viernes, 29 de marzo de 2024

Del derecho a leer

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Tiene más sentido que nunca aprender a programar ‘precisamente’ ahora que la IA puede hacerlo por nosotros, aunque los líderes de la industria nos aseguren lo contrario, afirma en El País la escritora Marta Peirano. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










El derecho a leer
MARTA PEIRANO
25 MAR 2024 -  El País - harendt.blogspot.com

Es bien conocido que Lutero reformó la Iglesia católica hace más de 500 años con la ayuda de un nuevo sistema de letras móviles talladas en metal. No todo el mundo recuerda el motivo. Todo empezó con la construcción de la basílica de San Pedro, un proyecto que el papa Julio II empezó justo antes de morirse y que cuando Lutero llega a Roma a estudiar en 1510 ya estaba arruinando a la institución. La obra tenía sentido: la iglesia que el emperador Constantino había construido sobre la tumba del apóstol Pedro moría de éxito, un poco como el último Sónar en el CCCB. Hacía falta un templo para un público masivo, capaz de transmitir el nuevo poder de la Iglesia. Tardaron siglos en terminar la basílica, un trabajo al que contribuyeron muchos de los grandes artistas de la época como Miguel Ángel, Gian Lorenzo Bernini y Carlo Maderno. Costó mucho más de lo que estaba presupuestado. Cualquiera que haya renovado recientemente el baño o la cocina sabrá empatizar.
Para hacer frente a las facturas, el papa León X puso en marcha una operación basada en una práctica penitencial de la Iglesia primitiva: la venta de indulgencias. Activó una campaña de promoción enviando predicadores a vender absolución a cambio de ricas comisiones. El más famoso de todos, el fraile dominico Johann Tetzel, popularizó eslóganes tan persuasivos como “Tan pronto como el oro en la caja suena; el alma rescatada al cielo llega”. El ambiente era tan propicio que fue como pescar salmones en un barril.
El cielo estaba reservado para los que morían libres de pecado, pero se había vuelto imposible no pecar. Con los nuevos indultos, uno podía comer filete el viernes de Cuaresma, desear a la mujer del vecino y mentir sobre sus gallinas, de forma previsora o incluso retroactiva. Aquellos familiares condenados a vivir en un río de sangre hirviente por matar a un sirviente o engañar a su mujer podían ser rescatados a cambio de unas monedas. El precio se fijaba de acuerdo a los ingresos. Hoy lo llamarían una democratización del más allá.
La campaña fue un gran éxito porque había un gran excedente de pecadores pero, sobre todo, porque estaba prohibido tener la Biblia, leer la Biblia o traducirla a la lengua local. Ningún pecador había leído la parte en la que Cristo delegaba en la Iglesia su autoridad para conceder actos de misericordia y gracia divina, pero todos entendían de pecado, llamas y eternidad. Cuando Lutero descubrió en las epístolas de san Pablo que la salvación es un regalo de Dios otorgado por la fe en Jesucristo y no se podía comprar, su lectura fue tan revolucionaria que cambió el curso de la historia.
En eso pensaba hace tres días cuando escuché al consejero delegado de Nvidia decir que no dejemos que los niños aprendan código porque la inteligencia artificial (IA) les ayudará a programar.
“Vamos a hacer que las computadoras sean más inteligentes para que las personas no tengan que aprender ciencias de la computación para programar una computadora”, dice en su reciente entrevista para CNBC. Jensen Huang es un empresario brillante y lo dice sin doblez. Pero, si aceptamos que el código es el latín de nuestra era y la IA es su nuevo dios, cómo podemos renunciar al derecho de entender sus leyes sin renunciar a entender el mundo. Precisamente ahora que cinco empresas quieren escribirlo y ejecutarlo a oscuras en las catedrales de datos que están levantando a nuestro alrededor. Marta Peirano es escritora.

























[ARCHIVO DEL BLOG] Reflejos. [Publicada el 06/04/2020]









Hipnotizan nuestros ojos con imágenes de exultante juventud, perfecta, triunfadora: falsa. Saben que caeremos, comenta [La mirada del espejo. El País Semanal, 29/3/2020] la escritora Irene Vallejo en el primer A vuelapluma de la semana.
Después de la pregunta, unos instantes frondosos de silencio: la tentación de mentir- comienza diciendo Irene Vallejo-. ¿Cuántos años tienes? Los niños pequeños, interrogados, levantan uno a uno los dedos con la ilusión de llegar a desplegar un día el abanico de las dos manos. Los adolescentes intentan atribuirse con voz ensayada los ansiados 18, el ábrete sésamo de la edad adulta. Casi todos los demás pronunciamos nuestra edad en tenue súplica, como quien contiene a un animal desbocado. Apenas dejamos de desear ser mayores, empezamos a lamentar no ser más jóvenes. Qué breve es el tiempo en el que vivimos reconciliados con nuestro tiempo.
Hoy no solo se nos exige convertirnos en triunfadores; además debemos alcanzar el éxito jóvenes, cuando aún podemos posar guapos y fotogénicos. Qué anclada está la prisa en nosotros, qué insólita se ha vuelto a cualquier edad la paciencia. Cuenta el historiador Suetonio que, con 33 años, Julio César desempeñaba un cargo administrativo menor en Hispania. En viaje oficial, llegó a Gades, nuestra actual Cádiz, a visitar el templo de Hércules. Allí se detuvo frente a una estatua del macedonio Alejandro Magno y, al verla, lloró. Derramó esas lágrimas porque, a su edad, Alejandro había muerto después de conquistar gran parte del mundo conocido, mientras que Julio César era solo un oscuro magistrado en Hispania. Con tres décadas a las ­espaldas, el futuro general se sentía ya demasiado envejecido para las hazañas que su ambición le exigía. Hay que decir que, a pesar de sus complejos, antes de ser asesinado a los 56 años, tuvo tiempo de montar un triunvirato, perpetrar masacres en las Galias, contribuir a una guerra civil, escribir varios ­libros clásicos, derrotar a sus enemigos con asombrosos despliegues tácticos y dejar su nombre al mes de julio y a la cesárea.
En el fondo, el problema no es la edad, sino la insatisfacción inducida. Julio César quería ser Alejandro, como en su momento Alejandro quiso ser Aquiles. Sin embargo, lo que en el pasado era exclusivo de los individuos más desmesuradamente ambiciosos, ahora es un síndrome generalizado. En la película El club de la lucha, adaptación de la novela de Palahniuk dirigida por David Fincher, el protagonista es un individuo corriente, con un trabajo seguro y vida cómoda, pero descontento de sí mismo y angustiado por el insomnio. Sintiéndose mediocre y anodino, acude a grupos de terapia colectiva para el cáncer, buscando en las catástrofes ajenas anestesia contra su desasosiego. En un avión, conoce un día al exuberante Tyler Durden, que le fascina instantáneamente por sus ideas, su carisma, su arrolladora seguridad en sí mismo. Pronto empieza a pelear a puñetazos con su nuevo amigo para desahogar la rabia, funda con enorme éxito el club de la lucha y se lanza a reclutar una especie de ejército anarcofascista con el que ejecutar el gran ­Proyecto Caos. Poco a poco, iremos descubriendo que Tyler no existe en realidad, es solo la proyección de lo que el protagonista siempre quiso ser: atractivo, seductor, desinhibido, poderoso, temido, inmune al miedo. El gran nihilista era una víctima más de los mismos complejos que nos inyectan a todos.
En nuestra galaxia mediática, invadida por pantallas, todos tenemos un doble cuidadosamente diseñado por las agencias de publicidad. Las marcas no solo quieren que compremos sus productos, además nos tientan para que deseemos ser otros. Hipnotizan nuestros ojos con imágenes de exultante juventud, perfecta, triunfadora: falsa. Saben que caeremos en la trampa de comprar lo que venden para intentar parecernos a ellos, a los otros, a esos espejismos radiantes. Y así seguiremos gastando, porque nunca lo conseguiremos: nuestra insatisfacción son sus beneficios. El capitalismo funciona inoculando el virus de la esquizofrenia, la obsesión por ser otros, más fascinantes que la imagen de nuestro espejo. Hasta que, de pronto, la vida nos descubre que nuestros cuerpos son frágiles y vulnerables. En un mundo que conspira para que desees ser la copia de alguien que no existe, lo heroico es ser quien eres. 
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













jueves, 28 de marzo de 2024

De la materia de que están hechas las cosas

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Hay muchos escritores, tal vez incluso más que lectores, pero muy pocos que sigan creyendo en el poder de la ficción, comenta en Revista de Libros la escritora Rebeca García Nieto, y Patricio Pron, dice, es uno de ellos, y lo demuestra en cada libro que publica, sea ensayo, colección de relatos o novela. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









La materia de la que están hechas las cosas
REBECA GARCÍA NIETO
04 MAR 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro La naturaleza secreta de las cosas de este mundo, de Patricio Pron (Anagrama, Barcelona, 2023)
Hay muchos escritores, tal vez incluso más que lectores, pero muy pocos que sigan creyendo en el poder de la ficción. Patricio Pron es uno de ellos, y lo demuestra en cada libro que publica, sea ensayo, colección de relatos o novela. La idea de que la ficción es esencial en nuestras vidas, de que en buena medida es de lo que estamos hechos, es clave en su nueva novela, la primera que publica en Anagrama, y es evidente desde el epígrafe que abre el libro, una cita de Cuando la casa se quema, de Giorgio Agamben: «Vivimos en casas, en ciudades quemadas de arriba abajo como si aún estuvieran en pie (…)». Ese como si es la clave de bóveda de nuestra supervivencia mental. Vivimos como si las personas que queremos no fueran a morirse jamás, como si nosotros mismos no fuéramos a hacerlo, como si fuéramos otros. Hemos interpretado tantos papeles y lo hemos hecho durante tanto tiempo que nos resulta prácticamente imposible saber no ya quiénes somos, sino ser siquiera conscientes de que estamos interpretando.
Olivia Byrne, una de las protagonistas de esta novela, lo sabe bien, pues ha hecho de ser otra su profesión. Es actriz; en ese sentido, es una profesional del como si. Cuando la conocemos está a punto de entrar en terra ignota. Va a perder el control de su coche y chocar con una valla, la tenue barrera que separa la carretera por la que circula de un mundo desconocido. Se dirigía a ver a su madre, Emma, con la que no tiene una relación lo que se dice estrecha (la tarjeta de cumpleaños que le envió en una ocasión da buena cuenta de lo precario de su vínculo: «Gracias por ser como una madre para mí»). Emma es artista, suele «intervenir» en espacios donde algo terrible ocurrió en el pasado y de alguna forma perdura en el presente. Un ejemplo es su instalación en los Piccadilly Gardens de Mánchester, donde tiempo atrás algunas mujeres fueron castigadas en público para «limpiar» sus pecados y más tarde se construiría un asilo para enfermos mentales. Madre e hija tienen una concepción distinta del arte, lo que equivale a decir que tienen una concepción distinta de la vida, en parte por pertenecer a diferentes generaciones. Más allá de eso, entre ellas parece haber una distancia insalvable. Olivia está mucho más unida a su padre, Edward, también artista, a pesar de que lleva años desaparecido. De todo lo que va recordando en el trayecto aquel día trata la primera parte del libro.
Si en esta primera mitad, la más interesante estilísticamente, el texto remeda el estado mental de alguien que está a punto de salirse del camino trazado —es digresivo, zigzagueante y, sobre todo, sinuoso, en el sentido de que oculta más que revela—, la segunda, dedicada al padre desaparecido, es más sosegada. Poco a poco nos vamos enterando de que Edward colgó el pincel como quien cuelga los hábitos, por falta de fe o sencillamente porque prefirió hacer otra cosa con su vida (como, por ejemplo, colocar los bolos en una bolera). Al estado actual del arte, y a sus imposturas, le dedica la novela unas cuantas reflexiones. Una idea que se repite es que el arte ha perdido buena parte de su potencial crítico porque el mercado se ha encargado de absorberlo y ponerlo al servicio del sistema. Lo que se nos vende como una obra demoledora que hará tambalear los cimientos de nuestra maltrecha sociedad resulta ser, casi siempre, una voladura controlada cuyo impacto no es mayor que el de una bala de fogueo. Algunos ejemplos de esta idea los ofrece la propia Olivia. Uno de los dramaturgos que conoce ha conseguido llegar a la primera línea con unas obras que incomodan, ma non troppo. Lo mismo parece pensar de las instalaciones artísticas de su madre.
Sobre el mercado, en ese caso literario, ya había escrito Pron en No, no pienses en un conejo blanco (2022). También escribió sobre la desaparición de una forma de arte, la literatura, en El libro tachado (2014). Pero la literatura, y el arte en general, son un poco como esa garrapata de la que hablaba Anne Carson, suspendida entre la vida y la muerte durante dieciocho años sin apenas sustento. Así que, mientras termina de desaparecer del todo, Pron cree que es obligación del escritor proponer «nuevos juegos y nuevas conversaciones». Eso es lo que hace La naturaleza secreta de las cosas de este mundo: ofrece una nueva propuesta y abre un diálogo sobre algunos de los temas de nuestro tiempo. También conversa con otros libros. La novela no oculta que está hecha, en parte, de la literatura que la ha precedido. Los personajes recuerdan piezas de teatro, cuentan relatos a otros, hasta los policías encargados de dar con Edward hablan de la escritura… El autor incluye en el epílogo una serie de libros sobre los que se asienta o le han servido como punto de partida. Entre ellos destacan el magnífico «Wakefield», de Nathaniel Hawthorne, Al faro, de Virginia Woolf, o diferentes obras de Henry James. El radio de acción de la novela de Pron, su campo de batalla, se amplía considerablemente si tenemos en cuenta estos otros textos «que se oponen a ella, la sostienen, le sirven de fundamento, limitan con ella como los países en los mapas».
Como ocurre en los libros de Henry James, aquí la «acción» se desplaza del exterior al interior de los personajes. Desde el principio accedemos a los recuerdos de los protagonistas, al más recóndito de sus pensamientos, incluso a lo que no les es posible saber de sí mismos. Con frecuencia el narrador (implícito) señala sus puntos ciegos, dotando al texto de una profundidad psicológica inusual en estos tiempos. Las fronteras personaje/narrador se desdibujan, al igual que ocurre con los límites entre lo imaginario y lo real. En varios momentos, se nos dice que lo que los personajes imaginan tiene para ellos estatus de realidad. En ese sentido, su vida mental, como la de todos, tiene mucho de ficticia. En algún momento me ha dado la impresión de que también la habitual distinción narrador/autor se venía abajo, lo cual no sería necesariamente malo, pues, como el propio James reconocía, es inevitable que el autor deje su marca personal en su obra.
Tengo la impresión de que hemos olvidado que la ficción es un medio privilegiado para pensarnos y pensar en el mundo en que vivimos. También es —o debería ser— un espacio crítico donde poner a prueba los valores y presupuestos que sostienen nuestra maltrecha sociedad, así como una especie de laboratorio donde ensayar ideas y tantear otras formas de vivir y de ser. Novelas como La naturaleza secreta de las cosas de este mundo nos recuerdan que la literatura sirve para todo eso y que, además, puede hacerse sin renunciar al estilo. Rebeca García Nieto es escritora, doctora y especialista en Psicología Clínica.






















[ARCHIVO DEL BLOG] El negocio industrial-penitenciario. [Publicada el 11/04/2016]











A mi amiga Ana, por recomendarme su lectura.
Y a la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas
por su prontitud en facilitármela.

Angela Yvonne Davis fue un icono del movimiento del "Orgullo Negro" en los años 70 del pasado siglo, internacionalmente conocida por su combate contra todas las formas de opresión, no solo en Estados Unidos. Discípula predilecta de Herbert Marcuse, con el que estudió en la Universidad de Brandeis y se doctoró en la de California-San Diego, amplió estudios en la Sorbona y en la Universidad Goethe, de Fráncfort del Meno, con profesores como Adorno, Habermas, Horkheimer y Negt.
Durante las últimas décadas su trabajo intelectual y actividad política se ha centrado en lo que ella denomina el "abolicionismo de la prisión", que comprende una triple repercusión: la abolición de la pena de muerte; la abolición del complejo industrial-penitenciario; y la abolición de todos los rastros y herencias de la esclavitud que han sido mantenidos y renovados por la pena capital y el sistema de prisiones estadounidenses, en especial, con la implantación cada vez más numerosa de prisiones de máxima seguridad.
La madrileña editorial Trotta acaba de publicar hace escasas semanas su libro Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia, en una cuidada edición a cargo del profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania Eduardo Mendieta, que incluye una interesantísima entrevista entre ambos sobre el tema objeto del libro. Aunque escritos en 2005 ni libro ni entrevista han perdido un ápice de actualidad.
Al inicio del capítulo V (pág 90), titulado precisamente "El complejo industrial-penitenciario", se incluye una cita que dice así: "El trabajo carcelario es una mina de oro para las empresas privadas. No hay huelgas. No hay sindicación. No hay beneficios sanitarios, seguro de desempleo o indemnización laboral que haya que pagar. No hay barreras lingüísticas ni países extranjeros. Las prisiones son el nuevo Leviatán que se está construyendo sobre miles de terroríficos acres de fábricas tras los muros de las cárceles. Los presos introducen datos para Chevron, hacen reservas telefónicas para TWA, crían cerdos, recogen estiércol y hacen tarjetas de circuitos , limusinas, camas de agua y lencería para Victoria Secret, todo al módico precio del trabajo gratuito". La cita es antigua, de 1997, de Linda Evans y Eve Goldberg, dos activistas de derechos civiles. Pero de entonces a acá, la cosa ha empeorado.
La explotación del trabajo carcelario por parte de corporaciones privadas, dice Angela Davis, es una más de entre las distintas fórmulas de relación que une a empresas, gobiernos, comunidades carcelarias y medios de comunicación. Estas relaciones, sigue diciendo, constituyen lo que actualmente se denomina el "complejo industrial-penitenciario", término introducido por activistas y académicos como respuesta a la creencia popular que considera el aumento de los índices de criminalidad como la principal causa del incremento de la población carcelaria. Por el contrario, señala, la construcción de cárceles y la consiguiente necesidad de llenar esas nuevas estructuras con cuerpos humanos han sido dirigidas por ideologías racistas (al menos en Estados Unidos) cuyo objetivo principal ha sido la búsqueda de beneficios. 
Unas páginas más adelante (95/96) añade que, a pesar de que los índices de criminalidad se habían reducido drásticamente por aquellos mismos años, la población reclusa se disparó (ojo, no a la inversa) haciendo que el proyecto de construcción masiva de cárceles iniciado en los años 80 creara los medios para concentrar y gestionar lo que el sistema capitalista había declarado implícitamente como excedente humano. 
Si las cárceles pudieran ser abolidas, se pregunta Davis (pág. 106), ¿qué es lo que las sustituiría? Esta pregunta, añade, a menudo obstaculiza una reflexión más profunda en torno a las posibilidades de la abolición. ¿Por qué tendría que ser tan difícil, dice, imaginar alternativas a nuestro sistema actual de encarcelamiento? Hay una serie de razones por las que tendemos a resistirnos a la posibilidad de crear un sistema judicial totalmente diferente y quizá, también, más igualitario, responde. La primera de todas, pensar que el actual sistema, con su exagerada dependencia del encarcelamiento como modelo definitivo, hace que nos cueste mucho imaginar cualquier otro modo de ocuparse de los millones de personas de todo el mundo encerrados en cárceles.
El complejo industrial-penitenciario actual se ve impulsado por pautas de privatización que debemos recordar, dice, también ha transformado drásticamente los sistemas de salud, de educación y de otras áreas de nuestras vidas. Más aún, añade, la tendencia a la privatización de las cárceles, tanto como la cada vez mayor presencia de las empresas en la economía penitenciaria y el establecimiento de prisiones privadas, conserva reminiscencias indudables de los esfuerzos históricos por crear una industria del castigo rentable basada en el suministro de materia prima (gratuita) para garantizar un aumento del beneficio (pág. 97).
El encarcelamiento es la solución punitiva a toda una gama de problemas sociales que no están siendo tratados por aquellas instituciones que deberían ayudar a la gente a mejorar sus vidas, a hacerlas más satisfactorias, dice (pág. 131). Esta es la lógica de lo que se ha dado en llamar el excedente carcelario: en lugar de construir casas, se encierra a los vagabundos en la cárcel. En lugar de desarrollar un sistema educativo, se empuja a los analfabetos a prisión. Se encarcela a la gente que pierde sus trabajos a causa de la desindustrialización, de la globalización del capital y del desmantelamiento del Estado de bienestar. Se deshacen de todos ellos. Se elimina estas poblaciones prescindibles de la sociedad. De acuerdo con esta lógica, concluye, la prisión se convierte en una manera de hacer desaparecer los problemas sociales subyacentes que representa.
Les recomiendo encarecidamente su lectura. Al menos, aunque no compartan del todo su opinión, les ayudará a reflexionar sobre una cuestión tan lacerante como esta. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












miércoles, 27 de marzo de 2024

De una chica normal y campechana

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Abandonados como estamos a la emocionalidad de los ultras, señala en El País la escritora Ana Iria Simón, las meteduras de pata de Ayuso y su actitud chulesca no son una pega para sus simpatizantes, sino todo lo contrario. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Una chica normal, muy campechana
ANA IRIS SIMÓN
23 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Una de las cartas que más y mejor juega Díaz Ayuso es la de ser una persona normal. Una chica del montón, una madrileña de a pie que se pone su camiseta de Héroes del Silencio y se va a la terraza del 100 Montaditos a tomar jarras y bocatines. Una mujer como cualquier otra a la que se la llevan los demonios cuando alguien menciona el nombre de su familia en vano y llama a quien sea y cuando sea hijo de puta.
A Ayuso le pasa como a Ábalos no solo en lo que a las buenas compañías se refiere: también en que, en un tablero político en el que la autenticidad y la campechanía están en retroceso, incluso sus errores juegan a su favor. Pues los hacen humanos, demasiado humanos, que diría el filósofo. También juega a su favor que hayamos dejado de concebir la política como un terreno en el que debe primar la razón. Pues, abandonados a la emocionalidad embrutecida de los ultras, de quienes van al estadio esperando no tanto que ganen los suyos como que pierda el rival, las meteduras de pata de la presidenta y su actitud chulesca no son una pega para sus simpatizantes, sino todo lo contrario.
De Ayuso, al igual que de distintos gentilhombres de otros partidos ―como Óscar Puente, con quien comparte maneras―, no se espera ejemplaridad, sino metralla; prudencia, sino barro. No es que sus formaciones y votantes los eligieran a pesar de ello, sino por ello. Hace tiempo que dejamos de votar para que la sanidad y la educación funcionaran o para decidir qué queríamos pintar en el mundo. Cedida la soberanía a entidades supranacionales y la gobernanza al mercado, parece que depositemos la papeleta en la urna con el único objetivo de que los nuestros le den zascas a los otros en Twitter y en el Congreso. Una dinámica comprensible si vemos que son las grandes superficies las que deciden si este mes podemos o no llenar la nevera, el BCE quien dictamina si pagamos más o menos de letra o un viejo chocho en Estados Unidos quien manda a nuestros jóvenes a morir en una guerra en la que no se nos ha perdido nada.
Pero la estafa piramidal que es el capitalismo global no es el asunto que hoy nos ocupa. Hoy estamos hablando de una de sus aventajadas chicas de Avon, Isabel Díaz Ayuso, y de su insistencia en que pensemos que es como nosotros, un deje de muchos políticos, pero especialmente acusado en ella. En los últimos días lo ha intentado contándonos que es una pobre diabla que lleva “20 años viviendo de alquiler, casi cinco como presidenta de la Comunidad de Madrid (...) Yo no tengo nada, no tengo ningún piso”. Ayuso miente: sí que tiene un piso en nuda propiedad. Se lo donó su padre para evitar un embargo por una deuda de 400.000 euros con Avalmadrid. Quizá mienta también diciéndonos que vive de alquiler, pues en otras ocasiones ha reconocido residir con su pareja en el piso que compró tras, presuntamente, estafarle más de 300.000 euros a Hacienda. Pero su intento de manipularnos es casi más feo que sus mentiras: nos dice que lleva 20 años de alquiler como si, cobrando 100.000 al año, eso fuera una elección. Deja caer que ella es como tantos españoles que no tienen casa porque no pueden.
Ayuso nos quiere contar que es como nosotros. Una chica del montón, muy campechana y normal. Porque, ¿quién no tiene un par de seres queridos que mercadearon con mascarillas? ¿Quién no tiene un hermano sacando una tajada de 230.000 euros por comprar mascarillas para la Comunidad de Madrid, o un novio que presuntamente ha desfalcado a Hacienda más de 300.000 tras ganar dos millones por hacer eso mismo? Ana Iris Simón es escritora.
 




























[ARCHIVO DEL BLOG] Trols. [Publicada el 20/05/2017]












Recuerdo de mi época de niñez, ¡tan lejana!, que todos mis compañeros y yo mismo, empleábamos con profusión la palabra "trola". Estoy seguro de que ninguno de nosotros sabíamos lo que significaba, pero con acierto implícito, la usábamos con el mismo sentido que le otorga hoy el Diccionario de la lengua española de la Real Academia: "trola". Del ant. hadrolla o fadrolla 'adrolla'; cf. aladroque. 1. f. coloq. Engaño, falsedad, mentira. ¿Guardará tan españolísima palabra alguna relación con el anglicismo "troll" tan en uso ahora? Semánticamente parece que sí... Misterios de las lenguas...
Internet se ha llenado de personas que vierten opiniones ofensivas sobre cualquier tema y cuyo surgimiento explica los importantes cambios sociales que está aparejando el acceso ‘redentor’ a la tecnología, dice Ernesto Hernández Busto, escritor y ensayista (premio Casa de América en 2004), en un reciente artículo en El País. 
Ese baluarte del periodismo serio que es el diario The Guardian, añade a continuación, ha hecho público hace ya unas semanas el documental que encargó, junto con la Fundación Bertha, al cineasta y fotógrafo noruego Kyrre Lien. Se titula "The Internet warriors" (Los guerreros de Internet) y consiste en una serie de entrevistas con algunas de esas personas, conocidas como trolls, que dedican buena parte de su tiempo a postear comentarios extremos en las redes sociales.
Hay, señala, un cockney xenófobo de suburbio inglés; un defensor de la pureza racial que opina que mandar niños de diferentes razas a la misma escuela es “una forma de eugenesia”; un devoto de Trump que es la representación perfecta de eso que llaman white trash; una rusa cincuentona y homófoba; un gay anti Cameron que odia a la cantante Lady Gaga y adora los videojuegos; un extremista sirio que considera a Estados Unidos el origen de la destrucción del mundo pero postea refugiado fuera de su país; un tal Pete, cruzado de la bandera norteamericana, que desbarra contra los mexicanos y sale en su bici a promulgar la belleza de los símbolos patrios con los que envuelve su poco apuesta figura; una noruega que defiende los derechos de los animales pero opina que hay que aplicar a todos los musulmanes la “solución final” preconizada por Hitler; otro señor que lamenta el fin del colonialismo porque hubiera mantenido a los musulmanes “bajo control”...
Cada uno de estos pareceres desaforados, sigue diciendo, viene acompañado de un rostro: el rostro del hater. A cada uno de los entrevistados se les pide que lean y comenten algunas de las opiniones “incorrectas” que expresaron en la red: todos, salvo un caso interesante, al final, se reafirman en lo dicho.
Pero junto con esos rostros, añade después, hay también un paneo, necesariamente breve pero revelador, del mundo que rodea a estas personas. Más que retratos del odio, lo que vemos son explícitas representaciones de la necedad, y del fondo de tristeza y contradicción que casi siempre la acompaña.
Descubrimos así, comenta, que varios de estos xenófobos están casados con extranjeros. Que la mayoría de estos profesionales del insulto adora a sus animales domésticos (el documental es también una especie de bestiario doméstico: perros, gatos y periquitos; consuelos, tal vez, de cierta decepción por lo humano). Que muchos de ellos confiesan que pasan las 24 horas del día enganchados únicamente a sus redes y no les importa otro tipo de noticias. La mayoría pone el más descarnado solipsismo por encima del bien común. Se sienten traicionados, fuera del mainstream. Ejercen desde una soledad inconsolable: se ríen de sus propios “chistes” e interactúan desde lo extremo porque parecen buscar, por la excitación “argumental” que provocan sus opiniones, una forma de autogratificación momentánea e iluminadora.
El resultado de esta investigación, afirma, es una pieza fundamental para entender no sólo el estado actual de la opinión política y las maneras que adopta hoy el viejo e incorregible hábito de la estupidez humana, sino también los cambios que ha traído aparejada esta época de acceso redentor a la tecnología. Todos estos Bouvards y Pécuchets de la nueva era han cambiado definitivamente la personalidad de Internet. No se trata sólo del efecto desinhibitorio del anonimato o de la broma, sino de algo, me temo, más complejo.
Cualquiera que haya tenido un trato frecuente con blogs y redes sociales, sigue diciendo, conoce a esas criaturas aberrantes. Una encuesta del Pew Research Center publicada hace tres años encontró que el 70% de los jóvenes de 18 a 24 años que usaban Internet habían sufrido acoso on line por parte de perfiles que mostraban oscuros rasgos de personalidad, como narcisismo, psicopatía y sadismo. ¿Qué es exactamente un troll? Se trata, como todos los ogros, de un monstruo, es decir, de una bestia que tiene necesidad de mostrarse. Alguien extraño a la especie más común o dominante, pero que tampoco puede permanecer demasiado alejado de ella. El ogro no ve muy bien, pero tiene un olfato muy desarrollado. Es el rey de la “intuición” y todo el mecanismo de su odio funciona a partir del instinto. Es también, por supuesto, alguien que arrastra una tristeza incurable y un profundo malestar consigo mismo.
Por otro lado, afirma, las preguntas por la naturaleza última del terrorismo y la llamada “crisis de la democracia” han terminado por reforzar no sólo la tendencia a la autopreservación, sino también la búsqueda de un pensamiento neutro o un paradigma de valores que pretende colocarse al margen de todo tipo de conflicto. Para el pensamiento tecnológico, por ejemplo, la libertad ya es menos una cuestión de capacidad de libre elección que de libre acceso, ese always on en donde se intersectan el individuo, el ciudadano y el empleado.
Tanto estos fieles de la incorrección, sigue diciendo, que muestran a menudo la nostalgia de un regreso a cierto estado y concepción de lo “auténtico” donde se privilegian posiciones oscurantistas o, si se quiere, antiilustradas de adoración política, como los siempre correctos opinadores satirizados en ese espeluznante episodio de la popular serie distópica Black Mirror (Espejo negro), donde una chica vive inmersa en el mundo panóptico de actos likeables, son criaturas que degradan el sentido actual de la libertad de opinión.
Porque la otra cara de esa manía por la diversidad social, añade, por lo identitario a escala personal y por la retórica de corrección política es una poco cuestionada uniformidad del “sujeto digital”: nuestra participación casi obligatoria en un orden simplista de valores, dictado por las nuevas y crecientes funciones de la tecnología, que se propone también como vehículo de una narrativa permanente del yo.
El rostro del troll es bifronte, concluye diciendo Hernández Busto. Tanto el hater como ese ser afirmativo y “neutro” que ejercemos tratando de quedar bien con todos y de no molestar a nadie son evidencias de nuestra sujeción a un sistema que reduce y corrompe nuestras interacciones y opiniones. Ese uso “redentor” de la tecnología podría ser el común múltiplo del nuevo ordenamiento social de la opinión, lo que organiza todas esas narrativas de autoafirmación narcisista y las canaliza bajo un espejo negro que es hoy el emblema perfecto de nuestra derrota política. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt