jueves, 6 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] La historia como ciencia de la verdad. [Publicada el 26/07/2014]








 A la memoria de mi profesor en la UNED, 
don Antonio Antelo, 
que me enseñó 
a amar la Historia 

"Ni el pasado ha muerto ni está el mañana ni el ayer escrito", dice uno de los versos más famosos de Antonio Machado. Parece que estuviera hablando de la Historia. Una ciencia que en su busca de la verdad, nunca acaba de estar escrita del todo. Nuestro gran filósofo José Ortega y Gasset dijo sobre ella: "Los historiadores son los notarios del pasado. [...] Cuando se escribe historia o se hace literatura, o se hace precisión, o se calla uno". Y en su famoso prólogo a las "Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal" de Hegel, dice: "Tener ideas es cosa de filósofos. El historiador debe huir de ellas.La idea histórica es la certificación de un hecho o la comprensión de su influjo sobre otros hechos. Nada más, nada menos".
El pasado mes de junio Revista de Libros publicó un artículo del profesor del Pomona College de Claremont (California), Kenneth Baxter Wolf, titulado "La conquista islámica. Negacionar el negacionismo", en el que se realizaba una reseña crítica del libro "La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado: Del catastrófismo al negacionismo" (Madrid, 2013), del profesor de Historia Medieval en la Universidad de Huelva, Alejandro García Sanjuan. 
El propio profesor García Sanjuán expone en su libro que la tarea del historiador profesional tiene tres dimensiones que no pueden separarse una de la otra: 1) la elaboración del conocimiento histórico; 2) su transmisión a la sociedad; y 3) su preservación a todo intento de tergiversación y manipulación cualquiera que sea su procedencia.
La idea fuerza del libro del profesor Sanjuán -dice el reseñador- es una llamada a las armas contra la tergiversación del pasado en forma de dos mitos relacionados con la conquista de la península Ibérica el año 711. El primero de esos mitos la idea de que la presencia musulmana fue algo ajeno, una catástrofe que puso a la "España cristiana" bajo dominación musulmana. El segundo mito, por el contrario, sostiene que esa conquista nunca llegó a producirse y que en los cambios que se produjeron en la Península a partir de ese año los árabes y los musulmanes solo jugaron un papel secundario.
Para el profesor Baster Wolf si el libro del profesor Sanjuán hubiera hecho suyas las tres tareas definitorias de la profesión histórica expuestas más arriba, debería haberse preguntado, sin repartir etiquetas previas de "catastrofistas" o "negacionistas", que pasó realmente el año 711, conduciendo al lector a la inevitable conclusión de que esa fecha fue testigo de algún tipo de cambio de régimen en el que se vieron involucrados auténticos musulmanes, que ese cambio no fue muy contestado por los habitantes nativos de la Península, y que a largo plazo ese cambio supuso el primer paso hacia una transformación lingüística y religiosa de la mayor parte de sus pobladores.
Un mes más tarde, en el numero de julio de Revista de Libros, el profesor García Sanjuan responde a la reseña de su libro realizada por el profesor Baxter Wolf con un extenso artículo que lleva por título "La tergiversación del pasado y la función social del conocimiento histórico. Una réplica a Kenneth B. Wolf"
La discusión, para disfrute de historiadores, está servida. Pueden leer ambos artículos en los enlaces de más arriba.
Como en la antigua y no finiquitada controversia sobre la identidad de España que a mediados del pasado siglo mantuvieron los historiadores Claudio Sánchez Albornoz (España es un producto de la cristiandad medieval) y Américo Castro (España es el producto de un mestizaje de siglos de judíos, moros y cristianos) en la que yo tomo partido inequívoco por el segundo de los citados, ahora, como mero interesado en la materia, pienso que la razón está de parte de los que piensan que lo que ocurrió el año 711 d.C. en la Península, fue más una invasión que una conquista pero también "algo más". Y en ese algo más es donde está la clave sobre los orígenes de al-Andalus. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












De los debates científicos

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del biólogo Javier Sampedro, va de los debates científicos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.











La ciencia necesita debates
JAVIER SAMPEDRO
29 JUN 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Darwin no escribió El origen de las especies (1859) mientras flotaba en el vacío cósmico. Dejando aparte que su propio abuelo, el médico y visionario Erasmus Darwin, había escrito el primer libro evolucionista 90 años antes, los naturalistas franceses habían calentado el tema mientras avanzaban las primeras décadas del siglo XIX. Y el punto crítico de esa larvada revolución intelectual fue un debate. Sí, una de esas cosas con las que tanto racanean los políticos bendecidos por las encuestas. La controversia cara a cara tuvo lugar en 1830 entre Étienne Geoffroy y Georges Cuvier, los dos biólogos franceses de referencia en la época, y encarnizados enemigos en materia científica y otras.
Geoffroy es el antihéroe de esta historia. Su inteligencia crítica se había centrado obsesivamente en la unidad que subyace a la embriagadora diversidad del mundo vivo. Un humano, una ballena y un murciélago no pueden ser más distintos desde fuera, pero basta hurgar un poco en su estructura para hallar la lógica profunda que comparten. Dentro de la aleta de una ballena están el húmero, el cúbito, el radio, las muñecas y los cinco dedos, solo que cambiados de forma y algo desaprovechados. Lo mismo cabe decir de las alas del murciélago. Hay una estructura fundamental, una unidad de plan, bajo las apariencias caprichosas. Esta era la mentalidad de Geoffroy, y es obvio que prefigura la idea de la evolución.
Pero el debate lo ganó Cuvier, que era un orador mucho más hábil. Eso convierte a Cuvier en el villano de la gran polémica decimonónica, porque el tipo ha quedado como un reaccionario que se oponía al flujo de la historia. Esta idea no es exacta. Cuvier prefería centrarse en la extraordinaria adaptación que muestran los seres vivos a su entorno y sus condiciones de vida: en el hecho de que las ballenas tuvieran aletas y los murciélagos tuvieran alas, fuera cual fuera la arquitectura fundamental de esos apéndices.
Faltaban dos siglos para las redes sociales, pero el debate fue tan sonado en París que llegó enseguida a oídos de Goethe. Y de Darwin, por supuesto, unos años después. En realidad, el gran naturalista británico resolvió la discrepancia mirando la cuestión desde un piso más arriba, como ha ocurrido a menudo en la historia de la ciencia. La unidad de plan de humanos, murciélagos y ballenas se explica por su origen común. Y las adaptaciones al entorno se explican por la selección natural. Esa es la teoría de Darwin. Una síntesis, como todos los avances científicos.
El último gran debate arrancó en 1998, cuando el neurocientífico Christof Koch se apostó una caja de vino con el filósofo David Chalmers a que no llevaría más de 25 años averiguar cómo el cerebro genera la consciencia. Eso es justo ahora, y el congreso anual de la Asociación para el Estudio Científico de la Consciencia (ASSC) declaró ganador al filósofo el pasado viernes en Nueva York. Chalmers dice que Koch se arriesgó mucho con la fecha, pero admite que el campo ha avanzado en estos 25 años, y ya no tiene duda de que acabará resolviendo ese enigma fundamental que nos ha confundido durante 100.000 años. El conocimiento avanza con los debates. Dejen de racanear.



































miércoles, 5 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] El primer asesinato de Franco. [Publicada el 26/01/2018]










Situémonos: Las Palmas de Gran Canaria, junio de 1967. Faltan unos días para mi boda y mis padres y mis hermanos han venido desde Madrid para asistir a ella. Nunca antes han estado en Las Palmas. En Tenerife, sí, unos meses, en La Laguna, en enero de 1941. Y más tarde en Valverde, en la isla de El Hierro, entre 1941 y 1945, en que marchan a Málaga, donde yo nazco en febrero de 1946. Se alojan en el Hotel Madrid, en la plaza de Cairasco, el mismo en el que en julio de 1936 se alojó el general Franco. Mi novia y yo salimos de paseo con mis padres y mis hermanos por Triana. Llegamos al parque de San Telmo donde estaba, y sigue estando, la sede del Gobierno Militar de Las Palmas, y mi padre me comenta que desde allí salió Franco para Marruecos el 18 de julio de 1936. Y que había venido a Las Palmas para el entierro del gobernador militar de la provincia, el general Balmes, muerto unos días antes en un accidente fortuito al disparársele su pistola. Y agrega mi padre, como quien no quiere la cosa, que lo del accidente no se lo creyó nadie y que el general Balmes fue "invitado" a suicidarse o, simplemente, fue asesinado. ¿Cómo podía saber eso mi padre, un capitán de la guardia civil en la reserva desde 1956? Él no llegó a Canarias hasta 1941. Y el 18 de julio de 1936 le cogió en Barcelona, donde estaba destinado en el parque de automovilismo como conductor al servicio del coronel Escobar. No tengo respuesta para eso. En cualquier caso su comentario de aquel día mientras paseábamos por el parque de San Telmo no me pareció fruto de un chisme oído en una sala de banderas tiempo atrás. Murió en 1989. Y nunca volví a oírle mencionar el asunto. 
En julio de 2011, a raíz de un artículo del periodista canario Juan Cruz en El País sobre la teoría del asesinato del general Balmes del historiador Ángel Viñas, dejo constancia en Desde de trópico de Cáncer, de mi sorpresa porque se considerara novedoso aquel hecho, y expongo la anécdota de mis recuerdos de junio de 1967.     
Siete años después, comenta de nuevo en El País Manuel Morales, el historiador Ángel Viñas sostiene en un nuevo libro que el informe sobre la extraña muerte del militar, dos días antes del golpe, señala al caudillo como urdidor de la misma.
Han pasado siete años, comienza diciendo Manuel Morales, del “creo que” al “ciento por ciento de seguridad” en el análisis del historiador Ángel Viñas (Madrid, 1941) de la causa de la misteriosa muerte del general Balmes. En 2011, este catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid sostenía, en su libro La conspiración del general Franco, que este, entonces en Santa Cruz de Tenerife como comandante general de Canarias, ordenó asesinar a Amado Balmes Alonso, comandante de la guarnición de Las Palmas, por su oposición a la inminente sublevación contra la República. Viñas advertía de que no tenía pruebas. Balmes murió, el 16 de julio de 1936, en el campo de tiro de La Isleta (Las Palmas), en un accidente absurdo para un militar fogueado en la Legión. Mientras practicaba, una pistola se le encasquilló y para solucionarlo no se le ocurrió nada mejor que forzar el cañón apoyándolo en su vientre. El resultado fue un disparo que acabó con su vida en pocas horas.
Esa es la versión que dio el franquismo y cristalizó, ratificada por la publicación, en 2015, de un libro del historiador Moisés Domínguez. Esa obra aportó como novedad la copia de la transcripción de la autopsia, que practicaron dos forenses. También se incluía la declaración del chófer de Balmes, el soldado Manuel Escudero, el testigo que trasladó al moribundo a la casa de socorro.
Viñas responde ahora a esa publicación y a sus defensores con El primer asesinato de Franco (Editorial Crítica), que sale el próximo martes y cuyo título señala al general como urdidor de la muerte de Balmes, acaecida dos días antes de empezar la Guerra Civil. Franco llegó a presidir la comitiva fúnebre, como muestra una foto tomada en Las Palmas el 17 de julio. Su viaje de Tenerife a Gran Canaria para las exequias le vino de perillas. Al día siguiente pudo tomar el avión inglés De Havilland 89, modelo Dragon Rapide, que había aterrizado en la isla canaria el 14 con la misión de llevarle a Tetuán para comandar las tropas en África. Lo que ocurrió después es de sobra conocido: la intentona golpista fracasó, entre otros lugares en Madrid y Barcelona, y estalló la Guerra Civil.
Colaborador de EL PAÍS, Viñas firma esta obra, de 652 páginas, junto a un experto en anatomía patológica y otro en aeronáutica: Miguel Ull Laita, patólogo jubilado y doctor en Medicina, y Cecilio Yusta Viñas, comandante jubilado de Iberia. El meollo del volumen está en el análisis, coma por coma, del informe de la autopsia que apareció en 2015. Viñas la invalida en su forma y fondo. Para empezar, esta copia del original tiene erróneo el año: “21 de abril de 1936” (por 1937). ¿Por qué? “Además, la terminología coloquial usada contrasta con un documento forense. Se dice pecho en vez de tórax, y vientre en vez de abdomen”.
Pero la clave de la mistificación está en el bazo. Viñas expone la contradicción entre la mención que hace el informe del orificio de entrada de la bala y los destrozos que causó en el cuerpo. Si el disparo penetró por el vientre y con la trayectoria que dice la autopsia, las lesiones internas no pudieron ser las que señala el texto, sobre todo las del bazo, “que queda distante” del hipotético disparo. Esos daños solo pudo ocasionarlos una bala que hubiese entrado más arriba, debajo de la axila izquierda. Lo que abre la posibilidad a un disparo a quemarropa perpetrado por el asesino.
El mismo día de la muerte, el vespertino Diario de Las Palmas contó precisamente que el orificio de la bala estaba en esa zona, junto a la axila. “Fue una información anterior a que los golpistas controlasen la situación”, escribe. “Después, los medios reprodujeron la versión oficial”. El historiador concluye que la autopsia refleja “una imposibilidad anatómica” y que “se manipuló para ocultar lo ocurrido”. Como en todo crimen, la pregunta es: ¿a quién benefició?
Esa bala mortal dejó pista libre al Dragon Rapide, el bimotor no militar, procedente de Londres, que esperaba a Franco para llevarlo al Protectorado. Para no levantar sospechas, la aeronave llegó a Gran Canaria con un exmilitar inglés y su familia de vacaciones. El avión no aterrizó en Tenerife para recoger al futuro dictador porque en Las Palmas estaba Balmes, el obstáculo que podía oponerse a sus planes con su importante guarnición y debía ser eliminado, argumenta Viñas. “Se trataba de un militar cuya trayectoria invita a pensar que no estaba en la conspiración y que era fiel a la legalidad”. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












De la flecha del tiempo

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Azahara Palomeque, va de la flecha del tiempo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
























La flecha rota del tiempo
AZAHARA PALOMEQUE
28 JUN 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Estamos recién mudados a Córdoba. Escribo de noche en una azotea aún caldeada por el sol acumulado en las losas y, al brillo del ordenador, se acercan mosquitos y alguna que otra polilla. No se oye nada, excepto el zumbido de los aires acondicionados de los vecinos y, si me levanto de la silla, puedo contemplar un paisaje sobrecogedor formado por tejados y campanarios. Es tan bella esta ciudad —murmuro—; aunque no abunde el agua y den ganas de arrancarse la piel a jirones por el calor, rezumo no sólo sudor sino felicidad porque, de alguna manera, siento que saldo una deuda con mis abuelos, oriundos de esta tierra, y además me alegra que mi nombre, por primera vez en años, no constituya una fuente de conflictos —como lo era en Estados Unidos—, sino una vereda hacia la pertenencia. Esta tarde, sin embargo, una llamada inesperada ha interrumpido mis ensoñaciones y oficios: se trataba de mis suegros, quienes no han parado de preguntar si esta mudanza era la definitiva, si nos encontrábamos por fin a gusto, implicando con ello lo que juzgan el capricho de las anteriores: en cuántos pisos, ciudades, países habré residido en los tres últimos lustros, entregada a la búsqueda frenética de trabajo o estudios, en buena medida de la mano de su hijo, ese sí, amor duradero. Mis suegros viven en las afueras de Nueva York y han pasado más de una semana herméticamente confinados debido a que los incendios de Canadá volvían el aire de la calle irrespirable; la amplia visibilidad que hoy me regala antiguos minaretes reconvertidos en torres cristianas a lo lejos se reducía en su caso a unos metros exiguos; tras ver sólo humo, inquirían: ¿entonces, os quedáis? Y hemos dicho que sí, aunando una mezcla de miedo y regocijo, como quien reza ojalá y callandito pide un deseo… hasta que estos lares se transformen en desierto.
Hay algo entre esa demanda ciega de estabilidad por parte de mis suegros y nuestra respuesta dubitativa que resbala casi de manera subliminal durante el segundo que transcurre de una palabra a otra; un pequeño tobogán de incertidumbre, el sorbo que se desliza por el conducto inapropiado y no ahoga pero atraganta, provoca tos. Por la boca que intenta hablar se entrecruzan las palabras del sociólogo Richard Sennett: “La flecha del tiempo se ha roto”, y siento cómo esta se desploma en pleno vuelo sobre las losas calientes de la azotea. Al partirse, ha revelado de qué está hecha, ya que el tiempo solo conforma su recubrimiento: lo de dentro es empleo, derechos, vida… o eso observo cuando la recojo del suelo para examinarla. Sennett explicaba hace décadas que la economía gig, esa que exige flexibilidad y movilidad en unos cuerpos jamás acomodados porque deben prepararse para el siguiente recorte o despido, se había encargado de destruir una visión a largo plazo que para el trabajador antaño se configuró como identidad. Rotar de puesto, reajustar el currículum como documento falaz que resume en unas pocas líneas las preocupaciones y esfuerzos de biografías enteras, hacer de lo volátil una casa a cuestas era la nueva normalidad que, como no podía ser de otra forma, cortocircuitaba las emociones y agujereaba los anhelos. Muchos añicos de la flecha proceden de estas circunstancias, pero hay otros pedazos que perpetúan asimismo la distancia generacional e interrumpen los relojes hasta tornarlos fósiles, objetos sólo servibles a la arqueología.
“La maldición de nuestra generación es que el tiempo ya nunca más estará de nuestro lado”, afirma el antropólogo e investigador del CSIC Emilio Santiago Muiño, una alerta que halla en el cambio climático su raíz y, como la humareda de Nueva York, cierra el telón ante nuestros ojos. Si es cierto que “el futuro ya no es fuente de ilusión sino de terror”, los caminos por recorrer se han anudado sobre sí mismos y es esa maraña sin continuación, percibida mayormente por los jóvenes, la que debe desmadejarse con el fin de que surja un horizonte. En plena campaña por el 23-J, la estrategia cortoplacista intrínseca a las lógicas electorales debería entonces despojarse de sus manillas oxidadas y apuntar al grave problema que nos ocupa, la imposibilidad de concebir un mapa más allá de la inmediatez y la angustia que eso acarrea. Mañana subirá unas décimas la temperatura del planeta y se anunciarán, otra vez, récords de catástrofes inasumibles si nos consideramos una especie responsable; mañana, o su espejismo, será brevísimo al carecer de planes para el día siguiente; mañana amanecerá fragmentado en los programas negacionistas de unas derechas capaces de dinamitar aún más cualquier atisbo de dirección certera, pues no sólo han interiorizado la rotura, sino que se han tejido con ella una bandera tan tupida que asfixia. El vicio de las fuerzas retrógradas consiste en querer detonar lo poco que nos queda cimentado: el Estado de bienestar, algunos derechos sociales; en ocasiones extremas, las instituciones, como atestigüé con el asalto al Capitolio. A ello se añade el juego sucio del tiempo vapuleado en astillas que, sin duda, les favorece: cómo vamos a pensar a largo plazo si, frente a una pantalla, tardamos de media 47 segundos en cambiar de tarea; si nuestro déficit de atención ha sido cuidadosamente diseñado como un cepo para conejos, trampa que distrae y merma las habilidades intelectuales. Cómo vamos a concebir un futuro si apenas logramos activar impulsos primarios, la ira virtual, el miedo, o el deseo articulado en consumo. La derecha aviva el incendio, pero a veces da la sensación de que la izquierda apenas aspira a cercar las llamas de un marco de sentido obsoleto.
El tiempo debe nutrirse de otear los confines, sólo así los cuerpos desafían las discontinuidades y pueden labrarse un proyecto. Es una metáfora que encuentra ecos científicos en la salud visual, pues los médicos advierten de que sufrimos cada vez más dolencias oculares, más fatiga y miopía, como consecuencia de mirar sólo lo cercano: el móvil y no el campo. Antiguamente, a falta de contaminación lumínica, desde una azotea como la mía se habrían podido atisbar las estrellas, lo cual añade otra dimensión histórica a nuestra humilde existencia, la que imprime la velocidad de la luz. Para que un país no se convierta en un cuarto lóbrego con vistas a un muro el recorrido de cada vida que lo habita debe ser vasto en dignidad, largo en libertades y garantías ecológicas extensibles también a otros territorios, escaso en amenazas. Que la vida era un asunto a elaborar por el camino ya lo contó Antonio Machado, pero para eso es preciso la superficie dúctil que aloje la huella en lugar de los abismos que pisamos con frecuencia (llámense precariedad, sequía o inundaciones). Para que la política contenga más que eslóganes vacíos, cuando no directamente arremetidas contra una vulnerabilidad social en procesos de aceleración, debe recoger la flecha y comprometerse a repararla. Únicamente así podré decirles a mis suegros sin titubeos: nos quedamos por fin en Córdoba, maravilla de sol y patios que me legaron mis ancestros, coordenadas que elijo consciente de un pacto con el futuro.