Vladímir Putin está intensificando su guerra abierta contra Ucrania y su guerra encubierta contra el resto de Europa. El principal objetivo de esta última es debilitar el apoyo europeo a Ucrania para poder someter el país, algo que considera fundamental tanto para el futuro de Rusia como para el suyo propio. Aunque en el resto de Europa debemos prepararnos lo mejor posible para defendernos de todo tipo de ataques híbridos, el eje central de nuestra respuesta debe consistir en multiplicar nuestro apoyo a Ucrania. Ucrania es su principal objetivo. Es allí, y solo allí, no en una contienda formada por mil alfilerazos híbridos, donde se puede derrotar y detener de verdad a la Rusia de Putin.
En un nuevo y elocuente libro, Warum Russland nicht aufhören wird (Por qué Rusia no va a parar), el historiador alemán Martin Schulze Wessel demuestra que la política de Putin encaja en una antiquísima tradición rusa de expansionismo territorial y búsqueda de la hegemonía, combinada con una ideología imperialista impregnada de elementos religiosos. Nos recuerda que, en 2016, Putin dijo que “la frontera de Rusia no termina en ningún sitio” y, en 2025, “cualquier terreno que pise la bota de un soldado ruso es nuestro”. Los europeos occidentales, que imaginamos con optimismo que hemos relegado ese imperialismo territorial tan brutal al vertedero de la historia, tendemos a pensar que debe de haber alguna otra explicación (por ejemplo, algo que hicimos “mal”, como la expansión de la OTAN hacia el este). Los finlandeses, los estonios y los polacos saben muy bien que no es así. A pesar de sus debilidades, concluye el autor, Rusia es “el país más peligroso del mundo”. Puede que en Asia algunos pongan en duda esa generalización, pero, desde luego, Rusia es el país más peligroso para Europa.
Schulze Wessel presenta otro argumento sencillo, pero muy pertinente: la expansión de Rusia siempre se ha visto facilitada cuando puede cooperar con otras grandes potencias y se ha frenado cuando otras potencias iguales se oponen. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca el año pasado, Estados Unidos ha dejado de ser esto último y, en ocasiones, se parece a lo primero. Por tanto, ahora es Europa la que está asumiendo la carga de ser la potencia igual y en contra. Europa (incluido el Reino Unido) ha prestado ya más ayuda a Ucrania que Estados Unidos. Sus economías, sumadas, son diez veces mayores que la de Rusia; la economía alemana, por sí sola, duplica su tamaño.
Y, en ese esfuerzo europeo, Alemania tiene hoy el papel fundamental. En total, desde el inicio de la guerra en 2022, Alemania ha sido el mayor donante individual, a excepción de Estados Unidos. Según el seguimiento de la ayuda a Ucrania que lleva a cabo el Instituto de Kiel, Alemania ha aportado el doble que el Reino Unido o Francia. Teniendo en cuenta que la población de Kiev y Odesa sufre a diario los ataques de los misiles balísticos y los drones propulsados por reactores de Putin, merece la pena examinar las cifras del registro que hace el Instituto sobre los sistemas de defensa aérea. Alemania ha donado hasta ahora 19, entre los que hay cinco importantísimas baterías de defensa aérea Patriot de fabricación estadounidense, dos más de las que ha donado el propio Estados Unidos. En el primer año de esta guerra, defendí en estas páginas que Alemania “tiene una responsabilidad histórica única a la hora de ayudar a defender a una Ucrania libre y soberana”. En aquel momento, estaba convencido de que Alemania no estaba haciendo aún lo que debía.
Ahora, en el quinto año de una guerra que ya ha durado más que la I Guerra Mundial y que no tiene visos de acabar, puedo decir sin ninguna duda que sí lo está haciendo. No solo por la magnitud de su ayuda a Ucrania ni el aumento de su propio gasto en defensa, que, según las últimas previsiones del Ministerio de Hacienda alemán, alcanzará los 154.000 millones de euros en 2028 (aproximadamente la misma cantidad que el presupuesto militar de Rusia para este año).
Es además una cuestión de voluntad política. El canciller Friedrich Merz ha demostrado que tiene esa voluntad y también que tiene valor, al viajar en tren desde Alemania a Ucrania la tarde del 3 de octubre, en el 36º aniversario de la reunificación alemana, acompañado de una delegación de peso en la que estaban varios directivos del sector de la defensa. En esta ocasión, el bombardeo ruso contra objetivos civiles del centro de Kiev, entre ellos la Academia de Ciencias de Ucrania y los puentes que cruzan el río Dniéper, no cesó a pesar de que —o quizás precisamente porque— Moscú sabía que el líder alemán estaría allí.
Para un historiador, hay algo que resulta muy familiar en todo esto. ¡No puede ser, otra vez Alemania y Rusia! Sin embargo, cada vez es diferente. Históricamente, Alemania es una de las potencias que más ha contribuido a facilitar la expansión rusa (no hay más que recordar el pacto Hitler-Stalin de 1939), pero también una de las que más la ha amenazado. En la I Guerra Mundial, e incluso de forma más marginal en la Segunda, algunos nacionalistas ucranios pensaron que un conflicto entre Alemania y Rusia les daba una oportunidad para alcanzar la independencia. Sin embargo, lo que consiguieron fue el colonialismo de la Alemania imperial (y luego la derrota alemana) en el primer caso y el fascismo genocida de Hitler (y luego la derrota alemana) en el segundo.
Ahora, por fin, Alemania está verdaderamente comprometida, pese a los costes y riesgos que eso supone, con la soberanía de Ucrania. Para cualquiera que conozca esta enmarañada historia, hay algo no solo redentor, sino francamente inspirador, en el hecho de que la Alemania democrática sea uno de los países que más está contribuyendo a sostener el histórico esfuerzo de una Ucrania independiente por ocupar el lugar que merece en una gran comunidad europea de países libres.
¿Pero hasta cuándo? ¿Y con cuánto apoyo del resto de Europa? Precisamente porque Putin conoce muy bien el papel fundamental de Alemania, ha hecho de este país uno de los principales objetivos de su guerra híbrida, desde los drones cargados de explosivos en el aeropuerto de Leipzig y las amenazas de asesinato contra directivos de la industria de defensa hasta las injerencias políticas encubiertas y la desinformación. Mientras Ucrania se prepara para su invierno más difícil hasta la fecha, hay tres aspectos estrechamente relacionados que van a ponerse a prueba: la voluntad de Alemania de mantenerse en el lado correcto de la historia, la capacidad de las democracias para sostener la lucha contra una dictadura (una preocupación constante) y la habilidad de Europa para permanecer unida en esta causa.
Un escéptico puede señalar muchos motivos para el pesimismo. Merz es impopular en su país. La AfD, el partido que marca hoy el ritmo de la política alemana, entregaría Ucrania a Rusia. En Francia, la candidata presidencial del Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen, proclama que no pueden permitirse seguir dando tanta ayuda a Ucrania. La solidaridad con sus vecinos también está derrumbándose en la derecha polaca, con dos partidos pequeños que se muestran descaradamente anti-Ucrania. En una encuesta llevada a cabo en Italia el mes pasado, más de la mitad de los entrevistados se opusieron a que se siguieran enviando armas a Kiev.
Hace poco, en Bruselas, me encontré con un público numeroso que parecía inquebrantable en su apoyo a Ucrania… hasta que, justo al final, nuestro debate derivó hacia la cuestión del uso de los activos rusos congelados que están guardados en Bélgica. Ah, bueno, eso no. Sin embargo, con el terrible daño que está sufriendo la economía ucrania, incluidas sus exportaciones de cereales a través del mar Negro, los expertos calculan que, solo en 2027, podría ser necesaria una ayuda adicional para Kiev de hasta 100.000 millones de euros, que en la actualidad no puede financiarse; y los contribuyentes europeos, en situación complicada, no están dispuestos a pagar esa cantidad.
Putin cree que las decadentes democracias europeas se desmoronarán ante la férrea determinación de un déspota imperialista. Nuestro deber es demostrarle que se equivoca. Timothy Garton Ash es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Su último libro es Europa en 7 capítulos y medio (Penguin) Publicado en El País.












