Lloramos a Maricarmen como se llora a un ser cercano y querido, como a una madre, a una abuela propia. Y lo hacemos con la indignación que provoca saber que su fin fue precipitado por quienes no tuvieron ni un ápice de compasión y aplicaron de forma implacable una ley cuyo objetivo es, nos dicen, proteger la propiedad privada. Así que tiene más garantías y derechos un bien inmueble que una persona, que una ciudadana sin poder ni forma alguna de defenderse frente a los sádicos desalmados.
El caso de Maricarmen nos ha indignado a todos y ha captado la atención pública pero la triste verdad es que éste no es país para viejos y que adentrarse en esa edad que el capitalismo considera sobrante por no ser económicamente productiva es enfrentar la soledad y el menosprecio, por no hablar de discriminaciones de todo tipo por ser simplemente mayores. Una de las formas en que se ha venido instalando el discurso anti ancianos es el mantra de que los jóvenes de hoy viven peor que sus abuelos. No es verdad. Ni de lejos. Las generaciones que estamos en edad de trabajar nos enfrentamos al encarecimiento del precio de ese bien básico y reconocido por la constitución que es la vivienda y unos salarios bajos que son consecuencia de una legislación laboral que ha venido erosionando nuestros derechos pero hemos tenido unas infancias y unas juventudes infinitamente mejores a las que tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos. Que además lucharon lo suyo para conseguir cambiar las cosas. Los jóvenes que disparan contra sus abuelos y les envidian por cobrar una pensión después de una vida entera de trabajo deberían preguntarles cómo fue su niñez: ¿cuándo tuvieron un cuarto propio? ¿Cuántas veces por semana comían fuera? ¿Cuántos viajes hacían al año? ¿Cada cuándo se compraban ropa nueva? Señalar a los mayores como el enemigo con el mantra de que vivimos peor que nuestros padres es un estúpido disparo en el pie.
Hemos visto casi en directo cómo a Maricarmen la precipitaban hacia una muerte que podría haber tardado un poco más en llegarle pero lo cierto es que hay muchas mujeres como ella completamente invisibles y olvidadas que mueren no porque las saquen de sus casas, sino porque están solas. Ancianas a las que los hijos no visitan nunca porque les da pereza, otras aparcadas en residencias porque tenemos que trabajar y no podemos cuidarlas. O no queremos hacerlo porque su ritmo lento o el deterioro que traen los años vividos son un engorro. También el olvido y el abandono son formas de violencia que acortan la vida. Najat El Hachmi es escritora. El País, 9 de octubre de 2026.



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