miércoles, 1 de mayo de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Otro mayo más... [Publicada el 01/05/2014]











Escribo desde la euforia contenida y respetuosa, como no podía ser menos, de esos inolvidables 0-4 del Real Madrid al Bayern en Múnich y del 1-3 del Atlético de Madrid al Chelsea en Londres, que lleva a dos equipos españoles, de una misma ciudad, a una final inédita en la historia de la "Champions". No es el fútbol un deporte que me apasione especialmente -en realidad no me apasiona ninguno y me gustan unos pocos, muy pocos- pero acontecimientos como este no se ven a menudo y conviene disfrutar los escasos momentos de alegría que la actual vida de zozobra continuada nos ofrece. 
Entre esos escasos momentos felices, en mi caso al menos, están los que me proporciona la lectura. Acabo de leer un estimulante librito de Fernando Savater, "Figuraciones mías", que espero comentar próximamente; otro de Catherine Pozzi, "Agnès" (Periférica, Cáceres, 2013), que fue un texto de culto en la Francia del primer tercio del pasado siglo, y ahora mismo estoy enfrascado con el "Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental seguido de Reflexiones sobre la revolución húngara" (Encuentro, Madrid, 2007), de mi siempre admirada Hannah Arendt.  
No comienza mal el mes de mayo, un mes especial, sin duda. Lleno de recuerdos entrañables y reminiscencias infantiles. La de mi concepción -de la que no guardo recuerdo alguno por razones obvias-; y la de los escolares meses del "Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que madre nuestra es"... Y el de las Primeras Comuniones, la propia y las de los hijos. Pero la edad de la inocencia pasa inexorablemente con los años, y como el honor en los guardias civiles, una vez perdida, resulta imposible de recuperar.
Justamente en mayo de hace unos años comentaba en el blog que a mí el pasado no me producía melancolía o nostalgia. Que no era de los que dicen que "todo tiempo pasado fue mejor", pero, eso sí, que las conmemoraciones me ponían sentimental, quizá en exceso; quizá por culpa de llevar desde mi juventud una ordenada agenda en la que anoto cumpleaños, onomásticas, aniversarios y acontecimientos familiares y amigables de especial significado para mí.  
Mayo fue también, aquel mes de 1808 en el que el pueblo de Móstoles (Madrid), una localidad que no llegaba a los cien vecinos, escuchó el famoso bando de sus alcaldes llamando a la rebelión del pueblo español frente a la ocupación francesa. El aristócrata que lo redactó y los alcaldes que lo suscribieron, Juan Pérez Villamil, Andrés Torrejón y Simón Hernandez, no creo que fueran conscientes de la trascendencia que ese bando tuvo en la historia posterior de la Guerra de Independencia. Reelaborada o no esa historia con posterioridad, su llamamiento a la insurrección prendió una mecha que dio paso a un sentimiento nacional que no existía hasta ese momento, y que cuatro años más tarde daría lugar al nacimiento de la Nación española y a la primera Constitución liberal de Europa, esa misma de la que escribía hace unos días en el blog. Hoy me ha dado por pensar en los sucesos que ocurrieron en Madrid en mayo de 1808 y no tengo muy claro, de haberme encontrado en ese momento y en ese lugar, que hubiera hecho yo. ¿Me hubiera puesto del lado de las gentes de orden, afrancesados en su mayor parte, horrorizados por el tumulto del populacho? ¿De parte de esos madrileños cabreados por la chulería de los gabachos y el secuestro de lo que quedaba de la Familia Real y su traslado a Francia? ¿O como hicieron la mayoría de los madrileños me hubiera quedado en casa, asustado, y viéndolas venir?...
Unos años más tarde, en 1968, también en mayo, y con la madurez recién estrenada, me acometió el fervor revolucionario. Era, a mis 22 años, completamente feliz. El año anterior había terminado mi primera titulación universitaria; tenía un buen trabajo; me había traslado a vivir de Madrid, la que había sido mi ciudad durante diecisiete añosa Gran Canaria; me había casado con una compañera de trabajo, que sigue siendo la mujer de mi vida; y a cubierto de todo temor, asistía emocionado, a las revueltas estudiantiles de Berkely, en California, y en muchas otras universidades europeas que culminaron con la asonada casi revolucionaria de los estudiantes franceses de París que a punto estuvieron de acabar con la V República. No estuve allí físicamente, pero casi. Al menos en espíritu, sí. De todo lo que se contó, se supo, se fabuló sobre Mayo del 68, me quedo con dos anécdotas: La primera, la película "Soñadores" (2003), de Bernardo Bertolucci, con una sensacional y espléndida Eva Green de la que los franceses -siempre tan suyos- dicen (o decían) que tenía los senos más hermosos del cine mundial; la segunda, el lema oficioso de la revuelta estudiantil, promulgado en la Universidad de la Sorbona por un genial publicista anónimo provisto de un aerosol: "Sous les pavés, la plage" (Debajo de los adoquines, está la playa)... La playa no apareció, pero los adoquines sirvieron para levantar una barrera infranqueable para la policía antidisturbios. Y cuando todo terminó, nunca más fueron repuestos... Por si acaso... ¿Qué queda en nosotros, casi setentones ya, de aquel espíritu de Mayo del 68? Me temo que nada, o más bien poco... Pero aun visto desde lejos, fue precioso. Pues nada, bienvenido sea este nuevo mes de mayo. Y ahora, sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt















martes, 30 de abril de 2024

De Kant y la Ilustración

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes.  En la obra del filósofo alemán Immanuel Kant, la razón ilustrada atraviesa las páginas con la facilidad de una daga. Más de dos siglos después, Kant sobrevive. Y lo hace a través de sus libros, pero sobre todo a través de algo más importante: la forma en que pensamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Kant, el hombre que tuvo razón
ESTHER PEÑAS
23 abr 2024 - Ethic- harendt.blogspot.com

El proyecto ilustrado no es una reliquia caduca ni el vestigio de un propósito extinguido. Al contrario: puede que ahora más que nunca se haga necesario repensar sus consecuencias de una manera más heterodoxa, con mayor rigor y entusiasmo. El siglo XVIII fue conocido como Siglo de las Luces no por casualidad, sino por la voluntad de un ramillete de pensadores de acabar con toda superstición para que el hombre se rigiera a sí mismo haciendo uso de la razón. Descartes, Voltaire, Rousseau, Locke, Hume, Diderot, Herschel, Montesquieu o Bacon son algunos de sus representantes. Y, por supuesto, Kant.
Immanuel Kant (1724-1804), nacido en Köningsberg (actual Kaliningrado), era un tipo de complexión enfermiza y chata estatura que disfrutaba de la amistad y la conversación. Célibe y radical sedentario (en vida, solo salió de su ciudad para recoger un ejemplar de El Emilio, de Rousseau), caminaba a diario y siempre a la misma hora (paseo que sus paisanos aprovechaban para ajustar los relojes, cuenta el mito), e invariablemente se acostaba a la diez y se levantaba a las cinco. Kant, el hombre que se encomendó a la razón y que cambió la manera de entender la ética, la libertad, la religión, el autogobierno y la relación entre los países. ¿Cómo entendía él la Ilustración?
Kant contaba con sesenta años cuando publicó uno de sus textos breves más lúcidos y profundos, ¿Qué es la Ilustración?, en el diario Berlinische Monatsschrift. La respuesta ocupa la primera línea del texto: «Es la salida del hombre de su inmadurez autoincurrida».
El propósito de la disertación kantiana no era otro que espolear a sus semejantes a emanciparse de toda tutela, a pensar por ellos mismos, para lo cual no se requiere ser un erudito. Basta, sostenía, con saber utilizar los recursos intelectuales que cada uno posee para preguntarse por las razones que explican una determinada conducta (descubriendo, así, si dicho criterio podría ser asumido por cualquier otro a modo de principio universal).
En la búsqueda de ese principio universal, aquel que piensa ha de abstraerse de toda emoción o aliciente personal, así como ha de suspender los prejuicios y la superstición, que solo conducen al fanatismo: «Pensar por sí mismo significa buscar en uno mismo (es decir, en su razón) la suprema piedra de toque de la verdad; y la máxima de pensar siempre por sí mismo es la Ilustración».
Las consecuencias de este pensamiento ilustrado, lejos de haberse consumado, laten en textos de radical vigencia, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como en nuestros actuales sistemas democráticos, que, aunque imperfectos, constituyen un fructífero marco de convivencia.
Al abogar por la autonomía de la razón, Kant no dinamita la figura del maestro, que aspira a orientar a sus discípulos hasta que puedan valerse por sí mismos, pero sí censura a cuantos ejercen una suerte de tutela vitalicia sobre sus devotos, impidiéndoles su emancipación. Es consciente del coraje que requiere pensar por uno mismo, sabedor de que hay muchos —acaso la mayoría— que prefieren estancarse en un infantilismo moral e intelectual, dejando que sean otros los que les digan qué hacer y cómo hacerlo, en vez de encarar el fascinante desafío de asumir las responsabilidades propias. «El pueblo no cifra su máxima dicha en la libertad, sino en sus fines naturales», escribía. O lo que es lo mismo: en tener salud, dinero y consuelo frente a la muerte. Aquel que prometa cubrir alguna de estas áreas de manera rápida y contundente, por tanto, podrá someter a cuantos no ejerzan su soberanía racional.
Kant aspira a que cada uno de nosotros dirija sus vidas, afronte sus problemas y asuma las responsabilidades derivadas de sus decisiones. Ser «legislador de sí mismo», como explicó en la Crítica del juicio. Lo contrario nos condena: «Si la razón no quiere estar sometida a la ley que ella se da a sí misma, tiene que humillarse bajo el yugo de las leyes que otro le da».
Para pensar por uno mismo se requiere libertad, ya que no puede haber coacción, miedo o imposición que condicionen el pensamiento. De ahí que Kant considere algunas cuestiones intolerables, como imponer una determinada confesión religiosa como la única fe verdadera. Trataba de combatir, con ello, el intento de imponer cualquier forma de pensamiento único, y es que para ejercer la libertad, Kant defiende el uso público de la razón, la libertad de exponer al mundo el propio pensamiento. Una potestad que descansa, a sus ojos, «en la obligación misma de la razón humana universal».
No se trata simplemente de hablar a otros, sino de hablar con otros; de encontrar una tentativa de verdad mediante la confrontación de argumentaciones y razonamientos. El uso público de la razón supone, para él, una comunicación recíproca de pensamiento, siendo la vía para encontrar soluciones racionales para los distintos problemas.
Por el contrario, el uso privado de la razón tiene restricciones, puesto que se ejerce como representante de alguna institución o estamento. Así, un profesor puede pensar ciertas cosas que no tiene derecho a enseñar, y un militar ha de obedecer la decisión de su superior, aunque la considere equivocada. Lo que Kant no explicó —acaso no pudo imaginarlo— son las trágicas consecuencias de llevar al extremo este uso privado. Pensemos en aquellos funcionarios nazis que excusaron su participación en el engranaje de la muerte bajo el pretexto de cumplir órdenes. La banalidad del mal, lo llamó Hannah Arendt.
No obstante, la respuesta de Kant a qué es la Ilustración continúa formando parte de nuestro presente y de la trama misma de la historia. Porque si el hombre abdica de su posibilidad de pensar, no encontrará otro destino que la esclavitud y el vasallaje. La libertad ha de ser una aspiración innegociable. La ilustración no fue solo un periodo de la historia; en cierto modo, fue (y es) un estado vital de la conciencia. Esther Peñas es escritora.


























[ARCHIVO DEL BLOG] Falsas dicotomías. [Publicada el 21/05/2019]














Debemos crear zonas protegidas en las que volvamos a atrevernos a desechar el pensamiento que obedece a la lealtad a un clan y ensayemos otro sin barreras; que nos dejemos convencer por el contrario, señala la periodista, escritora y filósofa alemana Carolin Emcke. 
Hace algunos años, comienza diciendo Emcke, en Estados Unidos, me encontraba en un restaurante chino con un numeroso grupo de investigadores después de un congreso. Como es habitual en estos casos, estábamos pensando pedir varios platos para compartir. Las y los presentes empezaron a enumerar sus preferencias culinarias o sus alergias. Yo dije que a mí me gustaba todo menos la carne de cerdo. Al oírlo, uno de los participantes de más edad se volvió hacia mí y me preguntó: “¿Cómo es que no come carne de cerdo siendo alemana?”. El comentario me dejó tan perpleja que no se me ocurrió nada mejor que contestar: “Hoy en día hay hasta alemanes pacifistas, así que imagínese”.
Efectivamente, los esquemas simples forman parte del repertorio corriente del pensamiento o el discurso sobre las culturas o las personas. A todas y todos nos pasa alguna vez que, sin darnos cuenta, pensamos siguiendo cadenas de asociaciones preconcebidas y obedeciendo a resentimientos. Ahora bien, hay estereotipos consistentes en falsas dicotomías que no solo menoscaban la fantasía individual, sino que restringen fatalmente el espacio de los debates políticos, construyen trampas imaginarias que se nos presentan como lógicas pero no lo son, e insinúan que hay que elegir por fuerza entre opciones mutuamente excluyentes que, en realidad, no se excluyen en absoluto. En consecuencia, estos patrones de pensamiento nos confunden al presionarnos para que elijamos entre dos variantes que no nos convencen, o que ni siquiera son variantes.
Muchos debates internacionales están marcados por estas oposiciones falaces. Se supone que tenemos que dar prioridad a las necesidades de los emigrantes o a las de los trabajadores, como si fuese tan fácil distinguir ambos grupos sociales. ¿Qué planta industrial, qué fábrica de automóviles, qué cosecha agrícola de Europa o Latinoamérica no depende de la mano de obra venida de fuera? Nos dicen que no nos queda más remedio que decidir con quién nos solidarizamos, si con la población socialmente excluida del campo, de las regiones desfavorecidas, de los núcleos despoblados, o con los habitantes de las ciudades marginados a causa de su cultura o su religión. Al parecer, tenemos que optar por dar prioridad a los conflictos políticos o a los culturales. Sin embargo, ambos son inseparables. La redistribución social y el reconocimiento político y cultural no son asuntos que se puedan reducir a una cuestión de o lo uno, o lo otro.
La lista de ejemplos que pretenden presentarnos la realidad depurada de su complejidad moral o social ya sea en Latinoamérica, Europa, Estados Unidos u Oriente Próximo es asombrosa. Las falsas dicotomías empleadas deliberadamente no dejan de aumentar. Pretenden abreviar el discurso eliminando las ambivalencias incómodas, las laboriosas precisiones, los cuestionamientos minuciosos, y fomentan la ya pronunciada dinámica de la polarización en la esfera pública democrática. De este modo, los juicios particulares se conectan con otros supuestamente derivados de ellos, como si solo se pudiese pensar o sentir en amasijos indiferenciados. Se diría que la estructura del discurso se ha adaptado al modelo televisivo, que la lógica del sí o no de los concursos de la televisión ha truncado el pensamiento social y político. Tras décadas de programas de entrevistas que no tienen el menor interés en comprender de verdad los fenómenos sociales, económicos y culturales, la cultura de la ponderación se ha atrofiado.
Se insinúa que no es posible estar al mismo tiempo en contra de la extradición de Julian Assange a Estados Unidos y a favor del esclarecimiento en los tribunales de las acusaciones de violación por parte de Suecia. La compleja crónica de los activistas de WikiLeaks, que por un lado ha puesto a disposición de la opinión pública numerosos documentos sobre los crímenes de guerra de los soldados estadounidenses, mientras que por otra ha rehuido la investigación de la Fiscalía, constituye una historia ambivalente que se purga de todo lo que obstaculice un juicio simple. Algunos ideólogos quieren que el relato y las posiciones de nuestra época sean claros y escuetos, que no nos turben, que no nos exijan el esfuerzo de la reflexión. Se nos quiere empujar a las lealtades incondicionales, al “nosotros contra ellos”. El examen autocrítico, el debate incierto tienen que quedar cada vez más aletargados.
En una de sus Lecciones de Fráncfort, la poeta Ingeborg Bachmann habló en una ocasión de un “pensamiento que, al principio, no está preocupado aún por la dirección a seguir; un pensamiento que aspira al conocimiento y que, con el lenguaje y a través del lenguaje, quiere llegar a algo”. Prescindiendo de aquellos que no quieren llegar a algo con el lenguaje, sino con la violencia, el hecho es que ese pensamiento al que todavía no preocupa la dirección a seguir, que todavía no sabe, o afirma saber, qué está bien y qué está mal, que no tiene un juicio hecho antes de saber cómo podría formárselo, se ha vuelto cada vez más escaso. Cada vez es más infrecuente el pensamiento que aspira al conocimiento; el pensamiento curioso que se abre a las ideas, las informaciones y los argumentos de los que se puede aprender algo y con los que se puede comprender y descubrir.
Sin embargo, hoy en día hay numerosas cuestiones sociales, políticas y económicas acerca de las cuales cabe el disentimiento razonable, en relación con las cuales sería del todo obvia y legítima la incertidumbre sobre qué está bien y qué está mal, y en torno a las cuales la dirección del pensamiento no debe de ningún modo estar prefijada, porque la mayoría de las veces también los hechos, una vez establecidos, no hacen sino definir una tarea. El pensamiento al que se refería Bachmann es, sin duda, exigente y arriesgado; reclama de nosotros que estemos dispuestos a admitir los errores y a descubrir los puntos ciegos de la propia socialización o el propio entorno, así como que nos aventuremos a adoptar la perspectiva de otros para comprobar qué se puede ver o pensar desde allí.
Sin embargo, hoy por hoy, la esfera pública, cada vez más polarizada y fragmentada, está dominada por un pensamiento que quiere ser siempre acabado y cerrado, que permite la duda solo cuando se trata de las posiciones ajenas, pero no de las propias, que dicta a qué afirmaciones y a qué ideas adherirse de acuerdo exclusivamente con lo que siempre se ha creído y pensado.
Es urgente que volvamos a generar y utilizar espacios en los que se pueda practicar un pensamiento y un lenguaje que rechacen estas falsas dicotomías. Debemos crear zonas protegidas en nuestras casas, en las escuelas, en los teatros, en las plazas públicas, en las discotecas y en las iglesias, pero también en los periódicos y en las redes sociales, en las que volvamos a atrevernos a desechar el pensamiento que obedece a la lealtad a un clan y ensayemos otro sin barreras; zonas en las que también podamos equivocarnos y nos dejemos convencer por el contrario. En eso consiste la textura social de una democracia: en la búsqueda conjunta e incierta de un conocimiento, una experiencia y unas perspectivas que podamos compartir. Es una búsqueda que no admite precipitaciones ni menoscabos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 












lunes, 29 de abril de 2024

Del estercolero de la política

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. José Ortega y Gasset, comenta en La Vanguardia su consejero editorial Màrius Carol, que era un liberal, pero sobre todo un moralista, proclamó hace casi un siglo que hay tres cosas que no se pueden hacer en política: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Bienvenidos al estercolero
MÀRIUS CAROL
26 abr 2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

José Ortega y Gasset, que era un liberal, pero sobre todo un moralista, proclamó hace casi un siglo que hay tres cosas que no se pueden hacer en política: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí. Es decir, un político ni puede ser el hazmerreír en público, ni puede sacar pecho, ni embestir contra todo. El Parlamento tiene cada vez más el aspecto de un circo, de una ópera bufa y de una jauría. Ortega hoy se quedaría sin palabras para definir en que se han convertido las instituciones. La política se parece cada vez más a un estercolero, donde fermenta el odio y el rencor, y fertiliza el insulto y la mentira.
Ignoro el alcance que va a tener el anuncio del presidente del Gobierno español de que abre un compás de espera en su agenda pública hasta el lunes para decidir si vale la pena continuar al frente del país, por la campaña de acoso que sufre su mujer. Pedro Sánchez es un gran táctico, pero esta vez no parece que pretenda hacer una jugada maestra para desconcertar a propios y extraños y volver a ganar la partida ante una derecha que no solo ha perdido la vergüenza, sino, lo que es peor, el juicio en su afán de tomar el poder.
No tengo ninguna duda de que el presidente está tocado anímicamente, porque nunca pensó que la política pudiera intentar destruirle, atacando despiadadamente a su familia. El PP y Vox van de la mano en este ejercicio de acoso y derribo a Sánchez, en el que coinciden una oscura organización de extrema derecha como Manos Limpias, un juez con ganas de hacer méritos y un puñado de medios sin escrúpulos para montar un relato de presunto tráfico de influencias de Begoña Gómez, que fue rechazado por la Oficina de Conflicto de Intereses, organismo independiente que estudió la denuncia presentada por el PP.
En el tiempo del tuit tecnológico, corto y soez, Pedro Sánchez ha escogido dirigirse a la ciudadanía con una carta larga en el analógico papel, para decir que hasta aquí hemos llegado y que denuncian a su mujer no por haber hecho algo ilegal, sino por ser su esposa. Hay cosas en esta vida ante las que ni el más resiliente de los humanos puede permanecer impasible. Pero tengan claro que eso no es la política, sino el lodazal en que algunos la quieren convertir. Màrius Carol es consejero editorial de La Vanguardia.



























[ARCHIVO DEL BLOG] El poder y la locura. [Publicada el 13/06/2019]










Quien consolida el mando sin término ni restricciones sólo atiende su propio criterio obsesivo, comenta en El País nicaragüense Sergio Ramírez, escritor y Premio Cervantes 2017. 
Los temas que la literatura nunca abandona, comienza diciendo Ramírez, porque se hallan en la sustancia de la condición humana, son pocos: el amor, la locura, la muerte, el poder. Lo sabían bien los trágicos griegos, sabios en representar el poder como una forma de locura; y no hay nadie más explícito que Shakespeare al examinar esta enajenación capaz de trastornar el mundo. A Eurípides se atribuye una frase lapidaria, aquella de que los dioses vuelven loco primero a aquel a quien quieren perder, como ocurrirá con Ricardo III, “alguien criado en sangre, y en sangre asentado”.
El poder entorpece la razón de quienes lo ejercen con desmesura, y entonces terminan llamando la atención de los dioses, que, según recuerda Heródoto, nunca se ocupan de las acciones de los pequeños e insignificantes, porque estos, alejados del ruido, no suelen despertar sus iras, “puesto que la divinidad sólo tiende a abatir a aquellos que descuellan en demasía”. Para eso tienen a su disposición a Némesis, la deidad de la venganza, presta a lanzarse contra el demonio de la hubris, esa enfermedad que pierde a los mortales encumbrados en su vanidad y en su orgullo destructivo cuando son dueños del mando absoluto.
Némesis castiga sin piedad a quienes se erigen por encima de los demás mortales sin atender a ninguna clase de límites, sordos a los clamores de la ley y a las voces de la cordura, porque se convierten en posesos de esa hubris que emponzoña sus cerebros y los nubla de vapores maléficos. Es la locura a que Lady Macbeth incita a su marido para apoderarse del reino usando de los instrumentos más mortíferos y eficaces, la traición, la vileza, la falta de escrúpulos, la perfidia, y el asesinato como necesidad de estado.
El síndrome de hubris tiene hoy categoría clínica gracias al médico y político británico sir David Owen, quien define las características principales de este padecimiento mental, tan viejo y persistente, en su libro de 2008 En el poder y en la enfermedad; un trastorno de la personalidad que no se da sino en el medio de cultivo del poder, que lo activa y exacerba.
El poder que enajena los sentidos y altera radicalmente la conducta es aquel que llega a tener carácter de absoluto, y que ha sido conseguido gracias a un éxito aplastante, por ejemplo una revolución armada, un golpe de estado, un triunfo electoral avasallador que como consecuencia favorece la supresión de las reglas del juego democrático.
El predestinado obedece a su propia obsesión y se quedará por largos años, las más de la veces sin plazo definido, y sin controles ni contenciones, porque todo el aparato de estado llega a funcionar bajo su arbitrio único. El tiempo desaparece de su mente, y aún la idea de la muerte le llega a parecer extraña.
Quien consolida el mando sin término ni restricciones sólo atiende su propio criterio obsesivo; se niega a escuchar a los demás, y quienes lo rodean temen expresar sus propias opiniones; el examen de los detalles al tomar las decisiones se torna irrelevante porque lo que importa son los propósitos mesiánicos.
Es un poder narcisista, y lo único que vale es la búsqueda obsesiva de un lugar en la historia. Es cuando el dueño del poder absoluto comienza a hablar en tercera persona al referirse a sí mismo, o se envuelve en el nosotros mayestático. Y si llega a pensar que no es comprendido en su tiempo, tiene la certeza absoluta de que la historia, que también es propiedad suya, le hará justicia.
Ahora sólo es capaz de hablar consigo mismo. Es el monólogo de la soledad, donde sólo hay justificaciones complacientes ante cada acción emprendida. La pérdida de contacto con la realidad se le vuelve imperceptible.
Y la visión mesiánica, que crece en el vacío de la irrealidad, no se cuida de los costos políticos. Todas las decisiones son acertadas, y por tanto moralmente válidas. El dueño del poder, que es a la vez dueño de la verdad, se acerca al abismo sin darse cuenta porque no queda nadie que se lo advierta.
Némesis llega para restablecer el equilibrio natural del universo, en el que la desmesura debe ser corregida, no importan el ruido y la furia con que el hubris se deshace en pedazos en su caída. Al fin y al cabo se trata de derribar ídolos de sus pedestales de cera, y el bronce hueco resuena en ecos contra el suelo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 28 de abril de 2024

De la espiral del odio







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Vivimos una deriva que nos está rompiendo como país y como ciudadanos, dice en El País el escritor Guillermo Altares, y ha llegado el momento de pensar en cómo pararla. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com





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La espiral del odio
GUILLERMO ALTARES
26 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La secuencia más brutal y comentada de la película Civil war, un filme que transcurre durante una guerra civil en Estados Unidos en un presente indeterminado, describe a dos militares —nadie sabe a qué bando pertenecen ni por quién luchan— que retienen a un grupo de periodistas, que han pillado a los soldados llenando una fosa común. Uno de ellos pronuncia una frase sobre la que muchos columnistas estadounidenses llevan especulando desde que se estrenó hace dos semanas: “¿Vosotros qué clase de americanos sois?”. El impacto de esta escena va mucho más allá del cine: se debe a que Estados Unidos sufre un momento de polarización tan radical que la mayoría de los espectadores la consideran perfectamente plausible.
No es una imagen de un futuro cercano, sino un reflejo, tal vez exagerado, tal vez no, de un presente en el que las cosas van cada vez peor. Vista desde aquí, resulta casi imposible no hacerse una pregunta: ¿llegaremos en España a una situación parecida? ¿Veremos a un tipo con el torso desnudo y cuernos en el Congreso? ¿Estamos ya en ella y todavía no somos conscientes de que hemos cruzado el Rubicón del odio sin darnos cuenta? Aquí también se pronunció en una manifestación masiva una frase similar: “españoles de bien”, lo que implica que los hay de mal.
España vive uno de los momentos más polarizados y envenenados de su historia reciente. Resulta difícil saber cuándo empezó: tras los atentados del 11 de marzo de 2004 y el descomunal bulo que siguió; con el proceso independentista en Cataluña; con la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez al poder o con las elecciones del 23 de julio. Pero se han normalizado cosas que no deberían ser en absoluto normales: la negativa a reconocer la legitimidad de un Ejecutivo surgido de las urnas, insultos intolerables —ni siquiera nos extraña ya el “Me gusta la fruta” o que “Te vote Txapote”—, mentiras descabelladas y dañinas —un Gobierno “organiza” un atentado con una o varias organizaciones terroristas para “tomar el poder”; estamos actualmente en una “dictadura”, aunque, curiosamente, “Franco no fue un dictador”—. Vivimos en una sociedad cada vez más envenenada por el odio y lo que nos demuestra la historia reciente —la Segunda República, la República de Weimar, Estados Unidos bajo Trump— es que esto siempre acaba mal, no necesariamente en una guerra civil como la que describe el filme de Alex Garland, pero sí en una sociedad rota. Pero no todo el mundo tiene la misma responsabilidad.
Poner todo el peso de la situación en los medios de comunicación nos lleva a una pendiente peligrosa porque su principal función es criticar al poder. Es cierto que existen periodistas que son máquinas de bulos, infundios y odio y pseudomedios, subvencionados además por administraciones públicas, que publican cualquier cosa con tal de que sea falsa y venenosa. Pero también hay periodistas especializados en hacer entrevistas incómodas y preguntas con cargas de profundidad e investigaciones periodísticas que, tal vez, no lleguen a nada; pero que forman parte del juego democrático deseable.
La Primera Enmienda de la Constitución estadounidense es uno de los pilares de la libertad de expresión en el mundo. El fallecido periodista jurídico Anthony Lewis explica en Freedom, un ensayo sobre la historia de este texto, que “el compromiso de Estados Unidos con la libertad de expresión es muy interesante porque emerge de una sociedad especialmente represiva”, la Inglaterra de la Reforma y la Europa que se movilizó contra los efectos de la Revolución Francesa. La Primera Enmienda se añade a la Constitución en 1791 y señala: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios”. Y esa libertad de expresión casi total puede generar momentos realmente incómodos —marchas de nazis por barrios con mayoría de población negra, racismo sin disimulo ni matices, ceremonias del Klu Klux Klan…—, pero también alguna de las cumbres del periodismo universal: los Papeles del Pentágono o el Watergate no hubiesen sido posibles sin la protección de la Primera Enmienda.
Uno de los casos más interesantes que llegaron al Supremo fue el de Jerry Falwell contra Larry Flint —que Milos Forman convirtió en una estupenda película—. El editor de la revista Hustler había insultado gravemente al telepredicador de extrema derecha en una sátira muy ofensiva —básicamente, le había dibujado acostándose con su madre en unos retretes públicos—. Cuando el caso llegó al Supremo en 1988, su sentencia fue sorprendente: le dieron la razón a Flint. “El debate sobre los asuntos públicos no será libre si quien participa en él corre el riesgo de ser conducido a un tribunal si se expresa con odio; incluso si se habla con odio, las manifestaciones o ideas en las que honestamente se cree contribuyen al libre intercambio de ideas y al esclarecimiento de la verdad”, reza una sentencia que acaba sosteniendo: “Concluimos pues que los personajes públicos y los cargos públicos no tienen derecho a ser indemnizados por los daños morales que deliberadamente les causen publicaciones como las que de aquí se trata”. La frontera que establece el Supremo está en la mentira, que no estaría protegida por la Primera Enmienda. Pero sí los ataques, por muy brutales y personales que fueran.
Es evidente que panfletos tóxicos y periodistas funestos y mentirosos, que desprenden una halitosis mental que flota sobre la sociedad, no ayudan a hacer el clima más respirable. Pero la responsabilidad no reside solamente en ellos. De hecho, la mayoría no los lee ni escucha casi nadie, su única relevancia está en la difusión que logran en las redes sociales y, sobre todo, en su influencia sobre algunos políticos. Porque ahí reside el auténtico problema: no aceptar las reglas de juego, utilizar la mentira como arma constante para descalificar al enemigo, negarse a aceptar los resultados electorales y retirarle a un Gobierno, y a la mayoría que lo apoya, la legitimidad que les han dado los ciudadanos es un tremendo error. No hace falta ir muy lejos en la historia para verlo: el deterioro que ha sufrido la democracia estadounidense es evidente, no tanto bajo la presidencia de Donald Trump, sino desde que se negó a aceptar que había perdido las elecciones.
Ellos —y no están en un único partido— son los principales responsables, por encima de los medios, de la “máquina de fango” de la que hablaba Pedro Sánchez en su carta a la ciudadanía, en la que anunciaba que se tomaba cinco días para reflexionar si seguía como presidente de Gobierno o presentaba su dimisión. Más allá de que sea una decisión acertada o un tremendo error, este último giro de guion en una carrera política llena de sorpresas debería hacernos reflexionar sobre el poder del odio y el tipo de sociedad en el que queremos vivir: una en la que haya desaparecido la verdad y cualquier insulto sea legítimo u otra en la que haya un acuerdo mínimo sobre lo tolerable y lo intolerable —incluso sobre lo que es real o no—. Porque el camino por el que nos están arrastrando nos puede llevar algún día a responder a la pregunta de qué clase de españoles somos. Vivimos una deriva que nos está rompiendo como país y como ciudadanos. Y ha llegado el momento de pensar en cómo pararla. Guillemo Altares es escritor.