martes, 5 de agosto de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] EL PASADO AL ACECHO. PUBLICADO EL 24/08/2006













El artículo del escritor chileno Ariel Dorfman en El País de hoy ("Günter Grass: Las claves de una ira") sobre el pasado nazi del escritor y Premio Nobel alemán, tan de actualidad, me ha producido una evidente desazón. Me parece bien que esas cosas se saquen a relucir -si es que no nos encontramos inmersos en una campaña destinada a publicitar su último libro- pero de ahí a poner en duda el valor moral de una persona que, con todos los errores que se le quieran achacar en su pasado, ha dado pruebas sobradas de talla moral en su trayectoria vital posterior, media un abismo. Creo que Dorfman lo describe bastante bien y la anécdota que le da pie para escribir su artículo resulta clarificadora del drama de tantas personas que, en un momento de sus vidas, erraron en el camino a tomar. Les dejo con  su artículo: "Günter Grass. Las claves de una ira", por Ariel Dorfman, El País, 24/8/2006. La primera vez que conocí a Günter Grass, nos peleamos furiosamente. Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido de lo que iba a ser, por cierto, nuestra relación tormentosa.
Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado -¡ya me habían advertido que era un gran cocinero!-, hablamos sobre su obra y la influencia descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia producción. De a poco, fui deslizando la razón, menos literaria, por la cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París de mi exilio -providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica- para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros artistas e intelectuales. Ya se había sumado Heinrich Boll y pensaba que no sería difícil convencer a este otro Premio Nobel alemán de que nos diera su entusiasta adhesión.
Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se merecía, y se fue a contemplar unos hermosos dibujos en que estabatrabajando.
Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?”.
Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos demócratas chilenos por la primavera de Praga y la lucha de los disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte -más aún, eran la espina dorsal- de la resistencia a la dictadura, tal como habían sido pieza clave y leal durante el Gobierno de Salvador Allende.
Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos habían intervenido en Checoslovaquia con la misma arrogancia imperial que los norteamericanos en Chile, y era crucial denunciar simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente, Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso sí, me lanzó algunas palabras finales: “Cuando algo es moralmente correcto”, dijo, “hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.
Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la mayoría de los comentaristas.
Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque no creo que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la revolución sandinista. Tenía razón en que la reunificación de su paísdebió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón en que es necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo mismo se lo hice saber unos años más tarde, cuando coincidimos en La Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias
ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor, tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad, dondequiera que se viese vulnerada.
Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera?
Ése es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass permiten ahora ir -tal vez, tal vez- develando. ¿No es posible que fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente, el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia?
Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria de este autor gigante es que somos seres complejos y contradictorios y probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass nunca pudo, creo yo, perdonar. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, OCTUBRE, DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

 









OCTUBRE




Estaba echado yo en la tierra, enfrente

el infinito campo de Castilla,

que el otoño envolvía en la amarilla

dulzura de su claro sol poniente.


Lento, el arado, paralelamente

abría el haza oscura, y la sencilla

mano abierta dejaba la semilla

en su entraña partida honradamente


Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,

pleno de su sentir alto y profundo,

el ancho surco del terruño tierno,

a ver si con partirlo y con sembrarlo,


la primavera le mostraba al mundo

el árbol puro del amor eterno.




JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)

poeta español

















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 5 DE AGOSTO DE 2025

 












































lunes, 4 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 4 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 4 de agosto de 2025. La casa y la calle, lo privado y lo público, los ruidos y los silencios, encuentran en las ventanas buenas compañeras de viaje, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el poeta Luis García Montero, y si utilizan las vacaciones de agosto para ser dueños de su tiempo, pueden dedicar algunos minutos a buscarse a sí mismos. En la segunda, un archivo del blog de abril de 2016, escribía HArendt: No sé a cuál de ellas preferirán ustedes, pero yo me quedo con Norma Jean Mortenson; nunca la conocí como tal sino interpretando su papel, el que le tocó en la rueda de la Fortuna, el de Marilyn Monroe, y aunque no me crean, nunca tan admirable para mí como en una de sus últimas películas, "Vidas rebeldes" (1960). El poema del día, en la tercera, lleva por título Entre ir y quedarse, es del poeta mexicano Octavio Paz, y comienza con estos versos: Entre irse y quedarse duda el día,/enamorado de su transparencia./La tarde circular es ya bahía:/en su quieto vaivén se mece el mundo. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt
















DE LAS VENTANAS Y EL VERANO

 






La casa y la calle, lo privado y lo público, los ruidos y los silencios, encuentran en las ventanas buenas compañeras de viaje, escribe en El País [Las ventanas, 28/07/2025] el poeta Luis García Montero. Si utilizan las vacaciones de agosto para ser dueños de su tiempo, pueden dedicar algunos minutos a buscarse a sí mismos, comienza diciendo García Montero. No hace falta ponerse muy filosóficos, ni deconstruirse como si fuésemos víctimas de la posverdad. Basta con aprovechar una almohada, una butaca o un paseo al atardecer para cultivar ejercicios que reúnan nuestra imaginación con nuestra memoria. Propongo, por ejemplo, la tarea melancólica de elegir la ventana más importante de su vida. Se me ocurren las ventanas, y no para tirarnos de cabeza por ellas, aunque nos estén poniendo el mundo como para caer en la tentación de quitarnos de en medio, sino porque los espacios fronterizos son importantes a la hora de reconocernos en la complejidad del ser. La memoria y la imaginación, la casa y la calle, lo privado y lo público, los ruidos y los silencios, encuentran buenas compañeras de viaje en las ventanas.

Pienso en mí y propongo algunas posibilidades. Imagino la ventana del salón en casa de mis padres. Mezclaba el motor de mis sueños, la infancia de los Seat 600 y los grandes árboles de los jardines del río Genil. En mi barrio había entonces más árboles que coches. Imagino la ventana de una habitación en un hotel de Sitges por la que entró la luz del amanecer para dibujar un cuerpo definitivo y la verdad de lo que iba a ser mi vida. Imagino una de las ventanas de mi casa en Madrid, quizá la del despacho que da a la puerta de un colegio. Veo a los padres y las madres despedirse de sus hijos y escucho los gritos del patio, más juiciosos que los rebuznos de la pseudopolítica o el pseudoperiodismo. O quizá elijo la del comedor, una ventana por la que se cuela la noche para discutir con mis amigos. Imagino también una ventana que da a los pinares de la Bahía de Cádiz. Llegan los buenos rumores del mar, la paz de los relojes y el canto de los pájaros. Quien no tenga vacaciones en agosto, puede mirar por la ventana de su puesto de trabajo. Seguro que ve muchas cosas que merece la pena guardar en la memoria. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes.


















[ARCHIVO DEL BLOG] ¿MARILYN MONROE O NORMA JEAN? PUBLICADO EL 01/04/2016













No sé a cuál de ellas preferirán ustedes, pero yo me quedo con Norma Jean Mortenson. Nunca la conocí como tal sino interpretando su papel, el que le tocó en la rueda de la Fortuna, el de Marilyn Monroe, y aunque no me crean, nunca tan admirable para mí como en una de sus últimas películas, "Vidas rebeldes" (1960), de John Huston, junto a Clark Gable y Montgomery Clift. Nunca hasta entonces me había parecido tan frágil, tan Norma Jeane, tan bella y tan ella misma. De seguir viva tendría ahora 88 años. Pero la diosa Tiqué se la llevo a los 36 para desgracia de ella y fortuna de sus admiradores que nunca la conocerán ajada ni maltrecha de cuerpo, aunque de alma lo estuvo y mucho.

El escritor español Benjamín Prado le dedica hoy en El País un hermoso recuerdo: "Cuando Marilyn Monroe leía a Lorca y Alberti", en el que nos cuenta que cuando la casa Christie's sacó a subasta su biblioteca personal, aparecieron en ella más de cuatrocientos títulos de primerísimo nivel literario que incluían a autores como Joyce, Whitman, Saint-Exupéry, Wilde, Kerouac, Tolstoy, Proust, Camus, Mann o Steinbeck, pero también a Federico García Lorca y Rafael Albertí o un catálogo sobre la pintura de Francisco de Goya. La noche del 4 de agosto de 1962, la noche de su muerte, cuenta Prado, su amigo Ceferino Carrión, un español de Santander, dueño del restaurante La Scala, llevó a la casa de Marilyn la cena que esta le había encargado. Fue, quizá, el último de sus amigos que la vio con vida. Y este contó más tarde la gran admiración que Norma Jeane sentía por la cultura española, no solo por los citados Lorca y Alberti, sino también por la obra pictórica de Velázquez, Goya o Picasso. Si la frase "dime que has leído y te diré quién eres", comenta Prado, tuviera algo de cierto, después de asomarnos a su biblioteca tal vez sepamos algo más de ese mito erótico, el mayor del siglo XX, que fue Marilyn Monroe.  

Pero yo me quedo con Norma Jeane, la persona real, y no con la actriz. El artículo de El País trae una foto suya, ¿de Marilyn?, ¿de Norma Jeane?, leyendo, se supone que en su casa, con un vestido rojo que deja poco que ocultar: ¡está bellísima! Sin duda es una pose, como en esa otra foto que pongo al comienzo de la entrada en que, de nuevo, nos la presentan leyendo, ahora, el "Ulises" de Joyce. 

Marilyn fue un mito, pero Norma Jeane fue una persona real bella, frágil e infeliz que fue tratada por todos los que la conocieron, incluso por los que la amaron, como un simple objeto, un cuerpo adorable, al que utilizaron a su antojo. Y yo prefiero quedarme con la persona tierna y desamparada que rodó, quizá ya más Norma Jeane que Marilyn Monroe, la inolvidable "Vidas rebeldes". Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt

No sé a cuál de ellas preferirán ustedes, pero yo me quedo con Norma Jean Mortenson. Nunca la conocí como tal sino interpretando su papel, el que le tocó en la rueda de la Fortuna, el de Marilyn Monroe, y aunque no me crean, nunca tan admirable para mí como en una de sus últimas películas, "Vidas rebeldes" (1960), de John Huston, junto a Clark Gable y Montgomery Clift. Nunca hasta entonces me había parecido tan frágil, tan Norma Jeane, tan bella y tan ella misma. De seguir viva tendría ahora 88 años. Pero la diosa Tiqué se la llevo a los 36 años para desgracia de ella y fortuna de sus admiradores que nunca la conocerán ajada ni maltrecha de cuerpo, aunque de alma lo estuvo y mucho.

El escritor español Benjamín Prado le dedica hoy en El Paísun hermoso recuerdo: "Cuando Marilyn Monroe leía a Lorca y Alberti", en el que nos cuenta que cuando la casa Christie's sacó a subasta su biblioteca personal, aparecieron en ella más de cuatrocientos títulos de primerísimo nivel literario que incluían a autores como Joyce, Whitman, Saint-Exupéry, Wilde, Kerouac, Tolstoy, Proust, Camus, Mann o Steinbeck, pero también a Federico García Lorca y Rafael Albertí o un catálogo sobre la pintura de Francisco de Goya. La noche del 4 de agosto de 1962, la noche de su muerte, cuenta Prado, su amigo Ceferino Carrión, un español de Santander, dueño del restaurante La Scala, llevó a la casa de Marilyn la cena que esta le había encargado. Fue, quizá, el último de sus amigos que la vio con vida. Y este contó más tarde la gran admiración que Norma Jeane sentía por la cultura española, no solo por los citados Lorca y Alberti, sino también por la obra pictórica de Velázquez, Goya o Picasso. Si la frase "dime que has leído y te diré quién eres", comenta Prado, tuviera algo de cierto, después de asomarnos a su biblioteca tal vez sepamos algo más de ese mito erótico, el mayor del siglo XX, que fue Marilyn Monroe.  

Pero yo me quedo con Norma Jeane, la persona real, y no con la actriz. El artículo de El País trae una foto suya, ¿de Marilyn?, ¿de Norma Jeane?, leyendo, se supone que en su casa, con un vestido rojo que deja poco que ocultar: ¡está bellísima! Sin duda es una pose, como en esa otra foto que pongo al final de la entrada en que, de nuevo, nos la presentan leyendo, ahora el "Ulises" de Joyce. 

Marilyn fue un mito, pero Norma Jeane fue una persona real bella, frágil e infeliz que fue tratada por todos los que la conocieron, incluso por los que la amaron, como un simple objeto, un cuerpo adorable, al que utilizaron a su antojo. Y yo prefiero quedarme con la persona tierna y desamparada que rodó, quizá ya más Norma Jeane que Marilyn Monroe, la inolvidable "Vidas rebeldes". Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt






















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ENTRE IR Y QUEDARSE, DE OCTAVIO PAZ

 







ENTRE IR Y QUEDARSE 




Entre irse y quedarse duda el día,

enamorado de su transparencia.


La tarde circular es ya bahía:

en su quieto vaivén se mece el mundo.


Todo es visible y todo es elusivo,

todo está cerca y todo es intocable.


Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz

reposan a la sombra de sus nombres.


Latir del tiempo que en mi sien repite

la misma terca sílaba de sangre.


La luz hace del muro indiferente

un espectral teatro de reflejos.


En el centro de un ojo me descubro;

no me mira, me miro en su mirada.


Se disipa el instante. Sin moverme,

yo me quedo y me voy: soy una pausa.




OCTAVIO PAZ (1914-1998)

poeta mexicano






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY LUNES, 4 DE AGOSTO DE 2025

 

































domingo, 3 de agosto de 2025

DE LA AMISTAD COMO SALVAGUARDIA DE CASI TODO. ESPECIAL DE HOY DOMINGO, 3 DE AGOSTO DE 2025

 







Lo que toca hoy es brindar con buen vino por todos esos amigos —sólidos, líquidos, vertebrados, invertebrados, vivísimos, zombis, voluntariosos, despegados, leales, veletas o medio pensionistas— con quienes hicimos o hacemos camino al andar. Esas personas que nos gustan y nos ayudan a creer en algo tan escurridizo como la felicidad, escribe en la revista Ethic [Brindemos por los colegas, 18/07/2025] el director de la misma, Pablo Blázquez. Es una cuestión palpitante la de la amistad, comienza diciendo Blázquez. A ella han recurrido con frecuencia escritores y artistas, y son la tira los filósofos que han querido explicar qué significa esa forma tan especial de camaradería. «La amistad es libre y con compromiso», apunta el pensador Javier Gomá. Pero aunque la cuestión siempre estuvo ahí, latente, parece que en estos días pega más fuerte que nunca el anhelo de comprender qué papel juega en nuestras vidas. En Ethic podríamos crear ya una nueva sección con los estupendos textos que nos han llegado —Garrocho, Del Molino, Freire, Bergareche, Garcés, etc.— en torno a una cuestión que conecta con nuestra identidad e interviene en nuestra felicidad. Nuestras experiencias amistosas sirven, qué duda cabe, para cimentar nuestra arquitectura emocional. Incluso el cantante indie Sr. Chinarro se ha atrevido a lanzar recientemente una versión de los Purple Mountains con una traducción un punto libérrima de All my happiness is gone. «La amistad es oro puro, pero con la edad no perder amigos tiene su dificultad. Ahora voy haciendo extraños donde quiera que vaya», canturrea el de Sevilla rindiendo tributo al poeta y músico David Berman.

Podríamos decir que tiene sentido explorar —y, por supuesto, elogiar— la idea de la amistad en un mundo en el que la incertidumbre muerde y en el que hemos pasado por la licuadora instituciones como el matrimonio o la familia, que en su día fueron sacrosantas. En una sociedad que tiende a esa ambivalencia bipolar de la que ya hemos hablado: estamos más conectados que nunca a través de las tecnologías y se ha creado el absurdo espejismo de que podemos tener cientos de amigos, incluso miles, al otro lado de la pantalla, pero los gobiernos impulsan políticas públicas y crean ministerios para frenar lo que algunos informes catalogan como una epidemia de la soledad. Podríamos sostener que en una época como la nuestra tiene más sentido vital buscar y agarrarse al asidero de la amistad, pero quizá sería ese un ejercicio de narcisismo generacional y probablemente no tenga tanta importancia el momento que nos ha tocado vivir. Me gusta pensar que en cualquier tiempo de la historia, incluso en los estadios más primitivos, habría acontecido lo mismo, lo esencial: los amigos —los de verdad— nos hubieran salvado de nosotros mismos una y otra vez.

Ya en el siglo IV a.C, Aristóteles nos hablaba de tres tipos de amistad: amistad por utilidad (suele ser la más efímera e inconsistente, mirad cómo han acabado Ábalos, Koldo y Cerdán); por placer (qué bien me lo paso contigo; cómo me pirra tu conversación); y por virtud (las amistades verdaderas y plenas, esas que contamos con los dedos de una mano). El filósofo Jorge Freire sostiene que un amigo es el que está cuando toca estar. Entiendo su mirada, y la comparto parcialmente, pero no me conformo. A los buenos amigos me gusta poder asaltarles —y que me asalten, claro— con una razonable asiduidad. Les prefiero incluso inoportunos; que me llamen a la hora de la siesta pero que no dejen de llamar. Ya no somos unos chiquillos y nos comen las responsabilidades, pero no se puede vivir eternamente del pasado: eso sería una especie de hipoteca inversa de la amistad. «La amistad puede persistir incluso sin actividades en común, pero si esto se prolonga demasiado, se desvanecerá», dejó escrito Aristóteles en su Ética a Nicómaco hace dos mil cuatrocientos años. Sin esa constancia vocacional y comprometida, de lo que hablaríamos quizá es de una amistad pretérita o adolescente, de una relación zombi, y no desde luego de una amistad viva, coleante, actual. Permanece eso que fuimos algún día más que lo que realmente somos ahora. A veces, eso cuesta reconocerlo, pero ojo, porque sobre los vestigios de esa amistad pretérita suele anidar algo de incalculable valor. «Cada ruina es un templo», decía María Zambrano. Durante años se forjó un vínculo especial y una memoria compartida que siempre nos acompañarán. Y eso solo nos pasa con un puñado de personas.

«Los amigos de la cárcel son solo amigos en la cárcel», decía el poeta Leopoldo María Panero. Si seguimos el manual de estilo de Bauman, podemos hablar de amistades líquidas, y si tiramos de la jerga de Ortega, de amistades invertebradas. Las envidias y resentimientos acumulados también pueden hacer mella y el archivo popular nos recuerda, con ironía y crudeza, que no siempre es oro todo lo que reluce. «¿Con amigos así, quién quiere enemigos?», sentencia un moderno refrán. Frente a quienes se sienten solos y necesitan más compañía están quienes viven agobiados por tanto plan y sufren de ansiedad y resaca social. «Yo soy yo, y mi circunstancia», ya se sabe. Nunca fue fácil ajustar la oferta y la demanda de afectos, pero ese supuesto éxito social también puede ser el reflejo de un horror vacui —el miedo a una agenda en blanco o a un teléfono al que apenas llegan whatsapps— y de la incapacidad de disfrutar de ese lujo que para algunos, entre los que desde luego me encuentro, puede ser también la soledad. Pero ese ya es, quizá, otro asunto. Y lo que toca hoy es brindar con buen vino por todos esos amigos —sólidos, líquidos, vertebrados, invertebrados, vivísimos, zombis, voluntariosos, despegados, leales, veletas o medio pensionistas— con quienes hicimos o hacemos camino al andar. Esas personas que nos gustan y nos ayudan a creer en algo tan escurridizo como la felicidad. Pablo Blázquez es fundador y director de la revista Ethic.