDIMIENTO
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
JORGE LUIS BORGES (1899-1986)
poeta argentino
***
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899 - 1986) es uno de los escritores más reverenciados de los últimos tiempos. En su obra, planteó la multiplicidad y la reflexión. "Remordimiento" fue escrito después de la muerte de su madre, con quien mantenía una estrecha relación. Fue un golpe muy duro para el autor y el contacto con la muerte le llevó a replantearse su vida. Así, reflexiona sobre lo más importante en la existencia del ser humano y concluye que es la búsqueda de felicidad. El tiempo del que se dispone en el mundo es breve, por lo que debe ser aprovechado al máximo. El autor declara: "Mis padres me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida" y es un regalo que debe ser apreciado.
DEL ASUNTO DEL DÍA. SÁNCHEZ, FEIJÓO Y CATALUÑA, POR JORDI JUAN. 30 DE JUNIO DE 2026
Pedro Sánchez tiene razón cuando afirma que las causas judiciales que se siguen contra su hermano y su esposa son más que discutibles y que, si no fueran parientes suyos, no estarían seguramente cada día en las páginas de los periódicos. Pero los escándalos de sus dos secretarios de organización y que todo un director general de la SEPI, el organismo que se cuida de las participaciones empresariales del Estado en empresas públicas, esté acusado de comisionista son faltas graves –lean el reportaje que hoy publica Carlota Guindal sobre el personaje–. Si además el expresidente y faro ético del socialismo José Luis Rodríguez Zapatero está siendo acusado de múltiples delitos, el balance es forzosamente muy negativo. ¿Todo esto es suficiente para que Sánchez convoque elecciones como le pide ya la mayoría del Congreso? Pues dependerá de la opinión de cada ciudadano, que podrá emitir su juicio cuando se celebren.
Y aquí llega el turno de la oposición. Alberto Núñez Feijóo debería hacer algo más que pedir día sí y día también la dimisión de Sánchez, y tratar de ofrecer una alternativa ilusionante a los ciudadanos. Ayer estuvo en Catalunya, en el congreso del PP catalán, y pidió que esta comunidad sea la llave que saque a Sánchez de la Moncloa. Frase ocurrente, pero que choca con la realidad. El PSC le sacó 13 diputados al PP en las últimas elecciones generales –19 frente a 6– y para recuperar el terreno es difícil saber qué propuestas ha hecho Núñez Feijóo a Catalunya, más allá de criticar un supuesto trato de favor de Sánchez hacia esta comunidad. El presidente popular era mucho más amable con la causa catalana cuando era presidente de la Xunta. En las últimas semanas, desaprovechó la oportunidad de hacer un guiño al empresariado catalán en las jornadas del Cercle y no acudió a la inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Família.
Sánchez, en cambio, ha mimado mucho más al electorado catalán. ¿Suficiente como para que le perdonen los casos de corrupción que ha tenido su Gobierno? Veremos. Cuando José María Aznar ganó con mayoría absoluta, la diferencia del PSC sobre el PP fue de solo cinco diputados. Sin un crecimiento grande en Catalunya, la victoria de Feijóo será más difícil. Jordi Juan es director de La Vanguardia, 28 de junio de 2026.
EGUN ON BERRIRO GUZTIOI ETA ASTEARTE ON, 2026KO EKAINAREN 30A, NIRE ESPAINIAR HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN... GAUR, EUSKARAZ
Kaixo, egun on berriro guztioi, eta astearte on eta hilabete amaiera on. Eta merezitako udako oporrez gozatu ahal eta gozatuko dutenei, ondo pasa dezazuela. Gaurko blogeko sarrerak jarraituko ditugu. Lehenengoa Jordi Juanena da, La Vanguardia Bartzelonako egunkariko zuzendaria, eta bertan Kataluniarekiko Pedro Sánchez lehen ministroak eta Alderdi Sozialistako buruzagiak eta Alberto Núñez Feijóok Alderdi Popularreko buruzagiak duten tratu desberdinaz hitz egiten du, eta honek ez dirudi Kataluniako herriarekin konektatzen ari denik, nahiz eta ahalegin handirik egiten ez duenik ere. Gaurko poema Jorge Luis Borges neurgaitzarena da, "Damua" izenburupean, eta lerro hauekin hasten da: "Gizon batek egin dezakeen bekaturik txarrena egin dut. Ez naiz zoriontsu izan. Ahanzturaren glaziarrek arrastaka eraman eta gal nazazue, errukirik gabe". Gaurko blog sarrera, jatorriz 2017ko ekainean argitaratua, José Andrés Rojo historialariak idatzi du, eta intelektualen eta boterearen arteko harremana ez dela inoiz guztiz argia izan azaldu du. Eta gaurko umorezko marrazki bizidunen ondoren, afalosteko kafe-sarrera bat dugu, oraingoan La Vanguardiako erredakzio-aholkulari Màrius Carolena, Feijóok Parlamentuko beste indar politiko batzuk irabazten saiatzeari utzi izana, Woody Allen bezala limurtzaile izateko ametsik ez duela, eta Humphrey Bogart ez zaiola inoiz amets batean agertu, filmeko protagonista bezala, aholkuak emateko eta zorte on opa izateko. Arratsaldeko mezua Irene Vallejo idazle ospetsuak idatzi du, profeziak, seinaleak eta sineskeriak jorratzen dituena. Eta azkenik, beti bezala, HArendt-en eguneroko Gabon-bidaia irakurleei, Zorte Onen eta Patu onaren partetik gau on bat opa die. Egun zoragarria izan dezazuela. Espero dut gaurko blog mezuak interesgarriak izatea. Eta bihar arte, Zorte Onen baimena ematen badu. Musuak. Maite zaituztet guztiok. HArendt
SARRERA ZK. 10928
lunes, 29 de junio de 2026
BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, LUNS, 29 DE XUÑO DE 2026, EN GALEGO
Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de luns, 29-30 de xuño de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt
DE LA TARDE QUE CAE. EL VESTUARIO DEL ADIVINO, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 29 DE JUNIO DE 2026
El vestuario y la escenografía han sido siempre decisivos para la credibilidad de esos individuos a los que se atribuye el don de adivinar el porvenir. Ahora que acaba de morir uno de los más fraudulentos del último medio siglo, el economista Alan Greenspan, nos damos cuenta de que sus vaticinios no habrían tenido tanto éxito sin el acompañamiento de sus ropajes y sus atributos rituales: el traje negro, la corbata funeraria, la cara de vejez perenne desde que era joven, las gafas de montura negra y cristales gruesos; y además el atril imprescindible desde el que predicar de pie, y el micrófono en el que su voz sonaría sobria y convincente, aunque también enigmática, con ese punto de vaguedad o ambigüedad que ya tenían en la Grecia antigua los dictámenes del oráculo de Delfos. En un libro muy bien escrito sobre el negocio y el fraude de la predicción a través de los siglos, Profecía, Carissa Véliz cuenta con detalle la atmósfera que encontraría un creyente al visitar el templo de Apolo en el que la Pitia, la sacerdotisa del dios, vestida de blanco y sentada sobre un trípode, en la penumbra de su cámara sagrada, entraba en trance para emitir las respuestas a las preguntas sobre el futuro que le traían lo mismo ciudadanos particulares que príncipes. El trípode de la Pitia estaba justo encima de una fisura en la tierra de la que emanaban vapores de origen volcánico. Desde los adivinos de Grecia y Roma hasta los pronunciamientos crípticos de los banqueros centrales y las artimañas secretas de los algoritmos de la inteligencia artificial, dice Véliz, el propósito de la predicción no ha sido el conocimiento, sino el poder.
Viejo perenne, varón en despachos y estrados sin mujeres, el club con parqués crujientes y sillones de cuero gastado, con esos ojos empequeñecidos sin la menor duda a causa del estudio, Alan Greenspan gobernaba la economía de Estados Unidos y, por lo tanto, del mundo con un aire de augusta serenidad y hondura científica que volvían hechos objetivos sus augurios sobre tipos de interés y mercados financieros. Su poder era mayor porque no necesitaba el exhibicionismo histriónico de los milmillonarios ni el espectáculo apabullante de la presidencia americana, con esos desfiles de coches negros blindados como carros de combate y batallones de motoristas con luces giratorias. Robert Reich, que fue ministro de Trabajo con Clinton, ha escrito en un artículo devastador en The Guardian que ver a Alan Greenspan era como estar viendo acercarse a uno al Darth Vader de la economía americana. Que cuatro presidentes seguidos lo mantuvieran en su puesto en la Reserva Federal, cuenta Reich, no era debido a sus méritos, sino a algo de lo que el propio Greenspan se ufanaba, con ese lenguaje que usa toda esta gente cuando no hay público delante: los tenía “cogidos por los huevos”. De él dependía que el mundo financiero de Wall Street diera o no crédito a un candidato, o a un presidente recién elegido. Las vagas y palabreras ambiciones progresistas de Bill Clinton quedaron canceladas cuando Greenspan le impuso el doble mandamiento de los recortes en el gasto social y la eliminación de las regulaciones que desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt limitaban en algo la supremacía de los poderes financieros.
Eran los tiempos en los que más o menos todo el mundo, a izquierda y a derecha, aceptaba que ese capitalismo desquiciado era el estado natural de las cosas: había que privatizar lo público, porque la gestión privada era más eficiente; los sindicatos eran antiguallas burocráticas, irrelevantes en una época de progreso tecnológico y creación masiva de riqueza; quién iba a pelear por un aumento de sueldo o una mejora de las condiciones laborales, si cualquiera podía conseguir una hipoteca para comprarse la casa o el coche de sus sueños. Era la época de los grandes sonrientes que arrastraron a la socialdemocracia a un descrédito del que puede que no se recupere: el sonriente Clinton, el más sonriente aún Tony Blair, el alegre Rodríguez Zapatero, que creía igual que ellos que bajar impuestos era de izquierdas.
Claudi Pérez ha recordado aquí los fastos bochornosos que acompañaron la jubilación de Greenspan, en 2006. Hasta la reina Isabel II lo condecoró en Balmoral. Lo llamaban The Maestro, The Oracle. Se contaba con reverencia que sus decisiones más importantes las tomaba durante largos baños calientes, quizás sumergiéndose en sus vapores como la Pitia en los del templo de Delfos. Sus discípulos heredaron su clarividencia. A uno de ellos, Rodrigo Rato, lo vi en Nueva York en una sesión adivinatoria en la que imitó gestos y detalles litúrgicos del Maestro: el traje oscuro, el atril, el habla murmurada, las gafas, la indefinida madurez masculina. Rato era presidente del Fondo Monetario Internacional. Como dice Montaigne, el poder da un aura de inteligencia a quien lo ocupa; una vez perdido el poder, el aura desaparece, y todo el mundo se pregunta cómo fue posible que ese individuo llegara a obtenerlo. Rato daba cifras y de vez en cuando miraba al auditorio por encima de sus gafas de cerca. Era hacia finales de 2006. Oteó un horizonte metafórico por encima de las gafas y de nuestras caras de feligreses ignorantes y enunció sin ambigüedad alguna su predicción, que pareció aún más sólida por estar formulada en un inglés utilitario: según todos los indicadores, los siguientes años serían, como los anteriores, de un crecimiento sostenido, de una estabilidad que casi sonaba a pastoral en sus palabras.
No daban opiniones. No formulaban hipótesis. Las cosas eran así. Los arúspices romanos examinaban las entrañas de los animales y el vuelo de los pájaros: ellos, los sumos sacerdotes de la globalización, hacían lo mismo con los modelos computacionales cada vez más complejos y por lo tanto más fiables. La única condición imprescindible era que los gobiernos no interfirieran con sus irritantes impulsos de control el fluir natural de los mercados, donde una mano invisible más eficiente que la anticuada providencia garantizaba la prosperidad general en virtud de la búsqueda racional del interés propio de los individuos y las corporaciones. Palabras como injusticia, pobreza, explotación, desigualdad, solidaridad, habrían resultado malsonantes de no ser porque habían desaparecido.
Ellos no eran ideólogos ni políticos. Eran científicos. Llevar la contraria a la globalización de un capitalismo sin ataduras sería tan irrisorio como sublevarse contra la rotación de la Tierra. Pero la principal influencia sobre Alan Greenspan y sus acólitos no venía del conocimiento científico, sino de unas cuantas novelas detestables de Ayn Rand, una apologista lunática del individualismo que inventaba héroes truculentos en lucha contra la vulgaridad y el gregarismo de la gente común, a medio camino entre la parodia del superhombre ya paródico en sí de Nietzsche y los superhéroes de los tebeos de los años treinta, de los cuales los separaban la inclinación frecuente de estos últimos por un cierto altruismo. Según Rand, el altruismo es “una debilidad personal responsable de la hipocresía y la miseria del mundo”. Contra todas las profecías sacerdotales de los economistas, el mundo se hundió en 2008, arrastrando a la ruina a millones de personas vulnerables. Aún vivimos en la estela de aquel derrumbe, que fue más grave porque ellos escaparon con sus privilegios intactos, sin responder de la mentira de sus profecías, practicando los unos con los otros el altruismo que niegan a todos los demás. La única diferencia es que los gurús de ahora, en vez del ceño tétrico y el traje de entierro de Alan Greenspan, no fingen una sabia vejez sino una perpetua juventud: llevan vaqueros y camisetas ajustadas, y micrófonos portátiles casi invisibles, y en vez de perorar tras un atril se mueven de un lado a otro por grandes escenarios vacíos, como estrellas del espectáculo, esgrimiendo sus artefactos como cálices, delante de un vértigo de pantallas gigantes, predicando sus nuevas adivinanzas sobre las virtudes de la inteligencia artificial. Creo que me dan más miedo estos de ahora. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 27 de junio de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LA PALABRA JUSTA, POR JUAN JOSÉ MILLÁS. 29 DE JUNIO DE 2026
Si lo piensas, resulta asombroso que con tan solo las 27 letras del abecedario se pueda escribir El Quijote. O el manual de usuario del microondas. O el Código de Tráfico y Seguridad Vial. O la Biblia en verso. Todo el lenguaje está cimentado sobre esa materia prima tan escasa, aunque capaz de combinarse de un modo diabólico. Las letras, por sí solas, no son apenas nada, nada. Pero cuando se juntan, se repiten y ordenan de distintas maneras, el número de posibilidades crece de un modo que desafía a la razón. No todas las combinaciones acaban convirtiéndose en palabras, claro. El idioma condena, selecciona, canoniza, glorifica. Aun así, el resultado es un diccionario de unas 100.000 entradas o, lo que es lo mismo, 100.000 pequeñas unidades de sentido, cada una con su peso, su historia, su carácter. Pero es en el salto de las palabras a la frase donde se abre el precipicio. Si tomamos esas 100.000 palabras y las mezclamos en oraciones de tan solo diez términos, el número de proposiciones posible superaría quizá a la cantidad de átomos que hay en el universo observable. La gramática, lejos de limitar ese potencial, lo organiza y lo hace habitable: nos dice qué combinaciones tienen sentido y, al hacerlo, nos hace libres para explorar todo ese territorio, incluso para transgredirlo.
Y luego está el significado, que es donde las matemáticas se rinden. Porque una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la Divina Comedia, dependiendo de quién la diga, a quién, y en qué momento. El contexto altera o multiplica el significado de las palabras de un modo que ninguna fórmula es capaz de capturar del todo. Noam Chomsky llamó a esta capacidad de generar expresiones ilimitadas a partir de medios finitos la infinitud discreta. Veintisiete letras y un número infinito de posibilidades. La sensación persistente, sin embargo, es la de no dar nunca con la palabra justa. Juan José Millás es escritor. El País, 26 de junio de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. NO EN MI NOMBRE, POR ALEJANDRO KATZ. PUBLICADO EL 29 DE JUNIO DE 2025
La masacre que Israel está cometiendo en Gaza me lleva a preguntarme cómo ser judío después de ese horror, escribe en El País [No en mi nombre, 25/06/2025] el editor y ensayista judío Alejandro Katz. Nunca hasta hoy había hablado como judío, comienza diciendo Katz. Intenté hacerlo siempre como ciudadano, como un igual entre iguales, como alguien preocupado por lo que nos es común, tratando de respetar a la palabra, de reconocerla como el bien más preciado de nuestra humanidad compartida, lo que nos hace ser lo que somos al instituirnos como individuos que son en tanto son con los otros, en tanto reconocen y son reconocidos.
Fui educado como judío; no fui educado en el judaísmo, no en esa versión del judaísmo que implica las formas, sagradas o profanas, de pertenencia a la tribu, sino en el judaísmo que se confunde con aquello que, imprecisamente pero sin vacilar, entendemos como humanismo.
El 17 de marzo de 1992, oí desde la editorial el estruendo de la bomba que destruyó la Embajada de Israel en Argentina sin imaginar que era una bomba, y descubrí con azoro el modo en que el odio tocaba nuevamente a nuestra puerta, la de los judíos y la de los argentinos. El 18 de julio de 1994, el horror se hizo presente en el rostro de un amigo que trajo la noticia de la destrucción de la AMIA, la mutual de la comunidad judía, por un coche cargado de explosivos.
El 7 de octubre —no es necesario decir el año; “7 de octubre” es ya el nombre de una nueva marca de lo innombrable—; el 7 de octubre fue la desesperanza y la desesperación, la infinita tristeza por las víctimas y por el significado —los significados— de que fueran víctimas. Fue más de lo que puede decirse con palabras, porque las formas que tomó ese día la violencia sobre la vida y la violencia sobre la muerte, las formas de la humillación y del desprecio de lo humano, alcanzaron cimas que con dificultad pueden ser expresadas por el lenguaje.
Y el 8 de octubre fue, junto con la tristeza, la indignación ante aquellos, muchos, que uno imaginaba compañeros de viaje —del viaje del pensamiento en el mundo de las ideas, del viaje de los principios e ideales en el mundo de la política— que fueron capaces de caer en el adversativo: sí, fue horrible... ”pero”. “¿Pero?" De cuántas formas hemos dicho nosotros, en Argentina, en España, en el mundo, que no hay antecedente que justifique la crueldad, que nada explica la crueldad, que la crueldad no puede considerarse como algo causado por quien la sufre, haya hecho lo que haya hecho, que la crueldad es el Mal, que su origen está en quien lo causa, no en quien lo recibe.
Sí, el 8 de octubre fue, junto con el azoro, el encuentro, una vez más, con la propensión a justificar lo peor en nombre de otra cosa. Explicar no es justificar, me dirán, me dijeron. No es cierto, no siempre es cierto. Cuando la explicación convierte en agente del mal a su víctima la explicación se vuelve justificación, la peor, porque pretende ocultar su nombre bajo la retórica de las ideas.
Luego vino todo lo demás. Todo lo demás es la destrucción infinita, no ya de Gaza, no ya de los palestinos de Gaza, no ya de mujeres y niños de Gaza, no ya de médicos y enfermeros de Gaza, la destrucción infinita de la humanidad, de aquello que, una vez más imprecisamente pero como siempre sin vacilar, nos constituye —¿nos constituía?— como lo que somos.
El horror del 7 de octubre fue de tal magnitud, el rechazo de las explicaciones del 8 de octubre fue tan intenso, que resultó difícil reaccionar ante lo que comenzó a suceder, ante lo que sigue sucediendo, lo que no acaba de suceder, interminable, inconcebiblemente.
Pero difícil no es imposible: ya son hoy no cientos sino miles las voces, miles las voces judías alzadas contra aquello en torno de lo cual algunos quieren establecer una disputa léxica (¿es o no un genocidio, es o no limpieza étnica?) solo para esconder los hechos. Y los hechos son que Israel está cometiendo una masacre de las más abominables de nuestro tiempo, una masacre cuya dimensión tanto por el daño que produce como por la crueldad con la que lo produce, nunca —¡nunca! es terrible saberlo desde hoy—, podrá ser olvidada.
(Ya no es posible hacer el repertorio de quienes han hablado y de lo dicho: los hay en el mundo de las ideas y de la política, los hay progresistas y conservadores, en Israel y fuera de Israel. Son voces valientes, que enfrentan a quienes quieren callar las críticas por medio de la rastrera extorsión de la Tragedia).
Aun si el ataque israelí sobre Irán parece haber cambiado la agenda, la atención no debe apartarse de Gaza, por razones a la vez políticas y humanitarias. El Estado de Israel está cometiendo una masacre. Los crímenes ya no son la excepción sino la norma; quizá peor que los crímenes —¡”peor que los crímenes!“; hay que no ser una víctima para decirlo— sea la satisfacción que producen en muchos de quienes los cometen y en muchos de quienes los aprueban.
La formulación no fue casual: el Estado de Israel. No los ciudadanos israelíes, muchos de los cuales encarnan con dignidad la resistencia ante los abusos del Estado, no los judíos.
No es una exculpación, es la distinción que introduce preguntas: ¿hay algo en el judaísmo que explique lo que está haciendo el Estado de Israel? ¿O es acaso en la conversión de un pueblo en un Estado donde esa explicación se encuentra? También la pregunta más urgente: ¿cómo poner fin al horror, ya? Y la que se inaugura ahora: ¿cómo ser judío después de Gaza? Cómo ser aquello que nos gustaba ser: gente del libro, de las ideas, de las razones y de la comprensión, gente de los argumentos y del humor —los delegados de la Ironía en la tierra—, curiosos por estar siempre en territorios ajenos que despiertan asombro, deseosos de comprender al vecino en su diferencia y en su semejanza, queriendo ser iguales y orgullosos de ser diferentes. Ya que no es posible la paz perpetua, la amistosa convivencia en todo lugar y en todo momento, contarnos entre quienes prefieren ser perseguidos que perseguidores: al perseguido le queda la esperanza de la fuga y la ilusión del refugio; el perseguidor está privado de toda esperanza. (Advierto las objeciones posibles y me pregunto si alguien es capaz de sostener que hubiera sido mejor ser un nazi que una de sus víctimas: quien responda afirmativamente merece ser considerado tal).
Estaba bien filiarse sin jactancia en la genealogía de la admiración, aquella cuyos nombres son parte principal del proyecto civilizatorio del Occidente moderno. Nuestros amigos veían a través nuestro esa historia, esa tradición, esa vocación que, sin decirlo (aunque, reconozcámoslo, no sin cierta vanidad), queríamos encarnar y continuar.
Eso ya no es posible: los crímenes que comete hoy, ahora mismo, en el instante en que escribo esto, en que usted lo lee, los crímenes que está cometiendo Netanyahu en nombre de lo que llama el Estado judío, y que cobarde, abyectamente, defienden tantos invocando el judaísmo en lugar de la razón de Estado, esos crímenes serán, también, puestos en nuestra cuenta. No por ello vamos a justificarlos, no por ello vamos a ser parte de su comisión, no por ello vamos a dejar de denunciarlos como lo que son: crímenes abyectos y aberrantes.
Hacerlo no nos reconciliará con quienes nos hagan cargo del horror en Gaza, y sumará el desprecio de quienes se enorgullecen de ese horror. Pero decir en voz alta que esos crímenes no se cometen en mi nombre, en nuestro nombre, es el único modo de seguir siendo judío, un judío a la vez silencioso y orgulloso, un judío educado para decir: no, eso no, eso nunca.. Alejandro Katz es editor y ensayista.







































