jueves, 12 de enero de 2023

De la imbecilidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Fernando Savater, va de la imbecilidad. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.







Palabrotas
FERNANDO SAVATER
07 ENE 2023 - El País

Sería injusto decir que en los USA carecen de esa facultad satírica que se burla de la ridiculez humana. Ahí están Groucho Marx, W. C. Fields o Woody Allen para probar lo contrario. Y antes que ellos, el gran Ambrose Bierce y Henry Louis Mencken. Este último por cierto escribió The American Language, obra que viene al pelo para esta columna. Porque quienes evidentemente carecen de sentido del ridículo y de esa ironía que desde Sócrates ha sido el tono de la sabiduría occidental son los profesores de la Universidad de Stanford (California), que proponen una supresión masiva de palabras “dañinas” que retrasan el progreso moral del mundo. Para empezar, Stanford es una de las instituciones académicas más distinguidas, con 81 premios Nobel en su haber y un presupuesto medio por alumno universitario de dos millones de dólares. Pues ese areópago de cráneos privilegiados (Bierce dijo que “la erudición es el polvo que cae desde una estantería en un cráneo vacío”) ha decidido suprimir palabras que alteran el alma como “adicto” (mejor “persona con un trastorno por abuso de sustancias”), “loco” (mejor “sorprendente” o “salvaje”), “senil”, “aborto”, “caballero”, “señorita” y “chicos” (hay que decir “gente” para evitar el machismo). ¡Ah, “hispano” también está mal: mejor “latinx”…! Las voces abolidas están viciadas de colonialismo, lacra suprema de una raza que ha vivido de y para colonizar, de machismo, de menosprecio a los raros, de jerarquización especieísta… Suprimidas las palabras se acaba con la rabia de que son portadoras y así progresamos (dijo Cioran que progreso es el nombre de la injusticia de cada generación con las anteriores).
No me sorprende que la ortodoxia ideológica vuelva imbéciles a los científicos. Pero cuando en vez de “estoy loco por ti” digo “me vuelves salvajemente diferente”, caramba, me gusta…
























[ARCHIVO DEL BLOG] Las buenas intenciones. [Publicada el 14/02/2017]









Hay un proverbio español que dice: "El infierno está empedrado de buenas intenciones". Su significado está claro: de nada sirven los buenos propósitos si no van acompañados de las obras. Es lo mismo que viene a decir la periodista cubana Yoani Sánchez en su artículo de hace unos días en El País titulado Medir la desesperanza, en relación con las últimas medidas de Obama sobre Cuba antes de dejar la presidencia. Sí, fueron bienintencionadas, pero no han movido nada dentro del régimen cubano porque este es impermeable a cualquier posibilidad de apertura desde dentro del sistema. Tiene razón Yoani Sánchez en su lamento. Y una vez más me ratifico en mi estupefacción ante la admiración y el despiste de buena parte de la izquierda española y europea hacia el régimen castrista, un régimen que no cabe calificar sino como nauseabundo, a costa de quedarme ciertamente corto en mi opinión sobre él.
Al eliminar la política de pies secos / pies mojados, Obama no solo cortó una vía de escape para los cubanos, dice Sánchez, sino que aumentó el abatimiento que trae la crónica ausencia de sueños, la sensación de asfixia generalizada. Las estadísticas engañan, añade. Solo reflejan valores mensurables, realidades tangibles. Los organismos internacionales nos atiborran de números que miden el desarrollo, la esperanza de vida o el alcance de la educación, pero rara vez aciertan en graduar la insatisfacción, el miedo y el desaliento. Con frecuencia en sus informes se describe a una América Latina y a sus habitantes encerrados en la inopia de los dígitos.
Este año, continúa diciendo, la región tendrá un tenue crecimiento del 1,3%, según ha pronosticado la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Un dato que apenas logra transmitir la envergadura de las vidas que dejará arruinadas el renqueante andar de la zona. Los proyectos inconclusos y un largo rosario de dramas sociales se acentuarán en muchos de estos países en los próximos meses. El caldo de cultivo donde brotan los populismos. Sin embargo, añade, el drama mayor sigue siendo la falta de horizontes que experimentan millones de habitantes de este lado del planeta.
Un haitiano que cruza la selva del Darién para llegar a Estados Unidos, dice más adelante, no lo hace solo impulsado por las míseras condiciones que vive en su país, los destrozos dejados por los fenómenos naturales o las repetidas epidemias que se cobran miles de vidas. El más poderoso motor que lo mueve es la desesperanza, la convicción de que en su tierra no tendrá nuevas oportunidades. No atisbar el fin de la violencia, sigue diciendo, empuja a otros tantos centroamericanos a escapar de sus países. En varias de estas naciones las pandillas se han vuelto un mal entronizado, la corrupción ha corroído el andamiaje interior de las instituciones y los políticos van de un escándalo en otro. El desaliento promueve entonces una respuesta muy diferente a la que genera la indignación. El primero suscita escapar, la segunda rebelarse.
Mientras tanto, señala, en esta isla del Caribe, millones de seres humanos rumian su propia desilusión. Por décadas los cubanos huyeron movidos por la persecución política, los problemas económicos y el hastío. Hasta el pasado 12 de enero esa sensación de asfixia generalizada tenía una salida, se llamaba política de pies secos / pies mojados y el presidente Barack Obama la eliminó a pocos días de concluir su segundo mandato.
Los más acérrimos críticos de aquel privilegio migratorio, dicen, aseguran que incentivó las deserciones y las salidas ilegales. Hay quienes critican también su injusto carácter al beneficiar con prerrogativas a quienes no escapaban de un conflicto bélico, un genocidio o un cataclismo natural. Olvidan entre sus argumentos que el desaliento también merece ser tenido en cuenta y computado en cualquier fórmula que intente descifrar la fuga masiva que afecta a una nación.
Un error similar, expone, al que cometen los organismos como la FAO, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados o la Cepal que se especializan en medir parámetros al estilo de la cantidad de calorías ingeridas cada día, el efecto del cambio climático en los desplazamientos humanos o las décimas que decreció el Producto Interno Bruto de una nación. Sus reportes y declaraciones jamás sopesan la energía que se acumula bajo la frustración, el peso que tiene la decepción o la impotencia en toda migración.
Cuando más de tres generaciones de individuos han vivido bajo un sistema político y económico que no evoluciona ni progresa, dice a continuación, se extiende entre ellos la convicción de que esa situación es eterna e inmutable. Llegan a perder el horizonte y en sus mentes echa raíces la idea de que nada puede hacerse para cambiar el statu quo. A ese punto han ido arribando muchos de los nacidos en Cuba después de enero de 1959 y que crecieron con la convicción de que todo había sido hecho por otros que los antecedieron.
Eso explica, comenta, que un joven que poco antes dormía bajo un techo en La Habana tenía acceso a una cantidad limitada, pero segura, de alimentos a través del mercado racionado y pasaba sus largas horas libres en el banco de un parque se lance al mar en una balsa a merced de los vientos y de los tiburones. La falta de perspectivas está detrás también de una buena parte de los casos de migrantes isleños que han terminado en los último años en manos de traficantes de personas en Colombia, Panamá o México.
Washington no solo ha cortado una vía de escape, dice, sino que la decisión de la Casa Blanca ha terminado por subir los grados de ese abatimiento que trae la crónica ausencia de sueños que caracteriza al país. La Ley de Ajuste Cubano, implementada desde 1966, se mantiene para quienes logren probar que son perseguidos políticos, pero la sensación más extendida entre los potenciales migrantes es la de haber perdido una última posibilidad de alcanzar un futuro.
Sin embargo, sigue diciendo, ese menoscabo de la ilusión tiene pocas posibilidades de transmutarse en rebelión. La teoría de la olla de presión social a la que Obama ha cerrado la válvula de escape para que el fuego de las estrecheces internas y la represión la hagan estallar suena bien como metáfora, pero no incluye algunos importantes ingredientes. Entre ellos la resignación que desarrollan los individuos sometidos a realidades que se presentan como inmutables.
La creencia de que nada puede hacerse y nada cambiará, escribe más adelante, se mantiene por estos lares como el principal estímulo para levar anclas y partir hacia cualquier rincón del planeta. La olla no estallará con un mar de gente en las calles derrocando al Gobierno de Raúl Castro y entonando himnos en ese soñado “día D” que tantos se cansaron de esperar. Quienes crean que el cierre de una puerta migratoria actuará como el chasquido de los dedos que despierta a una sociedad hipnotizada a la conciencia cívica, se equivocan. La cancelación de esa política de beneficios en territorio estadounidense no alcanza para crear ciudadanos.
Una nueva barrera burocrática es poca cosa ante quienes consideran que han tocado su techo de vuelo y que en su patria no les queda ya nada por hacer, añade. Esa callada convicción nunca aparecerá en las tablas, los gráficos de barras ni los esquemas con que los especialistas explican las causas de los éxodos y los desplazamientos. Pero desconocerla les hace no comprender tan prolongada escapada. Lejos de los informes y de las estadísticas que todo lo quieren explicar, concluye Yoani Sánchez, la desesperanza llevará a los migrantes cubanos hacia otros lares, reorientará su ruta hacia nuevos destinos. En lejanas latitudes florecerán comunidades que degustarán su consabido plato de arroz con frijoles y seguirán diciendo la palabra “chico” ante muchas de sus frases. Son esos que soltarán una lagrimita cuando vean en el mapa ese trozo de tierra largo y estrecho donde un día tuvieron sus raíces, pero sobre el que nunca pudieron dar frutos.
Yoani Sánchez (La Habana, 1975) es una filóloga y periodista cubana, directora del diario digital 14ymedio, cuya lectura les recomiendo encarecidamente, que ha alcanzado notoriedad mundial por su blog, donde hace una descripción crítica de la realidad de su país. Generación Y estuvo bloqueado en Cuba siendo ahora mismo el blog de ese país con más seguidores. Traducido a diecisiete idiomas por un equipo de voluntarios, llega a tener más de catorce millones de accesos al mes e inspira miles de comentarios.
Ella y su página personal han sido galardonados con numerosos premios y distinciones: el diario español El País le concedió en 2008 el Premio Ortega y Gasset de periodismo, en el apartado de periodismo digital; la revista Time la seleccionó en 2008 entre las cien personas más influyentes del mundo; Generación Y fue elegido por Time y la cadena estadounidense CNN entre los veinticinco mejores blogs del mundo; asimismo, ganó el concurso The BOBs de la Deutsche Welle; además, ha sido la primera bloguera en obtener un premio Maria Moors Cabot, en 2009. 
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt









miércoles, 11 de enero de 2023

De la levedad

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Andrea Rizzi, va de la levedad. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Cien años de levedad
ANDREA RIZZI
07 ENE 2023 - El País

Llegan a su fin las festividades invernales, y Europa se dispone a afrontar ya de lleno el nuevo año. Esta columna no pretende cartografiar cómo podrá ser, sino solo someter a consideración de quien quiera un valor para llevar en el viaje, el primero que planteó Italo Calvino en su ciclo de conferencias Seis propuestas para el próximo milenio: la levedad. Este año se cumple el centenario del nacimiento del escritor italiano.
El autor recordaba cómo en ciertos momentos tenía la sensación de que “el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas y los lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida. Era como si nadie pudiera esquivar la mirada inexorable de la Medusa”. Frente a eso, optó por recurrir al arma de la levedad. Una extraordinaria herramienta literaria, política y existencial.
La premisa fundamental es que, en su intento de explicar las razones de su preferencia por la levedad en la dicotomía con el peso, el escritor no quiso descalificar los argumentos de este otro extremo. A veces, es el camino necesario. Ante la petrificación del mundo que propaga la artillería de Putin, la reacción empieza inevitablemente por lo pesado: armas para defenderse, y de gran calibre. Puede elogiarse el paso dado esta semana por París y Berlín prometiendo entregar a Kiev eficaces vehículos de combate de infantería.
Pero la levedad (nada que ver con la ligereza superficial) es una herramienta de al menos igual importancia que el peso (fuerza y estructura, en su mejor connotación) y, sin embargo, tan a menudo olvidada. Calvino recuerda el mito según el cual es Perseo, “que vuela con sus sandalias aladas […] que no mira el rostro de la Gorgona, sino sólo a su imagen reflejada”, quien logra descabezarla. El mito quiere decirnos algo, y ese algo es, posiblemente, que, a veces, para vencer a las fuerzas de la petrificación debe recurrirse a la levedad.
Europa necesita levedad. Cómo no, para restar ese peso grueso y pedestre que aqueja a tanta de su política. Para disolver esos reflejos nacionalistas que entorpecen en la UE el movimiento armónico en esas áreas en las que la alternativa, en el fondo, es poco más que el rigor mortis. Pero también, por ejemplo, para dar un brinco hacia arriba en mundos como los de la inteligencia artificial o la computación cuántica, que decidirán el futuro, y en los cuales EE UU y China avanzan a la velocidad de la luz.
Los europeos también la necesitan a nivel individual, como demuestran una tras otras estadísticas acerca de la salud mental o encuestas sobre su optimismo. Todas las épocas tienen sus factores de petrificación en la esfera privada; esta tiene la peculiaridad de contar con uno que, como en un mito pavoroso, anda camuflado de levedad. Las redes sociales, o los mecanismos de mensajería de varia índole, que sin duda mucho aportan —pero, ay, ¡cuánto restan!—. A menudo restan humanidad y profundidad. Piensen en los mensajitos que inundan nuestras vidas, tan abundantes en estas fechas, que son útiles, pueden ser bellamente agudos, poéticos, eróticos, pero que han acabado por enterrar en medida muy significativa las conversaciones. Cabe pensar que no ha sido un buen trueque, que detrás de la sensación de levedad del WhatsApp se anida una terrible petrificación humana. Sí, tenía sentido llamar de vez en cuando a una persona querida con la que no podemos quedar con facilidad. Sí, hubiese sido mejor felicitar el Año Nuevo con una breve charla que con ese mensajito. Pero parece que una llamada para conversar es hoy un bien en vías de extinción. Un pequeño ejemplo de las múltiples vías por las que la petrificación avanza en nuestro tiempo.
Calvino escribió en su Levedad que el sentido de su acción literaria fue, la mayor parte de las veces, un esfuerzo para restar peso. Restemos peso. Peso a nuestras dudas, nuestros miedos, nuestros narcisismos, nuestros remordimientos, nuestros instintos rabiosos o rencorosos, nuestra propensión a juzgar a la ligera —no con levedad—, que tan fácil reconocemos en los demás, tan poco en nosotros mismos. A estos engranajes petrificadores que nos restan vitalidad humana. El peso y la opacidad del mundo, escribió, son rasgos que, si no se encuentra la manera de evitarlo, “enseguida se adhieren a la escritura”. A la mayoría también se nos pegan fácil al cuerpo y al espíritu. La levedad, en cambio, es tan difícil de asir. Pero conviene no rendirse, porque a menos levedad, más oscuridad, soledad, dependencia. Él lo logró, fue un autor inatrapable, una espléndida ardilla literaria, que consiguió escabullirse del peso que paraliza y hunde, como Cosimo Piovasco di Rondò en los árboles, el conmovedor Barón Rampante. Casi siempre hay un árbol a mano para subirse, aunque sea un rato, y que no nos pillen.






















[ARCHIVO DEL BLOG] ¡Mira, Plutón! [Publicada el 15/07/2015]











La llegada de la nave "New Horizons" a las cercanías de Plutón inicia una nueva era en la exploración espacial. El País de hoy le dedica al hecho un reportaje especial con vídeos, fotos, diagramas y textos, que relatan el seguimiento de la hazaña desde sus primeros preparativos, allá por enero de 2002, hasta el lanzamiento de la nave, el 19 de enero de 2006. Y desde esa fecha hasta hoy. Un largo recorrido en el que merece la pena detenerse unos momentos y disfrutarlo.
Quizá estamos tan acostumbrados a estas hazañas que no nos percatamos de su alcance. Y algunas veces, incluso, llegamos a preguntarnos que necesidad tiene el hombre de gastar esas cantidades de dinero, técnica, imaginación y esfuerzos con la de necesidades por resolver que tenemos hoy en nuestro planeta Tierra. 
No tengo respuesta para ello. Solo sé, eso sí, que me siento orgulloso de esa hazaña del hombre y de la especie. Y que me ha hecho recordar unas palabras escritas en 1959 por John Steinbeck a su editor, Chase Horton, que figuran como anexo en su libro "Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1992) que estoy releyendo en estos momentos.
Dice Steinbeck: "Cuando leo sobre un universo en expansión, sobre novas y enanas rojas, sobre actividades violentas, explosiones, desapariciones de soles y nacimientos de otros, y luego advierto que la noticia de estos acontecimientos, transmitidos por las ondas de luz, son crónicas de hechos que sucedieron hace millones de años, suele intrigarme qué ocurrirá ahora en ese lugar. ¿Cómo podemos saber si un proceso y una transformación que pasaron hace tanto tiempo no han cambiado radicalmente y las cosas no se han combinado de otro modo? Cabe concebir -sigue diciendo- que lo que en el presente registran los grandes telescopios no existe en absoluto, que esos monstruosos acontecimientos estelares cesaron antes de que se formara nuestro mundo, que la Vía Láctea es un recuerdo llevado en brazos de la luz".
Respeto profundamente a quienes mirando al cielo en una noche estrellada solo ven en ello la obra de Dios. Yo, solo doy un gracias emocionado al Azar que me permite disfrutar, sin comprenderlas, de esas maravillas que son la Vida y la Naturaleza.
Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt












martes, 10 de enero de 2023

De la función de la literatura

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Juan Gabriel Vásquez, va de la función de la literatura. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.






El colonialismo y sus alrededores
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
05 ENE 2023 - El País

En las primeras páginas de A orillas del mar, la novela de Abdulrazak Gurnah que leo por estos días con admiración y retraso, uno de los narradores medita sobre la relación que su país africano tuvo con los colonizadores británicos. Recuerda la educación de su niñez, recibida en la lengua de los colonizadores, y recuerda la impresión confusa que esa educación le produjo. Era, nos dice, algo parecido a la admiración por los colonizadores, que habían llegado con tanta seguridad a estas tierras para hacer en ellas cosas importantes que los colonizados ignoraban: curar enfermedades, por ejemplo, o volar aviones. Pero luego piensa que admiración no es la palabra. Lo que sentía —lo que sentían los niños como él, educados en ese sistema— era más parecido a una concesión. ¿Y qué era lo que les concedían los locales a los colonizadores? Control, dice el hombre: control sobre sus vidas materiales, pero también sobre sus mentes. Y luego vienen estas líneas maravillosas, que me voy a permitir citar sin recortarlas, porque cada palabra importa:
“En sus libros [en los libros de los colonizadores, se entiende] leí relatos poco halagüeños de mi historia, y, como eran poco halagüeños, parecían más verdaderos que las historias que nos contábamos a nosotros mismos. Leí sobre las enfermedades que nos atormentaban, sobre el futuro que nos aguardaba, sobre el mundo en que vivíamos y nuestro lugar en él. Era como si nos hubieran rehecho, y de una forma que ya no nos quedaba más remedio que aceptar, tan completa y ajustada era la historia que contaban sobre nosotros. No creo que nos la contaran cínicamente, pues me parece que ellos también la creían. Era la manera en que nos entendían y se entendían a sí mismos, y en la abrumadora realidad con la que vivíamos había poco que nos permitiera contradecirla, por lo menos mientras la historia tuviera novedad y no fuera cuestionada”.
A orillas del mar se publicó en 2001; en los años que han pasado desde entonces, no creo haber leído una descripción más lúcida de los efectos invisibles del colonialismo. Los otros efectos, los visibles, son bien conocidos de todos, y suelen aparecer con frecuencia en los diarios, tomando casi siempre la forma de hechos violentos o, en todo caso, de sufrimiento humano; pero esto que describe el personaje de Gurnah, la lenta imposición a una sociedad de una historia que no es la suya, es el equivalente sociopolítico de un lavado de cerebro, la conquista de un territorio que es, en últimas, mucho más valioso que el territorio geográfico de un país: el territorio mental. Todos los poderes terrenales que en el mundo han sido han perseguido ese premio, y cualquiera que haya leído a George Orwell sabe bien que, entre muchas otras cosas, eso es el poder político: la capacidad de imponer un relato determinado a una sociedad. Cuando la sociedad compra el relato, cuando lo hace suyo y empieza a vivir en él y a través de él se entiende a sí misma, el poderoso puede decir que ha triunfado.
El colonialismo no es distinto en eso de cualquiera de los otros ismos que nos han tratado de moldear las vidas en los últimos tiempos. Es lo que han hecho los totalitarismos: pienso en el fascista y el comunista, aunque alguno me dirá seguramente que el colonialismo es, en sí, una forma totalitaria (y no le faltaría razón, aunque esta es una conversación más compleja). De cualquier manera, esto me parece evidente: montar una historia sobre el futuro que nos aguarda, rehacernos de una forma que no nos queda más remedio que aceptar, es lo que busca todo el que aspire a dominar una sociedad. Si hubiera que escoger una razón por la cual los novelistas y los poetas son perseguidos, censurados y a veces asesinados por esos poderes, esta me parece la más evidente: la literatura es incómoda porque siempre está rebelándose contra los relatos impuestos, introduciendo el disenso, dando una versión de la historia común que es discordante o insumisa, impidiendo con su mera existencia el asentamiento de una historia única o monolítica. “Eso que usted está contando es falso, o incompleto, o tendencioso”, dice la literatura. “Las cosas no ocurrieron así, o también ocurrieron de otra forma, o habrían podido ocurrir de otra forma, y nuestra historia queda incompleta si esa forma no se cuenta”.
Esto, claro, es terriblemente molesto, por lo menos para el autoritario de turno. Para usar nuevamente las palabras afortunadas de Abdulrazak Gurnah, o de su narrador en su novela: lo que ha hecho siempre la literatura (o, por lo menos, la literatura que me interesa), es buscar, en la abrumadora realidad en que vivimos, lo que nos permite contradecir la historia que algo o alguien trata de imponernos, la historia que se va imponiendo mientras no sea cuestionada. Pero el asunto no tiene que ser solamente político. Theodor Adorno señaló en alguna parte que uno de los rasgos distintivos de un fascista es una profunda aversión a la introspección, o a todos los que inviten a la introspección: por supuesto, la identificación de grupo no puede funcionar si los miembros del grupo están mirando hacia dentro, si no están participando en el relato colectivo o no lo compran o no le creen, si se declaran agnósticos o desinteresados o meramente escépticos. Por el hecho mismo de invitar al ciudadano a volverse individuo privado, a dejar el gregarismo y encerrarse en los mundos que lleva dentro, la literatura de imaginación se vuelve subversiva.
Hace casi 50 años, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa tuvieron en Lima una conversación sin desperdicio. (En realidad fueron dos conversaciones en días seguidos, y se han publicado recientemente en forma de libro con el título Dos soledades: un diálogo sobre la novela en América Latina). Allí comenta García Márquez que no conoce ninguna literatura genuina que sirva para exaltar valores establecidos. Y, a pesar de que se me ocurra el ejemplo de la literatura de Rudyard Kipling, que es al mismo tiempo un escritor genuino y un colonialista redomado, yo entiendo bien lo que dice; y además tengo por cierto que esta es una de las deudas que los latinoamericanos tenemos con los dos novelistas allí sentados, y con otros que van de Alejo Carpentier a Carlos Fuentes, de Guillermo Cabrera Infante a Ricardo Piglia: sus novelas hicieron saltar por los aires la noción misma de historia única, y nos dejaron tras su paso un continente múltiple e inabarcable, de pasado ambiguo y presentes inasibles, de cuya realidad abrumadora tantos siguen tratando de apropiarse. Y ahí vamos los novelistas, tratando de cubrir el continente con historias.
De manera que la novela de Gurnah, que habla sobre todo del colonialismo, puede servir para hablar también de otras cosas muy distintas. Pues todos los ciudadanos de todas las sociedades vivimos en tensión con lo que podemos llamar nuestros narradores: las fuerzas que compiten constantemente por contar la historia que gane, la historia que se imponga. Esos narradores pueden ser instituciones políticas como el Estado o fenómenos históricos como los ismos, pueden ser religiones organizadas (grandes y exitosas narradoras) pero también tendencias culturales, pues nada mueve tanto los relatos de nuestro mundo contemporáneo como la exaltación de las identidades. Sea como sea, más nos vale a los ciudadanos estar vigilantes: contradecir, cuestionar, disentir. Que siempre hay allá fuera alguien decidido a colonizarnos las cabezas.























[ARCHIVO DEL BLOG] Los canallas de las buenas causas. [Publicada el 22/12/2019]











Hay mucho canalla en la defensa de las buenas causas, afirma el escritor Javier Cercas en el Especial dominical de esta semana, algo que ya dejó dicho Albert Camus mejor que nadie: “No es el fin el que justifica los medios, sino los medios los que justifican el fin”.
"El 10 de enero de 1987 -comienza diciendo Cercas-, Leonardo Sciascia publicó en el Corriere della Sera un artículo, titulado “Los profesionales de la antimafia”, en el que denunciaba la perversión de que algunos políticos y magistrados estuvieran beneficiándose de su papel, más o menos real, de luchadores contra la Mafia. Fue una bomba: el escritor que había diseccionado como nadie, en algunas novelas magistrales, la naturaleza tóxica y esquiva de la Cosa Nostra pareció convertirse de un día para otro en el enemigo número uno de la batalla contra la Cosa Nostra, e Italia entera se dividió entre defensores y detractores de Sciascia. Éste aguantó a pie firme el vendaval, y el tiempo le dio la razón. Mejor dicho, el tiempo acabó mostrando que se quedó corto: no son sólo políticos y magistrados quienes han hecho carrera a costa de la lucha contra la Mafia, sino también empresarios, periodistas, funcionarios o prelados; y no se han beneficiado sólo de ascensos dudosos o blindajes políticos, sino de fechorías contantes y sonantes. No es extraño que algunos de los más enconados adversarios de ­Sciascia acabaran reconociendo con el tiempo su “lucidez profética”. Amén.
Hasta donde alcanzo, nadie ha contado la historia de aquella polémica; lástima: sería muy útil hacerlo. Quiero decir que la buena causa de la lucha contra la Mafia no es la única que tiene sus canallas; toda buena causa los tiene. La de la II República española, pongo por caso, fue una causa justísima, pero los republicanos que en la guerra asesinaron a sangre fría a casi 7.000 religiosos fueron unos canallas, igual que son unos pícaros y desaprensivos quienes ahora buscan prestigio y notoriedad a base de intentar monopolizar, banalizándola, la herencia de la II República, que es de todos. También es justísima la causa de las víctimas del Holocausto, pero tenía razón Norman Finkelstein al denunciar, en La industria del Holocausto, el uso del sufrimiento de los judíos por parte del Estado de Israel con el fin de acorazar sus políticas. El combate contra ETA y el islamismo radical son indispensables, pero el GAL y Guantánamo son una canallada. Salvo la de la preservación del planeta, no hay ahora mismo una causa más justa que la que propugna la igualdad entre hombres y mujeres, pero hay mujeres que se aprovechan de ella para usurpar posiciones de poder o privilegio (o simplemente para vengarse). Son sólo unos ejemplos, que podría multiplicar hasta el infinito, porque hay infinidad de buenas causas. La pregunta es: ¿por qué nadie o casi nadie se atreve a denunciar a sus canallas? La respuesta es: porque, igual que Sciascia fue acusado de mafioso por denunciar a los canallas de la lucha contra la Mafia (a pesar de que pocos combatieron a la Mafia como Sciascia), nadie osa arriesgarse a que le acusen de blanquear el fascismo (o el franquismo), de ser un enemigo de la llamada memoria histórica o un cómplice de ETA o el Estado Islámico o el machismo. Y no todo el mundo tiene el coraje de Sciascia.
Y, sin embargo, es una obligación denunciar a los canallas de las buenas causas, sobre todo para quienes creemos que son buenas. La razón es que, aunque una causa sigue siendo buena pese a que haya canallas que la defiendan, los canallas de las buenas causas pueden acabar convirtiendo en mala una buena causa. La razón es que una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una buena causa mal defendida corre el riesgo de convertirse en una mala causa. La razón es que, como ocurre en arte, en política y moral forma y fondo son casi lo mismo. Nadie lo dijo mejor que Albert Camus —que pagó un alto precio por denunciar a los canallas de la buena causa de la izquierda—: “No es el fin el que justifica los medios, sino los medios los que justifican el fin”. Es lo que intentó decir Sciascia —que tanto aprendió de Camus— cuando, en plena polémica sobre su artículo, definió así el núcleo de su postura: “Rechazar aquello que con desprecio se llama ‘garantismo’ —y que es una llamada al respeto de las reglas, del derecho, de la Constitución— como elemento debilitante de la lucha contra la Mafia es un error de incalculables consecuencias”. Amén". 
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt









lunes, 9 de enero de 2023

De las ausencias

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Azahara Palomeque, va de las ausencias. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








El calendario roto, los abuelos fantasma
AZAHARA PALOMEQUE
04 ENE 2023 - El País

Esta vez no habrá aviones. Ni pasaportes, ni colas kilométricas para superar los controles de seguridad, ni una maleta enorme cuyas ruedas se trastabillan en cualquier resquicio con la que pelearme, si es que no se había perdido durante el trayecto. En la historia no contada de los que nos marchamos a buscarnos las castañas a otro país, las Navidades siempre actuaron como un paréntesis de azúcar familiar —a menudo algodonada, pues casi no cabían las disputas en nuestra condición de visitantes— a partir del cual intentar en vano recuperar las raíces. Ahora, que he retornado por fin para quedarme, después de más de una década en Estados Unidos, puedo afirmar con la cabeza alta que esa provisionalidad de la invitada se acabó, con su trasiego de burocracia y encabalgamiento de medios de transporte —taxi, avión, autobús…—, pero que, cuando una pensaba haberse desprendido de los paréntesis puntuales, se encuentra con un fenómeno más desasosegante aún, la elipsis que nace entre la fecha de la emigración (2009 en mi caso) y la de llegada final, y aquí, en dicho suspiro de tiempo, es donde se juega la incapacidad de hilar la vida de antes y la vida de ahora, de aunar las dos como se cosen ambas orillas de una herida: imposible.
Paseo por el piso de mi madre y, a simple vista, pocas cosas han cambiado: los muebles son los mismos; los retratos de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas siguen intactos; las paredes conservan ese gotelé que las torna eternas adolescentes de intratable acné a pesar de las múltiples capas de pintura. Como me empeño en hacer las paces con el pasado y, de alguna manera, recomenzar en el punto histórico que habitábamos cuando me fui, mamá es una joven de cuarenta y muchos años que podría, si quisiera, reñirme por llegar a las tantas de juerga, y no la señora cercana a la jubilación a la que le cuesta cargar las bolsas del supermercado. En la oficina de empleo no aceptaron mis títulos universitarios obtenidos en el extranjero, así que cuento sólo con las licenciaturas: con ese bagaje me inscribí en el paro y luego me di de alta como autónoma. La mayoría de mis amigos no han tenido hijos y, al no haber podido sortear del todo las varias crisis, su cotidianeidad se parece excesivamente a la de antaño: contención en gastos. Hasta ahí, es relativamente fácil untar con la argamasa de la imaginación las dos hebras y figurarme que sigo en la España de antes, un pelín más apagada en protestas, tal vez más asediada por una ultraderecha que carecía de representación parlamentaria al marchar, pero igual en su esencia. Hasta que me doy cuenta de un dato fundamental cuando, al precipitarse sobre mí estos días festivos, busco desesperada a mis abuelos, lanzo una mirada al teléfono, noto la intención de marcar su número —que no he olvidado, aunque ya no lo recoja ninguna guía— y, de repente, una losa me cae encima y ¡boom!, están inexplicablemente muertos, cómo puede ser, si yo iba a retomar la línea de mi biografía justo ahí, en sus hacendosas y arrugadas manos, por donde circulaba la sangre.
Luciana y Antonio fallecieron con casi cinco años de diferencia, pero en la misma mole de desarraigo que me impidió acudir a sendos funerales. Pensar en ellos como esqueletos anclados al muro de un cementerio, osarios rígidos nunca vistos, es tan difícil que, a veces, ni siquiera me provoca dolor, sólo una incredulidad testaruda que es capaz de convertirse en reproche hacia quien me narra su deceso: por mentirosos los odio, no concibo la realidad de esa respiración interrumpida de mis abuelos, y hasta quiero expulsar a patadas a la gente que ahora alquila su casa, por usurpadores de mi infancia y juventud. Es tal mi negación que he soñado con los dos desde el primer día que puse un pie en esta tierra para no escaparme jamás y, en instantes señalados, la veo a ella en la cocina limpiando pescado, o colocando los mantecados en la bandeja plateada de siempre, o revolviendo las fotos de cuando era mozuela, con las que oreaba una coquetería discreta mientras se sonreía, orgullosa. De él escucho su vozarrón al saludar a los vecinos, lo contemplo recogiendo la mesa antes de que los demás termináramos de comer, o dándome algún donativo en pesetas, pues su generosidad era inagotable. Ambos pululan ataviados con la ligereza de quien se sabe inmarcesible, como si encarnasen el espíritu de los dioses griegos, tan perennes precisamente porque sus rasgos eran más humanos que divinos. Y me llevan de la mano, y a la herida que yo insistía ingenuamente en suturar se le van soltando los pespuntes conforme ellos se acomodan dentro, en ese lecho mullido que ya no es carne mía, sino la suya resucitada, aunque nunca pararon de existir, y me obligan a cerrar la boca y no contarle a nadie nuestro secreto, ya que cualquiera me tacharía de loca, incluida mi madre: “¡Ayúdame con la compra, que ya no tengo 40 años!”. Pero da lo mismo; sus padres han cruzado la laguna Estigia hacia atrás y me abrazan precisamente el hueco de la ausencia, donde necesito más consuelo.
El duelo que no viví no pueden forzarme a creerlo, ¿cómo? Si, no importa lo que indague, la memoria exhibe su torpeza al indicarme que a esos dos seres los introdujeron en cajas de pino; si no les he puesto flores; si no guardo conciencia del color de la piel inerte; si la vigilia que, en teoría, se produjo en el tanatorio, ese lugar inhóspito al que fueron arribando primos, sobrinos, y los otros nietos, algunos con obsequios alimenticios para los hijos que ni un rato lograron sacar para cenar, debo inventármela contra mi voluntad, al igual que los rezos que no quise aprender. Cuando los recuerdos no aciertan a construir una verdad tan profunda como la muerte, porque ésta ocurre sólo en el censo y no en la urdimbre colectiva del ritual, entonces la única certeza pasa a ser el fantasma, que llama a la puerta mil veces, que inunda los espejos si intento reflejarme en ellos.
Hay días que me pregunto si mi experiencia comparte algún retazo melancólico con la de aquellas personas que tienen a familiares desaparecidos o sepultados en fosas comunes; otros, el desaliento de quienes perdieron a sus seres queridos a manos de la covid, arrebatándoselos los servicios médicos por miedo al contagio, me genera también empatía, pues la liturgia del entierro se llevó a cabo sin permitir la imprescindible despedida en persona. A veces, siento que cada muerto es en sí mismo una respiración que palpita, levita por los pasillos y hace gala de su presencia en los momentos más insospechados, como resultado de nuestra debilidad contemporánea para dotar de sentido a ese vacío. Sea como fuere, a mi mesa celebratoria de esta festividad, entre copas de champán y viandas, se han sentado tanto Luciana como Antonio, bien acicalados para la ocasión, como ese calendario roto que yo me había empeñado en reparar y ellos me regalan imperfectamente sincronizado, ajustado al cariño que nos debemos.