Las frases capaces de provocar entrañan el peligro de la generalización. “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España” es una de esas frases. Hoy escribo para refutarla. En La bola negra, Glenn Close encarna a una investigadora llamada Isabelle Durand, que participa en 2017 en un coloquio académico. Las palabras de Durand son escuchadas por un auditorio lleno y expectante. Con serenidad y sobreponiéndose a su acento anglófono, el personaje sostiene que la investigación sobre la literatura no puede permitirse el lujo de desentenderse de las pasiones que experimentan quienes escriben. Y censura que los analistas españoles parecen creer que los textos literarios son escritos por personas ajenas al deseo, cuando el deseo existe y atraviesa por completo la experiencia humana. En concreto, existe el deseo homosexual en la literatura de Federico García Lorca. Al concluir su intervención, la moderadora del coloquio (interpretada por Alana S. Portero) suscribe el argumento de las cortapisas españolas y dice por eso: “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España”. En una película tan bien documentada, tan atenta al detalle, sorprende que se haya colado un juicio historiográfico tan simple.
La frase invisibiliza a generaciones de investigadores españoles que han trabajado en sus universidades como hispanistas desde España o países hispanohablantes, que alimentaron a partir del siglo XIX la hispanofilia que dio lugar al hispanismo foráneo y que colaboraron con sus colegas de fuera, creando redes fundamentales para el crecimiento intelectual de los lugares donde se desplazaron e integraron. La frase borra el papel, que creo hemos de respetar, de los investigadores que bajo las condiciones adversas del franquismo trataron de mantener cierta independencia académica o, si eran universitarios, se esforzaron por preparar a sus discípulos en universidades estragadas por el vacío del exilio y las depuraciones y el sofoco de las limitaciones morales. Con los términos de fuera y dentro aplicados a la actividad investigadora, la frase citada obliga a posicionar a individuos que se avienen mal con esa adscripción dualista. En mi altar de reverencias filológicas mayores está María Rosa Lida, argentina, ¿la debo considerar extranjera y por ello mejor capacitada para entender a La Celestina? ¿Qué hacemos con Amado Alonso, navarro formado en España y desarrollado profesionalmente en Buenos Aires? Su magistral obra sobre Pablo Neruda ¿es muestra de buen hispanismo de fuera de España?
La frase, en fin, simplifica también la propia complejidad del hispanismo foráneo, que nunca ha funcionado como modelo ideológico único. Quienes desde universidades de fuera de España acudían a nuestro país a indagar en nuestra cultura podían posar su mirada con libertad sobre la realidad española. Pero la condición ajena del investigador no lo ponía automáticamente a salvo de las redes de influencia del poder. El franquismo, como todas las dictaduras, sabía de la capacidad propagandística del académico extranjero y desplegaba notables esfuerzos institucionales en agasajar a aquellos cuya opinión importaba, mostrándoles la cara más obsequiosa de un régimen sin libertad. Hay en España un conjunto de bibliografía sólida sobre el hispanismo de fuera de España, en su evolución, figuras y contradicciones; y si contamos con esa tradición de estudios es porque tenemos la fortuna y la ventaja de que existe el hispanismo y, con él, la posibilidad no solo de reconocer desde España la deuda contraída con investigadores de otros centros sino la necesidad de enjuiciarlos críticamente, de valorarlos en sus contextos ideológicos.
De hecho, tan diverso internamente es eso que llamamos hispanismo que hoy lo que se debate en torno a esta etiqueta no es, en absoluto, el acientífico juicio de valor sobre dónde están los mayores o los menores del grupo, sino qué hay dentro de ese nombre, si conviene complementarlo o sustituirlo por el de latinoamericanismo y cómo desligar el término de los estandartes políticos expansivos de quienes defienden el hispanismo como proyecto hegemónico.
No escribo estas líneas obnubilada por patrias o banderas. Escribo conociendo los proyectos de investigación, las tesis doctorales, las publicaciones de compañeros que, desde las universidades públicas españolas donde trabajan, me han enseñado a entender mejor nuestro pasado y su trascendencia para el presente. Elevar el hispanismo foráneo a la categoría de única guía legítima para comprender nuestra historia cultural es perpetuar un sesgo injusto que mantiene la errónea idea de que solo la mirada externa posee rigor y objetividad; supone que este país es incapaz de estar ante un espejo sin un árbitro internacional que lo ayude a mirarse. Esta frase tan simplista remite a una historia que no es tan simple. El desprecio español a la intelectualidad propia se asienta en una larga tradición, que hoy alcanza derivas retorcidas: la desconfianza hacia la investigación de letras, la suspicacia hacia la Universidad.
Y el caso es que a mí me ha gustado la película. Salí del cine sobrecogida por la vorágine de su imaginería y satisfecha por su fino retrato lingüístico, pero con la sensación incómoda y conocida de que, de nuevo, se pone a la Universidad española sobre el yunque que espera al martillo. Y eso no me lo esperaba de La bola negra. Lola Pons Rodríguez es filóloga. Publicado en El País.
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