viernes, 22 de marzo de 2024

De la salvación de la iglesia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. La noticia de que varios sacerdotes de la diócesis de Toledo piden la muerte del papa Francisco por hereje, me ha hecho recordar un artículo del filósofo Fernando Bermejo que leí hace años sobre si la iglesia tiene salvación. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Hans Küng, en la puerta de Rashomon
FERNANDO BERMEJO
23 MAR 2013 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro "¿Tiene salvación la Iglesia?", de Hans Küng (Trotta, 2013)
Nunca han faltado en la historia del cristianismo las voces críticas que han denunciado las presuntas traiciones al ideal original, la falta de «conformidad con el Evangelio» y han pedido, cuando no exigido, una reconversión a conciencia. Hasta tal punto es así que el lema, originalmente protestante, Ecclesia semper reformanda, ha pasado a ser enarbolado por no pocos católicos imbuidos de voluntad de cambio. Las controvertidas declaraciones del anciano cardenal Carlo Maria Martini o el libro Lo que el viento se llevó en el Vaticano, del sacerdote Luigi Marinelli (bajo el seudónimo I Millenari), son sólo algunos ejemplos recientes.
No es necesario estar versado en los entresijos eclesiásticos para percatarse de que el título elegido por Hans Küng para su último libro es abiertamente provocador: la institución bimilenaria que se ha arrogado la pretensión de poseer el monopolio de decidir quién merece «salvarse» –condensado en el clásico y presuntuoso adagio Extra ecclesiam nulla salus– se ve enfrentada aquí a una posible condena, en una desafiante inversión. Este aspecto queda expresado, si cabe, de modo aún más impactante en el original alemán de 2011 (Ist die Kirche noch zu retten?), pues en él se plantea si es posible salvar todavía a la Iglesia; el editor español parece haber preferido un título lo más breve posible. Por lo demás, el lector puede estar tranquilo: la traducción de José Manuel Lozano-Gotor no sólo es francamente excelente, sino que apenas se detectan erratas (tan solo un gazapo en el último párrafo de la página 116: donde dice «resultó posible» debería decir «resultó imposible»).
El motivo que ha llevado al muy prolífico teólogo suizo a escribir este libro es expuesto en una suerte de prólogo, en el que se refiere a la existencia de una grave crisis eclesial que consiste, según él, en un problema de gobierno. Esta crisis, que tiene el rango de una «crisis sistémica» se habría hecho visible para el mundo entero en uno de sus síntomas más recientes, a saber, la revelación de los muy abundantes casos de abusos a menores por parte de miembros del clero católico, un tema aludido a menudo, desde el principio hasta el final del libro. Como prueba de la existencia de una crisis objetiva se aducen el abandono de la Iglesia católica por parte de numerosos fieles en los últimos años (varios cientos de miles sólo en Alemania), la opción de muchos por Iglesias protestantes, así como el creciente desapego del pueblo con respecto a sus jerarquías y la alarmante disminución de vocaciones sacerdotales.
El núcleo de la crisis, a juicio de Küng, se halla en que la Iglesia «padece bajo el sistema de dominación romano», un sistema esencialmente medieval que se caracteriza «por el monopolio del poder y la verdad, por el juridicismo, el clericalismo, la aversión a la sexualidad y la misoginia, así como por el empleo espiritual-antiespiritual de la violencia». De hecho, la obra puede entenderse como una crítica al distanciamiento de diversos aspectos del Concilio Vaticano II por parte de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI y a sus «derroteros restauracionistas», así como a la docilidad de la mayoría de los aproximadamente cinco mil obispos católicos como fieles ejecutores de las órdenes del Vaticano. Dicho de otro modo: el problema de la Iglesia no consistiría –como afirma el discurso oficial romano– en un proceso de creciente secularización o en las campañas de descrédito efectuadas por medios de comunicación hostiles, sino, ante todo, en una funesta evolución interna de la que Roma es directamente responsable.
El resto del libro, estructurado en seis capítulos, está construido sobre una alegoría nosológica. La Iglesia católica, nos dice el autor, padece una seria «enfermedad», y la patogénesis debe ser expuesta por alguien que no se entienda a sí mismo como juez, sino como una especie de médico o (psico)terapeuta. El altar se convierte aquí en una mesa de operaciones, y las metáforas médicas –gérmenes patógenos, anamnesis, análisis, diagnóstico, fiebre, virus, infección, rehabilitación, recaída, convalecencia…– inundan el libro. A diferencia de la habitual presentación triunfalista escenificada en una suntuosa liturgia o en las multitudinarias Jornadas Mundiales de la Juventud –acompañadas a menudo de lo que Küng llama «papismo» y otros, «papolatría»–, el autor dibuja una situación dramática.
El reformista, no obstante, suele ser un empecinado optimista. De hecho, la intención del libro no es sólo elaborar un diagnóstico preocupante, sino también proponer una terapia eficaz. Así, el último capítulo («Terapia ecuménica. Remedios») presenta toda una serie de propuestas para la sanación de la Iglesia, que van desde la reforma radical de la curia vaticana –de estructura cortesana– y la remodelación del Derecho Canónico a la transparencia de las finanzas eclesiásticas, pasando por la supresión de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de toda forma de represión intraeclesial, la elección democrática de los obispos, el logro de la comunión con las restantes Iglesias cristianas, la autorización del matrimonio a eclesiásticos y la apertura de los ministerios a las mujeres. En palabras de Küng, «un exhaustivo y detallado “plan de salvamento” para la Iglesia gravemente enferma».
Un indudable mérito del libro consiste en estar escrito con claridad y orden, y en combinar de manera suficientemente atractiva información y juicios de valor. El tono es grave y en ocasiones solemne (Küng es alguien que se toma a sí mismo muy en serio, algo que puede llegar a ser divertido), aunque en alguna rara ocasión el autor hace gala de cierto sentido del humor, como cuando propone que la heredera de la Inquisición, la «Congregación para la Doctrina de la Fe», sea sustituida por una «Congregación para la Práctica del Amor», una instancia que examinaría todo acto de la curia «con intención de asegurarse de que no contraría el espíritu del amor cristiano».
Dado que una obra de esta naturaleza es especialmente susceptible de ser valorada de modos harto diversos, en lo que sigue intentaré adoptar al menos algunas de las distintas perspectivas con que podría ser analizada: la de un cristiano progresista, la de uno conservador, la del polemista anticlerical al uso y la de un historiador independiente y aconfesional. A mi juicio, la adopción de estos variados puntos de vista –que en ocasiones, por supuesto, pueden solaparse– contribuirá a poner de relieve con mayor imparcialidad, y de manera caleidoscópica, tanto las luces como los límites de este libro.
Antes, sin embargo, conviene efectuar una observación elemental en la que cualquier crítico concordará: me refiero a la existencia de un nada desdeñable décalage entre el título y el contenido del libro. En efecto, el lector advierte pronto que «la Iglesia» enferma designa en el discurso de Küng a los órganos de gobierno de la Iglesia católica: al papa y a la curia vaticana y, por extensión, a los obispos. Ahora bien, la Iglesia católica es una realidad mucho más vasta y compleja que algunos millares de dirigentes. El propio Küng lo reconoce, aunque en una breve sección titulada «la otra Iglesia», en la que se refiere aprobadoramente a la comunidad de creyentes comprometidos de modo activo y a menudo ejemplar en la transformación de la sociedad. Obviamente, definir una realidad tan amplia como «medieval, contrarreformista y antimoderna» es el resultado de una falacia metonímica. Podría, pues, reprocharse con justicia a Küng no llamar a las cosas por su nombre y desorientar con ello a sus lectores. Sobre este punto –debido sin duda a meras razones de marketing– en el caso de un teólogo muchos tenderán a hacer la vista gorda, pero la falacia sigue ahí: es fácil imaginar qué tipo de reproches se harían a un no cristiano que pretendiese llevar a cabo un diagnóstico crítico de la Iglesia católica qua talis mientras se dedica tan solo a fustigar a las altas jerarquías vaticanas: con seguridad su intento sería juzgado despectivamente como una superficialidad imperdonable. Un título más preciso y riguroso habría sido «Crítica del poder eclesiástico católico» o uno equivalente, pero el dramatismo del título elegido contribuye a aumentar las ventas. Por lo demás, ese título tiene un obvio componente retórico, ¿o a alguien se le pasa por la cabeza que el sacerdote Küng podría responder negativamente al interrogante que formula?
La reacción del cristiano progresista ante el último libro del teólogo no es difícil de adivinar: oscilará entre la moderada aprobación y el encendido entusiasmo. Al fin y al cabo, la crítica de Küng es –por propia confesión– intrínsecamente eclesial, y está dictada por una no quebrantada lealtad y un profundo amor a su Iglesia. Así, el núcleo de su propuesta no estriba en la eliminación del papado o del Vaticano, sino sólo en la supresión de la ideología de dominio y en la profunda reforma del papado, que debería ser entendido como un «servicio petrino». El primado de Roma es susceptible de ser conservado, sí, pero no como primado de gobierno o jurisdicción sobre el conjunto de la Iglesia, sino como un primado pastoral. El lector favorable al autor dirá que este se mantiene en un justo equilibrio: valora la tradición sin ser tradicionalista; está abierto a lo nuevo, sin ser un adicto a ello, propugnando un camino medio dotado de libertad sin caer por ello en un modernismo entusiasta como acomodación al espíritu de la época.
El cristiano progresista hará hincapié en el valor crítico del análisis histórico llevado a cabo por el teólogo suizo. Dado que la «historia clínica» de la Iglesia es antigua y compleja, la exposición que efectúa Küng en sus «anamnesis» (en el doble sentido del término: «rememoración» y «conjunto de datos clínicos en el historial de un paciente») no sólo resultará instructiva para muchos lectores, sino que permite contemplar sub specie temporis lo que a menudo es presentado simplemente sub specie aeternitatis. Este procedimiento ayuda a relativizar no pocas pretensiones, y a apreciar como resultado de una evolución –a menudo fundada en intereses particulares o veleidades subjetivas– lo que se presenta como verdades de fe o principios inmutables, en asuntos tales como la idea del pecado original, el celibato sacerdotal, la desvalorización de la sexualidad o la exclusión de la mujer de los ministerios eclesiásticos (fenómenos que, por cierto, no tienen lugar en otras Iglesias cristianas).
Esta exposición posibilita –e invita a– una conveniente autocrítica, en la medida en que permite entender las principales escisiones acontecidas en el seno de la cristiandad no como el resultado de arbitrarias iniciativas heréticas, sino como procesos más complejos en los que las pretensiones desaforadas del papado tuvieron una responsabilidad principal. Así, el factor desencadenante del cisma oriental del siglo XI habría sido la pretensión primacial del papa, considerada por los bizantinos como no suficientemente fundada en la tradición eclesial, y hoy día esa pretensión seguiría siendo el principal obstáculo para el restablecimiento de la comunión eclesial. Asimismo, la Reforma protestante debería ser considerada la reacción a una Roma refractaria a las reformas.
Dado que el cristiano progresista confía espontáneamente en el pueblo y desconfía por principio de los jerarcas, de quienes presume que –con honrosas excepciones– se hallan cómodamente apoltronados en sus cátedras y palacios episcopales, encontrará certeras e iluminadoras las páginas dedicadas por Küng a los procesos de elección de los obispos y la «política de personal» de Roma, que explican no sólo la uniformidad constatable en aquellos (virtualmente ningún obispo se atreve a contradecir al papa en público), sino también los repentinos cambios de opinión que experimentan algunos de ellos en cuestiones controvertidas como conditio sine qua non para un fulgurante ascenso en la jerarquía.
En particular si es sensible a la sobrepoblación y a los problemas asociados con ella (contaminación creciente del medio ambiente, disminución de los recursos, aumento exponencial de la desigualdad, la injusticia y el hambre), este lector valorará sin ambages la actitud crítica del autor respecto al rechazo tajante de los procedimientos anticonceptivos por parte de las jerarquías de la Iglesia católica, y en particular de los sucesivos papas. De hecho, Küng ve la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI como el factor que precipitó a la Iglesia en una dramática crisis de credibilidad, pues este momento representa el primer caso en que la amplia mayoría de cristianos negó la obediencia al papa en un asunto relevante.
El juicio que el libro suscitará al católico conservador, devoto del orden y la tradición, será –comprensiblemente– muy diferente. Este tenderá a considerar la pretensión del autor de ofrecerse como médico o terapeuta de los cuadros dirigentes de la Iglesia católica como un inequívoco síntoma de hybris: alguien que se presenta a sí mismo de este modo, ¿no está acaso usurpando una función que no le corresponde e incurriendo en infatuación? En apoyo de sus sospechas podrá aducir una considerable cantidad de pasajes en los que su correligionario se cita a sí mismo sin mucha discreción y con considerable complacencia, incurriendo en varias ocasiones en el autoelogio: así, de su síntesis La Iglesia, él mismo afirma que es «un clásico insuperado», y no se abstiene de citar in extenso una nota de un amigo que se refiere al propio libro como una «magnífica obra». Por lo demás, Küng confía en que los movimientos reformistas asumirán y difundirán internacionalmente su exhaustivo programa reformista. Quien discrepe podrá ironizar fácilmente ante alguien que se concede a sí mismo tanta importancia.
Este lector podría preguntar también si este libro era realmente necesario, y observará que está infestado de tópicos: la aversión de los cuadros dirigentes de la Iglesia a la ciencia y el progreso; el carácter retrógrado del papa y los cardenales; el arribismo, la codicia y la corrupción de la curia vaticana; la incompatibilidad del sistema romano con la democracia… Como reconoce expresamente él mismo, Küng había expuesto ya anteriormente sus consejos de manera detallada en numerosos libros, que el autor vuelve aquí a citar y recomendar. ¿Para qué, entonces, otro más, a no ser que su relativa brevedad aspire a convertirlo en una suerte de vademécum? Quien cuestione el carácter novedoso de esta obra podría asimismo recordar que, ya en 1981, un sacerdote y teólogo alemán, Rudolf Schermann, publicó un libro titulado Woran die Kirche krankt? (¿De qué padece la Iglesia?). Esta obra, que anticipa en muchos aspectos la de Küng y que sin duda ha tenido considerable influencia en ella –aunque el suizo jamás la cita–, está dividida en tres partes –Diagnóstico, Historia del enfermo, Terapia– que recuerdan demasiado la terminología y la estructura de la que aquí se comenta. Quid sub sole novum?
Más allá de las esperables discrepancias con un teólogo que toma partido en contra del celibato obligatorio o a favor de la participación de mujeres en los ministerios eclesiásticos, este tipo de lector reprochará seguramente a Küng efectuar en muchos casos interpretaciones discutibles, cuando no in malam partem. Así, por ejemplo, mientras el teólogo acusa al papa Ratzinger de haber admitido en la Iglesia sin ninguna condición previa a obispos de la tradicionalista Fraternidad Sacerdotal de San Pío X –que fueron «ilegalmente ordenados fuera de la Iglesia católica»–, habrá quien lea este gesto como un signo de caridad y acogimiento evangélico. La fusión de parroquias, que Küng, haciéndose eco de otras voces en Alemania, llega a calificar como «persecución de cristianos por parte de la jerarquía cristiana», será defendida por el crítico como un ejemplo de racionalización necesaria. La decisión del Vaticano de no reconocer legitimidad a los obispos de la Iglesia «patriótica» oficial china es criticada por Küng, pero habrá muchos cristianos que discreparán razonablemente de que sea conveniente ceder a las presiones del gobierno de la República Popular China con el fin de lograr una normalización de las relaciones entre esta y el Vaticano.
Si lo anterior se mantiene aún en el orden de lo opinable, más contundente será la crítica allí donde pueda señalar algunos elementos del discurso de Küng que resultan reveladoramente contradictorios. Así, por ejemplo, el teólogo afirma que «ya no se puede seguir creyendo en una pronta primavera de la Iglesia» «a la vista de la elección del jefe de la Inquisición como papa». Al margen de la valoración que merezcan estos juicios, es evidente que el hecho de que Ratzinger fuera el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe entre 1981 y 2005 le era perfectamente conocido a Küng cuando en 2005 este mantuvo lo que él mismo califica como «una amistosa conversación personal» de cuatro horas con el nuevo papa en Castelgandolfo, lo que le hizo –según confesión propia– albergar esperanzas de una renovación eclesial. Curiosamente, que Ratzinger hubiera sido durante un cuarto de siglo «el jefe de la Inquisición», el cual «con sus autoritarios documentos doctrinales e innumerables procesos inquisitoriales secretos es responsable del sufrimiento de gran cantidad de personas en la Iglesia», cobra una gran relevancia sólo ahora, pero entonces no pareció importarle mucho al teólogo: lejos de ello, esa entrevista resultó entonces muy rentable para realzar su imagen pública.
Paradójicamente, un libro escrito por un creyente con objetivos reformistas podrá hacer las delicias de algunos anticlericales, especialmente de los menos informados, que encontrarán en él abundante material para sus invectivas: Küng menciona, por ejemplo, las numerosas falsificaciones con las que se fundamentó la supremacía de la comunidad romana y su obispo (Decretales pseudoisidorianas, la «Donación de Constantino»…), las equivocaciones de los papas Vigilio y Honorio I que refutan las pretensiones de infalibilidad, las muchas infamias en la historia del papado del siglo X o saeculum obscurum, las medidas antisemitas del IV Concilio de Letrán (1215-1216), la falta de escrúpulos de los papas del Renacimiento, la condena por parte de Pío IV de «la despreciable filosofía de los derechos humanos» en el siglo XIX o el nepotismo a la antigua usanza de Pío XII en pleno siglo XX, así como una buena cantidad de jugosas anécdotas y detalles escabrosos de los últimos años: la corrupción y oscurantismo del Banco Vaticano (de eufemístico título: Instituto para las Obras de Religión); los elevadísimos costes de los numerosos procesos de beatificación y las irregularidades en el proceso de beatificación de Karol Wojty?a; la referencia a la dimisión del obispo pederasta de Brujas, Roger Vangheluwe, por haber abusado de su propio sobrino durante trece años (y las presiones del cardenal Godfried Danneels al sobrino para que retirara la denuncia), los tejemanejes del antiguo cardenal secretario de Estado, Angelo Sodano, y muchos otros. Küng pone con nombres y apellidos varios casos de «chaqueteros eclesiásticos» que muchos lectores encontrarán paradigmáticos.
Pero incluso a un anticlerical podrían resultarle tan ajenas como excesivas algunas observaciones del autor, como cuando este critica el uso de ciertos paramentos sacerdotales con el argumento de que se prescinde de los colores litúrgicos clásicos en beneficio de otros más chillones. Küng se pregunta si el abigarramiento de tales vestiduras litúrgicas, «con colores propios de papagayos», puede conferir vitalidad a la «vapuleada Iglesia», pero uno podría preguntarse legítimamente si no valdría la pena reflexionar sobre cuestiones más sustanciosas. Lo mismo cabría decir del párrafo dedicado por Küng a lamentarse de que el elitista Pontificium Collegium Germanicum et Hungaricum de Roma tenga hoy menos alumnos que antaño, y que estos procedan ya no de Alemania, Austria o Suiza, sino sobre todo de Europa Oriental. Pues a mí, pensarán muchos, plim.
También este tipo de lector acabará por percatarse de algunos elementos del discurso del teólogo que no se distinguen por su coherencia. Por ejemplo, resulta llamativo que Küng parezca depositar grandes esperanzas en la celebración de un concilio ecuménico, porque los individuos que podrían tomar parte en él son exactamente los mismos sobre los que se arroja una mirada poco benevolente, siendo presentados como funcionarios serviles y carreristas. Guicciardini escribió de Alejandro VI que la reforma de la Iglesia era para él algo más espantoso que cualquier otra cosa. Sin el menor ánimo de comparar las cotas de infamia del papa Borgia con las que podrían alcanzar las jerarquías eclesiásticas contemporáneas, cuesta imaginar que los bien engrasados engranajes de un mecanismo de poder que, como tal, busca perpetuarse, estén dispuestos a renunciar a sus prebendas. Incluso el anticlerical que quiera aprovechar pro domo sua el discurso de Küng tenderá a juzgarlo aquí como un tanto inconsistente.
La introducción de la perspectiva de un historiador o crítico cultural independiente permite efectuar algunas observaciones de calado que estarán vedadas a quienes comulguen –en todo o en parte– con los presupuestos del autor, o a aquellos cuyo sentido crítico se halle limitado por un afán sólo superficialmente polémico. Esa perspectiva será proclive a incidir en la calidad del análisis y en su fundamentación. De un autor que se presenta a sí mismo, y que es presentado por editores y turiferarios, como «uno de los pensadores sobresalientes de nuestro tiempo», y que presume de «reflexionar con rigor científico», se espera una profundidad que permita comprender cabalmente las cuestiones abordadas. Pero, ¿está su obra a la altura de estas expectativas?
Ante todo, cabe observar que, en ocasiones, Küng no parece estar suficientemente bien informado sobre algunos de los asuntos que comenta, o bien ha preferido no tratarlos con el necesario rigor. Un ejemplo es la relación del papado con la lucha contra la pederastia. Es indudable que, a diferencia de los actuales apologistas eclesiásticos que anuncian a bombo y platillo la idea de que Benedicto XVI ha sido un paladín de la «tolerancia cero», Küng asegura con razón que este papa fracasó a la hora de afrontar el problema de los abusos a menores por parte de clérigos del mundo entero. Sin embargo, el teólogo ha preferido no ahondar en la cuestión de la responsabilidad de Benedicto XVI en el caso, por ejemplo, del sacerdote mexicano Marcial Maciel (fundador de los Legionarios de Cristo), a pesar de que está demostrado que Ratzinger estaba perfectamente informado de los abusos, no sólo genéricamente en su calidad de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sino de modos mucho más concretos. Por ejemplo, en 1999, el obispo mexicano Carlos Talavera se entrevistó con Ratzinger para contarle pormenorizadamente cuanto se sabía sobre los abusos de Maciel, a pesar de lo cual el cardenal no hizo nada hasta muchos años después. Küng afirma que «hace ya treinta años que las primeras acusaciones contra Maciel llegaron a Roma» (p. 122), pero lo cierto es que las primeras acusaciones ante la Sagrada Congregación de Religiosos llegaron mucho antes, a finales de los años cuarenta y a principios de los cincuenta; de hecho, en agosto de 1956, Maciel fue acusado de abusos sexuales y adicción a la morfina, lo que ocasionó su primera suspensión por parte de Roma. El asunto, pues, es mucho más grave de lo que Küng da a entender (el lector interesado puede consultar el muy documentado libro de Fernando M. González, Marcial Maciel. Los legionarios de Cristo. Testimonios y documentos inéditos, Barcelona, Tusquets, 2010).
Otra deficiencia que cabe advertir en el libro de Küng es que ciertas críticas aparentemente incisivas ocultan asuntos mucho más preocupantes, que pasarán del todo inadvertidos a sus lectores. Así, por ejemplo, al referirse a la relación del papado y los judíos en la Edad Media, se afirma que «papismo y antijudaísmo van de la mano» (p. 70). Sin embargo, Küng ni siquiera plantea en su libro que el antijudaísmo sea un problema extremadamente serio de la teología cristiana como tal, que hunde sus raíces en el proprio proceso de constitución del cristianismo como secta diferenciada del tronco común judío, en el Nuevo Testamento y en la literatura de los siglos II y III (en su clásico Faith and Fratricide, Rosemary Ruether argumentó de manera detallada que el antijudaísmo es la mano izquierda de la cristología).
Un problema aún más serio es que el discurso de Küng se articula en torno al mito de lo originario, según el cual la verdad –rápidamente adulterada y perdida– se halla sólo en el origen, en este caso en el supuesto «orden eclesial neotestamentario, que habría que hacer valer de nuevo en aras de una Iglesia más cristiana» (p. 73), y, en última instancia, en el propio Jesús histórico, al que el autor se remite con cierta frecuencia y que constituye la condición de posibilidad de su crítica. Ahora bien, este procedimiento –dicho sea de paso, perceptible en otros muchos intelectuales cristianos– está caracterizado por un paralogismo (por no decir falacia) esencial: el supuesto «Jesús histórico» es siempre el resultado de un previo lifting conceptual efectuado por medio de conocidos tópicos, cuando no por la introducción de rondón de alguna versión del Cristo de la fe. Este paralogismo es perceptible en una reveladora expresión utilizada dos veces por el autor: la noción de «Jesucristo histórico» (pp. 45 y 145) es, en efecto, ya un oxímoron, pues «Cristo» es una evaluación teológica que designa una supuesta realidad metahistórica.
La investigación consistentemente crítica llevada a cabo desde la Ilustración ha revelado que Jesús de Nazaret fue una figura más caracterizada por los claroscuros y mucho más difícil de digerir para el sujeto moderno de lo que el discurso eclesiástico tradicional –que Küng comparte a pies juntillas– pretende transmitir, hasta el punto de que esta figura histórica tiene, en diversos aspectos, muy poco que ver con la imagen oficial compartida por la práctica totalidad de nuestros contemporáneos, creyentes o no. Siendo así, «la vuelta a Jesús» propugnada por el teólogo corre el riesgo de ser sólo una ilusión vacua que descansa sobre arenas movedizas: ¿qué significa «regirse más por el propio Jesucristo» o por su «espíritu», si esa figura a la que se remite es, en rigor, una realidad inexistente?
Cabe señalar varios casos reveladores de estas ficciones sobre Jesús reiteradas por el teólogo suizo. Por ejemplo, el galileo es definido como «el predicador de la paz, la no violencia y el amor» (p. 46), «el no violento Jesús» (p. 183). Sin embargo, hay varios elementos en los Evangelios canónicos que contradicen tal extendida visión del predicador judío, desde el comportamiento en el Templo de Jerusalén hasta los testimonios sobre las espadas portadas –y empleadas– por su grupo. Si no se quiere recurrir a los muy diversos autores que, desde Reimarus hasta el presente, comparten la hipótesis de que Jesús estuvo implicado en la resistencia antirromana (crucifixión y pretensiones regiomesiánicas son dos síntomas elocuentes), bastará con citar al respetado y poco sospechoso exégeta católico Klaus Berger, quien concluyó su análisis sobre este aspecto con la afirmación de que Jesús no se opuso por principio al uso de la violencia («Der “brutale” Jesus. Gewaltsames in Wirken und Verkündigung Jesu», Bibel und Kirchek, núm. 51 (1996), pp. 119-127).
Küng afirma de modo parenético que la Iglesia debería actuar «en el sentido de su fundador», como una comunidad de personas «fundamentalmente iguales». Sin embargo, dejando aparte que los historiadores más rigurosos han llegado hace tiempo a la conclusión de que Jesús de Nazaret ni fundó ni quiso fundar Iglesia alguna (Mateo 16, 18 es un obvio anacronismo), la ficción de que este fue una suerte de igualitarista ha sido también convincentemente desmontada (véase, por ejemplo, John H. Elliott, «Jesus Was Not an Egalitarian. A Critique of an Anachronistic and Idealist Theory», Biblical Theology Bulletin, núm. 32 (2002), pp. 75-91). Por lo demás, frente al intento de Küng de mostrar que la Iglesia, según el Nuevo Testamento, debe ser comparada a una democracia (?), lo cierto es que hay muchos indicios de que Jesús no sólo se consideró a sí mismo una figura regia, sino que prometió a un restringido núcleo de seguidores que serían los jueces (gobernantes) de las reconstituidas doce tribus de Israel. También aquí todos serían iguales, pero ciertamente unos más iguales que otros.
Algo similar cabe decir de la afirmación de Küng de que Jesús se adelantó a su tiempo en la valoración de la mujer (p. 174). Aunque, a fuer de repetida, esta idea es universalmente creída, no es más que una de las muchas ficciones que se vierten sin cesar sobre el personaje (para una visión crítica, el lector interesado puede recurrir, por ejemplo, a Kathleen Corley, Women & the Historical Jesus. Feminist Myths of Christian Origins, Santa Rosa, Polebridge Press, 2002). Aunque esto no significa ni mucho menos justificar la discriminación de la mujer en el seno de la Iglesia católica, es responsabilidad del historiador advertir que a la lucha contra la discriminación de la mujer se le hace un flaco favor cuando se sustenta en mero pensamiento desiderativo: no hay la menor prueba de que Jesús de Nazaret se distinguiera precisamente por ser un feminista avant la lettre.
El equívoco consistente en recurrir a Jesús como norma de las Iglesias cristianas alcanza su paroxismo cuando Küng declara que le resulta imposible imaginar que si, como en el relato de Dostoievski, Jesús volviera a la tierra, defendería posiciones afines a las que adoptan las autoridades romanas en lugar de sostener lo que al teólogo le parece más conveniente en asuntos como el aborto, el divorcio, las relaciones prematrimoniales o el ecumenismo (pp. 146-147). Aparte de que al piadoso judío de Nazaret varios de los dogmas cristianos le resultarían ininteligibles o blasfemos, la conversión de Jesús en una suerte de mente abiertamente progresista descuida alegremente el hecho de que la investigación crítica ha llegado hace tiempo a la conclusión de que, si bien Jesús parece haber mantenido posiciones laxas en ciertos aspectos de la Torá, en otras se comportó claramente como un rigorista. Además, el intento –en sintonía con la exégesis confesional y con la teología cristiana moderna– de convertir a Jesús en un modelo de tolerancia cosmopolita olvida asimismo oportunamente los pasajes de los Evangelios canónicos cuya historicidad resulta probable (Marcos 7, 26-27; Mateo 5, 47; 6, 7-8, 32; 15, 22-26) que testimonian una actitud despectiva hacia los paganos, quienes llegan a ser comparados con perros. Hasta tal punto es esto así, que varios eruditos exégetas e historiadores judíos, como Joseph Klausner, Paul Winter y el recién fallecido Geza Vermes, han calificado la actitud de Jesús no sólo de «nacionalista», sino también de «chauvinista».
Así pues, la «Iglesia que se remite a Jesús», el concepto que opera como el fulcro de esta propuesta reformista –y el de innumerables libros, tanto del suizo como de multitud de otros teólogos– carece en rigor de fundamento y se muestra, a los ojos de la razón histórica, con la misma consistencia que un castillo de naipes.
Entre las inconsistencias y fragilidades que caracterizan al discurso de Küng, aquellas que un intelectual ajeno a posiciones confesionales puede poner fácilmente de relieve son especialmente dignas de ser tenidas en cuenta, porque manifiestan algunas de las razones más profundas que han llevado a muchos espíritus exigentes a no conceder credibilidad a las Iglesias cristianas. Y esto evidencia, a su vez, otro límite de la obra del teólogo: a diferencia de lo que este declara desde la obertura de su libro, lo que muestra la «crisis sistémica» de las Iglesias para las mentes más exigentes no es sólo ni principalmente un problema moral –como la revelación de los casos de abusos a menores y su encubrimiento sistemático–, sino la ausencia de una adecuada fundamentación de las pretensiones de tales instituciones. Sin embargo, la cuestión de la verdad de las pretensiones cristianas no es siquiera planteada, sino que se presupone: la Iglesia, afirma el teólogo, «tiene que ver, de hecho, con algo duradero, con la verdad, incluso con la verdad eterna» (p. 42). Küng reprocha a los dirigentes eclesiásticos rehuir las cuestiones que les plantea su indignada grey, pero parece no querer advertir que los teólogos cristianos como él suelen emplear exactamente el mismo procedimiento cuando se trata de afrontar desafíos más básicos. En este sentido, su discurso, para muchos un modelo de profundidad crítica, podrá resultar –a una mirada más detenida– intelectualmente decepcionante.
En una comparación entre George W. Bush y Joseph Ratzinger, en la que pone de relieve ciertos parecidos entre ambos, Küng prosigue diciendo que al menos en Estados Unidos sirve de algo el mecanismo corrector de las elecciones, mientras que en el Vaticano «es impensable la elección de un “Obama” como papa», y más tarde añade que «por el momento no parece que vayamos a tener pronto un papa como Juan XXIII». A la luz de la reciente renuncia de Benedicto y de la elección del nuevo pontífice, que ha sido saludada por tantos de manera entusiasta como una primavera de la Iglesia, cabe preguntarse si el rostro de humanitario pastor que ofrece Francisco será considerado por el teólogo, al igual que en el caso del Benedicto entonces en ciernes, únicamente «una campaña inicial dirigida a ganarse las simpatías de los fieles». De lo que no cabe la menor duda es de que a Küng nunca le faltará material para nuevos libros ni la voluntad de seguir presentándose ante su Iglesia y ante el mundo como el más perspicaz y desfacedor de entuertos. Fernando Bermejo Rubio, es doctor en Filosofía y máster en Historia de las religiones.


























 

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Las ciencias sociales son ciencias exactas? [Publicada el 04/04/2017]











El profesor Félix Ovejero menciona en una nota a pie de página del libro Tomando en serio la teoría política, varias veces citado por mí en estos días, un experimento realizado por el diario The Economist en 1984. En esa fecha el mencionado diario londinense solicitó a dieciséis personas que expresaran sus previsiones a diez años vista sobre inflación, crecimiento económico, tasa de cambio y evolución del PIB de Singapur en relación con el de Australia. Cuatro de esas personas eran exministros de Hacienda, otras cuatro directores ejecutivos de multinacionales, cuatro más estudiantes de la Universidad de Oxford, y por último, cuatro barrenderos de Londres. Cumplido el plazo, comenta Ovejero, resultó que los barrenderos atinaron más que ninguno de los otros grupos. Los peores, los exministros.
La encuesta, sigue diciendo, técnicamente no pasaba de ser un divertimento, pero sus sombrías conclusiones acerca de la penosa capacidad predictiva de la profesión económica no se han visto desmentidas por investigaciones más serias como las de la firma Tetlock, que en 2005 invitó a trescientos investigadores a realizar predicciones acerca de asuntos económicos y políticos. Los resultados, señala, fueron "como para cortarse las venas": no mejoraban el simple azar; poco más o menos, afirma, como los de un mono borracho apretando botones.  
Pero volvamos a hoy. Hace unos pocos días el investigador y divulgador científico Javier Sampedro escribía en El País un artículo en el que relataba un experimento llevado a cabo recientemente por la profesora y científica polaca Katarzyna Pisanski. Los más de 20 años que han pasado desde el caso Sokal, comienza diciendo Sampedro, no han apagado los ecos del escándalo. Alan Sokal es un  profesor de Física de la Universidad de Nueva York que, en 1996, mandó a una revista de estudios culturales un manuscrito titulado Transgrediendo las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica. Como deja intuir su título, el artículo era una interminable colección de falacias pomposas, fárragos impenetrables y simples tonterías envueltas en la jerga inconfundible de quien no tiene nada que decir. Pero la revista Social Text se lo publicó sin tocar una coma, haciendo un ridículo de antología.
Lo que acaba de ocurrir ahora, comenta, es en realidad mucho peor. La científica polaca Anna O. Szust se ha ofrecido como miembro del consejo editorial a 360 revistas científicas, las publicaciones donde los investigadores presentan sus trabajos a la comunidad científica, y que al final constituyen el fundamento de su carrera profesional. Que 48 de esas revistas aceptaran a Szust en sus consejos editoriales, y sin mediar más correspondencia, sería ya curioso por sí mismo. Pero el hecho de que la científica polaca no exista convierte la anécdota en un escándalo que deja el caso Sokal a la altura del betún. Aquí no se trata ya de que esas revistas profesionales hayan hecho el ridículo, sino de que se han revelado como un pesado lastre para los engranajes de la práctica científica.
Anna O. Szust es una creación de la psicóloga Katarzyna Pisanski y sus colegas de la Universidad de Breslavia, en Polonia, que presentan en Nature los resultados de su experimento-trampa. Oszust significa fraude en polaco. Los psicólogos dotaron a su personaje ficticio de un igualmente imaginario currículo en “teoría de la ciencia y el deporte” y le abrieron las preceptivas cuentas en Google+, Twitter y Academia.edu, que son el certificado de realidad en nuestros tiempos ciegos. Las 48 revistas en cuestión cayeron como moscas, pese a que el currículo de la doctora Fraude era descaradamente inadecuado, por no decir inexistente, para figurar en un consejo editorial. La han metido hasta la ingle.
En círculos académicos se viene hablando de las “revistas predadoras”, varios miles de publicaciones científicas que han proliferado como setas en los últimos tiempos. “Estas revistas no aspiran a la calidad”, dice Pisanski, “sino que existen ante todo para obtener cuotas de los autores”. Los científicos tienen que pagar por publicar sus investigaciones, y si lo hacen en una revista predadora ni siquiera tienen que preocuparse de que la investigación esté bien hecha. Genial. 
Todo lo anterior me lleva por mi parte a pensar, con cierto grado de sorna, si las predicciones llevadas a cabo por políticos, economistas y científicos sociales merecen credibilidad y si no sería mejor dejar que la Madre Naturaleza resolviera las cosas por sí misma. En fin, ¿las ciencias sociales, ciencias exactas? Vale, pero menos... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











jueves, 21 de marzo de 2024

De los idiotas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Hay libros que resuenan con tal poder que nos resulta imposible olvidarlos, dice en El País la escritora Nuria Barrios, y es por ello que La Ilíada y la Odisea son los libros fundacionales de la literatura occidental. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Contra los idiotas
NURIA BARRIOS
16 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En 1967, un ejemplar de la Ilíada, la obra de Homero, salió de la biblioteca del instituto madrileño de San Isidro en préstamo. Aunque el plazo era de 15 días, el libro no regresó. Pero con Homero siempre hay que esperar un retorno, aunque este se demore años. Odiseo llegó a Ítaca 10 años después de que los griegos vencieran a los troyanos. La demora en el retorno y llegar cuando ya nadie te espera son cualidades homéricas. Así ha sucedido de nuevo. Como el protagonista de la Odisea, el ejemplar de la Ilíada también ha regresado a casa. En esta ocasión la vuelta ha llevado 57 años. El libro venía con una nota anónima escrita con ordenador en la que “un alumno de cuyo nombre no quiero acordarme” pedía “humildemente perdón”.
Hay memoria de otros libros viajeros. Los que regresaron a sus bibliotecas cuando cayó el muro de Berlín en 1989, por ejemplo. Quienes los habían sacado en préstamo 28 años antes se encaminaron al otro lado de la ciudad, ahora abierta, para entregar lo que era de todos. A un gesto aparentemente tan pequeño los griegos antiguos bien hubiesen podido llamarlo gesta, porque gesta era lo que tenía importancia para la comunidad. Y quizá habrían estado de acuerdo en que la devolución de un libro es un alegato contra los idiotas, pues la palabra idiota proviene de la raíz griega idios, que hace referencia a lo privado. En aquella época, un idiota era alguien que solo se preocupaba de sus asuntos particulares y se desentendía de lo público.
La persona que devolvió el ejemplar de la Ilíada podría haberse desentendido del asunto después de tantos años, pero escribió una nota de disculpa, buscó la dirección postal del destinatario, fue a Correos, esperó turno para ser atendido, aguardó a que pesaran el libro —¿cuánto pesa la Ilíada?— y pagó un extra para que llegara cuanto antes por Correos Express. En su decisión primó la idea de formar parte de una comunidad, de un cuerpo vivo, en el que la transmisión de los conocimientos es vital para el bienestar de los individuos. Al actuar, pensó a la contra de una sociedad que antepone el Yo al Nosotros.
La Ilíada no es un libro cualquiera. Junto con la Odisea es el libro fundacional de la literatura occidental. Narra la guerra que destruyó Troya en torno al año 1200 a.C. Describe el asedio de la ciudad por una confederación de reyes micénicos, su conquista, saqueo y destrucción. Pero narra mucho más que eso: habla de la ambición, del deseo de gloria, de la codicia, de la paternidad, del odio, de la ira, de la negociación, de la violencia, de la amistad, de la venganza… De las múltiples formas que adoptan el amor y la muerte. Es mucho más que un libro; es un espejo de la naturaleza humana. Dicen que Alejandro Magno se sabía la Ilíada de memoria. Las historias de Helena y Paris, de Agamenón, de Aquiles y Héctor, de Príamo, de Odiseo… han atravesado los siglos y siguen hoy tan vivas como entonces.
Si la Ilíada era reconocida como una obra literaria asombrosa, en 1864 un millonario alemán, Heinrich Schliemann, demostró que el mundo que describía aquel libro no era imaginario, sino real. Guiándose por los versos de Homero, Schliemann llegó a la colina de Hissarlik, en la actual Turquía, y desenterró parte de la muralla de Troya. Aquel sonoro nombre no designaba un lugar ficticio, sino una ciudad situada exactamente donde Homero decía. Si la lectura de la Ilíada conformó la identidad del pueblo griego y de todos nosotros, el descubrimiento de Troya cambió la historia de la arqueología.
Hay libros que resuenan con tal poder que nos resulta imposible olvidarlos. Hablan de nosotros con tan asombrosa claridad que sentimos que somos sus autores. Cuenta Alberto Manguel que, en 1990, el Ministerio de Cultura colombiano creó un sistema de bibliotecas itinerantes para llevar libros a los habitantes de regiones rurales lejanas. Todos fueron devueltos cuando el plazo se cumplió, salvo uno. Los aldeanos de una de esas regiones se negaron a desprenderse de la Ilíada, argumentando que el libro narraba su historia. La guerra que contaba era la misma que asolaba su país, los miedos y deseos de sus personajes eran sus miedos y sus deseos. El bibliotecario les regaló el libro. La Ilíada había hecho su magia: griegos y troyanos habían mudado en colombianos. Al leer la historia y hacerla suya, ellos se habían convertido asimismo en sus autores.
Nada se sabe de Homero, hay quienes piensan que no existió nunca y su nombre es una máscara tras la que se ocultan todos los que cantaron las fabulosas historias de la guerra de Troya. En la nota que acompañaba el ejemplar de la Ilíada que ha regresado al instituto San Isidro se menciona que el traductor es José Gómez Hermosilla. Él es, en esa edición, la voz de Homero. Nuria Barrios es escritora.
 
























[ARCHIVO DEL BLOG] Primavera y Pascua. [Publicada el 31/03/2010]










Ayer martes, 30 de marzo, se iniciaba la Pascua judía. El próximo domingo, 4 de abril, celebran los cristianos la suya. Ambas reciben el mismo nombre, pero rememoran hechos distintos. La Pascua judía, probablemente la celebración más antigua de la humanidad, conmemora la liberación del pueblo judío del yugo egipcio y su marcha en busca de la Tierra Prometida con Moisés al frente, hace más de 3000 años. La Pascua cristiana conmemora y celebra la Resurrección del Mesías, Jesucristo, hacia el año 30 de nuestra era. 
En realidad, ambas conmemoraciones no son más que el reflejo religioso de celebraciones mucho más antiguas, enraizadas en lo más profundo de los sentimientos humanos, celebrando la llegada de la Primavera, o lo que es lo mismo, la aparición del equinoccio, que en el hemisferio norte se produce siempre entre el 20 y el 22 de marzo, aunque se tome como referencia tradicional la del día 21 de dicho mes, como aquel del año en las que las horas de luz y de oscuridad tienen la misma duración.
El por qué varía de un año para otro la fecha de celebración de las Pascuas judía y cristiana, tiene su explicación. El calendario judío era, y es, de carácter lunar, con meses de 28 días, y lógicamente, en función de las fases lunares. La Pascua cristiana siguió la misma pauta, pues Jesucristo murió y resucitó para los cristianos durante la celebración de la Pascua judía. Con una diferencia que explicaremos a continuación.
La Pascua judía se inicia siempre el primer día de luna llena que siga al equinoccio de Primavera. La cristiana, para diferenciarse de la judía, se acordó en su momento que se celebrara el primer domingo de Luna llena después del equinoccio, pero también que, cuando este primer domingo de plenilunio coincidiera con el inicio de la Pascua judía (que como hemos indiciado puede ser cualquier día de la semana) se trasladaría al domingo siguiente. De todo lo cual se desprende que la Pascua cristiana puede oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril de cada año.
En YouTube hay un precioso vídeo que explica la composición y personajes de la "Alegoría de la Primavera" (1478) de Sandro Botticelli que he reproducido más arriba. Espero que lo disfruten. ¡Felices Pascuas!, ¡Feliz Equinoccio!, ¡Feliz Plenilunio a todos los hombres de buena voluntad! Tamaragua, amigos. HArendt











miércoles, 20 de marzo de 2024

Del camino a la ignominia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Es necesario analizar cómo ocurren las cosas,dice en el País el historiador José Andrés Rojo, y a la manera de Christopher Clark en ‘Sonámbulos’, entender la deriva cada vez más sectaria de la política en España. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









El camino a la ignominia empieza en Atocha
JOSÉ ANDRÉS ROJO
15 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Lo que el historiador Christopher Clark hizo en Sonámbulos (Galaxia Gutenberg), el célebre libro que publicó hace unos años y donde reconstruyó cómo Europa se precipitó en la guerra de 1914, fue ocuparse precisamente de ese cómo. Explicaba ahí que desde el presente lo habitual es mirar hacia atrás y entender que cuanto ocurrió en el pasado solo podía conducirnos al punto en el que estamos hoy. Y no es verdad. Explica Clark que esto suele suceder sobre todo con catástrofes como la de la Primera Guerra Mundial. “Lo vemos en las cartas, en los discursos y en las memorias de los principales protagonistas”, escribe, “quienes se apresuran a subrayar que no había alternativa al camino que se tomó, que la guerra era inevitable, y por tanto que nadie tenía la facultad de prevenirla”. Lo que viene después es el reparto de responsabilidades —o, si se prefiere, el señalamiento de los culpables—: fueron estos Estados o aquellos políticos, se trató del propio sistema que estaba hecho para producir guerras o, en fin, cosa del Destino o de la Historia (con mayúsculas).
El cómo, he ahí una oportuna invitación para evitarse los caminos fáciles y las conclusiones precipitadas. O, simplemente, para no tragarse la versión que siempre escriben los vencedores. No es verdad que las grandes democracias de Francia y Gran Bretaña se unieran entonces para frenar el expansionismo del imperio alemán. No, no fue solo eso. Tampoco es cierto que los grandes protagonistas del desastre tuvieran claras las líneas maestras de sus respectivos proyectos, ni que los centros de decisión fueran compactos y remaran en la misma dirección.
Clark señala que “las estructuras ejecutivas de las que salían las políticas distaban mucho de estar unificadas”. Y apunta: “Los alineamientos entre facciones, las fricciones entre cometidos en el seno del gobierno, las restricciones económicas o financieras y la química voluble de la opinión pública ejercían una presión sobre los procesos de toma de decisiones que variaba constantemente”. Exactamente como ocurre ahora. Solemos contarnos una historia de blancos y negros y, de ahí, solo puede barruntarse un escenario apocalíptico. Pero los matices existen, y el ruido interno, y siempre hay margen de maniobra (a veces, pequeño).
Al describir el cómo de aquellos años en que se iba gestando la tragedia, Clark habla de un “caos de voces enfrentadas”. Y luego se ocupa también de la mentalidad de la época, de ese “tejido de supuestos tácitos” que al final determina “las posturas y la conducta tanto de los estadistas y los legisladores como de los publicistas”. Y dice: “En este ámbito podemos distinguir tal vez una creciente disposición para la guerra en toda Europa, en especial, dentro de las élites ilustradas”. No es que pensaran tanto en “llamadas sanguinarias a la violencia contra otro Estado”, sino más bien en una suerte de “patriotismo defensivo” .
En fin, el cómo: engordaban un furioso nacionalismo contra los demás, convertían en monstruos a sus adversarios, le daban alas al miedo, dibujaban marcos terroríficos para afianzar sus respectivos poderes. Nada muy diferente, con sus diferencias, de lo que ocurre ahora. Esto no quiere decir que el horizonte al que nos dirigimos sea el de una guerra. Lo que es indiscutible es que hemos tomado el camino a la ignominia. No hace falta más que levantar la mirada: 20 años después, los principales partidos (y los otros) han sido incapaces de arropar juntos a las víctimas del terrible atentado yihadista del 11 de marzo de 2004. José Andrés Rojo es historiador.

















[ARCHIVO DEL BLOG] En coma inducido. [Publicada el 22/03/2013]












A mi hija Ruth
Tengo la impresión de que mi Desde el trópico de Cáncer ha entrado en coma. Al menos, en la acepción que de esa palabra da el Diccionario de la Real Academia Española. Aunque en realidad se trata más bien de un coma inducido, que como ustedes saben bien no es más que una especie de sedación que se aplica a algunos pacientes para evitar que se hagan daño a sí mismos cuando están incursos en un proceso de pérdida de consciencia. Tengo que agradecerle a mi hija Ruth su irrupción en mi blog, a través del trasvase de entradas de su formidable e intimista Pensando en la estación. Ella ha evitado que el "pi-pi-pi-pi...." en la cabecera del paciente se haya convertido en el "piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii" indicativo de su final y cierre.
En coma profundo y nada inducido están también las instituciones políticas de la Unión Europea, España y Canarias. Comienzo por la última, la más cercana. La noche del miércoles asistí a una "mesa redonda" que se celebraba en la centenaria Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, en Las Palmas, sobre la reforma del régimen electoral canario. Entre los ponentes profesores universitarios y políticos en activo, incluido un expresidente del gobierno canario. Todos ellos coincidieron en la gravedad del tema. Gravedad a la que coadyuva la rigidez estatutaria de modificación de un sistema electoral que infrarrepresenta al 83% por ciento del electorado en beneficio del otro 17%, propicia la imposibilidad de que ningún partido obtenga mayoría absoluta en el parlamento regional y condene a los dos grandes partidos estatales (PP-PSOE), enfrentados, a aliarse con el partido nacionalista (CC) siempre minoritario, para poder formar gobierno, convirtiendo siempre a la formación nacionalista en la única beneficiaria neta del pacto.
Sobre el coma, profundo y nada inducido, de las instituciones políticas españolas, que voy a contarles que ustedes no sepan ya. Desde la llegada del PP al poder y de Mariano Rajoy al frente del gobierno en Diciembre de 2011 todo ha ido a peor. Y encima tienen el desparpajo de insistir una y otra vez en que estamos en el buen camino. No se en que se basan pero pienso, sinceramente, que al actual gobierno de España sí que podría aplicársele con acierto la definición anteriormente citada de coma (sueño profundo en su acepción original griega): "estado patológico que se caracteriza por la pérdida de la conciencia, la sensibilidad y la capacidad motora voluntaria". Bueno, seamos sinceros, capacidad motora voluntaria sí que tienen; otra cosa es que nos esté llevando directamente al abismo. Les invito a leer al respecto la crítica que Álvaro Delgado-Gal, director de "Revista de Libros", formula en la misma al cabreado libro del cabreado escritor Antonio Muñoz Molina titulado "Todo lo que era sólido" (Seix Barral, Barcelona, 2013). 
En coma profundo y nada inducido están también algunas instituciones, no todas, de la Unión Europea. Les invito a leer el artículo "Europa, el paquidermo", del escritor Vicente Molina Foix (El País, 13/3/2013). Desde luego, el Consejo Europeo, su más alta institución representativa, está en coma profundo y encefalograma plano. Y más desde el fiasco del rescate a Chipre. En el coma le acompañan, al Consejo, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo. De la Comisión Europea, el gobierno real de la Unión, ni se habla ya, de lo poco que cuenta. No es extraño teniendo al frente a un político de vuelo tan raso como el señor Durao Barroso, incapaz de hacer valer los intereses generales de la Unión frente a la postura de la única que manda en Europa por lo que parece, la señora Merkel, que Dios guarde (para beneficio exclusivo de sus paisanos alemanes). Vaya por delante que admito que puedo estar equivocado en mis planteamientos. Expertos hay que defienden que estamos haciendo españoles y europeos lo que debemos, de cuya capacidad profesional y honestidad personal no tengo la menor duda. Por ejemplo, el profesor español José V. Rodríguez Mora, catedrático de Economía en la Universidad de Edimburgo, en un elaborado artículo que publicaba Revista de Libros en su número de marzo-abril: "Una mirada desapasionada a la desigualdad económica (I). Observando los hechos", que tuvo su continuación y final en el número de abril-mayo.
De política, oyendo al gobierno y a la oposición, reconozco que tampoco entiendo mucho, y si solo les oigo a ellos, reconozco que no entiendo nada. Pero eso es normal por mi acusada sordera, que pone de los nervios a mi mujer, y a mí me hace recordar con cariño a mi padre, que también la padecía y que contestaba siempre que "para lo que hay que oír, mejor sordo". Pero algo si entiendo, no mucho, pero si lo bastante para percibir cuando me quieren dar gato por liebre. Y algo aprendo y aprovecho cuando tengo la fortuna de leer libros tan excelentes y sugestivos como el titulado "Los rostros del federalismo" (Alianza, Madrid, 2012) del profesor Roberto Luis Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, que he terminado esta misma tarde. Mi más  sincero agradecimiento a la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria, que lo adquirió a expresa petición mía a pesar de las restricciones presupuestarias que asfixian a la entidad. Nunca agradeceré bastante el buen trato que me dispensan en ella.
Del libro citado hay dos excelentes críticas cuya lectura les recomiendo, aunque mejor sería que leyeran la obra misma, que ha recibido el reconocimiento de mejor libro español no-de-ficción publicado en 2012. La primera, del también profesor Javier Corcuera Atienza, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco, titulada "Las múltiples caras del poliedro" y publicada, también, en el último número de Revista de Libros (marzo-abril, 2013). La segunda, la reseña que del mismo hace el profesor Juan José Solozábal Echevarría en el número 30 de la "Revista de teoría y realidad constitucional" (junio 2012) publicada por el Departamento de Derecho Político de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). 
Federalista convencido como soy, y por lo que compruebo cada día, bastante utópico, fui el miércoles a la Mesa Redonda que comentaba al comienzo de la entrada con la intención de sacar a colación la propuesta federalista que llevo defendiendo desde hace más de veinte años largos en cuantos foros académicos, sociales, políticos y prensa tengo oportunidad, sobre la posibilidad y conveniencia de configurar bajo un sistema federal (de las siete islas) el autogobierno de la Comunidad Autónoma de Canarias dentro del Estado español. Ante el sesgo posibilista (o más bien in-posibilista) de todas las intervenciones que hubieron en la misma, desistí sin excesivo drama de intentarlo. Bastante será si se consigue, "ad calendas graecas", romper la inercia de las insostenibles barreras electorales estatutarias vigentes. 
De "una sociedad de sociedades" definió Montesquieu el federalismo. Un sistema bajo el que viven en la actualidad cientos de millones de personas, preponderancia a la que va unida una enorme disparidad sobre la naturaleza del fenómeno federalista sobre la que el profesor Roberto Luis Blanco Valdés pretender arrojar una luz en el libro citado más arriba, centrando su estudio sobre los sistemas paradigmáticos de Estados Unidos, Suiza, Australia, Canadá, Argentina, México, Brasil, Rusia, Alemania, Austria, Bélgica y España.
El libro se cierra con un epílogo en el que, contraponiendo federalismo a nacionalismo, se analizan algunas de las peculiaridades que afectan al modelo federal español. De una de las últimas páginas del libro (la 351) que constituye una crítica del nacionalismo político identitario, no me resisto a trasladarles la opinión de uno de los más reconocidos estudiosos mundiales sobre el "nacionalismo". Dice así: "En tanto que principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política, el nacionalismo suele considerarse a sí mismo como un principio manifiesto y evidente que es accesible a todos los hombres y que solo violan algunas cegueras contumaces, pero de hecho debe su capacidad de convicción tan solo a un conjunto de circunstancias muy concretas que se dan hoy, pero que han sido ajenas a la mayoría de la humanidad y de la historia." (Gellner, Ernest: Nación y nacionalismo. Alianza, Madrid, 1983). La comparto plenamente.
Post scriptum: Sobre la crisis de credibilidad de la Unión Europea les invito a leer los artículos "El desgobierno europeo" (José Ignacio Torreblanca: El País, 23/3/2013) y "Desgobierno" (Josep Ramoneda: El País, 24/3/2013), posteriores a la publicación original de esta entrada. Como verán, no andaba muy desencaminado en mis argumentos. Y como estrambote del soneto el "La Europa alemana se hunde en la mediocridad" (El País, 23/3/2013) de los corresponsales en Bruselas Claudi Pérez y Miguel Mora. Más, imposible. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt











martes, 19 de marzo de 2024

De la sociedad abierta y sus nuevos enemigos

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Karl Popper advertía, escribe en la revista Ethic el politólogo Manuel Arias Maldonado, de que la sociedad abierta solo puede mantenerse como tal si conserva la estructura de la democracia liberal. Y para ello requiere, justamente, una cultura política capaz de renunciar a las llamadas de la tribu. Sin embargo, hoy en día, la lista de enemigos de la sociedad abierta es larga. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Nuevos enemigos de la sociedad abierta
MANUEL ARIAS MALDONAD
11 MAR 2024 - Ethic - harendt.blogspot.com

Acaso el gran problema de la sociedad abierta consista en que pocos quieren vivir en una sociedad abierta. Es difícil llegar a una conclusión diferente a la vista de la realidad política contemporánea: las democracias liberales sufren el embate de los viejos nacionalismos y del nuevo populismo, mientras se dibujan en el exterior los contornos de una nueva Guerra Fría que esta vez enfrenta a las democracias contra los autoritarismos. Todo ello en un mundo donde, según, el índice de la revista The Economist, apenas el 8% de la población vive en una «democracia plena» y solo un 7% lo hace en «democracias defectuosas»; en total, solo el 15% de la población mundial está constituida por ciudadanos y no por súbditos, que es como el eminente jurista austríaco Hans Kelsen llamaba a quienes carecían de derechos políticos. Para quienes esperábamos algo más del fin de la Historia en su versión finisecular, se trata de un resultado decepcionante; las olas democratizadoras parecen morir hoy en la orilla. Pero así funcionan los ideales: sufren en contacto con la realidad. Máxime cuando son tan exigentes como el que aquí nos ocupa.
¿Y qué es una sociedad abierta? El concepto es de Karl Popper, quien lo presenta en La sociedad abierta y sus enemigos, historia del pensamiento político en dos volúmenes que aparece en 1945. Es el año que conoce la derrota del imperialismo japonés y del totalitarismo nazi; el soviético estaba sin embargo a punto de cerrar su puño de hierro sobre Europa Oriental y los comunistas chinos no tardarían en llegar al poder. Aunque el historiador Samuel Moyn incluye a Popper entre los representantes del «liberalismo de la Guerra Fría» en su reciente Liberalism Against Itself, en compañía de Judith Shklar o Isaiah Berlin, el pensador vienés se adelanta a la contienda entre los bloques liberal y comunista; su genealogía del pensamiento totalitario –distinta a la que Hannah Arendt publicaría seis años más tarde– se alimenta de la amarga experiencia política suministrada por el periodo de entreguerras. Su tesis central es que una sociedad en la que se ejercita pacíficamente la razón crítica se distingue de aquellas que se organizan alrededor de la reverencia a la autoridad, el respeto al tradicionalismo o el rechazo del pensamiento científico.
Persuadido como su conciudadano Friedrich Hayek de la falibilidad humana y de las limitaciones de nuestro conocimiento, Popper es escéptico acerca de la posibilidad de alcanzar la verdad: porque lo irrefutable no es necesariamente lo verdadero. De ahí que la búsqueda de la verdad sea compatible con la oposición feroz contra el dogmatismo intelectual. Popper establecía un vínculo entre este último y el autoritarismo político; quien busca imponer una cosmovisión o ideología termina recurriendo a la coerción violenta y al gobierno autoritario, ya que de otro modo no logrará reprimir la natural tendencia del ser humano a producir nuevas ideas. Es natural que tales premisas desembocasen en la vindicación de la democracia liberal como única forma de gobierno posible para la sociedad abierta: aquella que permite expulsar pacíficamente del poder a los malos gobernantes y antepone la reforma gradual a la gran ingeniería social. Justo es subrayar, en todo caso, que el realismo político de Popper no le impedía reconocer la importancia de las condiciones materiales que permiten al ciudadano desarrollar su plan de vida: las políticas sociales no son un capricho de los colectivistas.
En cualquier caso, Popper conceptualiza una sociedad que es gobernada por medio de una democracia representativa; el énfasis no recae en la morfología del régimen político, sino en el tipo de sociedad que ese régimen político hace posible. Dicho de otro modo, la democracia liberal sería la forma política natural de la sociedad abierta; ninguna otra cumple con los requisitos que esta última exige. Entre ellos, el principio del gobierno limitado que establece restricciones a lo que el poder público está autorizado a decidir; el reconocimiento de los derechos fundamentales que proporciona al individuo una esfera de libre disposición; el mantenimiento del imperio de la ley y la separación de los poderes del Estado; la existencia de una esfera pública donde operan medios de comunicación independientes y los ciudadanos expresan sus opiniones de distintas maneras; el funcionamiento de un mercado libre donde individuos y empresas operan bajo la supervisión de los poderes públicos. Es evidente que no tiene sentido separar sociedad abierta y democracia liberal: cada una es condición de la otra.
Ahora bien: la sociedad abierta requiere una cultura política capaz de producir ciudadanos que ejerzan la tolerancia cívica y renuncien al tribalismo. Aceptar el pluralismo es renunciar a imponer a los demás nuestra cosmovisión, y hacerlo por las razones correctas: por entender que la cualidad «abierta» de la sociedad tiene un fundamento a la vez moral (derecho igual de todos a atesorar sus ideas) y epistemológico (no existe el conocimiento perfecto). Las sociedades cerradas no son capaces de progresar al mismo ritmo que las sociedades abiertas; no son justas, ni pueden serlo. Si Popper definía la sociedad abierta como aquella en la que el individuo es responsable de sus decisiones personales, por oposición a una de carácter tribal o colectivista, podemos ampliar el concepto y designar con ese término a la sociedad que pone en su centro la libertad personal y se mantiene abierta al resultado de los intercambios que tienen lugar en su interior. Y aunque renuncia a fijar su forma definitiva, la sociedad abierta solo puede mantenerse abierta –a nuevas ideas, tecnologías, moralidades– si conserva la estructura institucional del Estado de derecho y la democracia liberal. Cuando estas se debilitan, la sociedad se vuelve más «cerrada».
Huelga decir que Popper no pensaba que los occidentales vivieran ya en sociedades abiertas. Al igual que sucede con la Ilustración tal como la define Kant en su momento, estamos ante ideales regulatorios que fijan un objetivo digno de ser perseguido. La pregunta es si hoy estamos más lejos de alcanzarlo que ayer; si el mundo ha retrocedido en su lento progreso hacia la sociedad abierta. Y la respuesta, de nuevo, depende de las expectativas. A comienzos de la década de los 90, se esperaba que las sociedades post-soviéticas –incluida la propia Rusia– se democratizasen sin excepción; lo mismo valía para una China que estaba llamada –Tiananmén dejó ver a una juventud descontenta– a sustituir el régimen de partido único por un gobierno multipartidista. Pero es evidente que la sociedad abierta no ejerció la fuerza centrípeta necesaria para que aquellas esperanzas se hicieran realidad.
Ahora sabemos que aquel fue un momento excepcional, malinterpretado por quienes lo vivieron como el comienzo de una nueva era; la derrota del comunismo soviético se confundió con el abrazo global de la democracia liberal. Breve primavera: los atentados del 11-S y la crisis de 2008 acabaron con la complacencia occidental. El panorama es hoy desalentador: tenemos delante una China más alejada que nunca de la democracia (el caso de Hong Kong es elocuente) y una teocracia iraní que no ha concedido terreno a sus reformistas. Hay pocos avances en Latinoamérica, donde alguna democracia ha dejado de serlo (Venezuela) y otras han perdido estabilidad (Chile, Perú) o sucumbido a los encantos del liderazgo populista (México, Brasil); no terminan de completar su tránsito a la democracia países asiáticos tan poblados como Indonesia o Tailandia, si bien Malasia conserva su estabilidad y Filipinas no termina de desestabilizarse. Y mientras, África ha recuperado la tradición del golpe de Estado militar (Níger, Gabón, Burkina Faso), algunas de sus sociedades parecen estar aprendiendo a cambiar de gobierno sin violencia (Sierra Leona, Liberia). Puede decirse que la democracia liberal, aun sufriendo, resiste; lo que no se puede decir es que avance.
Si volvemos la mirada al interior de las democracias, hay poco que celebrar; el ideal de la sociedad abierta no está precisamente de moda. ¿Y cuándo lo estuvo? Es conveniente abrir los ojos: en las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas europeos mantuvieron una considerable fuerza en las sociedades europeas y la juventud que se movilizó a finales de los 60 enarbolaba con alegría el Libro Rojo de Mao. Se produjo un auge de la violencia política en los años 70; hubo terrorismo de extrema izquierda, como lo hubo anarquista y de extrema derecha e incluso –ahí están ETA o el IRA– nacionalista. Francia vivió un turbulento proceso de descolonización y hubo disturbios raciales en Estados Unidos. O sea: los Treinta Gloriosos tuvieron su miga. Claro que no se trata de comparar la contenciosidad de dos momentos históricos separados entre sí ya más de medio siglo, sino de ahorrarnos un espejismo: aquel que dibuja en el horizonte del pasado un apoyo masivo a la causa de la sociedad abierta.
Flash forward: las democracias liberales vienen sufriendo fuertes turbulencias desde el estallido de la crisis financiera de 2008. Allí donde pierde credibilidad la promesa del crecimiento económico indefinido –confrontadas como están las sociedades desarrolladas con los efectos indeseados de la modernización y la globalización: cambio climático, desigualdad económica, tensiones migratorias– aparecen movimientos ideológicos y fuerzas políticas que empujan en dirección opuesta a la sociedad abierta. Es una lista larga: el populismo que explota el ideal democrático del gobierno popular para estimular el malestar social y, si llega al poder, desactiva los controles liberales e impone una visión antipluralista de la sociedad; el nacionalismo etnocéntrico que actúa en su propio nombre o permea el discurso populista, reclamando el derecho a la autodeterminación o el abandono de entidades supranacionales como la UE; las políticas de la identidad que cuestionan el universalismo ilustrado y perturban la conversación pública mediante la aplicación de la cultura de la cancelación en el marco de las guerras culturales; el despliegue de versiones extremas de doctrinas políticas conocidas (conservadurismo, feminismo, ecologismo) y la difusión de nuevos discursos (teoría decolonial, ideología woke, decrecimiento), siendo rasgo común a todos ellos el rechazo del pluralismo en nombre del bien superior –dogma– que sus defensores dicen representar.
Estos fenómenos no se producen en el vacío. El estilo político del populismo ha contaminado las democracias liberales y son pocos los partidos que renuncian a usar sus herramientas para competir por el poder. Ahí tenemos la personalización creciente de la política, con el renovado protagonismo de los hombres fuertes y los líderes cesaristas de orientación providencial; la importación del método norteamericano de las elecciones primarias a los partidos europeos ha reforzado esta funesta tendencia plebiscitaria. Tampoco los ciudadanos que participan en la esfera pública a través de las redes sociales se privan de manifestar el deseo de que su tribu política prevalezca sobre el resto: ni la tolerancia ni la deliberación pasan por su mejor momento. Es así razonable preguntarse cuántos ciudadanos son realmente demócratas. O lo que es igual: ¿cuántos aceptarían sin pestañear vivir en un régimen político iliberal –una democracia aclamativa– donde los suyos gobernasen para siempre? Súmense el regreso del estatalismo y la nueva legitimación del intervencionismo público, que a la vista de lo sucedido durante la pandemia no tendrá dificultades para llevarse a la práctica.
Se diría entonces que la causa de la sociedad abierta se debilita a ojos vista. Eso no quiere decir que vaya a desaparecer: sigue siendo la mejor forma de organizar políticamente la convivencia pacífica de grupos humanos heterogéneos sin renunciar al ejercicio de la libertad personal y el autogobierno colectivo. Pero sus nuevos enemigos ya están aquí. Y no dan tregua. Manuel Arias Maldonado es politólogo.