sábado, 21 de diciembre de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Isaiah Berlin, o el zorro en el gallinero. Publicado el 24/08/2013













Prescribirse uno a sí mismo la tarea intelectual y física de escribir una entrada diaria en el blog como si se tratara casi de una obligación moral no deja de ser una estupidez agobiante y agotadora. Pero es mi estupidez... Y más, cuando desde dentro de mí y por un prurito exacerbado de respeto al posible lector, me niego a comentar de forma preferente y asidua los asuntos que están diariamente en el candelero público; algo que ya otros hacen mucho mejor que yo. De ahí, el recurso a la reedición de antiguas entradas que me parece conservan aún su actualidad por las razones que sean. Mi yerno más joven me reprocha, no sin parte de razón, ese recurso llevado de su interés y entusiasmo por la actualidad. Tendrá que dominarlo un poco si quiere aproximarse con ecuanimidad a su recién descubierto interés intelectual y académico por la Historia. No se lo reprocho, pero es lo que hay.
Y en esa tesitura andaba cuando recordé, en una de mis recientes "patas arriba" que suelo hacer por el ordenado desorden de la "sección Las Palmas" de nuestra caótica biblioteca familiar, haber "visualizado" una biografía del filósofo británico Isaiah Berlin que echaba de menos desde hacía tiempo. No me ha costado mucho encontrarla de nuevo: "Isaiah Berlin. Su vida" (Taurus, Madrid, 1999), escrita por el historiador canadiense Michael Ignatieff. 
Mi primera toma de contacto académico con la obra de Isaiah Berlin -y con la de Hannah Arendt- vino propiciada por el estudio de la asignatura de Teoría Política en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED, de mano de los libros de "Historia de la Teoría Política" (Alianza, Madrid, 1993) del profesor Fernando Vallespín. Me "quedé" enganchado de ambos, de Berlin y Arendt, y de la teoría política, para siempre. Tanto, y perdónenme una confesión tan pueril, que cambié mi "nombre de guerra" en el ciberespacio, hasta entonces "Atenea", mi divinidad preferida, por el de "IBerlin", y poco más tarde, y ya definitivamente, por el de "HArendt". Y ahí sigo.
La entrada "Isaiah Berlin" de la Wikipedia en español no le hace justicia al gran filósofo liberal que fue. Pero tampoco las ediciones en inglés y francés lo hacen, ignoro el motivo, y es algo que resulta bastante deprimente. Para compensarlo en cierto modo, traigo hasta el blog al sociólogo Julio Aramberri, profesor de Sociología en la Universidad de Vietnam, que lleva un delicioso y entretenido blog en Revista de Libros, "Orientalismo". Fue él quien en el número de diciembre de 2001 de dicha revista publicó un artículo titulado "El zorro, el erizo y la vieja Europa", reseñando varios libros de Isaihah Berlin de reciente publicación, que les dará una idea mucho más cabal del pensamiento de nuestro gran filósofo.
De Isaiah Berlin dice el profesor Michael Ignatieff en su biografía que en su larga vida (1909-1997), formado en tres grandes tradiciones -rusa, judía y británica- fue testigo de las principales corrientes filosóficas del siglo XX. Nacido en Riga (Letonia) en el seno de una familia judía, vivió de niño la revolución rusa en San Petersburgo, y con once años se trasladó a Londres con su familia, se adaptó rápidamente a su nueva sociedad y obtuvo una beca para estudiar en Oxford, donde conoció a algunos de los más brillantes pensadores de su generación.
Como profesor, más tarde, de dicha universidad, dejó el chispeante recuerdo de un cierto narcisismo hipocondríaco, más fingido que real, que le llevaba en ocasiones a dirigir los seminarios de doctorado a sus alumnos desde la cama, con un montón de libros, papeles, tazas de té y galletas esparcidos sobre la colcha. Solo es una anécdota sobre un hombre de una personalidad arrolladora, extrovertida y vitalista.
Fue judío a su manera, dice de él Ignatieff, e insistió siempre y a lo largo de toda su vida, en que para ser seglar y escéptico, como él era, no hacía falta romper con el pasado familiar. Sionista, como Hannah Arendt, defendió siempre, también como ella, la existencia de dos estados en Palestina, uno judío y otro árabe, que deberían convivir en paz. A Hannah Arendt, sin embargo, nunca le perdonó que en su libro "Eichmann en Jerusalén" (Lumen, Barcelona, 2003) dijera que los judíos europeos podrían haberse resistido al exterminio del Holocausto con mayor contundencia. Aquello fue demasiado para él.
Filosóficamente, dos preconcepciones fundamentales echaron raíces tempranas en su obra: que puede haber incompatibilidad entre valores y que los seres humanos no son infinitamente maleables. Anticomunista convencido y confeso detestaba la idea marxista de determinismo histórico, argumentado que tal idea fue la que sirvió de pretexto ideológico a Stalin para sus crímenes. Del hombre soviético tuvo la profunda sensación de que no era, como creían los optimistas, pragmático y receptivo a los argumentos racionales, sino que, por el contrario, la doctrina del partido había penetrado hasta el último rincón de su conciencia. Pensamiento este que también compartió Hannah Arendt en su obra "Los orígenes del totalitarismo" (Alianza, Madrid, 2006).
Sin embargo, del marxismo aprendió a observar en términos históricos los valores que los liberales de su generación creían verdades eternas. La experiencia práctica le enseñó que discernimiento y carácter podían ser más importantes que la simple inteligencia: "Las cosas y las acciones son lo que son, y sus consecuencias será las que serán: así pues, ¿por qué querer engañarnos?", dijo citando al obispo Butler en la introducción a su "Karl Marx".
De las grandes figuras políticas de su tiempo dijo que raramente entendían la historia, historia que querían acoplar a sus propios designios, y que la política siempre tendría un potencial de tragedia ya que las fuerzas que se proponía dominar nunca estarían plenamente al alcance humano.
Las opciones públicas y privadas tienen que decidirse en ausencia de certidumbres, dijo. Liberar al hombre, insistió siempre, significa liberarle de obstáculos tales como prejucios, tiranías o discriminaciones para que pueda ejercer su propia y libre elección; no significa explicarle como utilizar su libertad. Lo que pide esta época, decía, no es más fé, un liderazgo más fuerte o más organización científica; es más bien lo contrario: menos ardor mesiánico, más escepticismo culto y más tolerancia de las idiosincracias. Los hombres no solo viven de luchar contra los males, dijo, viven de elegir sus propias metas, una gran mayoría de ellas raramente previsibles y en ocasiones incompatibles.
Utilizando la distinción que él hizo célebre, dice Ignatieff, la variedad de su obra puede hacer parecer a Isaiah Berlin un zorro que sabía muchas cosas, pero en realidad fue un erizo que solo habló de una cosa grande: la libertad.
Los comentarios que anteceden están tomados de mis notas de lectura de "Isaiah Berlin. Su vida", en julio de 1999. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt














Del poema de cada día. Hoy, Hablo de la infancia, de Julia Uceda (1925-2024)

 







HABLO DE LA INFANCIA 



Escalera crujiente,

trozo de bosque organizado

por el que ir hasta la cumbre

de aquel desván lleno de sueños,

pájaros silenciosos

que viajan sin ruido.

Sobre ti estaba el premio

cubierto por el polvo

y lo muerto vivía

para mí, en mis ensueños.

Hogar sin sótanos,

todo aquello era hermoso

porque estaba creando su recuerdo;

viviéndote, sentía

que de algún modo ya te recordaba.

Y siempre que te acercas

entre la niebla, oigo

cómo se queja suavemente,

enmohecido por las lluvias,

el pesado cerrojo de una verja.

La del jardín acaso.



Julia Uceda (1925-2024)

poetisa española











De las viñetas de humor de hoy sábado, 21 de diciembre de2024

 



























viernes, 20 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 20 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 20 de diciembre de 2024. De niña escuchaba a los maestros contarnos que, con la enseñanza de Lenin y bajo la bandera roja de la Unión Soviética, nos dirigíamos hacia un futuro radiante, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Monika Zgustova; sin embargo, en casa la narración era otra, y al final, mis padres, acosados por la policía comunista, no tuvieron otra opción que abandonar el país con sus hijos de manera clandestina. La segunda de hoy es un archivo del blog de noviembre de 2019, en el que se comentaba que la primera mitad del siglo XX fue, en Europa, una monstruosa fábrica de cadáveres según las palabras de la gran Hannah Arendt, en la que los totalitarismos usaban a sus poblaciones como materia prima para la ampliación de cementerios. El poema de hoy, en la tercera, del poeta Miguel D'Ors, comienza con estos versos: Quizá por sobredosis/de canciones, películas y sueños,/o porque entonces yo/–que era, cómo explicarlo, más joven que yo mismo–/aún no entendía el idioma/en que vienen las cosas de la vida. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt













Del nuevo rapto de Europa

 






A mediados de los años noventa, Václav Havel, entonces presidente de la República Checa, ofreció una recepción en el Castillo de Praga para celebrar el aniversario de la independencia de Checoslovaquia del imperio austrohúngaro. La sala gótica se llenó de invitados y en el círculo donde me encontraba alguien dijo que el imperio nunca debió haberse fracturado porque los pequeños Estados que se formaron de sus ruinas fueron bocados fáciles para los tiranos que se apoderaron de aquella parte de Europa: primero Hitler, luego Stalin, dice en El País [El otro rapto de Europa, 12/12/29024] la escritora Monika Zgustova. Una mitad de los presentes asintió. Havel dijo que el imperio, con su mosaico de lenguas y culturas, fue la prefiguración de la Unión Europea y que, para sobrevivir, hubiera debido democratizarse y reconocer todavía más la diversidad de lenguas, culturas y religiones que lo formaban.

A diferencia de los demás invitados, que en su mayoría pertenecían a generaciones anteriores, yo nací en la Checoslovaquia totalitaria. De niña escuchaba a los maestros contarnos que, con la enseñanza de Lenin y bajo la bandera roja de la Unión Soviética, nos dirigíamos hacia un futuro radiante. Sin embargo, en casa la narración era otra. Mis padres insistían en que el régimen soviético con su doctrina leninista se basaba en una ideología dogmática y totalitaria. Y al final, mis padres, acosados por la policía comunista, no tuvieron otra opción que abandonar el país con sus hijos de manera clandestina. Nos marchamos a mediados de los años setenta.

En la celebración de Havel, todavía bajo el signo de la euforia tras la caída del comunismo que muchos de aquel círculo en el que conversábamos ayudaron a derrumbar, hablamos de los valores europeos. Visto desde hoy, Havel fue el último político que habló a la ciudadanía de valores esenciales como honestidad, solidaridad y tolerancia; hoy día la clase política no se atreve a expresarse en esos términos porque las cínicas redes sociales se burlarían de su ingenuidad.

Con el paso de los años, algunos de aquellos invitados se giraron hacia los partidos populistas. En una ocasión pregunté las razones a uno de ellos y me contestó: “Nos queremos alejar de Lenin que decía que la democracia parlamentaria es un aparato de fabricar engaños.” Le contesté que esos partidos son enemigos de la democracia; bajo la autoridad de estadounidenses como Steve Bannon y Trump intentan eliminar los valores de la Ilustración y así despojar a Europa de su identidad. Y le recordé que con frecuencia la ultraderecha y la ultraizquierda se tocan. Por eso en lo referente a Lenin, en 2017, el ultraderechista Bannon se equiparó públicamente con el revolucionario: “Soy leninista,” dijo en un mitin, “Lenin quiso destruir el Estado y este es también mi objetivo”. Trump lo secundó afirmando que la solución para América es “hundirse en una catástrofe y tras ella resurgir milagrosamente”. Entonces recordé a mi interlocutor que esa frase no está lejos de los cuentos sobre el futuro radiante que se contaban en los países comunistas.

Bajo la batuta y con la financiación de Bannon, Musk y otros, los líderes antieuropeos se empeñan en acabar con la Unión Europea y disgregarla en pequeños y medianos Estados independientes y fácilmente dominables para poderes como el de Estados Unidos y las grandes multinacionales. Si eso llega a ocurrir, Europa estaría perdida, al igual que lo estuvieron, durante medio siglo, aquellos Estados que se habían formado sobre las ruinas del imperio austrohúngaro, entre ellos mi país de origen. Desde su formación hace más de un siglo, esos Estados solo se han podido sentir algo fuertes cuando han formado parte de la Unión Europea.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? A finales del siglo pasado, las democracias europeas empezaron a encontrarse bajo la presión de los neocons estadounidenses, una derecha radical, políticamente rompedora y electoralmente dinámica. Desmarcándose de la extrema derecha tradicional —los neofascistas y neonazis— y de sus incitaciones a la violencia, la irrupción en el escenario político de esos partidos “modernizados” representa uno de los mayores retos a los que se enfrenta la democracia. Sin llegar a criticar abiertamente la legitimidad de la democracia, pero enarbolando sobre todo la bandera de la libertad, esos partidos rechazan el sistema sociopolítico establecido y abogan por un mercado ultraliberal, acompañado de una drástica reducción del papel del Estado. Un ejemplo de ello es el partido Fidesz de Viktor Orbán, que ha convertido Hungría en un Estado autocrático.

La mayoría de los países europeos tienen la ultraderecha y el populismo bien infiltrados en sus filas. Alemania no cesa de desplegar esfuerzos por mantener a raya a la peligrosa Alternativa para Alemania. Casi todos los Estados excomunistas de la Europa Central y del Este tienen un partido xenófobo en el gobierno o en la oposición. Ursula von der Leyen decidió ir con los tiempos y aceptar a algunos de esos partidos —los que no son antieuropeos, antidemocráticos y apoyan a Ucrania— como Hermanos de Italia, de Giorgia Meloni.

Es evidente que se cometieron errores. A pesar de las protestas, como la carta abierta de escritores y académicos del 17 de abril 2018, Angela Merkel dio vía libre a Orbán que convertía democracia en autocracia, porque ambos tenían una relación estrecha y se ayudaban mutuamente. Por culpa de sus graves equivocaciones y torpezas, el eje de Europa, Alemania y Francia, está en crisis. También la izquierda tradicional erró al traicionar los ideales del humanismo abandonando a su suerte a la clase media y a los más frágiles, dejándose tentar por el canto seductor del capitalismo financiero transnacional, contra el que no se ha atrevido a actuar. Por eso en muchos países europeos han desaparecido los partidos socialdemócratas.

Sin embargo, uno de esos políticos socialistas desaparecidos de primera línea, François Hollande, en su momento afirmó con lucidez que, si Europa no se unía más, acabaría derrotada. Y efectivamente, los tiempos actuales están muy alejados de la fiesta de la esperanza en el Castillo de Praga de hace 30 años. Europa se ve hoy amenazada internamente por la creciente falta de confianza de sus ciudadanos en la democracia, alimentada por la incesante actividad en redes sociales de Rusia y otros países y organizaciones contrarias al sistema democrático. Desde el exterior, y concretamente en lo militar, Rusia quisiera rodear a Europa a través de Ucrania y Bielorrusia, pero también en el Mediterráneo donde el ejército ruso está presente en dos puertos, el sirio Tartus (ahora mismo en jaque por la caída de El Asad) y el libio Tobruk, que reciben toneladas de armamento.

Estados Unidos, el principal aliado de Europa durante más de un siglo, que la salvó de la destrucción física y moral, aparece, con Trump al frente y con la larga e intensa actividad de Steve Bannon y otros trumpistas en favor de la extrema derecha europea, como una amenaza real. Y es que Europa molesta al ultraliberalismo, al capitalismo financiero y a las grandes empresas de tecnología que quisieran acabar con la capacidad de las instituciones europeas de defender a los ciudadanos frente a sus estrategias.

Europa representa hoy el mosaico de culturas, lenguas y religiones, la diversidad cultural y lingüística de la que habló Havel en la fiesta del Castillo de Praga. Con todos sus errores y defectos en cuya solución todos los ciudadanos europeos deberíamos participar, Europa es hoy el proyecto político más poderoso en favor de las libertades democráticas y los derechos humanos. O si no, ¿por qué millones de seres humanos arriesgan su vida por llegar a Europa y muchos millones más sueñan con tener algún día pasaporte europeo, entre ellos muchos de los más ricos del planeta?











[ARCHIVO DEL BLOG] Una ayuda. Publicado el 22/11/2019









A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellos tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy, un texto del escritor Félix de Azúa, en el que nos recomienda acudir a Hannah Arendt en busca de consejo cuando nos asalta el horror de ver a nuestros vecinos entregados a la destrucción, el odio y la idiotez. 
Cuando nos domina el agobio de estar viviendo en una sociedad agresiva, codiciosa, desnortada y peligrosa -comienza diciendo Azúa-, conviene acudir a quienes en verdad vivieron situaciones difícilmente soportables. La primera mitad del siglo XX fue, en Europa, una monstruosa fábrica de cadáveres según las palabras de la gran Hannah Arendt. Los totalitarismos usaban a sus poblaciones como materia prima para la ampliación de cementerios. Y los habitantes de aquellos países se volvieron monstruos sanguinarios. Ella, judía alemana, sobrevivió porque pudo emigrar a EE UU y allí escribir una de las reflexiones más profundas sobre la naturaleza del mal. Aturdida y confusa al ir conociendo las carnicerías europeas, dedicó su vida a pensar en una política humana. Al principio, en los años cuarenta, los crímenes alemanes y rusos eran difíciles de creer así que tardó en admitir que los humanos pudieran caer en semejante degradación. Cuando nos asalta el horror de ver a nuestros vecinos entregados a la destrucción, el odio y la idiotez, es bueno acudir a aquella mujer sabia, generosa y lúcida en busca de consejo. Ella vivió lo peor. 
La obra de Arendt es tan extensa que no es fácil elegir uno u otro título, aunque mi favorito siga siendo el monumental trabajo sobre los totalitarismos, porque da información esencial sobre la perversidad de los nacionalismos. Por fortuna acaba de publicarse, bajo la muy docta dirección de Andreu Jaume, una antología, La pluralidad del mundo (Taurus), que resume la doctrina de Arendt y es una introducción eficaz a su pensamiento político. Aun cuando ella vivió el horror absoluto, hay mucho que aprender sobre nuestros mediocres malvados. Sobre todo, un principio de hierro: no hacer nada que nos asemeje a ellos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, También, de Miguel D'Ors (1946)

 






TAMBIÉN 



Quizá por sobredosis

de canciones, películas y sueños,

o porque entonces yo

–que era, cómo explicarlo, más joven que yo mismo–

aún no entendía el idioma

en que vienen las cosas de la vida,

pensaba que el amor únicamente era

palabras tiernas, manos soñadoras

confundidas en una misma y larga caricia,

síes que les responden a otros síes,

besos celestes y horas de siempre sol y mayo.


No sospechaba que el amor está

hecho también de noes y distancias,

de lágrimas a veces, y algún grito,

y alguna hora ceñuda, y que precisamente

son esos noes y esas distancias y esas lágrimas

y todas esas cosas dolorosas

lo que prueba y depura

y alarga hacia el futuro, por encima

del vuelo raso de los sentimientos,

toda esa pirotecnia de las palabras tiernas,

las manos soñadoras, los síes que se miran

en el espejo de otros síes, los besos,

la primavera y todo lo demás.



Miguel D’Ors (1946)

poeta español










De las viñetas de humor de hoy viernes, 20 de diciembre

 







































jueves, 19 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 19 de diciembre de 2024

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 19 de diciembre de 2024. La palabra del año para la Universidad de Oxford es ‘brain rot’, traducible al castellano por ‘podredumbre cerebral’ y que sirve para bautizar el desasosiego que se instala en una persona después de pasarse unas cuantas horas navegando estúpidamente por internet, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Pilar Garcés. La segunda es un archivo del blog de febrero de 2020 en el que el escritor Arturo Pérez Reverte, una tranquila tarde de invierno, camina Cuesta de Moyano abajo y conversa con los libreros, convencidos todos de las pocas esperanzas de que esto sobreviva. El poema de hoy, en la tercera, de la poetisa estadounidense Carolyn D. Wright (1949-2016), comienza con estos versos: Todo lo bueno entre el hombre y la mujer/ha sido escrito en lodo y mantequilla/y salsa barbecue. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt










De las palabras que definen 2024

 






La palabra del año para la Universidad de Oxford es ‘brain rot’. Mediante una encuesta en la que han participado 37.000 anglohablantes, la institución ha seleccionado para definir este 2024 agonizante una expresión traducible al castellano por ‘podredumbre cerebral’ y que sirve para bautizar el desasosiego que se instala en una persona después de pasarse unas cuantas horas navegando estúpidamente por internet, comenta en El Periódico [Cerebros podridos y enmerdados, 11/12/2024] la escritora Pilar Garcés. Esa sensación de malestar, niebla mental o náusea por sobredosis de contenidos triviales ha sido considerada la tendencia estrella de nuestra rabiosa actualidad. ‘Brain rot’ sirve también para denominar a la comida basura que no podemos dejar de servirle a nuestro intelecto menguante, sean vídeos de TikTok de gente que baila, sean píldoras que muestran el proceso de decapado de un mueble, consejos para el maquillaje, comentarios políticos exprés o recetas de pastelería en sesenta segundos. Contenidos digitales perfectamente prescindibles y olvidables que han colonizado el tiempo libre de los humanos. Y sus cabezas humeantes. Acostumbrados a enhebrar una chorrada con otra, con la mente hecha unos zorros y una capacidad de atención en horas bajas, ya no entendemos las oraciones subordinadas, ni soportamos los discursos complejos. La sobredosis de tonterías que nos autoadministramos debe representar la ganancia de alguien. De los amantes de los eslóganes breves y los mensajes simples, que medran según todas las encuestas con el abono de la descomposición cerebral ajena.

Para la editorial estadounidense Merriam-Webster, que publica diccionarios desde hace cuatro siglos, el vocablo del año es ‘polarización’. La división que apunta a los extremos ideológicos e impide alcanzar acuerdos define los doce meses pasados, y ha alcanzado su máxima expresión durante la campaña electoral que enfrentó a Kamala Harris con Donald Trump. Según razona la empresa librera, los votantes no solo apuestan por un candidato sino que visualizan al oponente como un enemigo a batir y un peligro para la propia seguridad. La polarización no solo se advierte en la política, hasta los clubs de fans se han radicalizado y lanzan campañas de odio contra los exnovios de las estrellas a las que adoran. Coronada palabra del año en España en 2023, su interés no ha decaído en el presente ejercicio: o estás con Broncano o con Pablo Motos. Esta dicotomía ha generado aluviones de contenidos para el ‘brain rot’. O ha enfangado la discusión pública, que dirían en nuestras antípodas. El diccionario Macquarie, el más prestigioso de Australia, ha elegido como término definitorio de 2024 ‘enshittification’, que vendría a ser 'enmerdar'. Nacida para un contexto digital, sirve ahora para explicar la degradación que sufren determinados servicios o productos por la búsqueda de beneficios rápidos. 

De cerebros podridos y enmerdados podrían surgir conceptos como el elegido por la enciclopedia en línea dictionary.com como su palabra del año. Se trata de ‘demure’, traducible por ‘recatada’. Se trata de un concepto viralizado por la 'influencer' portorriqueña trans Jools Lebron, que en sus redes sociales aconseja sobre cómo comportarse de una forma discreta y modesta, a la vez que sofisticada. Observando los vídeos de esta profeta del decoro pienso que ojalá Fundéu escoja ‘cancelación’ como palabra de 2024 en castellano. Aunque igual nos sorprende con ‘dana’, ahora que la Academia ha accedido a ponerla a buen recaudo, encerrándola en su diccionario para que no salga.








[ARCHIVO DEL BLOG] Libros que nunca leeré. Publicado el 07/02/2020









Es una tarde tranquila de invierno, -comienza diciendo el escritor y académico de la RAE, Arturo Pérez Reverte, en el A vuelapluma de hoy, viernes- con manchas de sol bajo los árboles. Camino cuesta Moyano abajo, deteniéndome en las casetas de libreros de viejo que a esta hora están abiertas. Son pocas, y eso me entristece. Un día con buena temperatura, una hora agradable, y no hay casi nadie aquí. Me detengo a mirar en los mostradores, converso con los libreros. En todos encuentro pocas esperanzas de que esto sobreviva. Una curtida veterana dice «nos quedan dos telediarios», y comparto su pesimismo. Acabarán poniendo aquí, supongo, bares de tapas y puestos de artesanía perroflauta; y entonces, estoy seguro, el lugar se pondrá hasta arriba. De momento, la falta de interés del público, la indiferencia de los políticos, los tiempos que corren, sentencian a medio plazo esta joya de la cultura madrileña; este paraíso de los lectores donde, por el precio de un par de cañas, puedes llevarte, si afinas eligiendo, dos o tres buenas ediciones de libros estupendos. Aquí no valen milongas de que un libro es caro. Mientras existan lugares como éste, quien no lee no es que no pueda. Es que no quiere.
Soy viejo cazador de libros, con modales e instintos de serlo. Así que esta tarde, como siempre, me muevo por los puestos con el ojo atento y los dedos rápidos para llenar el zurrón, tan dispuesto como cuando hace cincuenta años llegué a Madrid y empecé, libro a libro, a construir la trinchera en la que vivo y sobrevivo: la biblioteca que creció poco a poco, primero para reconstruir la de mis abuelos y mi padre, y luego haciéndola más personal y propia. La que me permitió comprender el mundo complejo y violento por el que caminé desde muy joven, y que ahora, multiplicada en centenares de estantes y miles de libros, me permite digerir cuanto viví. La que, combinada con lo que recuerdo e imagino, me ayuda a contar historias e interpretar el mundo. Incluso, a soportarlo cuando no me gusta. Esa biblioteca que es lugar de trabajo, refugio y, como dije muchas veces, analgésico; de ésos que no eliminan las causas del dolor, pero ayudan a soportarlo.
A esta edad es puro instinto, como digo. Necesidad compulsiva, aunque ya tenga ese o aquel título en una edición distinta. Leer el papel viejo que leyeron otros ojos, tocar las tapas ajadas por otras manos, llenar la bolsa de lona que suelo traer cuando vengo aquí: Círculo de Lectores, Editorial Molino, Colección Reno, Austral, etcétera. Ya no siento, por supuesto, la emoción de los primeros años; esa vibración casi física de dar con un título buscado o descubrir otros que me guiñaban un ojo polvoriento, prometiendo formar parte de mi vida e incluso cambiarla: El diablo enamorado, Cuadros de viaje, La flecha de oro, Vidas paralelas, Sistema de la naturaleza, El buen soldado… Pero el impulso, la necesidad de acumular libros como una urraca objetos brillantes en su nido, se mantienen inalterables. Sigo cazando rápido, apasionado, gozoso. Luego, en casa, vaciaré la bolsa del botín para situar cada uno en el lugar y la compañía que le corresponde. Como esos cuatro de Graham Greene que acabo de comprar por diez euros aunque ya los tengo en otras ediciones, sólo porque el ex libris que llevan pegado hace pensar que su propietaria –una mujer tal vez ya muerta– fuese quien fuera, sonreiría consolada si me viese rescatarlos.
A veces, alguien que ve mi biblioteca pregunta si he leído todos esos libros. Y la respuesta siempre es la misma: unos sí y otros no; pero necesito que estén todos ahí. Una biblioteca es memoria, compañía y proyecto de futuro, aunque ese proyecto no llegue a completarse nunca. Una biblioteca amuebla una vida, y la define. Raro es no advertir el corazón y la cabeza de un ser humano tras un repaso minucioso a los libros que tiene en casa, o que no tiene. Por eso no me lamento por los que no llegaré a leer. Cumplen su función incluso quietos, silenciosos, alineados con sus títulos en los lomos. Puedo abrirlos, hojearlos, recorrerlos despacio, meterlos en la mochila para un viaje. Y aunque muchos no llegue a leerlos jamás, habrán cumplido su misión. Su noble cometido. Cuando comprendí que nunca leería todos los libros que ansiaba leer, y acepté esa realidad con resignada melancolía, cambió mi vida lectora. Se hizo más plena y madura, del mismo modo que, en la primera guerra que conocí, asumir que yo también podía morir cambió mi forma de mirar el mundo. Los libros que nunca leeré me definen y me enriquecen tanto como los que he leído. Están ahí, y ellos saben que lo sé. Si sobreviven al tiempo, al fuego, al agua, al desastre, a la estupidez del ser humano, un día serán de otro. Y lo serán gracias a mí, que tuve el privilegio de rescatarlos de sus miles de naufragios y unirlos a mi vida".
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt