domingo, 25 de octubre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY DOMINGO: MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA EL PERIODO ELECTORAL, POR NURIA LABARI





 



Antes de disfrutar de la juerga electoral recuerde que detrás de cada adversario hay un ser humano que ha sufrido lo mismo que usted. Y por lo mismo que usted. Y sepa que si aún no lo ha hecho, lo hará. Es importante por eso que se abstenga de llamar a sus rivales políticos como si fueran tribus en vez de personas. No diga zurdo, no diga facha, no diga fascista en estos días. Su lenguaje no modificará los votos y empobrecerá el diálogo. Un adversario agresivo no es más que un adversario que tiene miedo. Si usted es agresivo con él, tendrá aún más miedo.

En democracia no hace falta amar al prójimo, pero sí escuchar a los que piensan distinto. Hable de política siempre que pueda y esfuércese en hacerlo sin usar consignas. Las conversaciones en la sobremesa con quienes no estamos de acuerdo puntúan doble en este periodo. Sus ideas no van a cambiar, pero los bandos nos separan mientras que el diálogo nos acerca y el hecho es que vamos a vivir juntos. Distinga entre opinión y conocimiento cuando su pensamiento eche a volar. Conozca a los demás. Fíjese en quienes tienen más problemas que usted, quienes lo están pasando peor, fíjese en esos con menos suerte (o vínculos o estudios o dinero o casas o trabajo) y no piense que se lo merecen o que a usted no le va a pasar. Porque a todos nos pasa lo de todos. Piense a quién votaría si fuera una de esas personas que no es y cuáles serían sus intereses. Infórmese con cuidado. Las redes sociales están más sucias estos días, esté atento para no mancharse. Y cuide el lenguaje, el analógico y el virtual, porque la gramática puede ser más violenta que cualquier idea. Si, por ejemplo, fuera usted a entrevistar al presidente del Gobierno, no lo tutee. No lo trate como a un colega, y si es su amigo, entonces entrevístelo como a un amigo, no como a un presidente del Gobierno. Un simple “tú” puede ser un golpe bajo innecesario. En lo que respecta a la gramática, deje de hablar en singular para referirse a cientos de miles. La juventud, la madurez y la vejez son etapas de la vida, no partidos políticos ni tipologías de votantes. Ni los jóvenes son emocionales, ni los viejos están seniles, ni los boomers son egoístas. Recuerde que cada votante (sea cual sea su edad) tiene un nombre y un apellido. Repase a todos los que piensan distinto y que le ayudaron alguna vez. Observe que es una lista más larga de lo que creía y compruebe que todos tienen un nombre que recuerda. No maltrate (por nada del mundo) a los niños en estas jornadas. Existe una violencia psíquica, igual que existe una violencia política y ambas se enseñan de la misma manera. La violencia iguala todas las cosas porque todas las destruye, también la infancia, también la conciencia, también la democracia. Ya hay bastantes abusones en el patio de cualquier colegio, que no vean más en casa. Si te toca ser niño en un mundo como este, lo último que debieran quitarte tus padres es la capacidad de ponerte en el lugar del otro. Aunque sepa a quién va a votar, no actúe como si lo tuviera decidido. Piénselo en serio, piénselo de verdad, piénselo todos los días. No da igual, no existe el voto útil ni el inútil, solo un voto que es suyo. Y que es un tesoro de todos. Nuria Labari es escritora. Publicado en El País.





















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ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO: LA ISLA VACIADA, POR LEONARDO PADURA

 






1. En el aeropuerto internacional José Martí de La Habana hay una línea aérea con destino a otros países cuya fila tiene una reveladora peculiaridad: entre los pasajeros que se disponen a chequear, siempre hay varias familias que incluyen niños. Todos los días. Durante muchos días. Un empleado de esa aerolínea me ha dicho: cada semana se va un aula escolar. Cada dos meses sale del país una escuela, concluye. El dato, absolutamente empírico es, sin embargo, tan real que provoca, cuando menos, preocupación. La nación pierde así parte de su futuro y esa es una coyuntura que provocará muchas consecuencias.

Ahora el destino de esos viajeros, que en realidad son migrantes que se van para no volver —al menos sin intenciones de hacerlo— es Guyana, el puerto de llegada de los vuelos de esa aerolínea. Algunos de ellos se quedarán en ese país suramericano, medio perdido de las expectativas migratorias universales, aunque la mayoría seguirá en busca de las fronteras brasileñas, a las que llegarán por diversos medios ya más o menos establecidos. En ese país les espera una legalización de su estatus que resulta bastante expedita y la posibilidad de encontrar trabajo. Para los padres de esos niños, y para ellos mismos, ese es el futuro, y confían en que será mejor que el presente que han estado viviendo por años en su país.

Durante un tiempo, antes que Guyana, el punto de desembarque de esos emigrantes cubanos, muchos de ellos con sus niños a cuestas, fue Nicaragua. Desde allí, en los más diversos medios —cuya seguridad y rapidez dependían de la tarifa que se pudiera pagar— emprendían el recorrido por parte de Centroamérica y México conocido como “la ruta de los coyotes”. Buscaban la frontera sur de Estados Unidos, país al cual ingresaban con relativa facilidad por su condición de ciudadanos cubanos. Esta vía de escape, a la que muchos recurrieron a partir de 2021 cuando se aliviaron las restricciones de la pandemia del coronavirus, se le ha calculado un costo de unos 10.00 dólares. Hace un par de años, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la exigencia nicaragüense de un visado para ingresar en su territorio, semejante opción de escape se clausuró, al mismo tiempo en que se suspendía la otra vertiente migratoria de los programas de visados humanitarios, parole y de reunificación familiar que había establecido el gobierno del demócrata Joe Biden, luego cancelados por Trump quien, además, ha ordenado deportaciones de algunos de los beneficiados con esos programas migratorios.

Una porción importante de los migrantes cubanos llegados a Nicaragua que no lograron pasar a Estados Unidos, hoy permanecen en México y han formado populosas colonias como la de la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, o en Cancún, Quintana Roo. Establecidos en México, luchan por construirse el futuro y muy pocos son los que han optado por regresar a su lugar de origen. Mientras, en la ciudad brasileña de Curitiba existe hoy una “pequeña Cuba” en la donde se han asentado muchos de los salidos de la isla del Caribe.

Además, en todos esos años recientes uno de los sitios más concurridos de La Habana son las oficinas del Consulado General de España, sitio en el que se procura mucho más que una “visa para un sueño”: se aspira al pasaporte europeo que puede haber sido la mejor herencia que les dejó el abuelo español que emigró a Cuba huyendo de la pobreza en que vivía y persiguiendo lo que ahora buscan sus descendientes cubanos: un futuro.

A todas estas personas los empujan más o menos las mismas razones: las carencias de la vida cotidiana en Cuba que no han hecho más que crecer en los últimos años hasta límites que pueden resultar grotescos. Y, sobre todo a los que viajan con esos niños que cada semana suman los integrantes de un aula escolar, los mueve un ansia de concebir un futuro que para ellos está en otra parte. Y a veces ni siquiera importa la parte, solo la distancia.

2. Unas cifras recientemente publicadas por la ONEI, la Oficina Nacional de Estadísticas e Información de Cuba, ponen incluso más dramatismo al proceso migratorio en curso pues, junto a otros índices demográficos también muy reveladores, ofrecen la certeza de cómo Cuba se está vaciando.

Los números hablan con la frialdad de la certeza: al comenzar el año 2026 la población efectiva de la isla era de 9.434.593 habitantes, lo que expresaba la tendencia al decrecimiento poblacional que se ha acelerado desde el año 2021, luego de superados los controles establecidos por la pandemia. En el año 2022 en el país vivían de modo efectivo 11.113.215 personas, lo que ahora arroja un déficit poblacional de 1.678.622 residentes efectivos en la isla, o sea, ciudadanos cubanos que permanecían al menos 180 días en el país. Sin embargo, el dato puede resultar engañoso pues, eliminada la restricción que obligaba al viajero/emigrante a permanecer esos seis meses en el país y la vieja figura migratoria de la “salida definitiva” que implicaban la pérdida de la residencia, en realidad deben ser varios miles más (¿centenares de miles?) los que hoy están fuera del país por tiempos indefinidos. Personalmente, conozco a muchos de esos.

¿Cuántos entonces viven en Cuba? Posiblemente menos de nueve millones de habitantes, lo que entraña una diferencia poblacional de más de dos millones en apenas cuatro años. Quizás un 20% de su población, porque, según la ONEI, entre 2024 y 2025 la perdida fue de 313.414 habitantes, de los cuales, solo en el 2025 incluyó a un cuarto de millón de emigrantes… Y siempre recuérdese que, por los costos y las complejidades de las más recurridas de estas vías escapes, del país se han ido los que han querido y podido, pero no todos los que lo hubieran deseado.

Ahora, si a este panorama ya dramático se le suma (1) el proceso de envejecimiento que se constata en un país, donde en 2023 el 24,4% de su población superaba los 60 años, (2) la reducción de los nacimientos cuyas cifran solo alcanzan la mitad de las defunciones, y (3) la consecuente disminución de la fuerza laboral, es fácil colegir lo que implican todos estos fenómenos en los ámbitos laborales, profesionales y de reemplazo poblacional, pues, como incluso se afirma en documentos oficiales “la población es el principal recurso con que cuenta la nación para su desarrollo”. La situación es, obvia y definitivamente, alarmante.

Varias son las causas que han estado incidiendo en el fenómeno migratorio que está vaciando la isla y de las cuales mucho se ha hablado. Las condiciones materiales de la vida cotidiana se han deteriorado a extremos casi inconcebibles y en esa realidad hay responsabilidades compartidas: de un lado las ineficientes políticas económicas del Gobierno, que no se atrevió a realizar a tiempo cambios que hoy se pretenden y que pocos de ellos se logran concretar pues, del otro lado, está la extrema presión que ejerce sobre la isla la actual administración estadounidense que ha declarado, incluso, que nunca habían aplicado semejante rigor efectivo sobre el Estado cubano para provocar un cambio de sistema. Esas dos fuerzas son hoy como las tapas del sandwich que aplasta en el medio a los ciudadanos cubanos, más que al Gobierno que se mantiene en su sitio y posición política.

Y mientras, la gente cubana se va, envejece, sufre de la alienación que les provoca su circunstancia y vemos como el país se vacía, se desangra, y no se vislumbra en el horizonte el dique que pueda contener esa avalancha humana. Leonardo Padura es escritor y periodista, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015. Publicado en El País.
















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ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO: DONDE NO HAYA POSEEDOR NI POSEÍDA, POR ELVIRA LINDO

 







Haga usted memoria. Piense en todas las películas o series que ha visto en su vida en las que aparecían prostitutas. Tal vez no reparó demasiado porque las prostitutas aparecían como un elemento más de la decoración de un club en el que los hombres hablaban de sus negocios o sus crímenes, que era el asunto crucial de la trama. Lo más habitual en esa lista que usted está haciendo es que las historias le vengan a la memoria asociadas a directores varones, porque los retratistas del mundo prostibulario han sido ellos. Prostitutas en comedias, analfabetas y graciosas, prostitutas que no cobran si se encuentran con un follador prodigioso, prostitutas que aparecen en fichas policiales, prostitutas que salen de una tarta, que se contonean en una barra, que se meten billetes entre las tetas, que son asesinadas junto al gobernador de turno, prostitutas de buen corazón, prostitutas que hacen su servicio junto a la cuna del bebé. Qué poco se nos contaba de ellas. Qué poco sabemos aun encabezando el ranking de más puteros de Europa. ¡Y el tercero a escala mundial!

Asumiendo esta vergonzosa estadística seguro que alguno de estos máquinas nos cede caballeroso el paso en el portal. La manera en que esa sórdida realidad ha sido representada en el cine siempre ofrecía a la mujer en bandeja, con su abanico de poses obscenas. Al final, acababa convirtiéndose en un regalo añadido para el espectador que quería ver a una mujer mostrando el culo. Debía ser por los noventa cuando el escritor Luis Mateo Díez comentó en una cena, “no hay película española en que no se presente a una mujer de rodillas”. El comentario me sonó chocante, porque masivamente se entendía que la libertad era eso. Hoy recordándolo me resulta esclarecedor: lo sórdido de ese universo siempre se contaba a través de la exhibición del cuerpo femenino. Siendo la sutileza y la elipsis tan celebradas, qué poco la contemplamos para retratar la desgracia de estas mujeres. Y en absoluto estoy en contra de las escenas de sexo, pero puestos a ser libres, distingamos la humillación del deseo.

Como ya siento el bufido del batallón de ofendidos les animo a ver la serie El Castillo, que rastrea en el negocio de la trata de mujeres y de los macro prostíbulos que florecieron en los años del pelotazo y aún hoy esconden vidas esclavizadas. La sensibilidad de los guionistas, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, y las directoras, Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, les hizo cuestionarse con rigor cómo afrontar la sordidez de este negocio boyante. Buscaron referentes cinematográficos y lo que encontraron fueron anti referentes, películas firmadas en ocasiones por directores que, siendo admirables, habían asumido que la dominación solo podía narrarse sexualizando a la dominada. Aquí vemos, en cambio, la patética pose del que ejerce el poder con el culo en pompa, la incapacidad de sentirse avergonzado por comprar el uso y disfrute de un cuerpo por un rato. La asepsia emocional del encuentro.

Como son muchos los que han destacado y destacarán la brillante interpretación de Raúl Arévalo, yo me detendré en esa actriz colombiana, Valentina Vidal, que sobria y contenida nos ofrece un gran retrato del dolor. Esa escena en la que canta distraídamente en el club mientras espera al próximo cliente, ay. ¿De verdad es su primer trabajo? Aunque se abusa del adjetivo “necesario” para definir historias comprometidas, es esta una serie necesaria. Usted puede ser el putero, el policía, la juez, el taxista que recoge a las chicas asustadas en el aeropuerto, usted puede ser el médico que las examina, usted podría ser su padre. No son caricaturas, son estremecedoramente humanos. Ahora, cuando dejemos a un lado en la carretera uno de esos carteles luminosos, pensaremos en ellas. Y para contraponer tanta vileza, recordemos los versos borgianos, “loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan”. Elvira Lindo, es escritora. Publicado en El País.



















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ESPECIAL DE HOY DOMINGO: OVIEDO, CAPITAL DE ESPAÑA, POR JORDI AMAT

 







Era como una ciudad dentro de la ciudad, cuentan los historiadores del lugar. Había sido un convento y, después de la Desamortización, se transformó en la Fábrica de armas de La Vega. Estamos en Oviedo. A finales de los años veinte del siglo pasado el edificio de la Escuela de Artes y Oficios empezó a ser operativo. Hoy es testimonio de un pasado industrial que define la identidad de la comunidad del mar y la mina. En una de las aulas de la escuela se lee este lema en la pared: “El trabajo todo lo vence”. En el distribuidor del que salen las escaleras para subir al primer piso otro lema dirigido a los que aprendieron cifras, letras y un oficio: “Amad y respetad esta escuela”. La fachada es de ladrillo visto y para entrar en el edificio hay unas escalerillas donde el jueves se montó el escenario. Allí cantó Patti Smith. Allí esa viejecita princesa con trenzas infantiles y camisa de leñador no pudo disimilar su alegre emoción: el público que la escuchaba era un coro que acompañó su interpretación de People have the power. En el estribillo dejó que cantasen y ella incrustó algunas verdades: votad, manifestaros, creedlo. Momento mágico.

Otro momento mágico. Esta vez transcurre en un no lugar, un espacio sin sentido. Transcurre una tarde en el jardín de un hotel en la Guadalajara de México. Hace dos años. Oviedo está muy lejos, pero está presente. Xuan Bello —escritor asturiano y en asturiano— estaba solo, no lo conocía, me acerqué, encendió un cigarrillo y ya no recuerdo por qué me describió con la magia de sus novelas aquel abrazo que le dio Felipe VI. Me dijo que tenía una misión: debía trasladarle un mensaje en apariencia sencillo por encargo del presidente de la Fundación Princesa de Asturias. “Dale recuerdos de mi parte”. Se los dio. El Rey lo abrazó. Xuan Bello quedó desconcertado. Seguía sin entender lo ocurrido mientras me contaba la anécdota junto a un pequeño estanque hortera y artificial. Murió al cabo de poco más de medio año. Hace pocos días el presidente del Principado estuvo presente en el acto de renombrar un instituto de Oviedo con el nombre del autor de Paniceiros. Anunció que propondría la concesión de la Medalla de Asturias a título póstumo. Ahora le diría que aquel gesto tal vez era el agradecimiento por haber creado unos premios que nos permiten decir, con orgullo, que hay esperanza.

La magia es posible o al menos necesitamos creer en ella. Durante unas horas, cada año, se siente cerca del lugar donde los coros proclamaron que la gente tiene el poder de luchar contra los monstruos. Allí donde Leonard Cohen explicó cómo un joven español le enseñó a tocar los primeros acordes con una guitarra en Montreal y desapareció. Al lado de ese atril en el que Joan Manuel Serrat se arrancó con Aquellas pequeñas cosas después de pronunciar otra lección de vida decente. Exactamente allí, este viernes, por unos segundos pudo vislumbrarse como un ala volaba y bailaba sobre el escenario del Teatro Campoamor. “Y si hay algo / Que pudiera hacer por ti / Serías un ala / En el cielo azul”. Patti Smith cantó a capella Wing tras haber recibido el diploma que la acredita como Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026. Después de ella habló otra princesa y citó a María Zambrano para hablar de la “esperanza de una historia que se abre”. Sonaron las gaitas. Un niño argentino lloraba porque Messi le había firmado la camiseta. Oviedo volvió a ser la capital de la mejor España. Jordi Amat es escritor. Publicado en El País.


















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sábado, 24 de octubre de 2026

ESPECIAL OCHO DE HOY SÁBADO: EL PORQUÉ DEL NAUFRAGIO DE MACRONISMO, POR ANDREA RIZZI

 






Una prolongada parálisis desde la derrota en las elecciones europeas de junio de 2024 y ahora terribles convulsiones. El viaje del macronismo empezó con el asombroso éxito político de un hombre sin partido cargado de ideas, y termina con un triste calvario. ¿Qué pasó?

La explicación es obviamente multifactorial. Pero probablemente su raíz fundamental sea un desgarro mal gestionado. Una brecha provocada por el movimiento dañino de distintas placas. Una de clase, entre los segmentos superiores, —no solo las élites, sino también la media-alta— que prosperan en el nuevo mundo, y los populares. Una territorial, entre los espacios que están en el corazón del nuevo tiempo y los periféricos. Otra identitaria. Otra puramente emocional, de dignidad herida, de orgullos, de expectativas. En el vacío abierto por esas brechas —un fenómeno ni exclusivo de Francia, ni generado por el macronismo— fermenta la ira. Macron fracasó en gestionarlo. Este argumento, sin embargo, debe observarse lejos de ciertas denuncias un punto caricaturescas que abundan contra Macron.

Consideremos su reforma de las pensiones, que provocó enormes protestas y el inicio del fin de su ciclo político. Cabe observar que elevar la edad de jubilación de los 62 a los 64 años no parece una iniciativa irracional e hiperliberal, y quienes le criticaron por ella, por lo general, no han reclamado al Gobierno progresista español que rebajara a 62 la edad de jubilación en España, donde se sitúa en al menos 65, y más si no se tiene un cierto recorrido de cotización. Se pueden criticar aspectos específicos y modalidades de ejecución de aquella reforma, pero es intelectualmente deshonesto considerar esa reforma en conjunto como un disparate neoliberal y obviar su sentido de equilibrio intergeneracional.

Otro problema muy señalado, y real, es el déficit desbocado, que ahora limita el margen de maniobra y obliga a tomar decisiones dolorosas que nadie quiere asumir. Curiosamente, esto es, en parte, el fruto de una política de consistente protección ―tampoco en línea con la imagen liberal de Macron― llevada adelante en sucesivas crisis, desde la covid hasta el shock por la guerra de Ucrania. Se gastó en amortiguar.

Lo que sí tuvo un corte liberal fue la acción para recortar ciertos impuestos, principalmente sobre empresas y capital. El recorte fomentó la inversión, pero no redundó en un crecimiento sostenido, y la mezcla de gasto sostenido, recortes de impuestos y crecimiento anémico ha causado un déficit muy grave. Ahora no hay margen.

Los impuestos que generaron la revuelta de los chalecos amarillos, de por sí, tenían una intención verde que tampoco responde al estereotipo del liberal poco implicado con la lucha contra el cambio climático. Pero la medida fue otra herida para esas clases descolgadas de la cresta de la ola del tiempo moderno.

El macronismo pues no ha sido un neoliberalismo caricaturesco, ni un thatcherismo, ni siquiera el reformismo de las medidas laborales Hartz del socialdemócrata Schröder. Pero dejó sangrar esa herida, y puso sal sobre ella con una actitud política presidencial altiva, distante, muy intelectualizada. Macron es la encarnación de las élites en un tiempo en el que triunfan políticos que hablan directo y al grano con lenguajes simplones y con pocas lecturas.

El resultado de esto es que la tasa de pobreza se situó en 2024 (dato disponible más reciente) en un 15,4%, el más alto de la serie, iniciada en 1996. Muchos más son aquellos que se sienten ciudadanos de segunda, desconectados de una manera u otra de la posibilidad de prosperar. Esto ocurre en un país con servicios públicos muy potentes. Francia tiene un gasto público que supera con creces el 50% del PIB, mucho más que España. Macron no lo amputó. Pero no solo cuenta el contexto sustancial, sino también las percepciones. Y ahí el macronismo ha fallado, propagando una imagen de desconexión de la gente común.

Macron acertó de pleno en apelar a la autonomía estratégica de la UE o en reclamar mayor firmeza europea ante la competencia desleal china. Desafortunadamente, se le ha hecho caso demasiado tarde. Pero no supo percibir y manejar adecuadamente las brechas que desgarran a Francia. Paradójicamente, la opción con más posibilidades de evitar la calamidad de una presidencia Le Pen es cierta continuidad macronista: Édouard Philippe, su primer ministro en el primer mandato, que podría conseguir pasar a la segunda vuelta con opciones si se retira de la competición otro macronista, Gabriel Attal. Pero incluso si eso pasara, no sería una salvación. El macronismo ha naufragado y hay que corregir el rumbo de navegación. Andrea Rizzi es analista de política internacional. Publicado en El País.

























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ESPECIAL SIETE DE HOY SÁBADO: LA PALABRA DESORDEN, POR MARTÍN CAPARRÓS

 





Sí, podría ponerme más pomposo, más grandilocuente, pero lo que vi fue el pajarito. Un pájaro bonito, negro intenso, su pico anaranjado, su porte distinguido, esa manera de comer sin prisas —como si el mundo tuviera que esperarlo. Vi el pajarito, mediodía de octubre y, una vez más, me maravilló que la larguísima sucesión de azares de la selección natural haya podido pasar de una ameba invisible a estas plumas espléndidas. Un vez más, la pregunta de cómo pudo suceder y la envidia —la relativa envidia— de aquellos tiempos en que la respuesta era que un dios.

Fue terrible, admirable, fácil y difícil. Al principio los hombres se inventaron unos dioses que se les parecían: grandes familias donde todos se disputaban todo, cada cual quería conseguir lo que quería y, para eso, cada quien hacía lo que podía. La confusión reinaba en el Cielo como en la Tierra hasta que ciertos egipcios, babilonios, indios, pensaron que si cada banda tenía un jefe indiscutido, único, las de los dioses también debían tenerlo. Después otros darían el gran paso: no solo habría un dios jefe; se cargarían a todos los demás, se inventarían un dios único. (No, no voy a acusar a nadie de genocidio de dioses.)

La consecuencia de esa idea era radical: un monodiós perfecto tenía que haber creado un mundo perfectamente perfecto, el producto de una mente todopoderosa: un universo donde cada cosa, cada acción tendrían su lugar y su razón. Y así vivimos, durante muchos siglos, en esta urba llamada Occidente: aceptando el orden supremo de ese ser supremo que llamaban dios y el orden supremito de ese ser supremito que llamaban rey. Así vivimos, con el alivio de saber que si pasaba tal o cual, tantas cosas horribles, no era inútil ni gratuito: todo tenía sentido porque Él lo había decidido, por nuestra culpa, para nuestro bien.

“Nuestra Era cristiana” fue el triunfo de la idea de que una sola voluntad guía mejor que muchas y que rendirse ante esa voluntad es lo más sensato que un pueblo puede hacer. El dios único impuso su orden, poder omnipotente.

Hasta que empezamos a rebelarnos, hace dos o tres siglos. Los más lanzados y los más valientes ya no creían en Él ni le creían. La rebelión llegó a su cumbre borrascosa cuando el doctor Darwin y compañía limitada empezaron a mostrar y demostrar que aquel mirlo —y todos los demás, las víboras, los chinos, las uñas, las orquídeas— no resultaron de la inspiración de un ente mágico sino de millones y millones de años de ensayo y error de nadie, una búsqueda que no sabía qué buscaba o, mejor, millones y millones de búsquedas que no sabían que buscaban y, por eso, terminaron encontrando todo esto.

Fue uno de los momentos más reveladores, más aterradores de la historia. Había que ser muy valientes para pasar de la comodidad y el alivio de aquel mundo creado por un ser superior a este mundo azaroso, confuso, sin reglas ni comandos: reemplazar, en unos pocos años, el orden más perfecto por la conciencia del desorden. Y aceptar, entonces, el desafío de vivir en un mundo que debemos ordenar todo el tiempo.

El gran cambio de la modernidad fue renunciar a la ilusión de un orden perfecto, inmutable, y enfrentarse a la realidad. No hay orden natural; el estado natural es el desorden y debemos esforzarnos para organizarlo. Hubo momentos en que el inmenso set de reglas con que intentamos establecer un orden funcionó; hubo otros, como este, en que no. Entonces el desorden aparece, casi desnudo, obsceno, como en estos días.

Ahora, aunque nos joda, sabemos que cualquier orden que intente organizarnos es un invento —uno entre tantos posibles— que puede desarmarse cualquier día. De hecho ahora estamos en un momento desarmado: nos falta ese consenso, modelos diferentes chocan y, por supuesto, no nos entendemos.

Acordar un orden común permite, entre otras minucias, ponerse de acuerdo en qué es verdadero y qué no. Es un trámite que ayuda bastante: eso es un pajarito; no, eso es un robot; te digo que es un pajarito; bueno, para mí es un robot.

La idea es encontrar un entendimiento que nos permita asegurar que es un pajarito —o un robot. Cuando no lo tenemos se hace muy difícil conversar, porque no hay forma de saber qué dice el otro. Y claro, a esta altura tampoco podemos extrañar los tiempos en que los pajaritos eran criaturas del Señor, así que estamos complicados. Teníamos una buena cantidad de acuerdos y hemos dedicado estas últimas décadas a romperlos. Vaya a saber cuánto nos costará construir los próximos. Martín Caparrós es escritor. Publicado en El País Semanal.



















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ESPECIAL SEIS DE HOY SÁBADO: SABERLO TODO SOBRE NADA, POR JAVIER SAMPEDRO








La frase más repetida en las tertulias políticas es seguramente “yo no soy jurista, pero…”, seguida de cerca por “yo no soy economista, pero” y “yo no soy encuestador, pero”. Vivimos en la autarquía de los expertos, y es lógico que así sea. Quizá la realidad no sea más compleja que antes, pero nuestra percepción de la realidad sí que lo es, porque cada vez disponemos de unas herramientas más afiladas para analizarla. Cada ángulo del mundo se ha vuelto tan complicado que, en efecto, hace falta un experto para entenderlo. No es nuevo que los tertulianos políticos opinen sobre las sentencias del Tribunal Supremo. Lo que es nuevo es que ahora sienten la necesidad de arrancar con el topicazo del yo-no-soy-jurista-pero antes de ponerse a opinar como han hecho toda la vida.

El fenómeno alcanza el paroxismo en ciencia, donde el trabajo de un grupo no lo suele entender ni el del laboratorio de al lado. No es infrecuente que un científico dedique toda su vida profesional a investigar el espín de una sola partícula subatómica o el funcionamiento de un milímetro cuadrado de córtex cerebral. Y estas investigaciones son necesarias, porque son la forma de avanzar sobre bases sólidas. La teoría más bella se desintegra en el mismo instante en que contradice un solo dato bien tomado. Los datos son la única religión del científico, y obtenerlos requiere investigadores altamente especializados.

Pero los datos no son conocimiento por sí mismos. Los movimientos de los planetas se explican igual de bien poniendo la Tierra en el centro o poniendo el Sol. La revolución copernicana no se basó en nuevos datos, sino en un cambio de perspectiva, como ese cubo de Necker que salta de una interpretación a otra sin que cambie nada en el mundo externo. Copérnico es un ejemplo perfecto de cómo añadir conocimiento sin obtener nuevos datos. Y nuestra expertocracia es el paradigma de lo contrario: toneladas y chorros de datos que no añaden conocimiento. Y aquí sí que hay que mirar un poco más allá de la pecera de la especialización para imitar el salto copernicano, o para hacer flip como el cubo de Necker.

Un científico al que conocí el siglo pasado decía que la especialización consiste en saber cada vez más sobre cada vez menos hasta llegar a saberlo todo sobre nada. Necesitamos generalistas. No hipergeneralistas —gente que sabe nada sobre todo, apurando el aforismo—, sino generalistas modestos, en el sentido de que saben mucho de unas pocas cosas. Los descubrimientos matemáticos, por ejemplo, se deben a menudo a gente como Henri Poincaré, que dominaba distintas áreas de las matemáticas y encontraba nexos profundos entre ellas.

Por eso los grandes avances científicos son unificaciones, como explicar los movimientos de los planetas en el cielo del ocaso, las fases de la Luna y la caída al suelo de las manzanas por la misma fuerza gravitatoria. O revelar que la electricidad y el magnetismo son dos formas de mirar al mismo fenómeno, y que la luz es su manifestación más notable. O que el cerebro está hecho de células igual que el resto del cuerpo.

Lo que pasa es que aquí no nos vale el generalista del tipo yo-no-soy-jurista-pero. Necesitamos más bien alguien que sepa bastante de ciencia jurídica y también de ciencia política, de modo que pueda hallar nexos útiles entre ambas. Puede que un robot, que lo ha leído todo, sirva algún día para ese propósito. Entretanto, tendrán que ser los analistas los que se sumerjan en varias materias con cierta profundidad. ¿Demasiado pedir? Oh, vamos. Como dicen en las series moñas, nadie dijo que fuera a resultar fácil. Así que deja de decir yo-no-soy-jurista-pero y hazte con los conocimientos necesarios. Los ciudadanos queremos que entiendas el mundo y nos lo expliques. Por ese orden. Javier Sampedro es científico genetista. Publicado en El País.

 
















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ESPECIAL CINCO DE HOY SÁBADO: BASTARÍA CON QUERER HACERLO, POR ROSA MONTERO

 






Desde luego no ha sido la primera vez que sucede algo así, ni, por desgracia, era inesperado, pero el rechazo de los decretos de vivienda ha vuelto a dejarme anonadada. Se ve que las fuerzas políticas de nuestro país son incapaces de colaborar en causas esenciales, tan esenciales, en fin, que van mucho más allá de los valores partidistas y son transversales, afectando a toda la sociedad, sea cual sea su ideología. No digo que los decretos fueran perfectos ni suficientes. Todo es susceptible de mejora. Pero usar la catástrofe habitacional para arreciar en el pimpampum electoralista y politiquero me parece deprimente (además de que deben de estar sordos y miopes, dada la indignación que arde en las calles).

La realidad es siempre compleja, molesta, tenaz e irreductible. No se adapta a nuestra voluntad ni a las ideologías. El caos inmobiliario es poliédrico y de muy difícil solución, y empeora por el hecho de que está todo pringado de demagogia. Tomemos, por ejemplo, el tema de la ocupación. El problema no es ni muchísimo menos tan grave como trompetean las desfachatadas empresas antiokupas, pero desde luego existe y es peor de lo que sostiene cierta izquierda negacionista. Un familiar muy cercano mío lo ha sufrido, sin ir más lejos; unos indeseables entraron en su único piso en propiedad en el breve tiempo que medió entre dos inquilinos, aunque por fortuna pudo echarlos. Porque además no todos los okupas son familias maravillosas aplastadas por el sistema: también hay canallas. Lo mismo que entre los inquilinos: hay sinvergüenzas a los que hay que desahuciar. En realidad, tampoco creo que haya que hablar sólo de los derechos de los pequeños propietarios y demonizar a todas las empresas; cuando sucedió la insensata tragedia de Maricarmen, un buen amigo me contó el caso de una prima anciana suya que vivía en Madrid en un piso alquilado por sus padres en los años treinta y que ella mantenía con una renta prehistórica. El edificio fue adquirido el año pasado por una inmobiliaria que, tras proporcionar a la mujer otro piso semejante en el mismo barrio (Lavapiés), se ha comprometido a alojarla gratis hasta el fin de sus días. Así que la cuestión no es ser una empresa o un particular. La cuestión es tener principios éticos o ser un tipo mezquino. Creo que todos sabemos cuándo estamos comportándonos mal, solo que a los miserables eso les da lo mismo. Diré por último que hay gente pobre malvada y gente rica estupenda, una obviedad tan rematadamente obvia que avergüenza escribirla, pero es que a veces me parece que vivo en un mundo que algunos se empeñan en ver como de Disney, plano y tópico, cuando, como digo, la realidad es pertinaz y maliciosa e insiste en emborronar los paisajes impecables que nuestros prejuicios han dibujado.

A todo este lío hay que añadir que la justicia nunca puede ser justa del todo. Aunque los legisladores intenten crear una ley lo más favorable posible para la mayoría de las personas, siempre habrá alguien que saldrá perdiendo. Así que, en democracia, resulta inevitable tener que elegir un mal menor, y esa elección sin duda está tamizada por nuestra manera de ver el mundo. Tomemos por ejemplo el sistema penal, que puede ser más o menos garantista, es decir, puede enfatizar la presunción de inocencia del acusado y sus posibilidades de defensa, o bien ser más restrictivo y punitivo. Porque desde luego es imposible conseguir un funcionamiento por completo perfecto; siempre habrá culpables que logren salvarse del castigo e inocentes condenados de manera injusta. Personalmente, ¿qué te preocupa más a ti? ¿Qué te parece más angustioso? Ambos errores son terribles, pero creo que, sin que estemos hablando de un coladero, yo prefiero la vertiente más garantista; me perturba más destruirle la vida a un inocente que el hecho de que un culpable quede suelto. Pues bien, sucede lo mismo en el ámbito inmobiliario. Prefiero que las personas de bien que tienen todo el derecho de desalojar a un sinvergüenza deban cumplimentar algún trámite engorroso, a que inquilinos en estado de extrema vulnerabilidad como Maricarmen puedan ser echados a la calle fácilmente. Son, ya digo, maneras de ver la realidad. Y, por otra parte, las leyes no están escritas en piedra; se prueban, se reforman y se pueden cambiar si no funcionan. A veces tengo un sueño, como Luther King. Sueño que sería fácil entendernos, y que bastaría con querer hacerlo. Rosa Montero es escritora. Publicado en El País Semanal.




















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