lunes, 2 de noviembre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY LUNES. UN ESTADO CAPAZ, POR JORGE GALINDO

 





Hace dos años Valencia se sintió desprotegida la tarde y la noche de la dana, cuando la alarma sonó con el agua ya dentro de las casas. También se sintió así en los días siguientes, mientras miles de voluntarios llegaban a pie donde los poderes públicos aún no lo habían hecho.

Desde entonces nos ha visitado demasiadas veces una sensación parecida, aunque fuera a menor escala. La tuvo la península entera el 28 de abril de 2025, a oscuras desde el mediodía del apagón. La tuvieron los pueblos de Ourense, León y Zamora en agosto de 2025, con vecinos apagando llamas con lo que tenían a mano, y los de Ávila, Toledo o Guadalajara este verano. La tuvo Ceuta cuando decenas de miles de personas cruzaron en dos días, y la tiene hoy con la ciudad desbordada.

Y algo desprotegido se siente quien se sube a un tren hoy, sí. Son más de cien muertes en menos de un año en una misma línea. No es algo que puedas resolver con una probabilidad de accidente y ya. “Es un medio seguro” puede sonar plausible y a la vez fuera de lugar: nadie se sube a un tren comparándolo con la A-3 o con saltar en paracaídas, sino con lo que ha conocido (una alta velocidad puntual, segura, fiable). Angrois, en 2013, se vio como una excepción terrible. Los de 2026 se leen en conjunto, y de alguna manera con todo lo demás.

Estos episodios tienen orígenes distintos y responsables diferentes, lo sé. Pero también un hilo común: un shock de partida complejo; una reacción que se sintió insuficiente; y, sobre todo, cosas que se podrían haber hecho para evitar buena parte del daño.

ES-Alert estaba disponible y no se usó. Los proyectos para el cauce desbordado en Valencia estaban redactados. Los mecanismos para que la red asumiera bien el incremento de renovables, solicitados por expertos, operadores y Red Eléctrica desde hacía años. En Ceuta, la Delegación del Gobierno advirtió por escrito de una entrada masiva “altamente probable”, y el CNI avisó de las convocatorias. En el monte, los expertos llevan años diciéndonos que la clave contra los incendios es cambiar cómo poblamos y usamos el territorio. Y en la alta velocidad a Andalucía, los maquinistas avisaron por escrito en 2025 del deterioro de la vía, y el sistema de señalización de 1992 que falló en Urda tenía su sustitución licitada desde 2020.

Todo esto desemboca en un diagnóstico difuso pero tangible, que creo que atraviesa a toda la sociedad: el de un Estado que no llega, que no da. Se aprecia en las catástrofes, pero también en las carencias de cada día: la vivienda que falta pero no se construye, el cercanías que no llega, la plaza de educación infantil que no existe, el centro de atención primaria saturado.

Como dijo Alicia González en este periódico: un país de casi cincuenta millones de personas con una infraestructura dimensionada para cuarenta.

Esos éramos en el año 2000, cuando culminaba un ciclo de inversión en nosotros mismos. La España que salió de la crisis de los setenta y de la reconversión se hizo a sí misma entre mediados de los ochenta y finales de los noventa. Transformó Barcelona y Bilbao por completo. Montó la alta velocidad, con el Madrid-Sevilla de 1992 en el que se han sucedido las dos tragedias. Multiplicaba las autovías en el sistema de carreteras. Universalizaba la sanidad y cambió ambulatorios por centros de salud. Y terminaba de media más de 80.000 viviendas protegidas al año, con un pico de 114.000 en 1985.

Todo eso fueron inversiones para el país de entonces. Pero el de ahora es distinto. No solo somos más: los retos son más complejos. Un clima que ya no es el que era, que convierte un barranco seco en una riada y un verano a la vez cálido y de fuertes vientos en una sucesión de incendios. Una red eléctrica que debe soportar que estemos electrificándolo casi todo, porque es la manera más eficaz de descarbonizar nuestro consumo energético. Ciudades que concentran cada vez más interés: porque son nuestro mejor invento para que las ideas salten de una cabeza a otra, y todos (nativos o no) queremos ser parte de esa cadena de valor. Una población que envejece y que, al mismo tiempo, crece por la inmigración, con esa doble presión demográfica sobre los servicios públicos de primera línea.

Para abordar todo esto hay que invertir en el país que viene. Pero si sumamos varias legislaturas (de ambos colores) lo que nos sale es que, en euros reales, invertimos en infraestructuras un 25% menos que en el año 2000. La inversión pública cerró 2025 en el 2,9% del PIB, frente al 3,7% de media europea, y eso con los fondos europeos post-pandemia (que se agotan este año, y de cuyos préstamos renunciamos a tres cuartas partes) empujando. La parte que va a infraestructuras ha pasado del 61% del total en 2009 a menos del 38%. En lo social no hemos ido a más: sanidad y educación pesan sobre el PIB lo mismo o menos que en 2009, con más población y más envejecida, y por cabeza seguimos por debajo de Europa y la OCDE.

Lo que nos queda en lugar de un nuevo plan ambicioso, lo que sí tenemos ante los nuevos desafíos, son muchos “no”. De derechas: que no entren más inmigrantes. Que no se pongan más placas ni molinos, que ya vimos lo del apagón. También de izquierdas, claro: que no circulen tantos trenes de tantas compañías (deshagamos la liberalización). Que no se construya en zonas inundables (sea “inundable” cada diez o cada quinientos años: como si fuera lo mismo). Vamos, que elijamos entre decrecimiento económico y retraso social.

Resulta que a un Estado incapaz solo le queda el recurso de instalarse en el no. Pero lo que necesitamos es lo contrario: un Estado que cumpla, y llegue. Recuperar la idea de progreso que lo impulsó en décadas anteriores. Esto, antes que nada, exige prioridades claras, y la mas urgente son ciudades y transportes a la altura de una nueva ambición. Eso significa vivienda protegida entendida como infraestructura, para cubrir el déficit abrumador que sufren sobre todo los perfiles más vulnerables, expuestos al hacinamiento en las periferias. Y servicios bien dotados para una vida con oportunidades: transporte cercano, educación desde los 0 años, sanidad, seguridad.

Cumplir también es mantener bien lo que ya construimos. El mantenimiento no se inaugura, y por eso nunca era prioritario. Pero creo que la acumulación de accidentes y mal funcionamiento, también en las redes convencionales, ha creado los incentivos políticos para centrarte en ello.

El cambio climático también se enfrenta haciendo. ¿Qué inversiones nos van a permitir manejar la próxima dana o el próximo verano de máximos? Cosas como barrancos encauzados, montes gestionados, o aire acondicionado.

Todo esto necesita energía barata y confiable. Tenemos las condiciones para ello: sol, viento, territorio y capacidad instalada. Ahora el foco debería estar en la red y las conexiones.

Sí: esto va a costar dinero. Podemos pensar en deuda, impuestos y colaboración público-privada. Pero quizás debemos empezar por fijarnos en que el gasto hoy mira al pasado y se lleva parte de lo que podría ir al futuro: la factura anual de las pensiones ha crecido en unos 75.000 millones desde 2019. Solo esto ya supera la inversión de las administraciones públicas en 2025.

Sumadas, estas acciones empujarían la productividad y las oportunidades. Pero también nos harían sentir más tranquilos, más protegidos, y más esperanzados para ir hacia adelante con un nuevo Estado capaz. Jorge Galindo es sociólogo. Publicado en El País.



















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ESPECIAL DOS DE HOY LUNES: NUESTRO VECINDARIO, POR LUIS GARCÍA MONTERO

 







Leer los periódicos es como caminar por las ciudades. Pregunto por los vecinos en las porterías, en el bar de siempre, en las teclas de mi ordenador, y tomo conciencia del mundo que habitamos, una miseria más que añadir al problema de la vivienda. Las elecciones de Israel se han celebrado después de muchos bombardeos, duros castigos y más de 75.000 muertos en Gaza. Ya nos hemos acostumbrado a caminar por los escombros y doblar la esquina de los derechos humanos. Pasan los días como pasan los camiones de la basura en busca de las tiendas de campaña, los contenedores y los ruidos nocturnos que conducen hasta Irán. Una señora llamada Agencia Efe me comenta que otra amiga, relatora de la ONU, habla de las penas de muerte y la represión interna, agravada por los ataques militares de Estados Unidos e Israel. La impunidad reinante de unos y otros eleva la cifra de víctimas a miles de cadáveres.

Aunque es difícil precisar el número de víctimas provocadas en Ucrania por la invasión rusa, Wikipedia, el pan nuestro y la enciclopedia libre de cada día, nos habla de 25.000 civiles ucranios y 200.000 soldados de ambos bandos. Y si le preguntamos a la vecina del quinto por Ceuta, nos dice que lo ha leído en EL PAÍS. Además de la invasión de unas 70.000 personas desde Marruecos, y además de los 141 fallecidos y otros posibles devorados por el mar, Amnistía Internacional presentó en septiembre un informe muy grave sobre las agresiones a los refugiados cometidas por la Legión y por el Tercio de Regulares. Cuando vuelvo a mi casa, me encuentro en las escaleras con RTVE y me habla de 69 muertos en el accidente de tren de Toledo, una exministra, una atleta, un inspector de Hacienda, un guardia civil…. y numerosos heridos. Lo que faltaba. Busco en los bolsillos, no encuentro las llaves de mi casa, no sé cómo voy a entrar. Miedo de mí, miedo de mi vecindario y miedo del mundo en el que vivo. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. Publicado en El País.




















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ESPECIAL DE HOY LUNES: ESCRÍBEME UNA BUENA NOVELA, POR SERGIO RAMÍREZ

 





Está surgiendo un nuevo tipo de investigación forense para determinar si los libros de ficción son obra de seres humanos, o de la Inteligencia Artificial. Con poco tiempo de diferencia, dos obras premiadas han sido descalificadas, o puestas en cuestión: la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) del escritor haitiano Thélyson Orélien, nacionalizado canadiense, ganador del premio de la FNAC en Francia, y finalista del Goncourt; y la novela corta Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, recién galardonada en el concurso convocado por la editorial Almadía de México.

El detector de mentiras Pangram, usado en ambos casos, funciona como “un modelo de red neuronal inspirado en el cerebro humano”. Puede analizar millones de señales estilísticas y estructurales, creando “un mapa de estilos de escritura”. Difícil entonces escaparse a su escrutinio.

Antes, el baldón para un escritor era el plagio, el desdoroso delito de servirse con la cuchara grande de lo creado por otros escritores y firmarlo como propio. Hoy se trata de encargar la escritura de un libro a la IA, que tiene una memoria inconmensurable, se ha leído todos lo que se ha escrito en el planeta, y sigue leyendo de manera incansable, más allá de cualquier propuesta borgiana. Una máquina que no tiene el don del olvido, y que si se tratara de un ser humano acabaría en la locura.

La IA viene así a sustituir a “los evangelistas” que, armados de máquinas de escribir, se instalan cada día al portal de Santo Domingo en la ciudad de México, para atender a la clientela que les encarga inspiradas cartas de amor y otras piezas.

El Pengram actúa como fiscal literario, midiéndole las costillas a otro modelo de IA, digamos el ChatGPT generativo, cuando es utilizado aviesamente para escribir libros, en todo o en parte, por un escritor indolente que persigue la fama y el dinero con el menor esfuerzo.

Los dos escritores bajo acusación de haber hecho uso de la IA tenían historias singulares que relatar, basadas en su propia experiencia. Orélien huyó de Haití, un país desguazado por la violencia endémica de las pandillas criminales, y hambrunas, sequías, insalubridad, miseria. La novela cuenta ese éxodo extraviado, que es el de miles de sus compatriotas, desde República Dominicana a Brasil, y desde allí hacia el norte del continente, pasando por la selva del Darién. Largas caminatas, transportes clandestinos, las bandas de traficantes de personas, la travesía en el desierto. Nada que no valga la pena contar.

Por su parte, Donde el agua trabaja de Silva Rojas, narra la relación de dos trabajadoras temporales en los viñedos de Ica, Perú, en medio del “agotamiento físico, la vigilancia constante, la precariedad”, un relato sobre la deshumanización del trabajo agrícola que puede verse en distintos sitios de América Latina, empezando por el más tradicional de todos, el de las bananeras.

Tanto Orélien como Silva Rojas desmienten enfáticamente haber hecho uso de la IA para escribir sus novelas. La suya, afirma este último, “surgió de una investigación sobre las condiciones de vida y trabajo de las personas que llegan a Ica para trabajar en el sector agrícola”, y sostiene: “Conservo versiones anteriores del manuscrito, mi cuaderno de notas y materiales relacionados con la investigación que dio origen a la novela”.

Que me parece es el quid del asunto. Una novela, lo sabemos quienes escribimos, no es nunca una sola versión, sin borrones ni tachaduras sino el fruto de un proceso en el que intervienen hojas sueltas, tarjetas con notas, inserciones en el texto, anotaciones al margen, capítulos enteros sustituidos o cambiados de lugar, y varios borradores trabajados por meses o años. Esas serían las mejores pruebas forenses de la defensa.

Tiendo a imaginar a la IA en una versión primitiva, como esas películas del cine mudo donde la imagen salta y los personajes andan a toda velocidad. La imperfección que cada día se perfecciona, y no sabemos que será mañana, o dentro de cinco o diez años. Pero que un modelo de IA pueda escribir con la complejidad suficiente como para engañar a un jurado literario, me llena de asombro. El jurado francés del premio de la FNAC se rindió ante la destreza creativa de Era eso o morir, y lo mismo el de Almadía ante Donde el agua trabaja.

No puede pensarse en un jurado más solvente que el que premio a Silva Rojas: la novelista mexicana Cristina Rivera Garza, ganadora del premio Pulitzer en Estados Unidos; la argentina Selva Amada, y la ecuatoriana Mónica Ojeda, las tres de primera línea. Encontraron en la novela elegida “el uso de los silencios” y una construcción “con un lenguaje sutil, oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”. Es decir, originalidad creativa.

El agua de los regadíos juega un papel central en esa narración. El agua que alimenta también a los centros de datos donde la IA incuba sus demonios, y sin la cual no podría vivir. Sergio Ramírez es escritor y Premio Cervantes. Publicado en El País.






















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DEL ASUNTO DE LA SEMANA QUE COMIENZA: LA HISTORIA QUE NUNCA DEJAREMOS DE SER, POR JOSÉ LUIS SASTRE

 





A menudo la Historia se representa con una flecha, que avanza siempre: del románico se pasó al gótico y del gótico al barroco. La Historia, entonces, sería una sucesión de años y revoluciones que resbalan las unas sobre las otras. Resbalan o estallan: vivir una vida de paz es, en realidad, un prodigio histórico. En todas las épocas existen también resistencias que discuten la idea de progreso y proponen volver hacia atrás: anclan la flecha al suelo o tratan de revertir su sentido para buscar esencias en el pasado. De esa tensión surge la historia, y por eso con frecuencia adopta la forma del círculo: como si muchas cosas que ya pasaron pudieran volver a pasar. Hasta que pasan.

La Historia, que está aún por escribirse, se ha definido siempre a partir de grandes crisis que se repiten por siglos. Vendrán nuevos fenómenos, claro, y asistiremos a cambios que quizá no alcanza siquiera a imaginar la inteligencia artificial. Pero eso no acabará con aquello que ha marcado a la humanidad desde el principio, y que fue siempre igual: las guerras, las plagas, los éxodos. El exilio. La pulsión de las emociones, tan políticas como las ideologías: la ilusión, el miedo, la esperanza, el odio. El deseo de dar a los hijos una vida mejor. La necesidad de escapar de la violencia y del hambre. De vivir en libertad. La aspiración de una vida digna. Nada de eso pertenece a nadie, sino a todo el mundo. Todos hemos sido eso en algún momento. Por destino o por azar. Por haber nacido en un momento o un lugar.

Todos esos fenómenos tan antiguos se seguirán dando pueblo a pueblo, por mucho que cambien sus formas y se vuelvan híbridos. Se siguen dando hoy guerras y plagas que no eligieron las poblaciones que las sufren: nunca se eligen. Pensar que hay pueblos condenados a sufrir esos castigos, o incluso que los merecen, implica un prejuicio o una maldad que se combaten rápido: con el sencillo gesto de abrir un libro de Historia.

Los hijos y los nietos nos recuerdan que fuimos guerra y exilio, y lo fueron los pueblos más desarrollados y ricos. En su memoria están inscritos el conflicto, el hambre, la emigración y hasta del odio civil. También la solidaridad y la ayuda. Eso lo enseña el círculo de la Historia a aquellos que hoy presumen de su falta de empatía o de humanidad: que todo lo que ahora les pasa a los demás no solo les pasó ya a quienes vivieron en ese pasado al que anhelan volver, sino que puede volver a pasarnos. José Luis Sastre es escritor. Publicado en El País.





















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domingo, 1 de noviembre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO: MIS AMIGOS MUERTOS, POR MANUEL VICENT

 







A estas alturas de la vida uno ya tiene en el otro mundo a la mayoría de los fueron sus mejores amigos. A veces en estas tardes desoladas de otoño pronuncio sus nombres, uno a uno, mientras una melodía de jazz me trasporta a aquellos días felices que compartimos juntos. Imagino que ellos también la están oyendo y si aquí en el mundo de los vivos la tarde es lluviosa pienso que allí en el otro lado también estará lloviendo y algunos de mis amigos habrán ido a algún garito a jugar al póquer. Si la tarde es soleada puede que otros prefieran pasear por el bosque hasta que caiga la niebla. No importa que hayan muerto. Me divierte imaginarlos haciendo lo mismo que hacían en este lado. Algunos seguirán navegando a Ibiza en verano, otros soñarán con rodar nuevas películas, o celebrarán el éxito de su última novela, otros alargarán las sobremesas a la sombra de los pinos hablando de amores perdidos, de viajes, de bellos recuerdos del pasado. En el otro lado estas tardes de otoño olerán a leña de encina en las chimeneas de las casas habitadas por mis amigos muertos. Tal vez ellos quieran saber qué sucede aquí en la tierra. Habrá que decirles que una tragedia humana acaba de romper toda nuestra modernidad en pedazos. ¿Recordáis aquel antiguo glamur de viajar en el tren de alta velocidad? Otra vez ese sueño se ha convertido en un amasijo de hierros lleno de cadáveres. A esta tragedia hay que añadir la locura de unos adolescentes deslumbrados por la violencia que incendian las calles, rompen escaparates y saquean las tiendas de lujo, una orgía que aprovechan los políticos de uno y otro bando. En contrapartida, más allá del dolor por todos los muertos, he levantado el brazo hasta una rama del membrillero y he arrancado suavemente unos membrillos maduros y con la yema de los dedos he frotado su pelusilla que escondía debajo un color de miel, los he colocado en un frutero y he sentido que con este acto, por mi parte, el orden del mundo había sido restablecido. Manuel Vicent es escritor. Publicado en El País.




















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ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO: RENDIR CUENTAS ES DAR LA CARA, POR FERNANDO VALLESPÍN

 








Salvando todas las distancias —insisto: ¡todas!—, hay algo en la última tragedia ferroviaria que nos remite al 11-M. No porque en ambos casos los trenes fueran los protagonistas, sino por la proximidad de aquel abominable atentado a la celebración de unas elecciones generales. Entonces se trató de un acontecimiento ocurrido apenas tres días antes del día electoral; ahora queda un largo mes de campaña. Pero en ambos casos estamos ante un gobierno acosado por una tragedia en la que la forma de reaccionar, de gestionarla, resulta fundamental. En 2004, el error fue la falsa y persistente imputación del atentado a ETA para evitar la posible conexión de aquel atentado con la posición de dicho Gobierno en la guerra de Irak; ahora, se ha de confrontar la responsabilidad por la sucesión de dos espantosos accidentes mortales y por las muchas dudas que estos han suscitado sobre la gestión, el mantenimiento y la inversión en lo que hasta entonces constituía uno de los logros colectivos de nuestro país, la red de alta velocidad.

Si la gestión de toda catástrofe es un desafío para cualquier político, hacerlo sintiendo la inminencia de elecciones en el cogote se vuelve doblemente complejo. Aquí ya no cabe confiar en el olvido, el paso del tiempo como atenuante de la indignación. La exigencia de rendir cuentas se agranda y duplica: por el desastre en sí mismo, y por todo lo realizado —o dejado de hacer— durante la legislatura. Esa simultaneidad es lo que hace incomprensible e indignante que el ministro Puente no haya asumido el deber que imponen las normas más elementales de la democracia, la asunción de responsabilidades políticas: dimisión inmediata en vez de persistir en seguir bajo los focos, con sus evidentes consecuencias electorales.

Resulta, además, que el actual ministro ocupa el mismo cargo que Ábalos, con lo cual vuelve la memoria de lo que el Gobierno tanto trató de echar al olvido. Ambos en uno de los ministerios centrales de la Administración del Estado. Doble agravio para los ciudadanos y para su propio partido. Como no soy dado a descalificaciones categóricas, quiero detenerme en una importante lección que cabe extraer de esta tragedia, y que este ministro simboliza mejor que otros. Me refiero a esa insistencia casi patológica en el enfrentamiento como método privilegiado de práctica política: el conflicto y la obsesiva descalificación del contrario como vía principal para captar la atención. Es una actividad que encuentra el terreno propicio en esta sociedad del espectáculo y el esparcimiento, que ha terminado por devorar cualquier espacio para la reflexión profunda y serena.

Ante la inminencia de la campaña, el trauma sufrido nos ha despertado a una certeza: hay que pasar de la política del espectáculo, la infantilización institucionalizada, a la política de la gestión, la administración eficaz de toda la vida. Esto no excluye las diferencias ideológicas, porque el logro de la eficacia no es incompatible con proteger más a unos sectores o grupos que a otros. Pero necesitamos que los trenes y todos los demás servicios públicos funcionen. Por eso queremos que los cargos públicos estén ocupados por los más capacitados, no los más leales compañeros de partido o que, cuando las circunstancias lo exijan (como es el caso de la vivienda), los adversarios sean capaces de cooperar, no hacer primar lo que creen que les resulta más beneficioso políticamente. Ya no estamos para banalidades, simplificaciones ni promesas sin sustento. Queremos saber cómo se va a financiar cada una de ellas o de qué otros gastos se van a restar. Cuentas claras. En un mundo en el que todos nos prometen todo, el resultado ante la imposibilidad de hacerlo realidad solo puede ser la frustración y el desencanto. Fernando Vallespín es politólogo. Publicado en El País




















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ESPECIAL DE HOY DOMINGO: UNA SONÁMBULA EN LA ISLA DE JERSEY, POR LIDIA JORGE

 







1. Vivimos y nos alegramos de estar vivos, pero en materia de conocimiento, somos meros sonámbulos sobre esta Tierra. Si alguna vez tuve dudas acerca de esta caminata en camisón, con los ojos cerrados y los brazos extendidos hacia la cerradura de una puerta que no somos capaces de abrir, pues tal es la vida, la confirmación me llegó el pasado mes de septiembre, cuando visité la isla de Jersey por primera vez.

Debo confesar que, durante un periodo indefinido entre la infancia y la adolescencia, la palabra jersey evocaba en mí únicamente un género de tejido. Una prenda cómoda y flexible que les sentaba de maravilla a las mujeres jóvenes, pero que mis tías dejaron de usar en cuanto su figura empezó a redondearse. El jersey les estaba vedado. En aquel entonces, debí de hacer una asociación errónea, pensando que se trataba de una tela importada de la ciudad de Nueva Jersey. La existencia de la isla de Jersey, responsable del nombre de la ciudad estadounidense, y de su correspondiente tejido, debió surgir mucho después, pero solo se convirtió para mí en una realidad geográfica concreta cuando, hace dos meses, un viernes, un avioncito de British Airways atravesó la niebla con sus alas y aterrizó sin incidentes en la pista de su pequeño aeropuerto.

2. Había buscado en Google. La isla de Jersey aparecía con pocas referencias: una de las islas del Canal de la Mancha, que se separó geológicamente de la costa francesa hace unos 10.000 años. Por lo demás, se mencionaba que en la actualidad era una dependencia de la Corona británica, una isla de vacas pequeñas, un paraíso fiscal con mucha leche, una intensa actividad bancaria, y una moneda semiindependiente. En cuanto a los inmigrantes portugueses, alrededor del 10% de la población hablaba portugués, y esa era la razón por la que me había dirigido allí. En cuanto al hotel, la breve descripción de Google, para no extenderme demasiado, apenas mencionaba que era una hermosa mansión victoriana y quién la había construido. Pero al llegar al auténtico Hotel Savoy de Jersey, concreto y real, la dimensión del asunto se amplió.

3. Resulta que, durante la Segunda Guerra Mundial, los oficiales nazis estuvieron instalados allí durante la ocupación, y durante mucho tiempo la bandera con la esvástica ondeó en su fachada. Allí se calzaron sus botas, almorzaron y cenaron durante cinco años. Al retroceder en el tiempo, surgieron imágenes de los primeros bombardeos del puerto de Saint Hélier, así como relatos del desembarco sucesivo de material bélico destinado al avance de las tropas alemanas sobre Gran Bretaña, y empezó a perfilarse una narrativa singular del conflicto entre 1940 y 1945, repleta de detalles realistas y bien documentados. Así supe de la decisión de Churchill de que la población tomara rumbo a Inglaterra, abandonando animales y pertenencias, utilizando cualquier clase de embarcación: fuera la que fuera: buques, yates, barcazas o incluso pequeños barcos de transporte de cemento. Vi la imagen de la multitud de deportados que abandonaba la isla, de los que se marchaban y de los que, por el contrario, permanecían aferrados a los animales y a la tierra. Y de repente, la isla de Jersey empezó a revelar cómo se había producido, en su subsuelo, una conmovedora síntesis de la historia, cómo invasores e invadidos habían coexistido y cómo, en este explosivo compositum, la fanfarria de los ocupantes se combinaba a la perfección con los fusilamientos de los combatientes de la resistencia.

Y cómo hubo traiciones por vocación, y traiciones por necesidad imperiosa también. Cómo algunas personas, por actos de generosidad, fueron deportadas y gaseadas, como fue el caso de Louise Gould, mientras que otras, por el contrario, se pusieron el uniforme del ocupante, gorra de visera rígida, botas y cinturón, festejaron, bailaron y durmieron con el enemigo. Cómo, al final, cuando la derrota de Alemania ya se había consumado, la isla se convirtió en tierra de nadie, y tanto invasores como invadidos, hambrientos, no tenían nada que comer. En una imagen singular, uno de los soldados alemanes muestra la cabeza de un gato. El otro sostiene el cuerpo. Van a comérselo. Sí, en la isla de Jersey, la sonámbula encontró una pequeña biblia descriptiva sobre el comportamiento de las poblaciones sometidas a los efectos del hambre y la guerra.

Pero supe más, supe que era esencial visitar el túnel de varios kilómetros excavado en el basalto, un gigantesco búnker construido por los invasores para almacenar armas y servir como hospital. Tomamos un taxi, dimos la dirección. Le pregunté al taxista, residente de Jersey desde hacía casi dieciséis años, si alguna vez había visitado el túnel. Respondió: “No, nunca he estado allí, no me gustan esas cosas tristes”. Sin comentarios.

4. La exposición montada en ese oscuro túnel, donde se documentan todo tipo de sufrimientos, da cuenta del trabajo forzado de prisioneros rusos, belgas, franceses, españoles y norteafricanos, y la narración de la crueldad que allí se produjo resulta absolutamente ejemplar. En la entrada, cada visitante recibe, a modo de billete, una tarjeta de identificación de uno de los antiguos residentes de Jersey. La Identitaetskart que me tocó en suerte llevaba la fotografía de una joven de dieciocho años, llamado Belza Authen Turner, nacida en Canadá el 23 de julio de 1923. Soltera, de cabello castaño y ojos gris azulados, vivía en una calle de Jersey llamada Richelieu. Provista de esta identidad entré en el túnel de la muerte, que mandó excavar la ambición de un dictador sin escrúpulos. Iba a escribir su nacionalidad, pero no quiero ofender a los alemanes de hoy. Me niego a confundir a los exterminadores desvergonzados con sus conciudadanos. Los de ayer y los de hoy. Hace tiempo, a principios de los años setenta del siglo pasado, todavía había en Portugal quienes asociaban a cualquier alemán con los antiguos nazis. Pude ser testigo. En un complejo turístico del Algarve, el gerente se negó a recibir a una familia berlinesa. Pero una persona que presenció la discusión dijo algo que aún recuerdo: “Olvídalo, porque el Holocausto no fue obra de los alemanes. Fue obra de un puñado de individuos, que por casualidad formaban parte de la humanidad”.

5. Por lo tanto, puedo afirmar que en Jersey no fui simplemente al encuentro de una isla atlántica que, vista desde un satélite, tiene la forma de una almohada sobre la que apoyar la cabeza. Ni siquiera de la historia de una ocupación militar ocurrida hace ochenta años. Fui al encuentro de la cruda realidad del presente: los mismos puentes que conectan los territorios ocupados, las mismas mazmorras para encarcelar a los opositores, las mismas ejecuciones, la misma deshumanización del adversario, el mismo sentimiento exacerbado de grandeza invencible e innegociable entre la población, la misma santificación de los sacrificios para justificar la victoria que se producirá, aunque el mundo entero arda por ello. Somos los mismos.

Pero me temo que, en nuestros días, en comparación con la tragedia que tuvo lugar en la isla de Jersey, existe una gran diferencia. El 7 de junio de 1945, los reyes de Inglaterra, para reconocer el papel desempeñado por la población resistente, se embarcaron y fueron personalmente a agradecérselo a los habitantes de Jersey. El lado justo de la Historia había triunfado. De aquellos años surgió una generación con la idea de que los usurpadores habían sido derrotados. Se podía contar la terrible historia a los niños como si, tras el horror, el desenlace hubiera sido justo. Sin embargo, hoy en día, los hechos indican que ocurre todo lo contrario. No falta la resistencia en varios frentes del conflicto, pero todo apunta a que la fuerza bruta se impondrá a la justicia. Si esto fuera así, si acabamos presenciando la capitulación de las víctimas, de los masacrados y agredidos, no sé qué historia pacificadora podrán contar los jóvenes de hoy a sus hijos. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana). Publicado en El País.


















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sábado, 31 de octubre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY SÁBADO: ESCRIBIR SOBRE LA CATÁSTROFE, POR LUIS GARCÍA MONTERO

 







Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. Pero tampoco puedo dejar de escribir, porque el accidente ferroviario de Urda ha marcado la actualidad española y ha marcado mi actualidad. La desolación que tengo y el dolor por las víctimas hace imposible que guarde silencio. Las vías de tren que unen Andalucía con Madrid forman parte de mi vida desde hace muchos años. He viajado cientos de veces solo, o con mi pareja, o con mis padres, o con mis hijos, o con mis amigos. Así que las noticias sobre las víctimas y sus familiares se convierten en un dolor íntimo y cotidiano. Comprendo lo que puede significar que estallen por los aires y se rompan de golpe las raíces, los cristales, los hierros, los asientos y las plazas más queridas de una intimidad.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. El accidente ferroviario de Urda me ha traído muchos recuerdos literarios. Y no sólo por las veces que he abierto un cuaderno o un ordenador para escribir un poema o un artículo. Me viene ahora al corazón la voz de mi padre leyendo en voz alta “El tren expreso de Campoamor”, cuando un hombre desencantado intentaba recobrar la quietud y la sensatez, o los viajes de Antonio Machado, en un vagón de tercera y ligero de equipaje. Son recuerdos importantes de mi vida, pero la tristeza no me permite encerrarme hoy en los recuerdos y en la literatura.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. La actualidad vuelve a llenarse de crispación, buitres carroñeros, agitadores dispuestos a sacar partido político para meterse con un ministro o un Gobierno, sin respeto al dolor de las víctimas y sus familias. Una vez más es indigna la dinámica, pero no quiero alimentar una polémica sobre los bulos y las crispaciones interesadas, porque me pesa el abatimiento mucho más que la indignación contra los aires dañinos que se han apoderado de los debates sociales.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. Uno se siente identificado con los compañeros de trabajo y con las personas que salen a la calle, se colocan en las puertas y guardan un minuto de silencio, cinco minutos, para expresar la tristeza y la solidaridad. Abro mi ordenador, miro las teclas, la pantalla, y siento la necesidad del silencio, el deseo de que la vida cotidiana comprenda y participe de una pesadumbre que se apodera de los edificios, las plazas y las calles de nuestras ciudades. Y también de la habitación de una casa, de la silla, de la mesa, de un silencio acostumbrado a buscar palabras para contar lo que me pasa.

Resulta difícil escribir, porque no es atractivo duplicar todo lo que ya se ha dicho en estos días, todo lo que se ha escrito, pero tampoco es aceptable buscar la originalidad, buscar el protagonismo de una ocurrencia, la singularidad de un punto de vista que añada novedades a la noticia. Resulta muy comprensible el luto de los bolígrafos, de las teclas del ordenador, de los dedos de la mano y de los labios.

Pero la dificultad y la tristeza no pueden evitar que preguntemos como ciudadanos y nos preguntemos como sociedad por los motivos de la catástrofe, por las causas y por las responsabilidades. Y parece necesario utilizar la palabra responsabilidad en plural, porque un error humano no se convierte en origen único de las catástrofes. Sólo alcanza una gravedad rotunda cuando se produce en contextos descuidados y favorables. Hay que exigir un análisis serio de la situación, conocer los motivos y reconocer las responsabilidades. 

En un escenario crispado, que tiende una y otra vez a mentir y echarle las culpas al otro, puede ser un gesto valorable y de dignidad política aceptar las propias responsabilidades. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. Publicado en Tinta Libre.













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