sábado, 20 de junio de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. LA PAZ CON IRÁN SE JUEGA EN LIBANO, POR SHLOMO BEN AMI. 20 DE JUNIO DE 2026

 






El alto el fuego anunciado entre Estados Unidos e Irán refleja hasta qué punto Donald Trump está desesperado por escapar del atolladero que él mismo creó. Ya nada queda de la confusa serie de objetivos que proclamó en los primeros días de la guerra. Al parecer, lo único que Estados Unidos ha conseguido en el nuevo acuerdo es la promesa de reabrir el estrecho de Ormuz (que estaba abierto antes de la guerra) y planes para nuevas negociaciones sobre el programa nuclear iraní (que ya estaban en discusión). Pero incluso estos objetivos disminuidos pueden resultar inalcanzables si Israel sigue combatiendo a Hezbolá en el Líbano.

Trump ya está harto del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Fue este quien en 2018 le aconsejó abandonar el acuerdo nuclear que el entonces presidente, Barack Obama, había alcanzado con Irán tres años antes (lo que dejó a Trump en la obligación de obtener un tratado mejor).

Netanyahu también convenció a Trump de iniciar esta guerra, pintándole un panorama excitante en el que las dos fuerzas aéreas más poderosas del mundo podrían destruir en un santiamén las instalaciones militares y nucleares de la República Islámica y derrocar a un régimen que hacía mucho tiempo era un incordio para los dos países. Ahora Netanyahu es el último obstáculo para un acuerdo que permita a Trump dejar atrás la pesadilla resultante.

En realidad, Trump y Netanyahu nunca coincidieron. Aunque a Trump le gustaba la idea de una “rendición incondicional” de Irán, no tenía interés en un conflicto militar prolongado. Puesto en la obligación de escoger, le hubiera bastado un acuerdo nuclear que pudiera presentar como una mejora respecto del de Obama.

Pero para Israel, eliminar la amenaza de los misiles balísticos de Irán y su apoyo a las milicias en Irak, el Líbano, Palestina y Yemen siempre ha sido un objetivo innegociable. El problema es que Irán no está dispuesto a ceder en esos temas. A diferencia de las armas nucleares, para Irán los misiles balísticos y las milicias aliadas son necesidades existenciales.

Una cuestión particularmente espinosa es el Líbano, donde Israel está tratando de diezmar a la milicia de Hezbolá apoyada por Irán. Como el norte de Israel lleva tres años viviendo bajo fuego de Hezbolá, Israel prometió quedarse en el sur del Líbano todo el tiempo que sea necesario para eliminar la amenaza, sin importar lo que diga Estados Unidos. En un abierto desafío a Trump, el domingo Israel lanzó un ataque aéreo contra Beirut, justo cuando Estados Unidos e Irán estaban ultimando el alto el fuego.

Es posible que el ataque haya torpedeado el acuerdo. Como dejó claro el Ministerio de Exteriores iraní, el fin de las hostilidades israelíes en el Líbano es condición para “cualquier alto el fuego y cualquier acuerdo definitivo”. Además, si Israel sigue atacando el Líbano, Irán seguirá tomando represalias. Hace poco, el jefe de la Fuerza Quds (brazo de operaciones en el extranjero e inteligencia militar de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán), declaró: “Apoyar a la resistencia en el Líbano es nuestro deber colectivo, y expulsar a Israel de la región es un objetivo alcanzable para los musulmanes”.

Pero las bravatas de Irán no disuadirán a Netanyahu. Sabe que aunque la victoria estratégica obtenida frente a dos potencias militares mundiales deja al régimen sintiéndose invencible, su capacidad para defender el territorio iraní es limitada. Una nueva ofensiva de la fuerza aérea israelí (tal vez contra infraestructuras civiles) debilitaría la posición de la República Islámica.

Sin embargo, puede haber un problema para Israel: Trump. El atasco en Irán hundió sus índices de popularidad, desvió la atención de sus exhibiciones megalomaníacas (incluida la celebración de su 80º cumpleaños) y le impidió proclamar la “victoria” rápida que ansía en Cuba. Y para salir del atasco, está dispuesto a sacrificar intereses fundamentales de Israel. Como señaló hace poco el vicepresidente J. D. Vance, Estados Unidos e Israel “tienen muchos intereses compartidos”, pero “también hay algunas situaciones en las que nuestros intereses divergen“. Para Vance, el “objetivo principal” es “garantizar que Irán no consiga armas nucleares”.

Según esta lógica, la administración Trump podría afirmar que su negociador en jefe ha vuelto a triunfar, pero sólo en la medida en que Israel coopere. Trump está tan desesperado por librarse de Israel que ha comenzado a insultar a Netanyahu como un desaforado. Se dice que en una llamada reciente le gritó: “Estás totalmente loco. Si no fuera por mí, estarías en la cárcel”. A estas alturas, Trump parece mostrar más respeto por los oficiales de la Guardia Revolucionaria iraní que por Netanyahu.

Quizá no haya mejor señal del deterioro de la alianza entre Estados Unidos e Israel que la insistencia de Trump en que las decisiones las toma él, y que lo único que puede hacer Netanyahu es someterse, aunque eso implique aceptar un acuerdo que no respalde los intereses de seguridad de Israel. Una relación entre dos democracias de pioneros inmigrantes se ha convertido en una conspiración entre líderes deshonestos, donde el “señor” reprende al “vasallo” por no guardar su lugar.

Pase lo que pase ahora, Trump y Netanyahu no se librarán del juicio de la historia. Su guerra de engaños en Irán fue la mayor derrota estratégica que hayan padecido dos superpotencias militares a manos de un régimen agonizante y en bancarrota. Irán sale de la guerra más fuerte que nunca, convertido en amo de la geopolítica de Oriente Próximo. Y el nuevo alto el fuego sólo amplía su inesperada ganancia estratégica: ahora el presidente estadounidense está actuando como protector del Líbano y, por extensión, como representante de Irán en el país. Shlomo Ben-Ami fue ministro israelí de Asuntos Exteriores y es autor de Profetas sin honor: La lucha por la paz en Palestina y el fin de la solución de dos estados (RBA). El País, 18 de junio de 2026. 























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. DE HIDEPUTAS Y BELLACOS, POR SERGIO RAMÍREZ. 20 DE JUNIO DE 2026

 





Según resuena aún en los mentideros de la historia, el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt habría dicho del viejo dictador marrullero de Nicaragua Anastasio Somoza García que bien podría ser cierto que este era “a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”.

La frase admite distintas traducciones, la más convencional y comedida de las cuales sería “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”; en cambio, la más exacta, en correspondencia a su significación e intención, sería “es un hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta”; o un hideputa bellaco, como diría Sancho en castellano de puros quilates. En el idioma callejero de Nicaragua, tan teñido de términos en inglés heredados de dos ocupaciones militares en el siglo XX, esa traducción, fonética y pendenciera, sería “es un sanamambiche, pero es nuestro sanamambiche”; muy de mi infancia, pero a la vez muy actual ahora que América Latina se puebla de obsequiosos sanamambiches.

Que el viejo Somoza fuera un verdadero sanamambiche nadie lo pone en duda. Lo que sí está en duda es si la famosa frase fue pronunciada de verdad por Roosevelt. El historiador Michael Wood, por ejemplo, concluye: “No sabemos quién la dijo, a quién iba dirigida, o dónde se origina”.

Pero ese tipo de frases, aunque nunca hayan sido dichas, encarnan toda una filosofía geopolítica: mientras sean nuestros, no importa que sean unos hijosdeputa, pues los podemos dejar a cargo de nuestros protectorados, como administradores provisionales de largo plazo para que cuiden del petróleo, del oro, de los minerales raros, y, de paso, mantienen a raya a los emigrantes, criminales por naturaleza. Y en esta visión imperial de la historia, que nunca olvida el traspatio, el pretendido color ideológico del bellaco de marras, pasa a sobrar.

Hay quienes niegan que Roosevelt se refiriera a Somoza con lo de hideputa, aunque es obvio que le guardaba estima, pues lo recibió en Washington en visita de Estado en 1939, con los mismos honores que al mes siguiente dispensó al rey Jorge de Inglaterra y a su consorte, incluida una parada militar por Constitution Avenue y un suntuoso banquete oficial; aunque también se afirma que aquella parafernalia no fue sino un ensayo general para no errar en el protocolo dispensado a sus altezas reales, vaya para lo que sirven los dictadores sumisos.

Hay otros candidatos a destinatarios de la frase, si es que existió, el primero de ellos el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Pero según se lee en el libro Gracias a Dios están de nuestro lado. Estados Unidos y las dictaduras de derecha, del historiador David Schmitz, quien ha expurgado miles de páginas de documentos en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, la frase sólo aparece en una referencia de pasada sobre Trujillo en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time; y es mencionada posteriormente, el 17 de marzo de 1960, en un programa trasmitido por CBS Reports llamado Trujillo: retrato de un dictador. Nada más.

Tampoco es citada por ninguno de los numerosos biógrafos de Roosevelt. Y más borroso aún el panorama porque hay quienes la atribuyen más bien a su secretario de Estado Cordel Hull, “porque esta es la clase de cosas que él hubiera sido capaz de decir”, pero tampoco hay fuentes que lo testifiquen.

Y cuando las baterías apuntan al viejo Somoza, bellaco entre bellacos, la verdad es que sólo lo hacen de manera fugaz; supuestamente, y tampoco hay evidencia alguna, Roosevelt la habría dicho en 1939, en respuesta a una pregunta de alguien acerca del porqué invitaba a aquel dictadorzuelo tropical a la visita de Estado a Washington, para la cual se vistió de frac y bombín e hizo disparar los consabidos 21 cañonazos.

Un buen ejemplo de la política del buen vecino esa visita, otro de los cuales sería la amistad profunda y sincera desarrollada entre el Pato Donald, Pepe Carioca y Pancho Pistolas en la película de dibujos animados de 1944 de Walt Disney.

Luego la frase ha sido aplicada a otros dictadores y puesta en boca de otros presidentes de Estados Unidos; así, se dice que Eisenhower se refirió de esta manera al generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, cuando este aceptó establecer las bases militares en territorio nacional conforme los Pactos de Madrid de 1953. Pudo haber sido. Las leyendas toman cuerpo propio y se van encarnando en otros personajes, que hoy, en tiempos restauradores, se vuelven legión.

Pero, lo mejor de todo, es que Andrew Crawley, en su libro Somoza y Roosevelt: la política del buen vecino en Nicaragua, 1933-1945, asegura que Somoza era tan hideputa, que él mismo inventó la frase y se la atribuyó a Roosevelt para demostrar que, fuera lo que fuera, contaba con el respaldo de Estados Unidos. En animada competencia similar nos hallamos ahora. Sergio Ramírez es escritor y académico de la Real Academia Española. El País, 15 de junio de 2026.



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 20 DE JUNIO DE 2026

 
































DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, POR JOHN CARLIN. PUBLICADO EL 26 DE JUNIO DE 2017

 





La consigna ganadora en el referéndum sobre el Brexit fue “recuperar el control”. Hoy, recién celebrado el primer aniversario del voto a favor de la salida de la Unión Europea, la gran democracia británica navega sin rumbo y nadie está al control de nada. Situación excelente: de repente, y por primera vez desde la borrachera del 23 de junio de 2016, hay motivos para pensar que se acabará imponiendo la sobriedad, de que Reino Unido recuperará la razón, recapacitará y el divorcio de los otros 27 países de la Unión Europea no se consumará.

Al hacer esta afirmación estoy atento a la posibilidad de haber sucumbido a lo que en inglés llaman el “wishful thinking”, frase hecha que retrata uno de los errores más frecuentes en los que caen los gobernantes, los políticos y la gente en general: convencerse de que el mundo es como uno quiere que sea y que las cosas saldrán como uno desea que salgan. Hecha la advertencia sanitaria, me hago eco de lo que escribió un columnista de The New York Times que comparte mi repudio al Brexit: ya no es wishful thinking proponer que el arrepentimiento general del electorado inglés podría conducir a un segundo referéndum.

¿Qué ha cambiado para permitirme decir algo que no me hubiera atrevido casi a pensar hace apenas dos semanas? Muchas cosas, empezando por el inesperado contratiempo electoral del partido gobernante conservador, pero lo más palpable es el cambio en la atmósfera que rodea al Brexit, tanto dentro como fuera de Reino Unido.

La parte más madura en el pretendido divorcio, la Unión Europea, ha estado ofreciendo a los británicos el laurel de la paz. En lo que uno tiene que suponer que ha sido una táctica concertada, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro irlandés, Leo Varadkar, todos han dicho lo mismo en los últimos 12 días, utilizando exactamente la misma metáfora: que si Reino Unido cambiase de opinión, “las puertas estarían abiertas”. En plan más poético, Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, dijo el jueves pasado que aún veía posible que se le dé la vuelta al Brexit. “Podrás decir que soy un soñador”, declaró Tusk, citando a John Lennon, “pero no soy el único”.

Más interesante, y más reveladora que todos estos intentos de seducción, ha sido la respuesta de los seducidos. O, mejor dicho, la no respuesta. Theresa May, la primera ministra, estuvo de pie al lado de Macron y Varadkar cuando le lanzaron sus mensajes de amor y, en vez de reaccionar con sorpresa, quizá con una sonrisa sarcástica, se hizo la tonta: no hizo ningún gesto; no dijo nada. Tampoco dijeron nada los brexiteros más fundamentalistas de su Gobierno ni, más curioso aún, los diarios que habían estado más rabiosamente a favor del Brexit y más en contra de aquellos “quejicas” y “enemigos del pueblo” (como decían el Daily Mail y The Sun) que lamentaban la inminente ruptura con Europa. Hace nada hubieran respondido todos con indignación patriotera a semejantes intentos de parte de los desdeñables líderes europeos de sobornar o poner en duda “la voluntad del pueblo” expresada en las urnas en el referéndum del año pasado.

Cada vez que alguien sugería que los votantes habían marcado el autogol del siglo al votar en contra de permanecer dentro de la UE, tanto May como sus lacayos en el gabinete o en los medios apelaban a esa misma “voluntad del pueblo” representada por el 52% del electorado que se tomó la molestia de votar. Cuestionar este sagrado concepto era una herejía contra la democracia. Prácticamente se lanzaba una fatua, “muerte a los infieles”, a aquellos que se atrevían a proponer la manifiesta verdad de que el resultado del referéndum fue estrecho, ambiguo y basado en enormes mentiras de parte de la campaña brexitera, ninguna más grande que la que propuso que Reino Unido podría dejar la UE sin perder ninguno de los privilegios de permanecer dentro.

¿Por qué Theresa May ha dejado de repente de hablar de la voluntad del pueblo? ¿O de repetir la banalidad de que “Brexit significa Brexit”? ¿Por qué los perros rabiosos de los tabloides británicos se han convertido en corderos, o al menos no gritan tanto como antes y empiezan a dar señales de reconocer que quizá el divorcio duro, tajante y sin concesiones que May proponía antes de las elecciones no sería una idea tan brillante?

La respuesta es que uno puede engañar a parte de la gente parte del tiempo, pero no puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Tarde o temprano la lógica se tiene que imponer. Y la lógica que empieza a filtrarse por el sistema cerebral británico es que el famoso control soberano que tanto anhelaba aquel 52% tiene su precio: que la gloriosa independencia y dignidad de Albión se obtendrá solo a coste de ser más pobres. Y esa nunca fue la idea, mucho menos la que vendieron los Boris Johnson y demás farsantes del Brexit.

No habrá un segundo referéndum o un cambio de opinión o de dirección política nacional ni hoy ni mañana. Se llevará a cabo la pantomima de las negociaciones con Bruselas, que empezó la semana pasada, hasta lo que se supone que será su final, en un par de años. Pero cuanto más pase el tiempo, más se irán dando cuenta los británicos de que no se trata de una gloriosa aventura que conducirá a la tierra prometida, sino de un intento cada vez más desesperado de minimizar el terrible daño que significaría el fin del matrimonio con Europa. Hoy algunos que votaron por el Brexit empiezan a susurrar: “¿En qué será mejor eso a lo que teníamos antes?”. Hay razones para creer que a lo largo de los próximos dos años la pregunta se irá convirtiendo en un clamor general.

Macron, Varadkar, Schäuble y Tusk lo tienen claro. Ven a los británicos a punto de tirarse de un edificio de 28 pisos. Dulcemente, como hablando con un adolescente loco, les están diciendo: por favor, no tienen por qué hacer esto, no lo hagan, les queremos mucho. Un año después los británicos dan señales de estar escuchando. John Carlin es escritor. El País, 26 de junio de 2017.















 










DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY NO TENGO GANAS DE VIVIR, POR MANUEL LLORENTE. 20 DE JUNIO DE 2026

 










HOY NO TENGO GANAS DE VIVIR



—“Hoy no tengo ganas de vivir, corazón”.


—Pues sí que nos hemos levantado con buen pie.


—Es un poema de César Vallejo.


—Ya, ¿y?


—Pues que estoy fuera de mí, o demasiado dentro.


—Todos estamos hartos.


—Ya, pero, y no se ofenda, me da igual cómo esté el vecino. No es que me dé igual, pero yo soy lo primero.


—Hombre, hombre…


—Hoy estoy cansado. Como si no pudiera vencer a la situación. Tengo una congoja, como un… hartazgo que me oprime. Estoy asfixiándome.


—Calma.


—¿Cómo que calma? ¿Cómo quiere me tranquilice? ¿Qué quiere, que me ponga a ver series desde por la mañana?


—Haga como los sabios de la Antigüedad.


—¿Y qué hacían?


—Por ejemplo descansar la mirada, viajar.


—Lo que veo desde mi ventana son tejados, ventanas, antenas, coches sucios aparcados. Veo hasta el silencio. Incluso me ha molestado escuchar el ruido de una cortadora de césped.


—Pues yo creo que va por el buen camino, está descubriendo el sabor del silencio.


—Lo que me molestaba era ese motor que de repente me ha perturbado la asepsia del día.


—Ya.


—Ya me había hecho a vivir en un nirvana y tuvo que llegar ese ronroneo que me acabó perturbando.


—Va por el buen camino.


—No estoy yendo a ningún sitio.


—Pues fíjese que igual sí.


—Todos los días el mismo paisaje y usted me dice que viaje.


—Claro, viaje con su imaginación, recréese en un atardecer en la playa caminando junto a las olas, intente escuchar el murmullo del oleaje. Piense en el susurro de las hojas de los árboles en algún paseo por las montañas.


—No es fácil concentrarse.


—Quédese en la cama recreando su último sueño.


—No sueño, o por lo menos no me acuerdo.


—Todos soñamos, lo que pasa es que lo olvidamos. Nabokov tenía un cuaderno encima de la mesilla para apuntarlos. Usted puede hacer lo mismo.


—Le he dicho que no sueño, o que no me acuerdo.


—Pues dé vueltas a cuando era niño y pedaleaba con todas las fuerzas carretera abajo.


—¿Y a dónde me conduce eso?


—A una tranquilidad interior.


—Es fácil decirlo.


—Inténtelo. Usted está mirando cómo cocina su madre, es un mocoso, está sentado en un taburete y mira cómo reboza una merluza mientras canturrea.


—Y me dice que ponga la mesa.


—Por ejemplo. Intente acordarse de qué ropa llevaba, la lluvia que caía el día en que fueron juntos a comprar unos zapatos de agua antes de que empezaran el nuevo curso. O cuando le daban la paga y se acercaba a un kiosco a comprar tebeos.


—Aquello sí que era inocencia.


—Era lo que fuese. ¿Usted no fue de colonias o de campamento? ¿No se acuerda de los viajes en autobús con el colegio, de las clases de dibujo mientras una profesora les leía un libro de Enid Blyton? ¿Del miedo en las clases de gimnasia a saltar el plinto?


—Por acordarme, si hago memoria…


—¿De cuando se declaró la primera vez, de cuando vio por primera vez el mar?


—Y ahora va a decirme que lo escriba, que coja papel y lápiz y escriba mi vida.


—No lo he dicho yo, ha sido usted mismo.


—Pero inducido por usted.


—¿Y por qué no lo hace?


—No se me da bien escribir.


—Hágalo para usted. Atrévase, nadie lo va a leer.


—No le veo el sentido.


—Es que igual no tiene sentido alguno, como decíamos el otro día. Las cosas hay que hacerlas, ponerse a ellas y luego ya se verá.


—No lo veo claro.


—Tampoco lo ve demasiado oscuro. Insisto: inténtelo.


—Me da pereza.


—No tiene nada que hacer, ni que perder.


—No sé… Ponerme a escribir ahora, a mis años. Seguro que me sale algo ñoño, ridículo.


—Y qué. Haga una cosa: escriba, pero cuando termine no lo lea. Siga adelante. Bastan unas líneas. Elija la hora del día que quiera. No se lo comente a nadie. Escriba por escribir.


—Qué fácil se ve todo desde fuera.


—Ahí se equivoca, porque es lo que yo estoy haciendo.


—¿Sí, todos los días?


—Casi todos.


—¿Lleva mucho?


—Algo. Lo que le he aconsejado me lo aplico, no miro lo que escribo, pero ya llevo unas cuantas páginas.


—¿Y no se lo ha enseñado a nadie?


—A nadie. Ni hasta ahora lo sabía nadie. Era un secreto conmigo mismo.


—No sé… ¿Y se siente mejor?


—Me siento, que ya es.


—Ya.



MANUEL LLORENTE 

escritor español 




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Manuel Llorente, Manu para los amigos, que escribe en Zenda el blog Diario de un mal nadador, es uno de los referentes del periodismo cultural de nuestro país, gran apasionado del arte, del senderismo y, cómo no, de los libros y la literatura.