lunes, 11 de mayo de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. CONTRAHISTORIAS, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 11 DE MAYO DE 2026

 






La historia es infinitamente variada e imprevisible. Como no está regida por normas de verosimilitud y coherencia, es más sorprendente que cualquier ejercicio de ficción. No recuerdo ahora quién la definió como “la ciencia de las cosas que suceden una sola vez”. La historia no es una ciencia, ni falta que le hace, aunque se ayude cada vez más de procedimientos científicos. Es un saber exigente y tan riguroso como sea posible, pero, al carecer de la posibilidad de la experimentación, le está vedada la facultad, exclusiva de la ciencia, de formular predicciones comprobables. Por eso, las bibliotecas universitarias están llenas de volúmenes obsoletos escritos por historiadores de inclinación idealista o marxista que aspiraban a dilucidar, en el panorama de los hechos del pasado, las leyes históricas del devenir humano, a veces con una tintura de determinismo darwinista que situaba casualmente la cima de la evolución en los varones blancos de clase alta que regían el capitalismo imperial en el tránsito hacia el siglo XX. Decía Simone Weil que muchas personas abandonan la fe religiosa en nombre de la ciencia y a continuación ponen en ella la misma fe que ponían antes en la religión. En la Facultad de Geografía e Historia en la que yo estudiaba, cualquier elemento de religiosidad o providencialismo estaba excluido, pero los procesos históricos se definían como encarnaciones de las leyes históricas que conducirían indefectiblemente al paraíso final del comunismo, apocalipsis y aurora al mismo tiempo.

Como está recordando siempre John Gray, el culto a la racionalidad habría sido una variante del culto a la fe, y la idea del progreso y el triunfo final de la igualdad y la justicia, una adaptación de las predicciones arcaicas del Apocalipsis de san Juan, libro funesto, dicho sea de paso, que debió de incluirse por casualidad en el Nuevo Testamento, y que ha inspirado algunas de las peores calamidades y matanzas de seres humanos.

Frente a narraciones tan atractivas, prometedoras y aterradoras a la vez, la historia en prosa puede resultar tan falta de emoción como una digna película realista de poco presupuesto frente a las superproducciones de fantasías barrocas y violentas de Hollywood. La historia es “una puñetera cosa detrás de otra”, según la escéptica definición que se atribuye unas veces a Winston Churchill y otras a Mark Twain. Pero la necesidad de la superproducción parece incontenible si nos fijamos en la cantidad de libros truculentos de presunta historia y en el volumen megalítico de las novelas históricas que ocupan las librerías, así como en la presencia de alusiones a la historia en las diatribas políticas contemporáneas. Con raras excepciones, a los personajes de la política no se les advierte un interés por el conocimiento histórico, o por cualquier clase de conocimiento, pero todos ellos tienen una ardiente inclinación por aprovechar retales de historia de segunda o tercera mano en sus trifulcas. Me acuerdo de que en los años en que más arreciaba a izquierda y derecha el nacionalismo de lo originario, el afán de encontrar a toda costa diferencias irreconciliables condujo a una paradójica unanimidad: todos los pueblos o naciones “del Estado” habían vivido en un perpetuo paraíso hasta que fueron invadidos por los españoles. En Andalucía, el paraíso era el pasado musulmán, multicultural y tolerante, que habría sido abolido por los castellanos exactamente el 2 de enero de 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, fecha tan negra como el 11 de septiembre de 1714, cuando el laborioso y también multicultural y tolerante paraíso catalán dio paso a varios siglos de tiranía borbónica.

Todas estas falsificaciones aspiraban a barrer otras de signo contrario, las que muchos de nosotros padecimos en las escuelas franquistas. Aprendíamos que desde Viriato, Numancia y Sagunto los españoles se habían rebelado a sangre y fuego contra los invasores extranjeros, igual que lo hicieron en los ocho siglos de la Reconquista, en la guerra de la Independencia, y sobre todo, más recientemente, en la otra Reconquista, la Cruzada de Liberación, en realidad otra guerra religiosa contra la impiedad voltairiana y marxista venidas del extranjero. La conquista de América había sido una gesta —palabra entonces muy usada—civilizatoria y evangelizadora. En las películas en blanco y negro, Colón se arrodillaba en una playa con palmeras alzando una cruz, y nativos adornados con pelucas y con improbables calzoncillos le ofrecían bandejas de frutas tropicales y escuchaban con inocente anhelo a los predicadores franciscanos, aceptando mansamente el bautismo. En lejanas islas de Oceanía, misioneros españoles sanaban milagrosamente a los leprosos. Con un tenaz rencor de siglos, los enemigos de España difundían por el mundo las calumnias de la Leyenda Negra.

Hay evidencias documentales suficientes para desmentir tantos embustes. Historiadores mexicanos de la escuela del formidable Miguel León-Portilla han rescatado la visión de los vencidos, por usar el título de un libro apasionante en el que se cuenta la conquista a partir de los testimonios de quienes la vieron y la padecieron mientras sucedía. En España, las leyendas más infundadas sobre Don Pelayo y la llamada Reconquista —¿eran invasores quienes habitaron durante ocho siglos en un territorio?— incendia de nuevo la xenofobia fascista de la ultraderecha y de esa derecha española tan ávida por sumarse a ella, por ahora con guantes. Centenares de libros espléndidos relatan las infinitas interconexiones entre cristianos, musulmanes y judíos en los reinos medievales de la Península, pero el único libro que esta gente parece haber leído es la enciclopedia obligatoria con la que nos adoctrinaban a los niños de hace ya más de medio siglo.

No se trata de determinar si los españoles hemos sido mejores o peores a través de la historia, o incluso de la prehistoria. No hay caracteres nacionales que se mantengan a lo largo de siglos. Ni siquiera hay caracteres nacionales: todas las naciones y sus caracteres indelebles, y hasta sus indumentarias tradicionales, son inventos de mediados del siglo XIX, urdidos por novelistas de segunda fila o poetas con vocación anticipada de estatuas y propensión a los ripios caudalosos.

La momia de Don Pelayo y la del Cid vuelven de sus tumbas para liderar cacerías de esos inmigrantes a los que algunos disfrutan tanto llamando moros. Como una nueva Monja Alférez o Agustina de Aragón, Isabel Díaz Ayuso viaja a México, con gran puntería histórica, para reivindicar la Conquista española y toda la palabrería de las glorias patrióticas, tan apolillada como los estandartes y las pelucas y togas de los maceros en las conmemoraciones municipales. Y en el lado contrario, la presidenta de México afirma que la grandeza de su país “viene de los valores de los pueblos originarios”, valores que su antecesor, López Obrador, también historiador aficionado, define en su último libro basándose no en los hechos históricos, sino en una ficción tan europea y eurocéntrica como la del buen salvaje. Las poblaciones indígenas, dice López Obrador, “tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad”; “no conocían el apego al dinero, la explotación y el egoísmo”; “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la sociedad mexicana”.

No existe la menor duda sobre el impacto destructor del colonialismo occidental sobre las sociedades originarias en cualquier parte del mundo. A la violencia física consciente y la rapacidad explotadora se une el efecto quizás mayor de las epidemias causadas por la falta de defensas de esas poblaciones contra virus y bacterias traídos por los europeos. “Cada documento de civilización es también un documento de barbarie”, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba. Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a los verdugos. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 9 de mayo de 2026.



























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