martes, 4 de abril de 2017

[A vuelapluma] ¿Las ciencias sociales son ciencias exactas?





El profesor Félix Ovejero menciona en una nota a pie de página del libro Tomando en serio la teoría política, varias veces citado por mí en estos días, un experimento realizado por el diario The Economist en 1984. En esa fecha el mencionado diario londinense solicitó a dieciséis personas que expresaran sus previsiones a diez años vista sobre inflación, crecimiento económico, tasa de cambio y evolución del PIB de Singapur en relación con el de Australia. Cuatro de esas personas eran exministros de Hacienda, otras cuatro directores ejecutivos de multinacionales, cuatro más estudiantes de la Universidad de Oxford, y por último, cuatro barrenderos de Londres. Cumplido el plazo, comenta Ovejero, resultó que los barrenderos atinaron más que ninguno de los otros grupos. Los peores, los exministros.

La encuesta, sigue diciendo, técnicamente no pasaba de ser un divertimento, pero sus sombrías conclusiones acerca de la penosa capacidad predictiva de la profesión económica no se han visto desmentidas por investigaciones más serias como las de la firma Tetlock, que en 2005 invitó a trescientos investigadores a realizar predicciones acerca de asuntos económicos y políticos. Los resultados, señala, fueron "como para cortarse las venas": no mejoraban el simple azar; poco más o menos, afirma, como los de un mono borracho apretando botones.  

Pero volvamos a hoy. Hace unos pocos días el investigador y divulgador científico Javier Sampedro escribía en El País un artículo en el que relataba un experimento llevado a cabo recientemente por la profesora y científica polaca Katarzyna Pisanski. Los más de 20 años que han pasado desde el caso Sokal, comienza diciendo Sampedro, no han apagado los ecos del escándalo. Alan Sokal es un  profesor de Física de la Universidad de Nueva York que, en 1996, mandó a una revista de estudios culturales un manuscrito titulado Transgrediendo las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica. Como deja intuir su título, el artículo era una interminable colección de falacias pomposas, fárragos impenetrables y simples tonterías envueltas en la jerga inconfundible de quien no tiene nada que decir. Pero la revista Social Text se lo publicó sin tocar una coma, haciendo un ridículo de antología.

Lo que acaba de ocurrir ahora, comenta, es en realidad mucho peor. La científica polaca Anna O. Szust se ha ofrecido como miembro del consejo editorial a 360 revistas científicas, las publicaciones donde los investigadores presentan sus trabajos a la comunidad científica, y que al final constituyen el fundamento de su carrera profesional. Que 48 de esas revistas aceptaran a Szust en sus consejos editoriales, y sin mediar más correspondencia, sería ya curioso por sí mismo. Pero el hecho de que la científica polaca no exista convierte la anécdota en un escándalo que deja el caso Sokal a la altura del betún. Aquí no se trata ya de que esas revistas profesionales hayan hecho el ridículo, sino de que se han revelado como un pesado lastre para los engranajes de la práctica científica.

Anna O. Szust es una creación de la psicóloga Katarzyna Pisanski y sus colegas de la Universidad de Breslavia, en Polonia, que presentan en Nature los resultados de su experimento-trampa. Oszust significa fraude en polaco. Los psicólogos dotaron a su personaje ficticio de un igualmente imaginario currículo en “teoría de la ciencia y el deporte” y le abrieron las preceptivas cuentas en Google+, Twitter y Academia.edu, que son el certificado de realidad en nuestros tiempos ciegos. Las 48 revistas en cuestión cayeron como moscas, pese a que el currículo de la doctora Fraude era descaradamente inadecuado, por no decir inexistente, para figurar en un consejo editorial. La han metido hasta la ingle.

En círculos académicos se viene hablando de las “revistas predadoras”, varios miles de publicaciones científicas que han proliferado como setas en los últimos tiempos. “Estas revistas no aspiran a la calidad”, dice Pisanski, “sino que existen ante todo para obtener cuotas de los autores”. Los científicos tienen que pagar por publicar sus investigaciones, y si lo hacen en una revista predadora ni siquiera tienen que preocuparse de que la investigación esté bien hecha. Genial. 

Todo lo anterior me lleva por mi parte a pensar, con cierto grado de sorna, si las predicciones llevadas a cabo por políticos, economistas y científicos sociales merecen credibilidad y si no sería mejor dejar que la Madre Naturaleza resolviera las cosas por sí misma. En fin, ¿las ciencias sociales, ciencias exactas? Vale, pero menos... 






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



HArendt






Entrada núm. 3422
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)