La frase más repetida en las tertulias políticas es seguramente “yo no soy jurista, pero…”, seguida de cerca por “yo no soy economista, pero” y “yo no soy encuestador, pero”. Vivimos en la autarquía de los expertos, y es lógico que así sea. Quizá la realidad no sea más compleja que antes, pero nuestra percepción de la realidad sí que lo es, porque cada vez disponemos de unas herramientas más afiladas para analizarla. Cada ángulo del mundo se ha vuelto tan complicado que, en efecto, hace falta un experto para entenderlo. No es nuevo que los tertulianos políticos opinen sobre las sentencias del Tribunal Supremo. Lo que es nuevo es que ahora sienten la necesidad de arrancar con el topicazo del yo-no-soy-jurista-pero antes de ponerse a opinar como han hecho toda la vida.
El fenómeno alcanza el paroxismo en ciencia, donde el trabajo de un grupo no lo suele entender ni el del laboratorio de al lado. No es infrecuente que un científico dedique toda su vida profesional a investigar el espín de una sola partícula subatómica o el funcionamiento de un milímetro cuadrado de córtex cerebral. Y estas investigaciones son necesarias, porque son la forma de avanzar sobre bases sólidas. La teoría más bella se desintegra en el mismo instante en que contradice un solo dato bien tomado. Los datos son la única religión del científico, y obtenerlos requiere investigadores altamente especializados.
Pero los datos no son conocimiento por sí mismos. Los movimientos de los planetas se explican igual de bien poniendo la Tierra en el centro o poniendo el Sol. La revolución copernicana no se basó en nuevos datos, sino en un cambio de perspectiva, como ese cubo de Necker que salta de una interpretación a otra sin que cambie nada en el mundo externo. Copérnico es un ejemplo perfecto de cómo añadir conocimiento sin obtener nuevos datos. Y nuestra expertocracia es el paradigma de lo contrario: toneladas y chorros de datos que no añaden conocimiento. Y aquí sí que hay que mirar un poco más allá de la pecera de la especialización para imitar el salto copernicano, o para hacer flip como el cubo de Necker.
Un científico al que conocí el siglo pasado decía que la especialización consiste en saber cada vez más sobre cada vez menos hasta llegar a saberlo todo sobre nada. Necesitamos generalistas. No hipergeneralistas —gente que sabe nada sobre todo, apurando el aforismo—, sino generalistas modestos, en el sentido de que saben mucho de unas pocas cosas. Los descubrimientos matemáticos, por ejemplo, se deben a menudo a gente como Henri Poincaré, que dominaba distintas áreas de las matemáticas y encontraba nexos profundos entre ellas.
Por eso los grandes avances científicos son unificaciones, como explicar los movimientos de los planetas en el cielo del ocaso, las fases de la Luna y la caída al suelo de las manzanas por la misma fuerza gravitatoria. O revelar que la electricidad y el magnetismo son dos formas de mirar al mismo fenómeno, y que la luz es su manifestación más notable. O que el cerebro está hecho de células igual que el resto del cuerpo.
Lo que pasa es que aquí no nos vale el generalista del tipo yo-no-soy-jurista-pero. Necesitamos más bien alguien que sepa bastante de ciencia jurídica y también de ciencia política, de modo que pueda hallar nexos útiles entre ambas. Puede que un robot, que lo ha leído todo, sirva algún día para ese propósito. Entretanto, tendrán que ser los analistas los que se sumerjan en varias materias con cierta profundidad. ¿Demasiado pedir? Oh, vamos. Como dicen en las series moñas, nadie dijo que fuera a resultar fácil. Así que deja de decir yo-no-soy-jurista-pero y hazte con los conocimientos necesarios. Los ciudadanos queremos que entiendas el mundo y nos lo expliques. Por ese orden. Javier Sampedro es científico genetista. Publicado en El País.


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