lunes, 11 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL DOS DE HOY. NO DEMASIADO INFORMADO, POR JUAN TALLÓN. 11 DE MAYO DE 2026

 






Algunos días estás tan saturado de información, y al mismo tiempo desorientado, y te has vuelto tan suspicaz, pero a la vez tan incrédulo, que si alguien publica un artículo titulado Claves para afilar un lápiz, lo lees, por si acaso se vuelve viral y te quedas fuera de la conversación. No sé si es un gran ejemplo, porque a lo mejor encierra su misterio usar bien el sacapuntas. Te espanta la idea, en cualquier caso, de perderte algo y que justo sea lo que alumbre eso que hoy le pasa al mundo, incluso lo que al fin lo resuelva. Enfrentas semejante torrente de novedades, estímulos, declaraciones, versiones, enlaces, mensajes, stories, newsletters, substacks, que ya no sabes a qué merece la pena prestar atención y a qué no, qué es cierto y qué dudoso, qué una mamarrachada y qué un latigazo de lucidez, qué te va hacer malgastar el tiempo y qué ganarlo. No saber bien qué pasa, y menos aún cómo te sobrepones, es el peaje de todo presente.

Vivimos tan rodeados de hechos y aserciones por todas partes, y de analistas, y de expertos, y de falsos expertos, y de personas que simplemente necesitan trasladarte sus opiniones porque si no podrían explotarles por dentro y matarlas, que hasta cierto punto resulta normal la sensación de no enterarse de nada. La confusión está clarísima, y no sabes si experimentar angustia o indiferencia. El torrente de información por la que uno puede ser arrastrado lleva a no poca gente a optar por no involucrarse demasiado en la actualidad. Tiene sentido la renuncia a fin de no ser aplastado por ella. Quizás prefiere construir sus días, el objeto de su atención, con sus propias manos, por así decir, y pensar y vivir más allá del mainstream, de los titulares volátiles, de la actualización frenética, paranoide y alienadora de la realidad, sobre la que, dicho de paso, descansa el negocio. Ya saben, lo de Milton Friedman, lo de que “el negocio de los negocios es el negocio”. Así que no afearé a quienes protegen su cerebro del consumo incesante de información.

Entender lo que se cuece deviene en ambición irrealizable. Estar informado te obliga a estar permanente, infructuosamente informado. Sospecho que llevaba razón el protagonista de El peregrino secreto, de John Le Carré. Ned era un agente veterano del servicio secreto británico. En un momento de la novela su superior, Mr. Burr, le proponía que investigase si uno de los hombres de la casa era un espía que pasaba información a los soviéticos; todo apuntaba a que sí. Cuando Ned aceptaba el caso, Mr. Burr le decía, a modo de advertencia: “Pues adelante. Téngame informado, pero no muy informado; nada de pamplinas”.

Dominarlo todo, en detalle, abruma, frustra, deja a uno baldado. Y total para seguir ignorando todavía mucho más de lo que sabe. Recuerdo esa escena de Retorno al pasado en la que Jane Greer pregunta: “¿Existe alguna maldita manera de ganar?”. Y Robert Mitchum responde: “Bueno, hay un camino para perder más despacio”. ¿Puede ser buena idea no estar siempre a la última? ¿Por qué hay que ganarle el pulso a la realidad? Al fin y al cabo, uno tiene ya bastante al acarrear con su vida personal, cada día más ardua y enredada. Pero no. Además, ha de encarar esa otra existencia global, que ha borrado las distancias, y quizá las diferencias, entre lo lejano y lo próximo, los asuntos propios y los ajenos. Lo ajeno ha quedado disuelto; nos interpela siempre. Las novedades derivadas de semejante complejidad irrumpen con solo sacar el teléfono del bolsillo. Y qué difícil es mantener a raya esos dedos que todo el tiempo emprenden el camino al smartphone, a través del cual cada notificación se te presenta con el cartel de “importantísimo”. No puedes ignorarlas so peligro de temer que desperdicias tu vida en inanidades, desentendiéndote del mundo y el tiempo que te ha tocado.

Hay días te emocionas al recordar cómo en Historias de famas y cronopios Julio Cortázar enumeraba una serie de “maravillosas ocupaciones”, insignificantes, pero no por ello poco gloriosas, como ir por la calle contando los árboles y cada cinco castaños detenerse sobre un solo pie, y cuando alguien mire, gritar y girar como una peonza, o cortar una pata a una araña, ponerla en un sobre y escribir al ministro de Relaciones Exteriores, que en el momento de recibirla tal vez palidecerá y renunciará al Ministerio, y al día siguiente entrarán las tropas enemigas en el país. ¡A eso sí merecía la pena atender!

Todos necesitamos que nos dejen en paz de vez en cuando, y bajar los brazos y rendirnos, y que algunos días no pase nada serio, que los periódicos traigan página y media en blanco por falta de actualidad. Llegado un punto, con todas esas claves para entender qué ocurre, echas de menos que alguien titule: “Hoy no hay nada que entender”. Es un fenómeno que me hace pensar en los decálogos: siempre se elaboran para alcanzar el éxito, para imponerse a la realidad, para doblegar a los otros. ¿Por qué nadie elabora decálogos para fracasar bien e irte a tu casa tan ancho? Qué lúcido Millôr Fernandes cuando lamentaba que ningún país erigiese nunca un monumento autocrítico, como El Arco de la Derrota. Juan Tallón es escritor. El País, 10 de mayo de 2026.






























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