miércoles, 3 de abril de 2024

Sobre la banalidad del mal

 






El rostro contemporáneo de la banalidad del mal
ESTHER PEÑAS
01 ABR 2024 - Ethic -harendt.blogspot.com

   
Pocos conceptos filosóficos han tenido tanta repercusión, han señalado consecuencias tan terribles o han sido empleados de manera tan insistente como el que acuñó Hannah Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén: la banalidad del mal. Fue tal la polémica que suscitó al publicarse en 1963 que incluso su autora fue acusada de haber creado, más que una noción del alma humana, un mero eslogan. Así lo pensaba, entre otros, el experto en mística judía y referente del pensamiento israelí Greshom Scholen.
«La indolencia hecha normalidad es el mal. El que muere en la banalidad del mal y cree vivir jamás entendió la dignidad intrínseca de las personas, y ahí reside su esclavitud y peligrosidad: no saben, no quieren saber, hacen sin conciencia, pero con eficacia de autómata», explica el filósofo Álex Tarantino.
Parece un oxímoron: banalidad del mal. En primera instancia, sorprende la expresión, porque pareciera que el mal, esa palabra monosilábica cargada de una fuerza tectónica, pudiese ser cualquier cosa excepto banal. Banal es un galicismo de la Edad Media que alude a la posesión del señor feudal. Una tierra, un lavadero o un pajar podían ser banales. «La palabra comparte raíz con «bando», que no es lo poseído sino lo proclamado por dicho señor. Por eso los bandos recuerdan las obligaciones de los vecinos… ¡Triste manera de relacionarse con el mundo esa fórmula de ordeno y mando!», comenta el filósofo Jorge Freire.
Arendt, que asistió como corresponsal de la revista The New Yorker al juicio de Eichmann, uno de los principales burócratas del régimen nazi, responsable directo de «la solución final», advirtió que no presentaba el perfil de un psicópata, sino de una personalidad «normal». Así lo certificaron los psicólogos que lo analizaron. Fue una falta de criterio, la falta de pensamiento libre, lo que le impidió siquiera cuestionarse si las órdenes que ejecutaba eran o no justas. Eichmann, como tantos otros, se absolvía de cualquier culpa, arrepentimiento o contrición. No pensar en lo que se hace puede convertirse en una suerte de locura moral tremendamente peligrosa. Cuando se le prestó un ejemplar de Lolita, de Vladimir Nabokov, para que se distrajera en su celda, Eichmann lo devolvió al considerarlo un libro inmoral. «Mi único lenguaje es el burocrático», reiteraba en el juicio. Cumplía órdenes. No le pagaban por pensar. El burócrata, lo explica Arendt, solo conoce una culpa: contravenir las reglas, no cumplir con su deber.
Cuando Arendt -que para mucha gente «no es más que el icono de una mujer que fumaba, la autora de unas cuantas frases y la protagonista de algún episodio biográfico privado», lo cual es «inevitable en los autores verdaderamente importantes», en el decir del filósofo Antonio Valdecantos-, hizo pública su tesis, muchos colegas se indignaron por entender que exculpaba a Eichmann al asegurar que no tenía conciencia de lo que hizo. Porque, ¿puede haber delito sin la conciencia de haberlo cometido? «Lo que estás diciendo es que Eichmann carece de una cualidad humana intrínseca, la capacidad de pensar, de tomar conciencia: la conciencia. Pero, entonces, ¿no es sencillamente un monstruo? Si admites que es malvado de corazón, le estás dejando cierta libertad, y eso nos permite condenarlo», le escribió a Arendt la ensayista Mary McCarthy.
Pero la filósofa recuerda que la capacidad de pensamiento, por tanto, la conciencia, concurre en todos los seres humanos. Es potestad de cada cual ejercerla o no. No hacerlo no nos convierte en inocentes. Así como el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimento, Arendt refuta a Aristóteles cuando describe con palabras lo que cada cual, de algún modo, ya ha experimentado de primera mano: que hay gente mala sin remordimientos. Eichmann, como todos los demás acusados, tuvo la libertad de negarse, de decir no, de no colaborar. Pero no lo hizo. No se trata, explica Arendt, de que en cada uno de nosotros habite un Eichmann latente, pero tampoco se puede decir que Eichmann no está en nadie.
El filósofo y lingüista Noam Chomsky, en su ensayo La guerra de Asia, refiere un caso similar, el de William Calley, el oficial que dirigió la matanza de civiles (más de quinientos) del pueblo vietnamita de My Lai, en 1968. En el juicio argumentó que no había ido a la guerra para usar el sentido común sino para cumplir con el cometido encomendado. Una apatía moral que nos convierte en asesinos, en autómatas, en desalmados. El pensar práctico sustenta la responsabilidad de uno consigo mismo y con los demás.
No ocurrió lo mismo con Claude Eatherly, el piloto norteamericano que conducía el Straight Flush, un avión que participó en los bombardeos de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Fue recibido como un héroe, pero su sentimiento de culpa lo llevó a cometer distintos delitos para ser juzgado y encarcelado. Necesitaba pagar por lo que hizo, que lo culparan por lo que fuese. Finalmente, enloqueció. La conciencia de lo que había hecho no le permitió vivir como una persona normal.
Arendt descarta en su razonamiento la puerilidad de concluir que el uso del pensamiento garantice distinguir el bien del mal, pero sabe que hacerlo, pensar y actuar con criterio, sí nos libera de asumir cualquier veleidad impuesta, por monstruosa o inofensiva que sea. La vida, ya nos lo enseñó Sócrates, no es moralmente neutra, no puede serlo, siempre está sometida a examen.
Hasta entonces, para la comisión de un delito era requisito indispensable el dolo, la voluntad deliberada de hacer daño, que el sujeto pudiera distinguir el bien del mal. Pero lo que Arendt plantea es algo novedoso de raíz: la responsabilidad no está ligada necesariamente a la intención criminal. Lo que justifica la actitud de Eichmann no fue la maldad ni la locura, sino su desempeño dentro de un sistema establecido basado en el exterminio.
«Uno de los grandes aciertos de Arendt fue mostrar que entre la vida normal y el mal absoluto puede haber solo un pequeño paso. En realidad, si no fuera así, el mal descomunal no existiría. La tesis es sencilla y todo el mundo la entiende, pero, si se toma en serio, puede que impida seguir respirando con tranquilidad», apunta Valdecantos. Asumir una actitud crítica ante la vida no es poca cosa si reparamos en la ambigüedad de muchos criterios por los que se puede atentar contra la vida y la dignidad. Pensar, un proceso en continua actividad y nunca extático, como el tejer y destejer de Penélope, impide adoptar una actitud pasiva, sumisa u obediente hacia lo que digan los demás, venga de donde venga. Es indigno para la condición humana asumir decisiones extremas e indolentes respecto de los otros, como si los otros fueran objetos, cosas, olvidando el principio ético básico de que cualquier ser humano merece respeto.
Eichmann, que fue secuestrado en Argentina por los servicios secretos israelíes, el Mossad, contraviniendo todas las leyes vigentes, fue condenado a la horca. Murió el 1 de junio de 1962. Hannah Arendt respaldó el veredicto.
Arendt fue precursora del fact checking, la verificación de los hechos, hoy tan común ante la proliferación de noticias falsas. Para la filósofa lo espantoso no es la mentira en sí, sino que esta sea creída: «Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia quiere escuchar». Alentar un contenido que no verificamos es, también, banalidad del mal.
Susan Sontag advirtió que la saturación de imágenes a través de los medios de comunicación provocaba una indolencia espeluznante. Ella distingue entre «sujeto espectador», capaz de interpretar aquello que recibe, y «sujeto consumidor de imágenes», que no se detiene a pensar en el significado de lo que presencia. Es necesario que tomemos conciencia de lo que ocurre en el mundo, pero «todo bien es susceptible de convertirse en mal al banalizarse», apunta Freire.
«Seguimos empeñados en que las personas abominables han de parecerse a Orban, Berlusconi, Aznar, Mohamed VI, Rubiales o Trump, a Boris Johnson y Charles Manson, pero son solo toscos epítomes de una corrupción de marca blanca que está más en la neozelandesa Jacinda Ardern, con su radiante sonrisa, que en esa cohorte de hediondos orcos», asegura el filósofo Ignacio Castro. Argumenta también que «su cálculo silencioso, la obediencia estratégica a una agenda, la capacidad de adaptación a cualquier circunstancia que permita mantenerse en el poder, les convierte antropológicamente en mutantes. Es la punta estadística de una banalidad del mal. Su primera corrupción es que hace —digamos— treinta años que no bajan solos a la calle, sin la compañía de un seguro equipo de asistentes y guardaespaldas. Y ante todo, la sordera de la estrategia partidista y la agenda del día. Arendt denuncia la perversión de la democracia por el automatismo normativo, una nueva élite de expertos que nos expropian el más elemental sentido común, la comunidad y la sabiduría que brota de ella».
«Ver, pero hacer como que no se ve, es el lugar de la patología. Como en Un mundo feliz, de Huxley, vivimos en reservas digitales, como creyentes que confían en el paraíso del engaño, del engañado, tan normal, tan normales, en un mal sin flores… Es esta indolencia normalizada por el neoliberalismo capitalista que hemos de pagar para no ser excluidos de lo social. ¿Quién puede ser valiente en el decir? Solo el ser que se abisma y siente vértigo, solo el que comprende lo trascendente del bien, y lo grita, y lo escribe…», concluye Tarantino. Esther Peñas es escritora.














Sobre la falsa concordia

 









Leyes de memoria histórica y concordia por narices
SERGIO DEL MOLINO
03 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Concordia es una palabra que debió extinguirse del lenguaje el día en que el Concorde se estrelló. Concordia es una plaza de París donde estuvo la guillotina y hoy se erige el obelisco que un virrey otomano de Egipto regaló a Francia en señal de vasallaje y sumisión (y, por tanto, concordia). Concordia es la palabra que pronuncian los que accionan la guillotina cuando se les cansa el brazo, miran el cesto de las cabezas cortadas y calculan que ya hay suficientes y es hora de colocar un obelisco. Entonces, hablan de concordia con el mismo énfasis que antes ponían en la sangre. Concordia es una palabra solemne y cursi, apropiada para brindis al sol de revolucionarios de las revoluciones pasadas y para aliñar homilías arzobispales. Es el equivalente léxico a un palio, una cornucopia o una lámpara de araña demasiado grande para un salón de techos bajos. Puesta en un texto, la concordia estorba, como una antigüedad hortera que no pega con el resto de los muebles. A nadie le gusta —salvo a quien la puso ahí—, pero no se atreven a llevarla al rastro.
Como todas las palabras bibelot, la concordia no solo es un significante vacío, sino que siempre llega tarde y subraya lo innecesario. En relación con el pasado, la dictadura y la represión política, España no necesita concordias como las del título de las leyes que quiere imponer Vox, sino justicias y reparaciones. Ya tuvimos bailes, responsos y abrazos, ya echamos los pelillos a la mar en 1977. De lo que se trataba con las leyes autonómicas de la memoria, que complementan la ley nacional y la hacen operativa, era de enterrar a los muertos. Lo estábamos consiguiendo. Con eones de retraso, haciendo esperar demasiado a los hijos y los nietos de las víctimas, pero estábamos consiguiendo al fin que el Estado se hiciera cargo de la barbarie y que los muertos se enterrasen según los deseos de sus deudos. Sacar sus huesos de las cunetas es un imperativo democrático esencial y ajeno a la discusión ideológica. Puede que las leyes de memoria llevasen demasiada farfolla retórica y que se propasaran un tanto al legislar sobre la discusión historiográfica e intelectual sobre el pasado, que debe ser libre, pero el objetivo fundamental era enterrar bien a los muertos. Y se estaba consiguiendo.
Vox cambia la justicia elemental por la concordia, y lo hace forzando el brazo del PP, al que tanto le costó asimilar esta demanda. Nos quieren plantar un obelisco egipcio que no pega con la plaza. Concordia por narices. Concordia y a callar. Sergio del Molino es escritor.








De la empatía indiscriminada

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Quien predica la empatía indiscriminada, afirma en El País Semanal el escritor Javier Cercas, no tiene ni idea de lo que es la empatía, o es un demagogo o no la ha practicado. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Mucho ojo con la empatía
JAVIER CERCAS
30 MAR 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com

Es la palabra de moda, sobre todo entre nuestros políticos, que predican la empatía para todo el mundo, a todas horas y en todas partes. Hace años, cuando nadie usaba la palabra, la reivindiqué en esta columna a propósito de un diálogo entre dos novelistas: J. M. Coetzee y Paul Auster. Natural: empatizar con alguien significa comprenderlo, sentir a fondo con él, ponerse en su piel, y a eso nos dedicamos los novelistas: a identificarnos con todos, incluidas por supuesto las bestias más inmundas. También lo hacen los actores: Laurence Olivier, digamos, con el Ricardo III de Shakespeare; Al Pacino con el Michael Corleone de El padrino; Javier Bardem con el Anton Chigurh de No es país para viejos, o Juan Diego con el señorito Iván de Los santos inocentes (o el Franco de Dragon Rapide). Eso es empatía.
Pero eso es también ficción. En la realidad, las cosas cambian: aquí conviene administrar la empatía, controlarla, fijarle unos objetivos dignos y unos límites razonables, en particular por parte de quienes, a base de tanto practicarla en la ficción, olvidamos que la realidad funciona con otras reglas y que, en ella, lo bueno llevado al extremo casi siempre se convierte en malo. Un ejemplo. Hace años publiqué una novela sobre un periodista fracasado que se llamaba como yo y que encontraba una forma de redención contando las vidas paralelas y contrapuestas de un olvidado jerarca falangista y un anónimo soldado republicano; la novela tuvo un éxito imprevisto, y empezaron a llamarme periodistas fracasados en busca de redención. Feliz con la acogida del libro, yo estaba encantado de cenar con ellos y escuchar sus penas, de compartirlas y solidarizarme con sus fracasos. En vano intentaba explicarles, sin embargo, que aquella novela no era un reportaje, como decía su narrador, sino una ficción —del mismo modo que el inventor de don Quijote y Sancho no es un árabe llamado Cide Hamete Benengeli, aunque el narrador del Quijote diga que sí lo es—; en vano intentaba explicarles que, aunque el narrador de la novela lleva mi nombre, no soy yo —del mismo modo que el yo inventado de un poema no es el yo real del poeta—. Todo inútil: no había forma humana de convencerlos de que el protagonista de la novela no es un servidor, y acabábamos a las cinco de la mañana, yo seguro de ser un periodista fracasado y los dos fundidos en un abrazo, llorando y borrachos como cubas, igual que si fuéramos personajes de Dostoievski. En definitiva: una calamidad que a punto estuvo de hundirme en el alcoholismo. ¿Y qué decir de mis problemas de empatía con Rafa Nadal? Baste recordar que alguna vez he estado hablando sobre literatura ante un público atentísimo y generosísimo mientras, por debajo de la mesa, de vez en cuando consultaba en mi móvil el resultado de un partido de primera ronda entre Nadal y Kudla en el Abierto de Acapulco. ¡Qué vergüenza, Dios santo! Recuerdo la final del US Open 2019, que Nadal jugó contra Medvedev. Rafa ganó los dos primeros sets, pero el ruso lo barrió en los dos siguientes y empezó ganando el quinto, imparable. Era la una de la madrugada y yo estaba tan taquicárdico, viendo que se nos escapaba la final, que pensé que iba a darme un síncope; así que tuve que tomarme un tranquimazín y meterme en la cama, dando por hecha la derrota de Nadal. Pero, pese al ansiolítico, hacia las tres o las cuatro me despertó la ansiedad y, con el corazón en la garganta, consulté el móvil: el cabronazo había ganado, y yo me puse a pegar saltos de alegría en mi dormitorio a oscuras, hasta que desperté a mi mujer, convencida de que acababa de estallar la III Guerra Mundial. Alcaraz, óyeme bien: te va a seguir tu abuela.
Así que mucho ojo con la empatía. En la ficción, ancha es Castilla; pero la realidad, insisto, es otra cosa: aquí, bien dosificada es genial, pero cuidadito con identificarse con monarcas sanguinarios, mafiosos neoyorquinos, psicópatas de pesadilla, señoritos carpetovetónicos o dictadores eternos, que puedes acabar votando a Vox o JuntsxCat. En suma, quien predica la empatía indiscriminada no tiene ni idea de lo que es la empatía: o es un demagogo o no la ha practicado nunca. Javier Cercas es escritor.

















[ARCHIVO DEL BLOG] La guerra civil española, 80 años después. [Publicada el 22/09/2016]













El pasado 18 de julio se cumplieron 80 años del inicio de la última guerra civil entre españoles. Una tragedia que se saldó con cientos de miles de víctimas entre muertos, heridos y desaparecidos, y una postguerra casi más atroz aun en la que los vencedores hicieron gala de una inmisericorde y cruel represión a los vencidos. 
Me resultó curioso que la efeméride no despertara excesivo interés académico, editorial ni periodístico. Esa es la razón de que traiga hoy al blog el interesante artículo que el escritor y crítico literario Rafael Narbona publicaba al respecto en Revista de Libros el pasado día 16. Sencillamente, porque me parece oportuno y ecuánime. Espero que les resulte de interés.
Hace ochenta años, la guerra civil española destruyó la ilusión de una modernización política basada en ideales laicos y republicanos, dice Narbona. La coalición encabezada por Manuel Azaña no pretendía llevar a cabo una revolución, sino consolidar las reformas del bienio reformista. Aunque contaba con el apoyo del sector moderado del PSOE, liderado por Indalecio Prieto, y del Partido Comunista, que consideraba prioritario frenar el fascismo mediante alianzas estratégicas, el Frente Popular planteaba medidas moderadas, no revolucionarias. Su programa –o declaración de intenciones– proponía una explotación más racional e igualitaria del sector agrícola, el acceso al crédito de las capas sociales más desfavorecidas, la erradicación del analfabetismo mediante la creación de nuevas escuelas y una descentralización del gobierno que permitiera mayor autonomía regional. Nunca se habló de Estado plurinacional y, menos aún, del derecho de autodeterminación. A diferencia de los falangistas, la izquierda republicana no preconizaba la nacionalización de la banca o la expropiación de los grandes latifundios, sino el fin de las rentas abusivas y los desahucios, así como el derecho a compra de los antiguos arrendatarios. Los anarquistas no se mostraron hostiles con el Frente Popular, pero es evidente que su programa no satisfacía los anhelos del «comunismo libertario». De hecho, no tardaron en manifestar su decepción, acusando al nuevo Gobierno de aplicar una «política burguesa».
El desencanto de la izquierda revolucionaria no fue tan agresivo como las maniobras de la derecha católica y tradicionalista, añade. Gil-Robles y Calvo Sotelo afirmaron que Azaña y sus ministros trabajaban al servicio de la Unión Soviética, preparando una «revolución bolchevique» cuya finalidad era acabar con Dios y con España. Esas palabras sólo constituyeron el preámbulo de una serie de atentados que intentaron liquidar el orden constitucional. El 12 de marzo, un comando de pistoleros falangistas intentó matar al notable jurista Luis Jiménez de Asúa, diputado socialista y uno de los padres de la Constitución de 1931. No lograron su objetivo, pero acabaron con la vida de su escolta, Jesús Gisbert. El 13 de abril mataron al magistrado Manuel Pedregal, que había condenado a algunos de los falangistas implicados en el atentado contra Jiménez de Asúa. Los revisionistas que justifican la rebelión militar aseguran que la «primavera trágica» de 1936 no dejó otra alternativa, pues era la única manera de restablecer el orden y evitar que España se convirtiera en un «satélite de Moscú». Ese argumento omite que la derecha desempeñó un papel esencial en la desestabilización del incipiente Gobierno del Frente Popular, utilizando la prensa para incitar a la violencia. Falangistas y requetés se limitaron a ejecutar una campaña orquestada para provocar la caída de la coalición liderada por Azaña. La primavera de 1936 fue trágica, pero no se caracterizó por una violencia simétrica. Entre febrero y julio, perdieron la vida doscientas sesenta y dos personas. El mes más cruento fue marzo, con noventa y tres muertes. Ciento cuarenta y ocho víctimas militaban en la izquierda. Cincuenta procedían de la derecha y diecinueve pertenecían a las fuerzas de orden público. Se desconoce la filiación política de cuarenta y cinco. No está de más establecer un paralelismo con una situación de nuestra historia reciente. En 1980, ETA cometió cuatrocientos ochenta atentados y asesinó a ochenta y nueve personas. Su campaña de terror causó –además– cuatrocientos treinta y dos heridos, doscientas explosiones, veintidós secuestros, dos asaltos a cuarteles, más de doscientos cincuenta incendios y al menos cien amenazas de bomba. Es un cuadro sobrecogedor, pero que en ningún caso justifica el fallido golpe de Estado de febrero de 1981. En este caso, la responsabilidad moral recae en el independentismo vasco de ideología marxista-leninista. En la primavera de 1936, la violencia no fue unidireccional, sino múltiple y compleja, pero lo cierto es que el clima de crispación e inseguridad no puede atribuirse a las políticas –apenas esbozadas– del Frente Popular, sino fundamentalmente a la resistencia de la derecha a perder el poder.
La interpretación del pasado es una cuestión esencial para la convivencia, particularmente cuando se trata de hechos históricos que han representado una catástrofe moral para una sociedad, continúa diciendo. Lejos de ser un capítulo cerrado, la guerra civil española ejerce una poderosa influencia en el presente, despertando pasiones y enconos. La paz y la reconciliación no pueden construirse por medio de mitos y mentiras, falsificando los hechos. Desde hace varios años, se intenta rehabilitar la dictadura franquista de una forma más o menos velada. Se presenta la rebelión militar de 1936 como una respuesta necesaria al presunto radicalismo de una izquierda revolucionaria y antidemocrática. Se cuestiona el número de víctimas de matanzas tan escandalosas como la de Badajoz y se destacan los logros económicos del régimen, insinuando que establecieron las bases del cambio político y social. Esa perspectiva sería inimaginable en Alemania e Italia, que vivieron bajo la bota del fascismo durante un período más breve, pero no menos destructivo. Impugnar el revisionismo que absuelve al franquismo de un genocidio, no comporta justificar o ignorar la represión del bando republicano, aduciendo que la masacre del clero y los sectores más conservadores constituyó un fenómeno inevitable en una época marcada por la desigualdad y la explotación laboral del campesinado. Sin embargo, hay indudables diferencias. Según Antony Beevor, «el número de víctimas del terror en zona republicana durante el golpe de Estado y la Guerra Civil sería de unas treinta y ocho mil personas, casi la mitad de ellas asesinadas en Madrid (8.815) y Cataluña (8.352) durante el verano y el otoño de 1936» (La guerra civil española, trad. de Gonzalo Pontón, Barcelona, Círculo de Lectores, 2005, p. 127). En cambio, «la represión franquista durante la guerra y la posguerra podría situarse alrededor de las doscientas mil víctimas, cifra que no desacredita del todo los cálculos del general Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, cuando juró “por mi palabra de honor y de caballero que por cada víctimas que hagáis, he de hacer lo menos diez”» (op. cit., p. 139).
Franco declaró que ganaría la guerra a cualquier precio y, una vez en el poder, anunció que la represión duraría hasta aniquilar completamente a al adversario, añade más adelante. El 19 de mayo de 1939 dejó muy claras sus intenciones durante el discurso pronunciado el Día de la Victoria: «No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias». No sabemos hasta dónde habría llegado la represión, sin la derrota del Eje en 1945. En 1940, había casi cuatrocientos mil presos republicanos, condenados o a la espera de juicio. Muchos salvaron la vida gracias al desenlace de la Segunda Guerra Mundial, que convirtió a la España de Franco es una anomalía histórica. Las vengativas arengas de Franco, justificando la represión en aras de la pacificación del territorio conquistado, contrastan con las declaraciones de las autoridades republicanas. El 3 de octubre de 1936, Julián Zugazagoitia, diputado socialista y ministro de la Gobernación entre mayo de 1937 y abril de 1938, aprovechó su condición de director de El Socialista para condenar los crímenes de la retaguardia republicana: «La vida del adversario que se rinde es inatacable; ningún combatiente puede disponer libremente de ella. ¿Que no es la conducta de los insurrectos? Nada importa. La nuestra necesita serlo». Exiliado en París después de la guerra, Zugazagoitia fue detenido por la Gestapo y entregado a las autoridades españolas. Durante el Consejo de Guerra celebrado el 21 de octubre, el fiscal reconoció que no había cometido ningún delito, pero lo acusó de «inducir a la revolución» por el simple hecho de ocupar un cargo político. Notables franquistas, como el escritor Wenceslao Fernández Flórez, el falangista Rafael Sánchez Mazas, la viuda de Julio Ruiz de Alda y Antonio Lizarra, capitán de los requetés carlistas, testificaron que Zugazagoitia había salvado muchas vidas, librando a buen número de monjas y sacerdotes de la violencia de las milicias anarquistas. No sirvió de nada. Zugazagoitia fue fusilado el 9 de noviembre junto con otros catorce republicanos en el cementerio madrileño del Este. Entre sus compañeros de infortunio se hallaba el mordaz periodista Francisco Cruz Salido. Se dice que Franco se negó a conmutar la pena de Salido por el carácter satírico de sus artículos. Ni siquiera se planteó el indulto de Zugazagoitia, pues su intención era descabezar a las fuerzas políticas de signo opuesto. Un desconocido (probablemente, un derechista influyente) encargó y pagó una sepultura para Salido y Zugazagoitia, que consistió en una lápida con un relieve de granito con forma de libro abierto con los nombres de los dos ejecutados. El benefactor registró la tumba a nombre de Sabina Marroquina. Hasta ahora han fracasado todos los intentos para descubrir su identidad.
Ochenta años después del alzamiento militar del 18 de julio de 1936, no hay argumentos sólidos para minimizar las políticas de exterminio de los golpistas, añade. Franco, un general mediocre y tristemente reaccionario, trasladó a España las tácticas de guerra empleadas en Marruecos, inspirándose en la «gesta de la Reconquista». No ofreció tregua ni cuartel, pues su intención era extenuar y aniquilar al enemigo, sembrando el terror. El terror también existió en la «zona roja», con sus checas, paseos y ejecuciones masivas, pero ni los crímenes cometidos por las milicias revolucionarias, ni la responsabilidad de la Junta de Defensa de Madrid en las matanzas de Paracuellos, restan un ápice de horror a una dictadura que torturó y fusiló sin piedad a sus enemigos reales o imaginarios durante cuatro décadas. Franco gobernó mediante el miedo, prolongando el bando de guerra hasta 1948 y proclamando el estado de excepción ante cualquier expresión de protesta. Los piquetes de fusilamiento y el garrote vil funcionaron hasta el último aliento del régimen. No creo que la victoria de la República en la Guerra Civil hubiera desembocado en un Estado totalitario de ideología comunista, pero está claro que sublevación militar exacerbó la impaciencia de quienes reivindicaban una insurrección armada para poner fin a las desigualdades sociales. El pronunciamiento sólo agravó la polarización de la sociedad, impidiendo que nuestro país se convirtiera en una democracia de corte europeo. Incluso hoy perviven las heridas del conflicto en forma de mitos y falacias. La izquierda idealiza la resistencia republicana, eludiendo la cruel represión de la retaguardia, y la derecha intenta limpiar la cara al régimen franquista, rebajando la cifra de ejecuciones y exagerando los problemas de orden público de la España del Frente Popular.
Los ideales laicos y republicanos podrían haber configurado una historia diferente, sin revoluciones ni asonadas castrenses, concluye Narbona. Dicen que Ortega y Gasset votó al Frente Popular, tachando todos los nombres, salvo el de Julián Besteiro. No sé si es cierto o sólo es una leyenda, pero creo que su gesto apunta en la dirección acertada. Desgraciadamente, el reformismo perdió la batalla. Sin embargo, el tiempo le ha dado la razón, mostrando que la convivencia democrática es la única alternativa razonable. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













martes, 2 de abril de 2024

De la democracia radical

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Nos movemos en un mundo esquizofrénico en el que mien­tras la tecnología nos lanza hacia el futuro a pasos agigantados, la vida política permanece anclada en el siglo xx, incapaz de si­tuarse a la altura de los nuevos desafíos, oportunidades y exigen­cias», señala el economista Jordi Sevilla en su nuevo libro ‘Manifiesto por una democracia radical’.  Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Manifiesto por una democracia radical
JORDI SEVILLA 
07 FEB 2024 - Ethic - harendt.blogspot.com

«Democracia radical» es un concepto polisémico empleado por pensadores populistas como Laclau con un sentido muy diferen­te al que le doy aquí. Sin embargo, creo que ambos lo adoptamos del mismo sitio: la escuela neomarxista de Budapest (discípulos de Lukács, con Ágnes Heller como la autora más destacada), que en los años sesenta del siglo pasado, entre la invasión soviética de Hungría y la de Checoeslovaquia, elaboraron una alternativa tanto al comunismo soviético como al capitalismo.
Entre la «democracia formal» capitalista, que no se ocupaba de más necesidades humanas que las que promovía el mercado, y la «democracia real» soviética, que se ocupaba de las necesida­des de sus ciudadanos (entonces todavía se creía eso), pero al coste de perder las libertades individuales, la «democracia radi­cal» buscaba una tercera vía que se orientara a asegurar las nece­sidades básicas de los ciudadanos sin perder las libertades.
A partir de ahí, y de lo que fue la socio-democracia del esta­do de bienestar socialdemócrata, intento actualizar el concepto como una propuesta urgente para este siglo XXI, en el que el po­pulismo ha renacido y nos amenaza con sus mentiras y falsas promesas.
La política es demasiado importante como para dejársela en exclusiva a los políticos. Sobre todo cuando el sistema de incentivos predominante entre ellos no está alineado con el bien co­mún. Y menos cuando algunos directamente ni siquiera creen que exista el bien común, y conciben la sociedad como un con­flicto permanente de intereses excluyentes y, en consonancia, la política como un medio para dividir a la sociedad en bloques, para preparar el enfrentamiento entre contrarios, una versión cutre entre la lucha de clases de Marx y la lucha descarnada por el poder de Maquiavelo.
La democracia, esa gran fórmula para organizar pacíficamente la convivencia y la cooperación entre diferentes, está más cues­tionada que nunca. Cuestionada al menos como lo estuvo en los años treinta del siglo pasado con el ascenso del nazismo, el comu­nismo y el fascismo. Y ya sabemos, la democracia tiene muchos problemas, hay que perfeccionarla todos los días, pero las alternativas populistas y autocráticas son peores, porque en ellas siempre hay una parte de la población que pierde: sus derechos, su libertad, sus oportunidades.
Tomado en serio y dispuestos a ir siempre un poco más allá, buscando ese horizonte que se aleja conforme nos acercamos a él, pero que nos mantiene en permanente movimiento hacia de­lante, el ideal democrático es la mejor utopía posible.
En este siglo XXI vivimos en una profunda transformación de nuestro modo de vida. De la mano de la revolución tecnológica más disruptiva que hemos conocido y en medio del primer co­lapso ecológico provocado por nosotros mismos.
Es la primera innovación tecnológica llamada a sustituir no solo mano de obra humana, como en el pasado, sino talento hu­mano, esa cualidad hasta ahora reservada en exclusiva a nuestra especie. Es la primera vez que el impacto de nuestras acciones sobre el planeta altera de forma radical las condiciones de habi­tabilidad en las que hemos vivido durante milenios.
Cuando en 1970 el maestro Alvin Toffler escribió El shock del futuro, puso encima de su proyección todos los cambios que se le ocurrieron que fueran razonablemente posibles para las próxi­mas décadas. Se quedó muy corto.
Desde hace tiempo venimos advirtiendo de ambos hechos, ninguno de los dos lleva menos de dos décadas con nosotros. Ya hemos tomado algunas medidas adaptativas y correctivas, pero la velocidad acumulativa de los cambios está convirtiendo en poco más que inoperantes las decisiones adoptadas y no siempre implementadas.
Hoy, los cambios tecnológicos y climáticos son los que mar­can un ritmo al que no estamos siendo capaces de ajustarnos. Entre otras razones, y no es un asunto menor, porque es la pri­mera vez que nos enfrentamos a dos desafíos que afectan a toda la especie humana. Y todavía no hemos sido capaces de estable­cer mecanismos eficaces de cooperación a esa escala. Más allá de frases declarativas del tipo «todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos», seguimos razonando en los reducidos términos de grupo identitario sin haber constituido en torno al ser humano una megaidentidad lo suficientemente robusta como para establecer vínculos de cooperación a la altura de los retos. Declarativas como se ve, por ejemplo, cuando asistimos impasi­bles a oleadas de inmigrantes sin papeles y casi sin derechos ya que, a menudo, parece que hasta les negamos el salvamento; es decir, el derecho a vivir.
La velocidad, extensión y profundidad de los cambios está afectando a nuestra forma de vivir. Baste un dato: a pesar de que la mitad de la población mundial no tiene conexión a internet y, por lo tanto, acceso a telefonía móvil y sus datos, en el mundo hay más del doble de teléfonos móviles que de personas. La co­nectividad instantánea de voz, imágenes y datos es una realidad que en apenas veinte años ha cambiado de forma radical la ma­nera de entendernos y de comunicarnos. Y todavía no sabemos si provocará ulteriores alteraciones en nuestro cerebro y carácter social. Podemos aislarnos individualmente en medio de la mayor comunicabilidad de la historia que, por otra parte, puede im­pulsar corrientes no previstas de solidaridad a distancia con efectos ya comprobados como las movilizaciones de la primavera árabe de 2010-2012 o el asalto al Capitolio de los seguidores de Trump en enero de 2021.
Están cambiando demasiadas cosas, demasiado rápido y en demasiadas direcciones del espacio como para pensar que no de­bemos reajustar nuestro pensamiento político y nuestras ideas de la vida en comunidad, que en pleno siglo XXI no pueden repe­tir los esquemas del siglo XIX y los ecos inacabados del siglo XX. A título de ejemplo, solo en este siglo merecen destacarse los siguientes avances tecnológicos: internet de banda ancha, teléfo­no inteligente (smartphone), computación cuántica, sistemas de reconocimiento facial, YouTube, inteligencia artificial, impreso­ras 3D, realidad virtual, Internet de las Cosas, WhatsApp, genoma humano, drones, cloud, código QR, libro electrónico, 5G, Uber. Todos ellos han cambiado la vida cotidiana de las personas y del mundo tanto o más que cualquier decisión política. En el mismo período, las instituciones y el discurso político solo pueden pre­sentar el desplome del comunismo y el ascenso del populismo ante los fracasos de las democracias.
Nos movemos en un mundo esquizofrénico en el que mien­tras la tecnología nos lanza hacia el futuro a pasos agigantados, la vida política permanece anclada en el siglo xx, incapaz de si­tuarse a la altura de los nuevos desafíos, oportunidades y exigen­cias.
Si la inteligencia artificial, por un lado, y el cambio climático, por otro, nos dicen que ya no podemos seguir haciendo las cosas «como antes» y que el continuismo de «lo de siempre» ha quedado obsoleto, ¿de verdad que como mínimo nuestro pensa­miento político no merece un reajuste? Este texto es un fragmento de ‘Manifiesto por una democracia radical’ (Deusto, 2024), de Jordi Sevilla.
























[ARCHIVO DEL BLOG] Idiosincrasia del frío. [Publicada el 13/03/2018]











Va para largas décadas que el alumbrado eléctrico acabó con las noches lóbregas. Desde entonces la niebla en los callejones, a la hora de los murciélagos, ya no es lo que era. Hoy día el turista pasea con gafas de sol y bermudas por el cementerio atendiendo a las explicaciones del guía y sacando fotos de sepulturas famosas. Oxidados los candelabros, el Romanticismo apenas asoma anecdótico y ornamental, desvaído en secuencias lacrimosas de películas o en citas de amor al viejo estilo, con una rosa sobre la mesa, en la penumbra del restaurante de postín. La extensa cita anterior es el comienzo de un interesante artículo publicado por el escritor Fernando Aramburu hace unas semanas en El Mundo sobre la idiosincrasia de los habitantes del norte europeo.
Hoy hay que traer extraterrestres para asustar a los críos porque aquí ya está todo iluminado y, como dejó escrito José Agustín Goytisolo, las brujas son hermosas; los piratas, honrados, y al lobito bueno lo maltratan los corderos (y las corderas), continúa diciendo. A la vuelta de cualquier esquina, uno se encuentra con versiones de Jauja popularmente llamadas supermercados. Ya no es necesario atravesar el océano en naves inseguras para conocer el sabor de la maracuyá. Internet ha convertido el planeta en un vecindario. Imre Kertész afirma en un apunte de 1995 que, debido a los medios de comunicación, el mundo actual lo habita una sola familia. Es cierto. Conjeturo que mis abuelos no vieron jamás un chino en persona. Cualquiera de nosotros se cruza con unos cuantos a diario sin salir de los límites de su barrio.
Los tiempos cambian con tanta rapidez que parecen quietos. Ocurre como con las hélices. Rebasada cierta velocidad de rotación, las aspas crean en las retinas la ilusión de una mancha inmóvil. Se diría que la hélice veloz se disuelve en el aire. Velázquez representó este efecto con maestría de pintor genial en la rueca de Las Hilanderas. Puede que, a pesar de los avances tecnológicos, los seres humanos, vistos de cerca, no hayan perdido un ápice de su simplicidad proverbial (o sigan siendo tan burros, que diría Cela); pero la trama de sus relaciones sociales guarda cada vez menos similitudes con los modos de convivencia de sus antepasados, gente que ignoró el papel higiénico, el correo electrónico o los radares de carretera. Algo queda, no obstante, de las circunstancias de antaño que repercute en cada uno de nosotros, moldeando nuestro carácter y determinando nuestros hábitos como lo hacían con las generaciones que nos precedieron. Incluyo en dichas circunstancias las condiciones climáticas, las reservas acuíferas, la necesidad de bebida y alimento o a la duración de los días y las noches.
No he olvidado que, hace unas décadas, los comercios de Alemania cerraban a las seis de la tarde; los sábados, mucho antes. En invierno, a la hora habitual de la merienda para los sureños, ya era noche cerrada y la luz macilenta de las farolas se reflejaba tristemente en la nieve pisoteada de las aceras. No bien echadas las persianas, las calles se vaciaban como si estuviera prohibido deambular por ellas. Quedaba algún que otro latino engañado por la esperanza de hallar sucedáneos de la vitalidad social de su tierra. Los latinos que buscan compañía, conversación y baile en el anochecer gélido del norte de Europa equivalen a los guiris nórdicos que se tuestan en las playas del Sur al sol de las dos de la tarde. No es que hagan lo mismo; pero inspiran en la población nativa la misma misericordia sonriente y parecidos chistes.
El frío y la noche temprana inducen al recogimiento. Por dicha razón, resulta difícil al forastero integrarse en las sociedades nórdicas. Las relaciones sociales evitan la intemperie. Predominan en consecuencia el club, el esparcimiento a puerta cerrada, las reuniones en locales. La gente se reúne en grupos limitados para jugar a los bolos, practicar el yoga, ejercitarse en el ajedrez o la alfarería. Van a un bar y allí se quedan hasta la hora de recogerse. Al principio, el recién llegado lo tiene difícil. No poca ayuda es tener un hijo inscrito en la guardería o en edad escolar. Los niños son a menudo la llave que abre amistades entre los adultos.
Otra posibilidad de integración es agenciarse un perro. La compañía de una mascota lo convierte a uno de forma instantánea en ciudadano cabal. Se apresura uno a recoger del suelo, en una bolsa de plástico, las cacas del animal y al instante las ventanas, los portales y las cornisas hacen gestos unánimes de aprobación. Cuando llevo a mi perra de paseo, no es raro que los desconocidos me saluden, me sonrían, incluso se paren a dirigirme la palabra. Si voy solo, sé de antemano que ni siquiera mereceré el honor de una mirada.
El nórdico es lento en la efusión. Cinco años de residencia fija me costó recibir el primer abrazo de un lugareño. He visto en Alemania a un hijo dar la mano a su madre a modo de saludo. ¿Son fríos? No exactamente. La Naturaleza les privó de ritmo en la sangre y ellos no lo ignoran. Se resarcen viajando a las costas del Sur. Allí hacen estallar el apocamiento y los horarios, pimplan sin medida, repostan desorden y delirio. Luego regresan a casa, a la legalidad vigente, rojos de sol y de sangría, y creen que el sureño es durante todo el año como ellos cuando se desmadran en los chiringuitos del litoral mediterráneo.
Un instinto ancestral los lleva a ponerse a la defensiva en presencia del extranjero. Ven en él un peligro para la despensa. En todo caso, un portador de problemas, suciedad y enfermedades. Es habitual en sus cuentos tradicionales que las historias partan de una situación de equilibrio social. De pronto, un extraño llega al reino, entra en el bosque, aparece de noche en la aldea, y a continuación se desata la desgracia que sólo se superará por la intervención intrépida de un príncipe local. Lo malo siempre viene de fuera.
A lo largo de la Historia, el nórdico no ha tenido más remedio que ser laborioso. La tierra le escatimaba el fruto fácil. El frío lo empujaba al interior de la cabaña. Su ingenio lo avezó al arte de las conservas. El nórdico es muy de mermeladas, salazón y truchas ahumadas. Acumula leña, ahorra caudales. La necesidad de superar los rigores del clima lo hizo previsor, propenso a inventar máquinas que le facilitaran la supervivencia y le proporcionaran comodidad. Como fuera está oscuro y casca el frío, el nórdico tiene tiempo para la filosofía. Junto a la chimenea, compone música, se entrega a la espiritualidad, concibe el superhombre, urde invasiones, conquistas y cláusulas de contratos. El nórdico es un hombre de interior. Al sureño, en cambio, le tiran la calle, la muchedumbre y la verbena. Un nórdico, en el Sur, gana color, se despliega, disfruta. Los sureños, en el Norte, aprendemos organización y método, y luego, en la noche prematura, tiritamos de nostalgia. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













lunes, 1 de abril de 2024

Sobre la reina Camila y los pagafantas

 






La reina Camila y los pagafantas
LUCÍA LIJTMAER
01 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Mientras las redes sociales ardían comparando los píxeles del rostro de su sucesora al trono Kate Middleton, la reina Camila realizó un interesante gesto. Y no me refiero precisamente a irse de caza a Ciudad Real. Unos días antes, en el prestigioso festival Women of the World, que reúne a mujeres del ámbito de la cultura y la política, Camila quiso homenajear a las activistas sufragistas a través del uso de dos piedras en su discurso, que citó y enseñó públicamente. Las piedras que mostró la reina habían sido lanzadas el 27 de mayo de 1914 contra el palacio de Buckingham durante una protesta sufragista. En una de ellas se puede leer el mensaje: “Si se rechaza una comisión constitucional, debemos lanzar un mensaje escrito en piedra”. La otra anunciaba: “El hecho de ignorar los métodos constitucionales nos lleva a romper ventanas.”
Camila de Windsor, antiguamente Camilla Parker Bowles, dijo en su discurso que, pese a que condenaba la violencia de algunos gestos sufragistas, “en 1914 representaban esperanza para las mujeres que arrojaron estas piedras: la esperanza de que, en el futuro, no serían víctimas de su historia ni de las fuerzas sociales y económicas que se oponían a la igualdad de género. Por encima de todo, representaban la esperanza de que era posible, como dijo Christabel Pankhurst, ‘hacer de este mundo un lugar mejor para las mujeres”.
Este discurso, como sabemos, no supuso ningún escándalo. Que se proclame un discurso laudatorio sobre las piedras lanzadas contra el palacio y la institución que ella representa 110 años atrás está considerado hoy, cuanto menos, un hecho normalizado, civilizado incluso. El mundo ha cambiado y la corona, también. Nadie con algo de talante y que esté al frente de una institución anglosajona niega hoy la lucha sufragista —que se originó en Estados Unidos y pronto se extendió por toda Europa— y su reivindicación por el derecho a voto.
Lo que sí se suele olvidar es que hubo un movimiento antisufragista, que tuvo cierto calado entre los partidos conservadores, y que siguió las idiosincrasias de cada país. En Irlanda, se instó a las mujeres a poner por delante la causa nacionalista. En Australia el movimiento fue, ante todo, antisocialista. Y en EE UU, paradójicamente, el movimiento antisufragista permitió a algunas mujeres a acceder a un espacio político a través de la búsqueda del veto al derecho igualitario al voto. Este hecho no es baladí: a través de la consciente oposición a la igualdad, ciertas escritoras como Annie Riley Hale o Molly Elliot Seawell obtuvieron notoriedad intelectual y política. Otras intelectuales, como Ida Tarbell, que primero argumentó en contra del derecho a voto de las mujeres, acabó fijando su posición a favor del movimiento sufragista en 1916.
Ser antifeminista da rédito. En contra de lo que dicen troles y columnistas ultraconservadores, lo verdaderamente exitoso es estar en contra de los avances de los derechos de las mujeres. Los mismos que apoyan públicamente el feminismo de Clara Campoamor y la nombran Hija Predilecta de la ciudad de Madrid, aplauden declaraciones pidiendo que haya un “día del hombre” o se niegan a los minutos de silencio cuando hay un asesinato machista.
Pero eso no es nada nuevo. La ultraderecha no tiene un problema con el feminismo. Es su caballo de batalla, y le sirve en la captación de adeptos. No hay mayor seña de identidad para partidos ultraconservadores que abanderarse en contra de los avances feministas.
No, el verdadero problema con el feminismo lo tiene la izquierda. En particular, los partidos surgidos en los últimos años. La salida de Irene Montero del Gobierno deja a los partidos más a la izquierda del PSOE con representación en el hemiciclo ante un verdadero dilema: ¿cómo abanderar las causas defendidas a lo largo de estos últimos años sin desgastarse por el camino? El problema no es exclusivamente político, sino de posición estratégica. ¿Qué feminismo va a encarnar aquel que ya ha sido asimilado por el poder? ¿Un feminismo que defienda a las trabajadoras migrantes sin papeles? ¿A las víctimas de agresiones sexuales que han tenido trascendencia e incluso acoso mediático? ¿Un feminismo que condene los abusos sistemáticos a los que son sometidas las menores en centros tutelados?
Durante años, aquellas mujeres que hemos crecido y madurado alrededor de la denominada cuarta ola feminista hemos oído que no es de recibo criticar públicamente a aquellas representantes institucionales con posicionamiento feminista para no desunir a un movimiento que es, fundamentalmente y desde su fundación, de base. Ellas han sufrido el desgaste de manera constante. Muchas mujeres con presencia pública en ámbitos culturales también. Pero, seamos sinceros, no son momentos fáciles. La izquierda que alcanzó vuelo en parte gracias al motor del feminismo que surgió a partir de 2017 como oleada mundial está dejando solas a las activistas, que, castigadas por la violencia digital y social, abandonan el espacio público y nadie se lleva las manos a la cabeza, solo aquellas que las conocemos. Muchas mujeres del ámbito de la política que marchan en primera fila en las manifestaciones de manera bienintencionada tienen en sus filas a machistas que ejercen violencia simbólica, laboral y de otros tipos. Unas cuantas lo saben y se llevan las manos a la cabeza, conscientes de lo que eso significa.
Por supuesto, no son las únicas. Sabemos que el machismo es transversal y ocupa todos los espacios que puede ocupar. Pero, como decía al inicio de este texto, la derecha no tiene este problema. La derecha española no ha asumido como propia la bandera de la lucha por los derechos de todas las mujeres. Por eso, cuando se denuncia públicamente a un agresor del ámbito progresista se regocijan. ¿El tío que hablaba en femenino es un mero machirulo? En las redes los troles los llaman pagafantas; nosotras los llamamos hipócritas. Pero desde la izquierda deja de haber declaraciones institucionales o compromisos directos con las mujeres que se atreven a denunciar a sus agresores. Ya ha pasado el tiempo de la mujer en primera línea política que posee una credibilidad activista. El espacio conservador ha ganado la batalla del abanico político: lo permisible es cada vez más suave, más conciliador, menos beligerante. Y aunque este último adjetivo, beligerante, pueda parecer que lo que digo es una buena noticia, no me lo parece. A las feministas les quedan ahora las asociaciones, sus amigas, y la calle. Que no es poco.
Pero la beligerancia queda ya denostada hasta para aquellas que declarándose feministas ahora se hacen a un lado cuando hay conflicto. Y no olvidemos que la política, el activismo y la vida se nutren del conflicto para poder avanzar. Es en ese conflicto en el que se manifiesta la dignidad de un progreso posible, para no quedar condenadas a la museificación de nuestras luchas colectivas, como piedras en manos de una amable reina que, desde su trono cabal, nos acepta 110 años después. Ya va siendo hora de volver a decir que los y las que miran al otro lado cuando hay conflicto nos tendrán enfrente. Porque de eso iba todo esto del feminismo. Y no de coronas, majestades. Lucía Lijtmaer es escritora.