viernes, 27 de marzo de 2026

PENSAR CON LA HISTORIA DE ESPAÑA. ESPECIAL DOS DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026





 


Pensar con la historia no es lo mismo que pensar sobre la historia. Así lo indicó hace algún tiempo el historiador estadounidense Carl E. Schorske en una obra de título homónimo y elegante factura académica que compilaba algunos de sus trabajos dedicados al estudio del significado de la civilización europea en el tránsito a la modernidad. En el último de los supuestos ―nos dice Schorske―, pensar con la historia supone reflexionar sobre la historia como método general de construcción de pensamiento, como vienen haciendo los filósofos y teóricos de las distintas corrientes historiográficas que surgieron en Europa tras la Primera Guerra Mundial como revulsivo a la hegemonía intelectual que representaba el positivismo impulsado por el historiador alemán Leopold von Ranke. Y en su primera deriva consiste en utilizar los materiales del pasado (documentos oficiales y de curso restringido, obras literarias y de arte, testimonios orales) y los marcos con los que los interpretamos, para orientarnos en el presente que vivimos, escurridizo y sujeto a interpretación cuasi constante por el uso que de él hacen algunos políticos. En este sentido, la historia se manifiesta como un objeto estático (un cuadro o una escultura), o como un proceso dinámico (la creación de un estado y una nación, el desarrollo de una revolución), donde los elementos inmóviles se enlazan o disuelven dentro de un modelo narrativo de cambio que busca una explicación razonada y perdurable en el tiempo.

Breve Historia de España (en adelante BHDE), obra de Juan Sisinio Pérez Garzón (Gójar, Granada, 1950), catedrático emérito de historia contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha y experto en historia política de España del siglo XIX y de los movimientos sociales, se enmarca en ese modelo de análisis dinámico de los acontecimientos históricos que menciona Schorske, y ofrece respuestas novedosas y ponderadas a una serie de hechos de primera categoría sujetos a interpretaciones metahistóricas por parte de ciertos pseudohistoriadores que no parecen conocer las reglas del oficio o métier de historiador, que estableciera Marc Bloch en su Apologie pour l’histoire (París, 1949). Este sería el caso, por ejemplo, de las brillantes páginas que dedica Pérez Garzón a la cultura andalusí, a la expulsión de España de varios cientos de miles de españoles que profesaban distinta fe (judíos y moriscos) e ideas (austracistas, liberales y republicanas) al poder hegemónico del momento; o el de aquellas otras que se ocupan de la naturaleza de la revolución liberal, del fracaso de la segunda república o del actual clima de polarización política, resultado este último de la sustitución ―hacia 2018, señala Pérez Garzón― del bipartidismo del PP y PSOE por el bibloquismo1. 

El punto de partida para el análisis de los hechos descritos se le proporciona al lector en las páginas introductorias de esta BHDE. El resultado es esclarecedor y oportuno. Frente a otras historias de España, nucleadas en las gestas de los reyes o en los excluyentes esencialismos que proporcionan los mitos fundacionales, las banderas y otros símbolos identitarios, BHDE hace una apuesta firme por una historia desde abajo, au niveau du sol, de sus habitantes ―hombres y mujeres― y de las distintas formas de organización que adoptaron (gremios, sindicatos, partidos políticos, asociaciones vecinales) con el propósito de obtener derechos y libertades que les eran negados desde la estructura política, económica y social vigente en cada momento. Es esta una postura honesta y valiente, quizá demodé paraalgunos críticos, pero sin duda acorde a lo que nos encontramos de principio a fin: algo más de tres mil años de historia de España desde la óptica que proporciona la llamada «gente sin historia» (célebre expresión del antropólogo estadounidense Eric R. Wolf) y sus ganas y voluntad de progresar.

Ya sea privilegiando los acontecimientos políticos, o los económicos, sociales y culturales, otros historiadores de generaciones distintas a la de Juan Sisinio Pérez Garzón también han proporcionado notables síntesis de historia de España, resultado de una larga experiencia docente e investigadora. Este sería el caso de Pierre Vilar (Histoire de l’Espagne, París, 1947), Jaume Vicens Vives (Aproximación a la historia de España, Barcelona, 1952), Antonio Domínguez Ortiz (España, tres milenios de historia, Madrid, 2000), Juan Pablo Fusi (Historia mínima de España, Madrid, 2012) y Eduardo Manzano Moreno (España diversa, claves de una historia plural, Barcelona, 2024). Sin embargo, acaso la síntesis más sintética que caracteriza nuestro pasado se condensa en las dos palabras que hiciera célebre Ramón Carande: «demasiados retrocesos». BHDE se entronca en este patrón que propuso Carande, sobre todo para el siglo XIX, un continuo tejer y destejer de pronunciamientos y contrapronunciamientos, de constituciones que nacen y mueren. Así lo advertían en su correspondencia cruzada el Conde de Toreno y Juan Valera, espectadores de excepción de este periodo.

Tiene toda la razón Juan Sisinio Pérez Garzón cuando, al final de su libro, en el apartado dedicado a las orientaciones bibliográficas, apunta que los estudios e investigaciones en Historia Contemporánea realizados durante estas primeras décadas del siglo XXI, a diferencia de otras cronologías, han crecido exponencialmente. Entre las razones que explican este fenómeno se encuentran la buena acogida que ofrecen ciertos sellos editoriales de peso mediático para publicar «nuevos» trabajos (tesis doctorales, sobre todo) acerca de la guerra civil y el franquismo. Gracias a ello, un público más o menos amplio e interesado puede conocer los más recientes debates académicos y las distintas posturas defendidas por los historiadores sobre las cuestiones indicadas.

Naturalmente, BHDE glosa algunos de estos resultados. Pérez Garzón, por ejemplo, señala que la mayoría de los españoles en 1936 no quiso hacer la guerra. Los voluntarios en la zona republicana fueron 120.000, y unos 100.000 en la sublevada. De un país de 24,7 millones de habitantes, dos millones y medio de jóvenes fueron forzados a enfrentarse (1,3 por los republicanos, y 1,2 por el bando sublevado), lo que obliga a matizar el relato épico de la guerra. Ello no es óbice para insistir también en una cuestión que resultó extraordinariamente nociva para el régimen republicano: la captación de jóvenes para la acción violenta, tanto en las izquierdas (FAI y milicias socialistas) como en las derechas (FE de las JONS). E incluso para subrayar que el ganador de la guerra, el general Francisco Franco, tras su proclama de política económica autárquica de 1939 («España es un país privilegiado que puede bastarse a sí mismo. No tenemos necesidad de importar nada»), hizo uso de la hambruna para terminar de rematar a una población ya de por sí muy dañada (recordemos que en la guerra civil española hubo más pérdidas humanas que las ocurridas en Francia e Italia durante la Segunda Guerra Mundial). El dato aportado es escalofriante: de 200.000 muertos en el momento álgido (1939-1942), un 10% murió por inanición, y el 90% restante por enfermedades agravadas por la malnutrición.

Es probable que los capítulos que abarcan los siglos XVI y XVII ofrezcan menos «novedades» a un lector especializado que las páginas dedicadas al XX y XXI, o al resto de las etapas históricas (prehistoria, épocas romana, antigua y medieval). El enrocamiento en el que han caído algunos debates sobre la Edad Moderna («¿existió un estado y una nación antes de la constitución de 1812? ¿Sí o no?»), unido al interés político con el que algunos sectores conservadores reconducen y rebajan otras fascinantes disputas intelectuales («España, generadora de la primera globalización») explica en parte este fenómeno. Ello no obsta para señalar que, además de ocuparse de esas «gentes sin historia» y de sus relaciones, hubiera sido deseable encontrar en BHDE alguna alusión a los «dependientes» que había en las casas nobiliarias españolas, es decir, todos aquellos hombres y mujeres que eran libres pero que en muchos casos trabajaban y vivían en condiciones inferiores a los esclavos. Hasta ahora, desconocemos cómputos locales y globales, lo que no significa que su repercusión en la economía y cultura de la época fuera desdeñable (véanse las investigaciones de Roser Salicrú i Lluch y Fabienne P. Guillén). Y lo mismo hay que advertir a propósito de los cientos de miles de españoles que permanecieron en las poblaciones del islam Mediterráneo (Marruecos, Argel, Túnez y Turquía) de resultas del enfrentamiento entre la monarquía de los Austrias, el Imperio otomano y sus aliados, las regencias berberiscas. En recientes trabajos se demuestra que las condiciones de vida y el horizonte de expectativas entre los «infieles» no eran peores que las que dejaron atrás en sus poblaciones de origen, todo lo cual quizás explica el alto número de renegados que hubo en el Mediterráneo durante la Edad Moderna (un millón proponen Lucetta Scaraffia y Salvatore Bono).  

A pesar de esto, BHDE es una sólida síntesis con tesis, como apuntábamos al comienzo de estas páginas. Que quema entre las manos y se lee casi de un tirón gracias a lo bien escrito que está («lo que se sabe sentir se sabe decir», Miguel de Cervantes dixit), al margen de los tecnicismos a los que somos tan propensos los especialistas. Josep Fontana, uno de los historiadores españoles más importantes y preocupados por la metodología, ya anunció las consecuencias que se derivarían de realizar una historia solo para los miembros de la tribu de historiadores, y reivindicó ese compromiso cívico en el análisis de «la compleja articulación de trayectorias diversas que se enlazan, separan y entrecruzan, de bifurcaciones en que se pudo elegir entre diversos caminos posibles, y no siempre se eligió el que era mejor en términos del bienestar de la mayor parte de los hombres y mujeres, sino el que convenía a aquellos grupos que disponían de la capacidad y la persuasión y la fuerza represiva necesaria para imponerla»2. Juan Sisinio Pérez Garzón sigue esta fecunda línea de trabajo y demuestra que la interacción entre pueblos distintos entreteje diversos presentes. Ya sea en el romano, el andalusí o en el reciente pasado, presente o futuro, lo que caracteriza a la historia de España no es una identidad eterna, sino el cambio y la lucha constante por el progreso. Reseña del libro Breve Historia de España, de Juan Sisinio Pérez Garzón. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2025. JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES  es catedrático de Historia Moderna en la UNED. Publicado en Revista de Libros el 20 de marzo de 2026.


























LA CORRUPCIÓN DE TRUMP, LA ESTAFA DE LOS DE DENTRO. ESPECIAL UNO DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 







Amigos, Margaret Ryan, la máxima responsable de la aplicación de la ley en la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), el organismo encargado de investigar el uso de información privilegiada y otras actividades ilegales en los mercados financieros, dimitió abruptamente la semana pasada, tras solo seis meses en el cargo.

Según se informa, Ryan quería ser más enérgica en la persecución de cargos de fraude y otras irregularidades, incluso contra el círculo íntimo de Trump. Pero el presidente de la SEC, Paul Atkins, y otros miembros republicanos designados para la comisión no se lo permitieron.

Cuando Trump nombró a Atkins presidente de la SEC, este era copresidente de la Token Alliance, un grupo que promueve las criptomonedas, y poseía activos por valor de 6 millones de dólares en empresas relacionadas con las criptomonedas.

Durante la gestión de Atkins en la SEC, la comisión ha desestimado o resuelto numerosas demandas con empresas de criptomonedas y ha adoptado un enfoque regulatorio laxo en materia de fraude.

También ha evitado casos políticamente delicados, como, me atrevo a adivinar, el uso de información privilegiada por parte de la familia y los allegados de Trump.

¿Por qué menciono el uso de información privilegiada por parte de la familia y los allegados de Trump?

Porque el lunes 23 de marzo a las 7:05 am ET, Trump publicó en su plataforma Truth Social que Washington había mantenido "CONVERSACIONES MUY BUENAS Y PRODUCTIVAS" con Teherán sobre una "RESOLUCIÓN COMPLETA Y TOTAL" a las hostilidades.

Inmediatamente, la bolsa de valores cobró vida. Los futuros del S&P 500 se dispararon más de un 2,5 por ciento antes de la apertura. Y los futuros del petróleo (apuestas sobre los precios futuros del petróleo) se desplomaron, cayendo un 14 por ciento en cuestión de minutos.

Pero algo muy peculiar ocurrió 15 minutos antes de la publicación de Trump.

Les pido disculpas de antemano por mostrarles tantos gráficos, pero es importante que vean exactamente lo que sucedió a las 6:50 de la mañana, hora del este, del lunes.

A las 6:49 a. m. (hora del este), los operadores realizaron 734 apuestas sobre contratos de petróleo crudo en la Bolsa Mercantil de Nueva York. Un minuto después, a las 6:50 a. m., esa cifra había aumentado a 2168, lo que equivale a unos 170 millones de dólares.

Al mismo tiempo, 15 minutos antes del anuncio de Trump, los futuros del West Texas Intermediate también experimentaron un enorme aumento en la actividad comercial.

Se observó el mismo patrón en los contratos de crudo Brent, el otro referente petrolero importante. Entre las 6:48 y las 6:50 (hora del este), el volumen de operaciones aumentó de 20 a más de 1650, lo que representa aproximadamente 150 millones de dólares en contratos.

Un repunte similar en las operaciones se produjo entre las 6:49 y las 6:50 de la mañana (hora del este) en los contratos de futuros del índice bursátil Standard & Poor 500, el Euro Stoxx 50 y otros mercados de valores.

A las 6:50 AM ET, se compraron contratos de futuros del S&P 500 por un valor nominal de 1.500 millones de dólares.

En otras palabras, 15 minutos antes de que Trump anunciara que Estados Unidos aplazaría los ataques contra la infraestructura energética de Irán, el volumen de operaciones bursátiles aumentó misteriosamente y el precio del petróleo se desplomó con la misma misteriosa rapidez.

Sin embargo, en ese momento —15 minutos antes del anuncio de Trump— no había indicios públicos de que se estuvieran llevando a cabo conversaciones serias entre Estados Unidos e Irán.

Por lo tanto, este enorme repunte en las operaciones bursátiles y la caída de los futuros del petróleo deben haber sido provocados por alguien, o por algunas personas, que tenían conocimiento previo del anuncio de Trump.

Esta persona o estas personas ganaron muchísimo dinero gracias a esta información privilegiada.

Pero, ¿quién fue el informante, o los informantes, que hicieron apuestas tan enormes a que Trump haría exactamente lo que hizo?

¿Podría tratarse, por ejemplo, de Jared Kushner, yerno de Trump, quien es una de las personas que representan a Estados Unidos en las negociaciones con Irán, y que además dirige una firma de capital privado con más de 6 mil millones de dólares en inversiones, financiada en gran medida por fondos soberanos de Oriente Medio, especialmente el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita?

¿O Steve Witkoff, que también representa a Estados Unidos en estas negociaciones y que además tiene su propia empresa de inversiones? ¿O Howard Lutnick? ¿O Melania? ¿O todos ellos? ¿Quién sabe?

La Comisión de Bolsa y Valores (SEC) es la encargada de controlar este tipo de operaciones con información privilegiada. Basándome en las operaciones que mencioné anteriormente, normalmente la SEC ya habría iniciado una investigación. Pero hasta ahora, nada.

Esta no es la primera vez que se producen picos en las apuestas justo antes de que Trump haga algo inesperado.

En enero, las apuestas se dispararon en Polymarket, una plataforma de predicciones basada en criptomonedas, ya que se apostaba a que el presidente venezolano Nicolás Maduro dejaría el poder antes de que terminara el mes. Horas después, fue capturado por las fuerzas estadounidenses. (Una cuenta ganó más de 436.000 dólares con una apuesta de 32.537 dólares).

¿Por qué deberíamos preocuparnos de que personas con información privilegiada obtengan beneficios en el mercado de valores, los mercados de futuros o incluso los mercados de predicción basados ​​en criptomonedas?

Para empezar, es injusto. Perjudica a los inversores promedio mientras aumenta la riqueza de ciertas personas que saben, por ejemplo, lo que Trump está a punto de hacer (incluidos Trump y miembros de su familia).

Por otro lado, este tipo de manipulación socava la confianza pública en la equidad del mercado, lo que a la larga lo destruye. En pocas palabras, si el público cree que el mercado está amañado a favor de personas privilegiadas, es probable que retire sus inversiones.

Por eso, se supone que la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) debe controlar el mercado para evitar el uso de información privilegiada.

Y por qué deberíamos estar todos preocupados de que la principal funcionaria encargada de la aplicación de la ley en la SEC renunciara abruptamente la semana pasada porque el presidente de la SEC y otros designados republicanos no le permitieron ser más enérgica en la persecución de cargos de fraude y otras conductas indebidas contra el círculo íntimo de Trump.

Y por qué lo ocurrido el lunes por la mañana, 15 minutos antes del anuncio público de Trump, resulta tan terriblemente preocupante.

Amigos, hay una palabra para esto. Se llama corrupción. ROBERT REICH es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Publicado en Substack el 25 de marzo de 2026.



















EL SABOR DEL CAFÉ: SU QUERIDA JEFA ETARRA. ESPECIAL TARDE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 





No faltará quien haga sentir a Soledad Iparraguirre que, si bien sus asesinatos no lograron su objetivo, el camino ha merecido la pena. Del régimen en semilibertad del que ya disfruta Soledad Iparraguirre, Anboto, de la utilización sibilina de un artículo (100.2 del reglamento penitenciario) que suele disponerse para facilitar la vida de los terroristas, hay algo aún más grave y mezquino que esto último: salga cuando salga, más pronto que tarde, no le faltará a la exjefa etarra, condenada a 793 años de cárcel por su vinculación con 14 asesinatos, gente que vaya a las puertas de la cárcel a recibirla, ciudadanos que promuevan su nombre y su cara para camisetas, pintadas callejeras o carteles, fiestas populares en reconocimiento a su trabajo por la libertad del pueblo vasco, empresas que le ofrezcan empleo en caso de quererlo, ventajas académicas en caso de que quiera estudiar, aprecio y respeto y admiración de vecinos que la hagan sentir, a Soledad Iparraguirre, Anboto, que si bien el objetivo que perseguían sus asesinatos no se ha conseguido, el camino ha merecido la pena. Cuando muera, lo hará entre honores.

Acaba de publicarse Plomo, la novela que José Luis Sastre ha escrito sobre un escolta y una concejala que aceptan un trabajo, el de ponerse en una diana terrorista y social, que podían haber evitado. De esos que se multiplicaron anónimamente en Euskadi cuando no solo no comprometían su vida sino la paz de su familia no hay mucho rastro. Es seguro que esos escoltas y concejales no cuentan con una red que les recuerde que su trabajo mereció la pena, y es sabido que las instituciones para ciertas cosas son muy secas.

No, de Anboto lo doloroso no es su temprana reinserción, acaso por la costumbre de que las ventajas penitenciarias lleguen sin que haya resolución de asesinatos ni peticiones de perdón como moneda de cambio: lo doloroso, por recurrente, es la gente que mira atrás y siga viendo como héroes a los que ponían bombas y como sospechosos a los que en el conflicto ponían la carne quemada.

Se celebró este domingo la 24ª edición de la Korrika, una carrera en favor del euskera. En un tramo de la carrera, en Pamplona, el testigo lo cogió un niño con la foto estampada en su camiseta del asesino de Tomás Caballero, y a su lado varios adultos corrían con la foto de otro asesino de Caballero y de Francisco Casanova: raro sería que entre esas miles de personas no corriese junto a ellos algún familiar de los asesinados. Así estamos.

La decena de personas que fueron a recibir a Anboto a la cárcel se dispusieron frente a ella para tapar su cara y así no ser grabada: la vida sigue, el pasamontañas también. MANUEL JABOIS es escritor. Publicado en El País del 25 de marzo de 2026.





















SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 27 DE MARZO DE 2026, EN GALEGO

 









Ola, bos días de novo a todos e feliz venres. O sol parece estar gañando a batalla contra a tormenta Teresa, que tanta devastación desatou na miña terra natal, as Illas Canarias. Aínda quedan os seus últimos vestixios, pero derrotámola; devastación, si, e moita, pero sen vítimas mortais. Os deuses estiveron do noso lado e o pobo canario sairá adiante unha vez máis. Imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, titulada "Ti es a árbore, ou as preguntas dun libro", é do escritor Lorenzo Luengo e comeza así: Nas marxes do libro, onde se falan de cultos antigos e visións sagradas, hai unha árbore que irradia luz propia. Aparece vestida de hedra, toda iluminada, case como o Deus dun poema de Rilke: "Como El, vestida de xoias de ouro / e sentada como nun trono do sol". A segunda é unha entrada de blog datada neste día hai sete anos, titulada "Concurso de demagogos", escrita polo xornalista Guillermo Altares, que comezaba: "A carta de López Obrador é moi desafortunada, como o é o ton dalgúns dos arrebatos na súa contra. Os problemas coa historia comezan cando se usa o pasado para manipular o presente, non para explicalo. E iso é o que está a suceder coa controversia que rodea a carta que o presidente Andrés Manuel López Obrador enviou ao rei Felipe VI pedíndolle que se desculpase pola conquista de México hai 500 anos". A terceira é o poema do día, titulado "Alquimia esencial", escrito pola poeta española Natalia Iglesias. A cuarta, como sempre, son as viñetas de humor, e para rematar, como todos os días, o sabor do café da tarde e os especiais da noite, se é que os hai —e hainos, como as bruxas desta vella terra que é España. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sede felices, prégovos: merecédelo. Bicos. Quérovos. HArendt












ENTRADA NÚM. 10096

”TÚ ERES EL ÁRBOL”, O PREGUNTAS A UN LIBRO

 






1.

En los márgenes del libro, allí donde se habla de cultos antiguos y visiones sagradas, hay un árbol que irradia su propia luz. Aparece vestido de hiedra, todo él iluminado, casi como el Dios de un poema de Rilke: «Como Él, de joyas áureas vestido / y como en trono de sol sentado». Habrían de pasar muchos años hasta que la hiedra que lo cubría recibiera un nombre, Hedera helix, pero en aquel tiempo solo era el río de lentejuelas que centelleaban sobre una luz encantada. Roble luminoso: ¿se inclinarían los hombres ante él? Al parecer era así. Otros hombres encontraron en ese árbol resplandeciente (hermano de la zarza ardiente, hija de Urzavista, que otorgó a Moisés la sabiduría divina) una forma de entender su propio destino interior, aquello misterioso que mucho antes de nacer ya les había sido deparado. El destino del hombre era esa luz. Y si el árbol estaba iluminado, entonces el hombre podía estar iluminado también. El árbol se convirtió así en la metáfora sagrada de esa difícil ascensión, el camino a la iluminación espiritual. Motivo por el cual ocupó el centro geométrico de un inmenso jardín, núcleo radiante del bosque salvaje —a veces en llamas— para ese pueblo de antepasados y fantasmas que visitábamos en sueños. Fue el Sefiroth y el Kundalini, el Árbol de la Ciencia y la Cruz de Cristo, fue Yggdrasil, e incluso fue ese árbol trenzado de serpientes que se aparecía revestido de colores en las visiones de los chamanes americanos, y que en Europa hemos visto grabado en escudos, en discos de bronce, en las piedras talladas al borde de un pobre calvero. Reconocemos en el árbol iluminado —miremos hacia arriba: en realidad, todos los árboles están iluminados— esa prolongación del cuerpo al infinito, esa necesidad ardiente de una altura. Situarlo en el centro de nuestro jardín interior es nuestra manera de aceptar que el árbol y el hombre comparten un espacio holístico, que lo sagrado en el árbol concierne muy profundamente a lo sagrado en el hombre, y que el hombre y el árbol pertenecen a una misma familia divina. Certezas que se encuentran, sin embargo, fuera de lugar en un mundo que ha decidido arrancar del camino del progreso las raíces de mandrágora de todo aquello que suena a superstición. Pero si al mirar por mi ventana en dirección a la montaña veo las construcciones artificiales de las (así llamadas) «placas solares», en lugar de los árboles de ayer, ¿qué es lo que puedo pensar que hemos ganado con ello? Se diría que estamos siendo testigos del amanecer en nuestro mundo de un culto siniestro, una especie de alquimia negra.

2.

Hay una (precaria) inmortalidad que parece aguardar al hombre en el paisaje tecnológico, pero su limitada definición sólo abarca la mera prolongación de la vida por medios artificiales, lo que nos lleva al inquietante universo de las piezas prostéticas, los implantes cerebrales y los órganos impresos en 3D que en un futuro quizá no tan lejano sólo pondrán en pie a un triste muñeco accionado por impulsos eléctricos. Sin embargo, frente a nuestra búsqueda artificial y enrevesada, descubrimos con asombro que algunos árboles son perfectamente capaces de alargar su ciclo vital extrayendo los materiales para la supervivencia de su propio cuerpo —sí, cuerpo: la palabra ha venido sola—, y reemplazar de esa manera lo que ya se ha consumido o ha quedado limitado por un continuo desgaste. El árbol abraza su cuerpo antiguo por medio de la corteza que revive en torno a sí, como un hijo que fuera al mismo tiempo su propio padre; como la forma absoluta y más lograda de un mito. Ernst Zürcher —ingeniero forestal y experto en ciencias de la madera— explica ese proceso con estas sencillas palabras:

Se confirma que, en el caso del tejo, cuanto más anciano es el árbol, menor es su crecimiento anual. Los tejos de más edad a menudo muestran un crecimiento anual de su circunferencia de sólo medio centímetro, como el tejo de Dryburgh. La circunferencia del tronco de algunos árboles, pese a la exuberancia de la que estos hacen gala, apenas ha crecido en el transcurso de los últimos siglos. Según Meredith, esta circunstancia se debe, por un lado, a que su tronco está hueco y, por otro, a que el árbol ha desarrollado una o varias raíces aéreas internas. En este caso, de acuerdo con los botánicos, el árbol puede haber formado nuevas hojas axiales a la altura de la corona (reiteraciones), provistas de sus propias raíces, y haber constituido poco a poco un tronco secundario interno. A partir de tales raíces internas, en el tejo de Linton (Hereford) se ha ido desarrollando un tronco secundario, hoy en día pluricentenario, rodeado de un viejo tronco hueco cuya circunferencia ronda los diez metros.

Pensando, una vez más, en los términos de «algo» que trasciende lo visible, árboles tan señeros en los rituales y los cultos de las antiguas religiones como el tejo podrían conservar todavía hoy su condición de «maestros espirituales», o así debería ser si supiéramos extraer las lecciones más importantes de ese proceso de rejuvenecimiento que les permite alargar su vida «consciente» —como equivalente de la vida «visible»— desde su propio interior. Y no puedo evitar entender dicho proceso en términos casi idénticos a lo que se concibe como el desarrollo de la conciencia entre las religiones y las filosofías orientales: es necesario que nos deshagamos de nuestro viejo ego para acceder a los encantamientos de nuestro nuevo yo. ¿El tronco antiguo, entonces, como el puntal de ese tronco interior que conduce a lo divino? ¿Y por qué no? La escalera de Jacob era algo así.

3.

Avanzando por el bosque, uno se siente en un terreno familiar ante todos estos árboles plantados muy cerca de las piedras erigidas por los hombres del pasado, como agujas laboriosamente dispuestas para una especie de acupuntura terrestre. Hablo del libro como un bosque, naturalmente. Al borde de un dosel, Ernst Zürcher se detiene a explicar las investigaciones realizadas por John Burke y Kaj Halberg, y plantea la posibilidad de que en esos alineamientos se estuviera experimentando con la conductividad del electromagnetismo terrestre y el geomagnetismo local1. Más allá de que algo como esto nos obligaría a reconsiderar buena parte de las ideas que nos hemos hecho acerca de las «supersticiones» de nuestros antepasados, la noción de una conductividad producida por la correcta alineación de piedras y árboles supondría darle algún crédito a la hipótesis de las líneas Ley y aceptar que, pese a todo, sí existen unos conductores invisibles para la energía interior y exterior de la tierra, y que esos conductores pueden ser localizados (como los movimientos del agua sumergida para el zahorí que percibe el temblor de la varita de encina) y utilizados como una fuente de energía más; o bien, lo que habría que aceptar es que las piedras erigidas de ese modo, con ayuda de los árboles alineados junto a ellas, podían crear una serie de redes propias que actuaban como nervios conductores. Muchas veces he pensado que estos alineamientos, con piedras de diferentes tamaños colocadas unas detrás de otras, son como un instrumento afinado en distintas frecuencias, una flauta gigante en la que el tamaño equivale a la longitud de onda. Lo que no estamos, tal vez, en condiciones de saber es qué música hicieron sonar. Pero a juzgar por los siglos y las inmensas tierras que cubrieron, lo que sí sabemos es que el alma debía saltar con ella.

En una ocasión, a cincuenta kilómetros de Dinard, descubrí por casualidad uno de esos alineamientos de árboles y piedras en los que Halberg y Burke vieron las primeras manifestaciones del tendido electromagnético, miles de años antes de que Tesla jugara con sus varillas a los pies de la torre obelisco de Wardenclyffe (Long Island). Aquel lugar olvidado se había convertido en un espacio liminal, una puerta abierta entre dos mundos: porque, después de muchos siglos, las raíces del árbol se habían empezado a petrificar.

4.

En la antigüedad, el tejo, cultivado desde el sur hasta el norte de Europa, dio lugar a una religión natural, una que todo el mundo era capaz de entender, y a la que todo el mundo podía responder. No es por casualidad que el tejo fuera el árbol sagrado en lugares tan alejados entre sí como Irlanda y la vieja Iberia, lo que significa que, o tenía una peculiaridad que cualquiera podía percibir (pero tan profunda como para irradiar algo verdaderamente significativo entre quienes se encontraban cerca), o debemos empezar a aceptar la idea de que existe algo, un «campo mórfico», si nos atenemos a la definición del biólogo británico Rupert Sheldrake, que permea nuestra realidad, y que el mundo antiguo se limitó a seguir los hallazgos de algún desconocido precursor que había descubierto una condición singular y especialmente atractiva en el tejo. Es una condición que lo determina o que está determinada por él, y que el tejo no comparte con ningún otro árbol (Robert Graves lo coloca también, por motivos evidentes, en el centro de La Diosa blanca2), y creo que podemos asumir la inquietante experiencia descrita por Albert Kukowka, profesor de Medicina en la Universidad de Greiz de Alemania, como una manera de empezar a confirmarlo: cierto día que se encontraba rodeado de tejos, Kukowka sufrió un desvanecimiento y una sensación de levedad inmediata, un estado de ensueño que puso su conciencia a volar. Al investigar lo sucedido, descubrió que los tejos liberaban un alcaloide cuyos efectos eran parecidos a los de un poderoso alucinógeno, como si el árbol (a semejanza de las diosas que desde la antigüedad llegaron hasta los poemas de Swinburne y Keats) pudiera ser también una adormidera. Pero la historia no era nueva para nosotros. Tiempo atrás se decía —Plinio el Viejo lo dijo, por ejemplo— que quien dormía a la sombra de un tejo ya no volvía a despertar. En Inglaterra se convirtió en el árbol que en los cementerios vigila el sueño de los muertos, y allí seguirán durmiendo mientras haya una cúpula enramada que disperse sobre las tumbas su polvillo dorado. Pero quizá el tejo no sea el único árbol que hace dormir por un instante al viejo ego y trae a la vida, también por un instante, un nuevo yo. Es posible que en general los árboles sean «puertas de percepción», y nos permitan abrir la mente a una especie de realidad aumentada si buscamos en nuestro interior —como extensiones del árbol que somos— las llaves adecuadas. Y ya no hablo del árbol como un sustituto del «maestro espiritual», sino literalmente como el portador de una enseñanza, el guía a un fabuloso mundo de símbolos que, a la manera de esos jardines rescatados por Jorn de Précy, con sus ninfas desmembradas y sus fuentes en ruinas, incomprensiblemente hemos abandonado3.

5.

Y si así fuera, ¿qué pensar entonces de la respuesta que desde los «pasillos de poder» empieza a darse a los incendios que cada verano sufren los bosques de todo el mundo? ¿Qué pensar de las sospechas que parecen despertar los lugares a los que no hace tantos años considerábamos los órganos sensibles del planeta, y no hace tantos siglos atribuíamos un encantamiento? Cada año el mundo pierde miles de árboles, parques naturales y zonas protegidas que tardaremos décadas en recuperar, y eso si el árbol sigue siendo entendido en el futuro no como un ornamento del entorno, no como un mero puntal, ni una pizarra sobre la que clavar la navaja, sino como nuestro hermano en la tierra, y existe la voluntad de respetarlo. ¿Es una sorpresa que este nuevo desastre coincida con el momento en que una parte considerable de las élites políticas han comenzado a extender la idea de que «tenemos demasiados bosques», y que no dejaremos de sufrir incendios como una consecuencia lógica de «nuestra abundancia de árboles»? Se trata sin duda de una aseveración extraordinaria, y, siendo generosos, llama la atención que quienes detentan un poder exclusivo para modificar nuestro entorno a golpe de decreto consideren que la mejor idea para redimir a un árbol de su peor muerte posible consista en matarlo por adelantado. Pero algo similar está sucediendo en el nuevo escenario que poco a poco se va apoderando de lo que antes podíamos considerar un paisaje natural. Cuando, desde mi casa en la montaña, subo hasta la cima y observo el campo que se extiende alrededor, no deja de asustarme la rapidez con que los (así llamados) «paneles solares» están ocupando los lugares abandonados por el destierro forzoso de los árboles. En su libro, Zürcher se detiene a describir la intrincada química que la tierra necesita liberar para poner un solo árbol en pie, y esa energía invisible (un domo electromagnético) que irradia de ellos y de la que depende todo cuanto existe en la naturaleza. Sabemos que los árboles son capaces de crear desde ese domo su propio rocío, su propia lluvia, todo cuanto precisan para inventar su propia vida. Ahora, sin embargo, por todas partes, incluso lejos de las ciudades, nos rodea una nueva cúpula, un enjambre artificial de ondas de radio que (esto también lo sabemos: véase El arcoíris invisible, de Arthur Firstenberg)4 interrumpe las señales de la bóveda natural bajo la cual nació la vida y, por lo tanto, afecta a la vida como la conocemos. Surge así una pregunta inevitable: ¿qué es lo que ha desaparecido en nuestro mundo y (algo mucho más inquietante) en nuestra humanidad para que el político medio y el hombre común, reeducado a fuerza de leyes y decretos, estén cada vez más convencidos de que una «naturaleza natural» es infinitamente menos necesaria que una artificial para nuestra supervivencia material y espiritual? Conviene recordar una premisa que Zürcher sostiene repetidamente en su libro: «La peor catástrofe que los reyes y los pueblos tuvieron que soportar fue la invasión y la tala de sus lugares sagrados». Me pregunto de qué modo cabría describir a los reyes y los pueblos que, en esa «peor de las catástrofes», han decidido con una alegría endemoniada empuñar el hacha.

6.

Árboles sagrados. Árboles como maestros espirituales. Árboles que unen lo que somos con lo que una vez fuimos, o aspiramos todavía a ser. El domo encantado que nos permite ver nuestra propia luz en el centelleo de unas hojas que proyectan sobre nosotros algo más que este mágico vuelo por el cielo, estos rayos de sol. ¿Cómo terminar un viaje así —como diría Octavio Paz—, «árbol adentro»?

Recordaba a Rilke hace un momento, en ese poema sobre la Madre que se llama «Anunciación»:

No estás de Dios más cerca que nosotros;

todos le somos tan lejanos.

Pero maravillosamente están de gracia

llenas tus manos.

No hay manos tan brillantes, tan maduras,

como las que brotan de tus mangas:

yo soy el día, yo soy el rocío,

pero tú eres el árbol.

¿Tú eres el árbol? ¡Pero Rainer! Si somos rocío, entonces también nosotros somos el árbol.

Reseña del libro Los árboles en lo visible e invisible, de Ernst Zürcher. Girona, Ediciones Atalanta, 2025. LORENZO LUENGO ES ESCRITOR. Publicado en Revista de Libros el 20 de marzo de 2026.























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, CONCURSO DE DEMAGOGOS. PUBLICADO EL 27 DE MARZO DE 2019

 






La carta de López Obrador es muy desafortunada, como lo es el tono de algunos exabruptos en contra. Los problemas con la historia comienzan cuando se trata de utilizar el pasado para manipular el presente y no para explicarlo. Y eso es lo que está ocurriendo con la polémica que se ha organizado en torno a la carta que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha enviado al rey Felipe VI para que pida disculpas por la conquista de México hace 500 años. Es evidente que, desde los tiempos de Alba de América, ha cambiado mucho la sensibilidad hacia la conquista, aunque a tenor de las declaraciones de dirigentes del Partido Popular a veces no lo parezca, como cuando Pablo Casado dijo que la llegada de los españoles a América es el momento más brillante de la historia de la humanidad.

Como no podía ser de otra forma, el sufrimiento de los pueblos indígenas, cuando no su exterminio, y la brutalidad de los imperios coloniales ocupan un lugar cada vez más importante en la lectura que se hace de la conquista desde el continente americano. No es nada nuevo porque arrancó con Bartolomé de las Casas y el relato de Bernal Díaz del Castillo: es un debate tan antiguo como la llegada de los españoles. Desde este lado, en los últimos tiempos se está tratando de blanquear la leyenda negra, como si lo mejor que les hubiese podido pasar a los habitantes del nuevo continente fuese la llegada redentora y civilizadora de los conquistadores.

Resulta muy sensato enfocar la conquista desde el punto de vista de los que la sufrieron, pero eso no justifica condicionar las buenas relaciones de España con México a que se pida perdón por algo que ocurrió hace 500 años, cuando básicamente ni España ni México existían como los entendemos en la actualidad.

Por el otro lado, también es razonable argumentar que la leyenda negra española es sobre todo una construcción de sus enemigos históricos, pero eso tampoco quiere decir que lo que hicieron los españoles en América o en Flandes no fuese una salvajada. Es un problema de perspectiva: todas las conquistas de todos los países fueron brutales y provocaron un sufrimiento imposible de medir a los que las padecieron. Los siglos XVI y XVII fueron especialmente devastadores, seguramente los peores que haya conocido la humanidad.

Sacar el "y tú más" cuando se habla de historia siempre lleva a callejones sin salida argumentales de los que resulta muy difícil salir. ¿Fueron peores los padecimientos de los indios de las grandes llanuras norteamericanas a manos de los anglosajones? ¿Las matanzas de indios en Perú? ¿Los asesinatos en masa de los aborígenes australianos? ¿Las masacres de católicos y protestantes durante las guerras de religión en Europa? ¿El tráfico de esclavos? Se trata de padecimientos irreparables, sobre los que se debería debatir, investigar, enseñar, escribir... pero nunca convertirlos en materia de demagogia política. La carta de López Obrador es, por decirlo sin cargar las tintas, muy desafortunada, como también lo es el tono de algunos exabruptos en contra. La historia pertenece al pasado. Y lo último que necesita el pasado es un concurso de demagogos. GUILLERMO ALTARES es periodista. Publicado en el El País el 27 de marzo de 2019.