lunes, 18 de marzo de 2024

Del enemigo en el espejo

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. La concepción del otro como monstruo, escribe en El País la socióloga  Olivia Muñoz-Rojas, nos impide desarrollar una aproximación más constructiva a nuestras relaciones con otras regiones, países o pueblos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Oriente-Occidente, el enemigo en el espejo
OLIVIA MUÑOZ-ROJAS
14 MAR 2024 -  El País - harendt.blogspot.com

Leía Hambre de Åsa Ericsdotter, una palpitante distopía en la que el primer ministro sueco instaura un régimen totalitario basado en la obesofobia, mientras veía la popular serie Narcos de Netflix. La distopía de Ericsdotter llega a su fin cuando la prensa estadounidense denuncia los crímenes que está cometiendo el Gobierno sueco contra su población obesa y hay una intervención en el país para destituir al primer ministro. En Narcos, basada en la historia real de los cárteles de la droga colombianos y mexicanos, el espectador asiste a las tensiones entre la DEA y la CIA y la presunta ambigüedad de la Administración estadounidense en la lucha contra el narcotráfico. Si en Hambre Estados Unidos responde al imaginario europeo de posguerra en el que constituye el garante de la libertad, la tolerancia y la democracia; en Narcos emerge por momentos la imagen de una superpotencia arrogante, violenta e hipócrita que comparten muchos ciudadanos fuera de Occidente. Este contraste sirve como punto de partida para reflexionar, primero, sobre la conceptualización secular del mal y, seguidamente, sobre la construcción social del otro y del enemigo en un mundo marcado por la memoria del colonialismo europeo y de la Guerra Fría y embarcado en una multipolaridad todavía incierta.
En The Myth of Evil (El mito del mal), el filósofo político Phillip Cole ofrece cuatro conceptos seculares del mal. Cole distingue entre la concepción monstruosa, el concepto del mal puro, la concepción filosófica y la psicológica. La primera entiende que “algunos humanos pueden elegir libre y racionalmente hacer sufrir a otros por el simple deseo de hacerlo y sin ningún otro fin”, pero al hacerlo “traspasan la frontera de la humanidad”, en otras palabras, son monstruos. La segunda establece que “la capacidad para el mal puro existe en todos los humanos sin distinción”. La tercera “rechaza el mal absoluto como una característica humana”: los humanos somos capaces solamente de un mal impuro, es decir, causamos sufrimiento a otros para obtener algún otro fin como el poder, la riqueza, la seguridad o un bien colectivo. La cuarta entiende que los actos que consideramos malvados tienen una explicación empírica asociada a nuestro contexto social, estado mental y/o unas circunstancias extremas.
De acuerdo con Cole, es la concepción monstruosa, para la cual no cabe ambigüedad alguna en la frontera que separa al humano del monstruo, la que sustenta la construcción de la otredad y del enemigo. Afirmaba el historiador de la psicología Robert W. Rieber que “definir una imagen del enemigo a escala masiva es el requisito psicológico previo para la guerra moderna”. Rieber redundaba en la profundidad emocional y psicológica que entraña este proceso. “Tener un enemigo va mucho más allá de simplemente tener un competidor o un adversario”, escribía, “es, en cierto sentido, estar poseído, uno ya no se siente completamente al mando de su propio destino: hay un enemigo ahí fuera, y el propio destino está ligado al suyo”.
En Occidente, sostiene Hamid Kbiri, “esa otredad del enemigo ha sido frecuentemente llevada al escenario de la orientalización, incluso cuando el enemigo no era oriental”. La consolidación de determinados estereotipos sobre las culturas asiáticas, en particular, y no occidentales, en general, con el fin de revalidar su inferioridad frente a la civilización occidental, acompañó al proceso de colonización europea y cimentó la hegemonía de Occidente como referente civilizatorio. Sin embargo, como sugiere Kbiri, una vez Oriente se vuelve sinónimo del otro, normalmente bárbaro, nos encontramos con que el concepto pierde su especificidad geográfica y cultural.
Podemos pensar en los primeros conquistadores españoles que trazaban paralelismos entre los pueblos americanos y los musulmanes que habitaron la Península. Kbiri alude a los británicos que “retrataban a los irlandeses como una ‘raza inferior’ y como el ‘Oriente del patio trasero’ europeo para justificar su colonización”. Del mismo modo, señala, muchos europeos y americanos dejaron de ver a la Alemania nazi como parte de Occidente y calificaban a la Unión Soviética como ejemplo de ‘despotismo oriental’. Podríamos añadir fenómenos similares, dentro del propio Oriente, como la construcción del enemigo musulmán en la India. Conforme se ha reforzado el nacionalismo político hindú en las últimas décadas, no sólo se ha perpetuado “el tópico del musulmán inherentemente arrogante y el hindú supuestamente tolerante”, explica el politólogo Sanjeev Kumar en su análisis de las producciones de Bollywood, sino que parte de la cultura popular representa inexorablemente a los musulmanes como “terroristas, extremistas religiosos […] y traidores”.
Arguye Kbiri que “la simple invocación de la figura amenazante del oriental sirve como justificación para la violencia”. Sin embargo, denuncia el autor marroquí, “mientras que los occidentales se enorgullecen de librar la guerra como un instrumento al servicio de la política”, esto es, sus actos malvados buscan otros fines como la seguridad, “relegan la motivación de los orientales para la guerra o cualquier otra forma de violencia armada a su forma primordial, es decir, a la autoexpresión religioso-cultural”. Sus acciones se interpretan como “gestos culturales, fanáticos o irracionales e incomprensibles”, es decir, monstruosos.
Si la percepción occidental de un mundo dividido entre civilizados y bárbaros o humanos y monstruos ha moldeado la autopercepción de muchas sociedades no occidentales, tampoco debe sorprender que las percepciones negativas sean mutuas. Hay tantas miradas sobre Occidente como países no occidentales (entre ellos los que forman parte de eso que a veces llamamos Sur Global), pero la desconfianza y el resentimiento, fruto de la experiencia colonial y la persistencia de estructuras poscoloniales, junto con el cuestionamiento del individualismo, son denominadores comunes. Por otra parte, Occidente no se percibe necesariamente como un todo como ilustra una reciente encuesta realizada en China, donde entre el 47 y el 70 por ciento de los encuestados tenía una visión positiva de distintos países europeos, mientras que sólo un 23 por ciento la tenía de Estados Unidos. Está, además, el lugar ambiguo o híbrido que ocupan regiones y países como América Latina, Japón y Rusia en lo que entendemos por Occidente. En un interesante informe publicado en el año 2000, esto es, antes del conflicto en Crimea, los politólogos Guerman Diligensky y Sergei Chugrov concluían que “cualquier síntoma de aspiraciones hostiles, actitudes denigrantes hacia los problemas e intereses rusos pueden provocar cambios negativos en la percepción rusa de Occidente”. Pero, sostenían seguidamente, “lo contrario también sucede: cualquier gesto de simpatía, compasión o estima hacia Rusia es capaz de fortalecer el prestigio de los valores occidentales, sus instituciones económicas y políticas en la sociedad rusa.”
Cabe concluir que la concepción monstruosa del otro, rápidamente transformado en enemigo, nos impide desarrollar una aproximación más constructiva a nuestras relaciones con otras regiones, países o pueblos. El psicólogo estadounidense de origen ruso Urie Bronfenbrenner ya lo puso de manifiesto durante la Guerra Fría con su teoría del espejo distorsionado. Según esta, en los conflictos, “cada parte, a menudo en contra de sus propios deseos, se ve impulsada a comportarse cada vez más de una manera que cumple con las expectativas del otro.” Haríamos bien en aplicar una noción más ambigua a la naturaleza del otro-enemigo, quizá una como la que representaba para los antiguos griegos la figura del daimon. Esta criatura intermedia entre lo humano y lo divino, evoca Cole, “oscila entre ser útil y dañina” y, aun siendo impredecible, podemos orientarla hacia nuestro lado, si actuamos con inteligencia.Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. 

































[ARCHIVO DEL BLOG] Cádiz, 1812: Nación española y Constitución. [Publicada el 18/03/2012]











Me sumo con enorme respeto y admiración al homenaje que el pueblo español rinde en estos días a esos otros españoles de "ambos hemisferios", hijos de la Ilustración, que mañana hace justamente doscientos años, promulgaban en la ciudad de Cádiz la primera Constitución de nuestro país,  la primera constitución liberal de Europa, y que con ello hacían nacer la Nación española como sujeto y protagonista de la historia patria.  
Pueblo, patria, país, nación, estado: He utilizado cinco términos que coloquialmente pueden ser considerados como sinónimos pero que histórica, jurídica y políticamente designan realidades distintas. En el Diccionario de Política (Siglo XXI, Madrid, 1994) de Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino, ni tan siquiera figuran las voces "patria" o "país", y las tres restantes reciben tratamiento desigual: diez páginas la de "estado", cinco la de "nación", y dos la de "pueblo". 
Que el 19 de marzo de 1812 nacía la "Nación española", no es una afirmación gratuita. Contra lo que suele pensarse habitualmente el "Estado" no es una creación de la "Nación", sino, precisamente, lo contrario: es el Estado el que crea la Nación como entidad política. Por supuesto que España existía como Estado antes de esa fecha, pero no como nación. Antes de la Revolución Francesa y de la proclamación solemne de la Declaración de los Derechos del Hombre y de los Artículos de Constitución, en Octubre de 1789, existía el Estado francés, pero no la Nación francesa. Es el cambio de súbditos a ciudadanos que conlleva la revolución (en Estados Unidos, en Francia, en España, Iberoamérica, Alemania e Italia) y la promulgación de  sus respectivas Constituciones las que crean las nuevas realidades nacionales como sujetos y protagonistas de la Historia.
Desde la página electrónica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, creada en 1988 por la Universidad de Alicante, y sostenida en la actualidad por la Fundación de ese mismo nombre que preside Mario Vargas Llosa, pueden acceder al portal dedicado a la Constitución española de 1812. Un portal temático que, bajo la dirección científica del profesor Ignacio Fernández Sarasola, de la Universidad de Oviedo, y en colaboración con Fernando Reviriego Picón, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, ofrece un amplio e impresionante catálogo de textos sobre la primera Constitución promulgada en España: contexto histórico, documentos, cronología, bibliografía, estudios, imágenes y enlaces de interés. Les animo a visitarlo y disfrutar de su contenido, así como de los vídeos que incorporo a la entrada.
También pueden ustedes acceder al monográfico especial que la Revista de Historia Constitucional, su número 13, editada también por la Universidad de Oviedo, dedica a la Constitución de Cádiz con motivo de su bicentenario. Más de 800 páginas con decenas de artículos publicados por los más eminentes y prestigiosos historiadores, profesores y politólogos en homenaje a nuestra primera constitución-
Con cierta dosis de nostalgia, no exenta de cariño, rememoro con ocasión de la fecha que conmemoramos dos entradas anteriores del blog sobre este mismo asunto del bicentenario de la Constitución de Cádiz: Una, publicada el 20 de abril de 2009, con el título de Los fastos de Cádiz. Carta abierta a la ministra de Cultura; la otra, de fecha 9 de abril de 2010, titulada Historiadores y fastos patrios, que espero les resulten interesantes.
Y como colofón de la efeméride pueden leer el artículo 1812: Cuando España quiere ser moderna e ilustrada" que en El País del 19 de marzo publicaba José María Lasalle, secretario de estado de Cultura; el editorial de ese mismo periódico titulado Las preguntas de Cádiz;  y los enlaces a otros artículos de opinión sobre el hecho que nos ocupa a los que pueden acceder desde los mismos. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 17 de marzo de 2024

Sobre el retorno de la ética

 






El retorno de la ética
JAVIER CERCAS
16 MAR 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com

“Quien la hace, la paga”, declaró el presidente del Gobierno al estallar el llamado caso Koldo: era una forma de decirle a su ex-íntimo colaborador José Luis Ábalos que la ética del PSOE le obligaba a abandonar su escaño en el Congreso por no haber vigilado a su ex-íntimo colaborador Koldo García, acusado de robarnos a todos 1,5 millones de euros por adjudicación fraudulenta de contratos públicos durante la pandemia. Era una broma, claro está: lo que quería decir el presidente es que quien la hace, la paga, pero sólo si nos conviene; Carles Puigdemont la hizo muchísimo más gorda que Koldo y está acusado de delitos muchísimo más graves que los que se le imputan a éste —no digamos que los que se le imputan a Ábalos, a quien no se le imputa ninguno—, pero, gracias a la amnistía, no va a pagar nada por sus presuntos desafueros, el más leve de los cuales consistió en robarnos a todos millones y millones de euros. Así que lo que en realidad quería decir el presidente es que, si olvidar la ética significa mantener el poder —eso es la amnistía—, nos olvidamos de la ética; pero, si olvidar la ética significa perder el poder —eso podría ser el caso Koldo—, la sacamos en procesión.
Michael Reid, durante años corresponsal de The Economist en España, observa que, con el engaño de la amnistía —”hacer lo que durante años juró que no haría en un tema de tanta importancia”—, nuestro presidente, empeñado en dar la razón a sus peores enemigos, pasa a jugar en la misma liga calamitosa de Donald Trump y Boris Johnson; también escribe que, en el Reino Unido o Francia, esa estafa “habría provocado una rebelión parlamentaria dentro del partido gobernante”. Spain is different. De hecho, cuando algunos votantes de izquierda denunciamos el fraude no sólo fuimos acusados de fachas —eso se daba por supuesto—, sino de ingenuos, de confundir la ética con la política y de pegarnos “un atracón de moral”. Lo curioso es que los acusadores de entonces son los mismos que ahora, con el caso Koldo, claman junto al presidente por la ejemplaridad ética de la política; Dios santo, eso sí que es un atracón de moral: yo me conformo con que los políticos cumplan las reglas que cumplimos los demás, como no robar y no engañar, esta última según Montaigne la primera regla de la ética. No entraré a juzgar si Ábalos debía dimitir o no (aunque confieso que soy incapaz de entender que Ábalos tenga que dimitir por no haber vigilado a su ex-íntimo colaborador Koldo y el presidente no tenga que dimitir por no haber vigilado a su ex-íntimo colaborador Ábalos); importa señalar, sin embargo, que, aunque el caso Koldo posea una dimensión ética obvia, es mucho más relevante desde el punto de vista político. Ignacio Varela ha recordado que el 80% de la corrupción política en España está vinculado al tráfico de influencias en la adjudicación de contratos públicos y, en este mismo periódico, Víctor Lapuente ha puesto el dedo en la llaga: “La corrupción no es un problema de nuestros partidos, sino de nuestras instituciones”. En otras palabras: si se quiere atajar de verdad la corrupción, no basta con sustituir a los corruptos por los honrados; hay que arbitrar mecanismos que impidan que los honrados se vuelvan corruptos. Cambiar a las personas no es suficiente: es necesario cambiar el sistema. ¿Por qué no se cambia? La respuesta salta a la vista: porque, para hacerlo, los grandes partidos políticos tendrían que alcanzar grandes acuerdos, y no les interesa alcanzarlos; les resulta muchísimo más rentable electoralmente crear inútiles comisiones de investigación donde tirarse los trastos a la cabeza, acusándose unos a otros de corruptos, que poner medios eficaces para acabar con la corrupción, o para reducirla al mínimo. El problema no es Koldo: el problema son el PSOE y el PP, Sánchez y Feijóo.
Pero no hay mal que por bien no venga. Gracias al caso Koldo, el Gobierno ha redescubierto lo que no habíamos olvidado los votantes a quienes engañó, y es que, aunque ética y política sean cosas distintas, la política no debe emanciparse de la ética; ahora sólo falta que no sólo lo aplique al caso Koldo. Ánimo, compañeros: así empieza la remontada. Javier Cercas es escritor.












Sobre hablar bien y tener razón

 






Hablas tan bien que parece que tienes razón
SERGIO DEL MOLINO
08 MAR 2024 - Ethic - harendt.blogspot.com

Es costumbre en España que los halagos se expresen como reproches, y viceversa. Por eso, algunos de los cumplidos más bonitos que colecciono en mi carrera han sido involuntarios y tenían un ánimo de injuria. Guardo con cariño uno sucedido en una tertulia de radio, en la que yo participaba como invitado circunstancial. Una de las participantes, que lo era por activista y no tenía muchas tablas en los medios, me dio una réplica maravillosa, más dirigida al vacío y hacia sí misma que hacia mí: «Es que Sergio habla tan bien que parece que tiene razón».
La literatura y la mitología están llenas de embaucadores. El mejor consejo contra ellos es no escucharlos, como Ulises hizo con las sirenas. Desconfiad de los elocuentes y de los verbosos, pues a veces consiguen haceros cambiar de opinión y desviaros de la doctrina recta, esto es, la ortodoxia, para caer en opiniones torcidas o heterodoxas. El buen feligrés se comporta como el buen tuitero y no atiende a las palabras que pueden llevarle a dudar de sí mismo. Por eso las fábulas y los cuentos ponen a los charlatanes al lado de las bestias y los lobos: son peligros que acechan fuera de casa, donde todo es sencillo y los malos se distinguen de los buenos.
Me halagó mucho que aquella contertulia me relacionase con los secuestradores de niños, las sirenas y los nigromantes, pues nada le gusta más al discutidor que les reconozcan poderes mágicos y peligrosos a sus palabras, pero también me entristeció (es lo que tienen los reproches, que llevan su poquito de veneno y siempre hace algún efecto), porque me colocó en un lugar muy solitario. Yo había ido a la tertulia a discutir, y como siempre concedo con largura el beneficio de la duda, creía que los demás también habían ido a discutir. Una vez más me equivocaba: casi todos iban a tener razón. El único discutidor con ánimo polemista era yo, y eso me dejó discutiendo conmigo mismo.
Desconfiad de los elocuentes y de los verbosos, pues a veces consiguen haceros cambiar de opinión
Me gano parte del jornal discutiendo. Casi siempre en la radio, pero también en escenarios con público en directo, en eso que llaman mesas redondas y otros sitios análogos. No se me debe de dar del todo mal porque ya soy casi veterano y el de discutir es un negocio muy competitivo en el que pocos se jubilan: hay muy pocos gallineros y muchísimos gallos, por lo que no es fácil aguantar cacareando. En cuanto te relajas, otro gallo más joven y saleroso te saca del corral. Pero con los años he descubierto que todo ese ruido induce a engaño y, en el fondo, no hay tanta competencia como parece. Discutir, lo que se dice discutir, discutimos unos pocos.
Aunque la tertulia sea el género dominante de la radio y de la tele (también del podcast, donde la conversación reina sobre el documental o la ficción) y las redes sociales avienten el espejismo de que vivimos en una conversación total y cósmica (y un cuerno: allí llaman réplica al salivazo, y libertad de expresión, al acoso y al amedrantamiento), son muy pocos los que aprecian de verdad la discusión. A la mayoría de la gente le sucede como a la tertuliana que me reprochaba hablar bien: no salen a escena a discutir, sino a tener razón. No les gusta conversar, sino monologar por turnos. Encontrarse con un oponente que se lo pone difícil, que les señala sus contradicciones o desarma sus argumentos, lejos de estimularles y animarlos a discutir mejor, les irrita.
Esto sucede porque traen las tesis cerradas de casa y aspiran a exponerlas sin enmiendas, como el frutero que trae un cargamento de alcachofas de Tudela. De ahí salen tertulias insufribles para el público —pero estupendas para el hooligan, que es la parte más corrupta y despreciable del público, esa a la que debería prohibírsele la entrada—, pues en lugar de una discusión presencian una reiteración cansina de consignas impermeables las unas a las otras. El tertuliano A, significado partidario del partido X, dice X todo el rato, y el tertuliano B, significado partidario del partido Y, dice Y todo el rato, pero las líneas X e Y no se tocan nunca y salen de la tertulia como entraron.
Una conversación se parece a una narración en tanto que tiene arcos y se construye mientras sucede. La tertulia alcanza su verdad como arte cuando los tertulianos se fijan en lo que dicen los otros y contraargumentan. No se trae la razón de casa, sino que se gana en la arena, como en cualquier otro combate. Da lo mismo que tú te creas portavoz de la opinión recta: si no sabes defenderla, la pierdes. Nadie tiene razón a priori en una tertulia, todo se decide en el lance. Y bien saben los que se han enfrentado a discutidores profesionales que no es fácil salir victorioso frente a ellos. Yo he visto balbucear a sabios, incapaces de articular nada inteligente ante campeones del tertulianaje. Luego te los encuentras en la escalera, poseídos por el espíritu de la ídem, dándose cabezazos contra todas las réplicas elocuentes que no supieron decir en antena.
El buen tertuliano no solo tiene talento para la conversación, sino un entrenamiento olímpico que le hace temible para cualquiera que no tenga sus horas de cháchara. De la misma forma que ningún futbolista aficionado aspiraría a meterle un gol al Real Madrid, ningún amateur de sobremesa de casino debería confiarse en una tertulia de profesionales. A veces es doloroso verlos correr por el campo, sin atinar a ningún balón, intentando entender por dónde va el juego y cómo les han regateado.
¿Por qué acuden al martirio, pues? Si los ciclistas domingueros no aspiran a correr el Tour ni los músicos de las bandas municipales de pueblo, a tocar en la Filarmónica de Berlín, ¿por qué hay tanta gente sin experiencia ni dotes que se cree capaz de medirse con los virtuosos de la conversación?
Pues por la misma razón por la que hay tantísimos escritores inéditos que creen que pueden ganar el Nobel, porque no entienden el poder de la palabra. No han hecho caso de los cuentos infantiles, no les enseñaron a desconfiar de los brujos y los sofistas. El lenguaje, tanto el escrito como el oral, es la moneda más devaluada de estos tiempos. No siempre fue así: ha habido civilizaciones que lo apreciaban más que el oro. La China de los mandarines, el Egipto de los faraones o la Atenas del ágora divinizaban el lenguaje y concedían grandes poderes a quienes dominaban sus secretos. Hoy el lenguaje parece tan asequible y abunda tanto que cualquiera se cree capaz de rebatir a Cicerón. Basta con ponerle un comentario en Facebook.
De ahí que la figura del tertuliano no se eleve por encima de su parodia, que muchas veces es merecida. El tertuliano, para muchos, es un pobrecito hablador que despacha los asuntos con un catálogo de lugares comunes y muletillas intercambiables. La politización y la puesta en escena de discusiones que en verdad son monólogos sucesivos (y el hecho de que muchos tertulianos sean políticos aspiracionales o recolocados tras su caída) ha creado la ilusión de que discutir está al alcance del más gritón. Ha cundido la especie de que el matón de la clase, el más tonto, puede imponerse con unos cuantos zascas, pero cuando la discusión se plantea en los términos ideales, los alborotadores se dan cuenta de que quienes dominan el arte de la polémica son los empollones gafotas, y que hacen falta una finura y una inteligencia que casi ningún gritón posee.
Como tengo la suerte de discutir cada semana con algunos de los mejores discutidores de España he aprendido a apreciar su arte. Como los nadadores con el mar, sé que hay que tenerles respeto, pero no miedo. Quien minusvalora al tertuliano porque se cree mejor que él es el primero que cae ante sus artes, enredado en unas contradicciones y unos argumentos mal expresados que luego no sabe cómo desenredar.
Ojalá mucha más gente supiera discutir. Ojalá este gusto tan ibérico por la tertulia se tradujese en una sociedad más proclive a la conversación y menos a la consigna. Ojalá aprendiéramos en la escuela las armas retóricas del lugar común (que, en la oratoria clásica, no era un cliché de charlatanes, sino una herramienta del buen constructor de discursos, que permitía memorizar grandes parlamentos sin recurrir a textos), pero también las de la escucha, pues solo escuchando atentamente al otro se le puede rebatir. Así no tendríamos este bosque de monólogos sordos y la propia discusión nos llevaría a sitios interesantes e incluso placenteros. Ojalá no creyéramos que tenemos razón antes de salir de casa, sino que saliéramos con la voluntad de defenderla y la disposición generosa para perderla si otros son capaces de quitárnosla. Sergio del Molino es escritor.












Sobre de donde nace el resentimiento

 






De donde nace el resentimiento
ELVIRA LINDO
17 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Últimamente escucho teorizar sobre las razones que provocan que haya hombres que se sienten excluidos, ninguneados, alimentados por el resentimiento, las ideas conspiranoicas, el rencor hacia las mujeres, la nostalgia de un pasado que creyeron sólido. Pero lo teórico, sea de orden sociológico o filosófico, se mueve con frecuencia en terrenos demasiados abstractos. Lo que hace la ficción es el mecanismo contrario: en vez de observar a un colectivo, concentra la mirada en seres humanos concretos; por eso cuando hablamos de verdad literaria nos referimos a estar sintiendo en ella los latidos de un corazón. He estado viendo las dos asombrosas versiones que sobre El tío Vania de Chéjov ha escrito y dirigido Pablo Remón, interpretadas por un excelente reparto, y en ellas he encontrado tanto los ecos de la verdad chejoviana como una manera poco frecuentada de contar el presente. Hay algo paralelo en aquel 1900 en que Chéjov estrenó su función y este 2024 que ahora nos atenaza. Un escritor tan intuitivo como él debió presentir, a cuatro años de su muerte, que un cambio brutal se iba a producir en Rusia, dado que sus personajes parecen estar al borde siempre de un abismo vital: no paran de rumiar deseos incumplidos, frustraciones, son protagonistas de biografías nada épicas que en algún momento de la juventud prometieron cierta grandeza. El tío Vania de esta doble función se convierte en un tío Iván del campo español, un hombre que se ve entrando en la vejez habiendo errado todos los tiros. No es un estúpido, intuimos en él trazas de hombre sensible, pero la suerte no le ha sonreído: las mujeres hermosas lo han rehuido y ha vivido alimentando los proyectos de otros, resignándose a una existencia estrecha que ahora le pesa como una losa. A pesar de que las tierras que administra no le han permitido vivir holgadamente, él ha perdido la vida ayudando a su cuñado, el pomposo intelectual, con la creencia de que valía la pena financiar a quien posee el conocimiento. Vania sobrelleva con humildad esa existencia de escasas emociones hasta que un verano aparecen por allí pontificando, dándoselas de no se sabe qué, el hombre de letras y su hermosa mujer, y entonces todas las rutinas que sostienen su día a día se desmoronan: el rencor le empuja a hacer recuento de su vida miserable.
El tío Vania, tan nuestro como ruso, está interpretado por Javier Cámara, que lo ha convertido en campesino riojano, dejándose mecer por sus propios recuerdos hasta el punto de que en cada función el cómico se nutre del espíritu de su padre, el hombre que fuera músico y agricultor en Albelda de Iregua, y quién sabe si es hasta posible que gracias a ese juego actoral algo se le haya desvelado del alma paterna, eso algo misterioso que jamás entendemos de los padres, y que aquí se nos descubre gracias a amalgamar el discurso de un campesino ruso con el de un agricultor español. Vania o Iván, ruso o riojano, es un pobre hombre que no entiende el presente y que observa la injusta diferencia entre aquellos que llegan de la ciudad, sea Madrid o San Petersburgo, sintiéndose profundamente estafado. Es al considerar el notable contraste entre los forasteros y los que se quedan cuando a este soñador frustrado la realidad se le desmorona. La literatura, al menos la buena, no juzga, sino que asiste asombrada a la comedia humana, mostrándose compasiva con la peripecia del que lleva las de perder, incluso en sus irritantes errores. Viendo este Vania entra uno de lleno en el corazón de un resentido.
Dice Vania, “Día y noche, como un espíritu maligno, me sofoca la idea de que he gastado mi vida sin remedio. No tengo un pasado, todo él lo he derrochado tontamente en fruslerías, y el presente me aterra por lo absurdo”. Cuando escucho una disertación sobre a qué responde la rabia de los que se creen olvidados, procuro imaginar los delirios de un hombre concreto. Elvira Lindo es escritora.












Sobre los Idus de marzo

 






Los Idus de marzo
FERNANDO VALLESPÍN
17 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La puñalada le vino al Gobierno de uno de sus socios, ERC. Para algunos pudo haber connivencia, las elecciones catalanas desviarán el descorazonador debate sobre el caso Koldo y, según las encuestas, podían colocar al PSOE de nuevo en modo ganador, obteniendo así cuanto antes un resultado positivo de la amnistía. Lo dudo, lo único que parecen haber sacado a la luz es la precariedad de la legislatura y un partidismo sectario totalmente fuera de control. Ya no hay quien lo oculte, cada partido va a su bola, no ven más allá de su puro interés inmediato y su ansia de poder. Entre los nacionalistas/independentistas podría verse hasta cierto punto como algo natural. En definitiva, el bienestar de España les importa una higa, cuanto más debilitado se encuentre el Estado, más posibilidades se les abren para sus propios fines. Y su hambre de poder se circunscribe a su propio territorio. Menos justificada parece la actitud de los dos grandes partidos nacionales; uno, por su empecinamiento en gobernar con quienes van a tratar de exprimirle hasta que su identidad política acabe siendo irreconocible, al menos en lo que hace a su concepción del país; otro, que apenas puede en sí de gozo ante la debilidad de una coalición que se ha visto incapaz de impedir que se le dinamite la legislatura y que aguarda ansioso su turno para acceder al Gobierno.
En realidad, nadie sabe qué esperar de nuestros representantes, salvo que siempre pondrán su interés propio por encima del interés general. La mirada de cada uno de ellos es puramente autorreferencial. Abandonen toda esperanza de pactos transversales. Si hay algo que los mantiene en pie y esperanzados es que cuentan con que, hagan lo que hagan, siempre pueden confiar en que un amplio sector de la población les preferirá a su odiado adversario. No es ya solo un problema de ingobernabilidad, lo que se extiende es la sensación de que nuestra política se deshilacha, se rasga por innumerables costuras y se consume en relatos inconexos, demagogia barata y el infernal ruido de las recriminaciones mutuas. Nadie va a dar un paso para evitar que esta situación pueda potenciar la antipolítica. Total, por lo pronto llegaremos al verano sin poder adoptar ninguna decisión relevante en el Congreso, que se convertirá en mera caja de resonancia de las tres elecciones a la vista. Siento tener que volver a mi copla habitual, pero lo cierto es que, en el momento más delicado de la política europea e internacional, con graves problemas nacionales enquistados y sin resolver, nuestra más alta institución se abstendrá de debatirlos. La esgrima electoral acabará silenciando toda posibilidad de emprender un diálogo público racional.
Y eso que todavía no ha empezado el tracto procesal que seguirá a la aprobación de la amnistía, que amenaza con provocar una ulterior erosión de las instituciones —el conflicto entre ellas está ya casi asegurado—. O las consecuencias de dos campañas electorales, la vasca y catalana, en las que las emociones y el ombliguismo nacionalista apagarán la reflexión política sobre cualquier otro asunto. ¿Se imaginan poder debatir sobre nuestros problemas sin tener que andar dando collejas a un partido u otro cada vez que tomamos la palabra? No, ¿verdad?
Pues eso es lo que nos pasa, que nos han secuestrado la posibilidad de pensar de forma independiente, que todo se mide en términos de lo que beneficia o perjudica a unos u otros. Hemos perdido el vínculo con lo que nos es común, la vía más rápida para fracasar como sociedad. Espero que no acabemos cayendo también en el nihilismo político. Fernando Vallespín es politólogo.












Sobre el mundo tal y como lo conocemos

 






El mundo tal y como lo conocemos
LEONARDO PADURA
17 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Casi todos los años de mi existencia los he gastado en un país que, luego de promover un cataclismo histórico llamado revolución, ha pretendido, contra toda lógica dialéctica, que sigamos viviendo para siempre en una especie de lapso histórico detenido o, al menos, que se debe mover hacia el fin de los tiempos por un carril ya determinado. Y es que en Cuba, a través de una continuidad legal y constitucionalmente establecida, se ha refrendando que el sistema socialista llegó al país para quedarse, por los siglos de los siglos.
Nunca he podido olvidar, sin embargo, aquella mañana de 1989, cuando mi madre, al comentarle la noticia de la caída del Muro de Berlín me dijo: “Yo no pensé que viviría para ver eso”. Y es que ella, nacida tres décadas antes de que se levantara el Muro y de que la revolución cubana se declarara socialista, a la altura de sus sesenta años había asumido que el mundo que conocía era el que existía y existiría. Pero la Historia solo es una disciplina de contenidos inalterables cuando está en los libros —y ni siquiera así su inalterabilidad está garantizada. La Historia es una espiral indetenible que avanza y retrocede, se revuelve y nos asombra, y no permite que el mundo (ni siquiera el mejor de los mundos posibles) sea siempre ese estadio específico que hemos conocido y cuyos códigos asimilado. Y es esa condición evolutiva (o involutiva) de la Historia la que ahora mismo nos debería advertir de la necesidad de encender luces de alarma.
No resulta ocioso recordar que la posibilidad de nacer en una época y morir en otra, y tener por ello una conciencia de la movilidad de la Historia, es una condición reciente para la humanidad. Hasta los siglos XVII y XVIII la mayoría de las personas nacían y morían en sociedades apenas transformadas en el trance de una vida. Acontecimientos históricos más recientes, como la Revolución Francesa de 1789, permitió a muchos individuos nacer en una monarquía, vivir en una república y luego en un imperio para morir en una restauración o quizás hasta en una Segunda República si llegaba a los sesenta años. El movimiento de las sociedades, el flujo del tiempo se habían acelerado con los motores de la revolución industrial y social y la posibilidad de adquirir semejante conciencia de la Historia fue uno de los hallazgos que cristalizó, por ejemplo, en el nacimiento de la hoy tan popular novela histórica, un género inexistente hasta la llegada de Walter Scott y Waverley, su novela de 1814.
El desarrollo económico, científico, político de las sociedades contemporáneas ha provocado una desbocada aceleración en el devenir del tiempo. Las generaciones que hemos asistido al cambio de siglo y de milenio hemos tenido el extraño privilegio de aprender que el mundo, tal como lo conocimos en un determinado momento, no será el mismo por mucho tiempo.
La desaparición del socialismo en la extinta Unión Soviética y el este europeo, el fin de la Guerra Fría y el triunfo económico y político de los modelos liberales fueron procesos tan radicales y profundos en la evolución social que incluso llevaron a profetizar el fin de la Historia, la llegada de un estadio socio-político que, luego de haberse impuesto, no sufriría otras grandes alteraciones.
Pero aquel mundo de fin del siglo XX era, entre otras peculiaridades, un universo con una telefonía celular primitiva, sin otra red social masiva que no fuese el correo electrónico y en el cual, anotemos otras insignificancias, se podía subir a los aviones con una botella de whisky y, además, fumar cigarrillos en casi todo el viaje. El atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, en 2001 y la guerra contra el terrorismo –y las repuestas del terrorismo- han alterado nuestra realidad, mientras los avances tecnológicos han transformado los ritmos sociales, económicos y políticos gracias a los potentes cambios ocurridos en el universo digital con manifestaciones hoy tan influyentes como las redes sociales.
Un proceso histórico revulsivo como lo fue la pandemia de coronavirus, iniciada en 2019, que prácticamente paralizaría el mundo por dos años, resultó ser un evento que, al despertar el miedo a la muerte, cambió muchas de nuestras perspectivas de la realidad que conocíamos mientras colocaba el devenir social en una especie de meandro por el que las aguas corrían a otro ritmo. Pero pensemos en el hecho de que las vacunas contra el virus se pudieron crear en poco más de un año porque antes se habían producido hallazgos científicos que ya cambiaban el mundo y nuestra relación con él, y entre otros estuvo la posibilidad de diseñar el mapa genético de las personas con la decodificación del genoma humano. Sin la misma espectacularidad visual de la demolición del Muro de Berlín, el ataque a las Torres Gemelas o las alteraciones políticas en el Medio Oriente, con guerras incluidas y dictadores que parecían perpetuos removidos, los avances científicos y tecnológicos han tenido una decisiva presencia en las alteraciones del mundo que conocíamos para conducirnos a otro, que poco y mal conocemos —al menos yo.
Pero este presente estadio histórico postpandémico, que ha recuperado el fragor de las guerras (que siguen siendo más o menos como antes, o como siempre, pues implican muerte y destrucción para materializar conquistas de territorios), se asoma en estos momentos a posibles convulsiones que podrían cambiar nuestra percepción del mundo tal como ahora mismo lo conocemos.
A pasos firmes el cambio climático sigue alterando las geografías a pesar de tantas cumbres y conferencias que no concretan medidas urgentes y efectivas para frenar el deterioro del planeta. A un ritmo más acelerado la Inteligencia Artificial está transformando paradigmas de todo tipo, desde académicos y artísticos (se le puede pedir que escriba tesis doctorales y novelas) hasta médicos, económicos y políticos.
Mientras, las posibles mutaciones de las relaciones internacionales podrían hacernos vivir, dentro de poco, en otro mundo. El populismo y los tirones hacia la derecha pueden alterar muchas realidades presentes. En ese contexto, las elecciones europeas de junio deben influir en el destino a largo e incluso a corto plazo del proyecto socio-político-económico que, con todas sus imperfecciones, ha demostrado ser el más racional y factible para las sociedades contemporáneas. Al otro lado del mundo, en unos comicios en los que, como ha dicho Fernando Vallespín, se enfrentarán la senilidad y la insanía, la posible reelección de Donald Trump derivaría en revulsivas consecuencias de todo tipo al interior de la sociedad estadounidense, en la relación política con Europa y con la Rusia del casi seguro reelecto Putin, en la posición de Estados Unidos ante guerras presentes y futuras, en un mundo en que —Trump mediante—, hasta deje de existir la OTAN –algo que jamás pensé que viviría para ver.
La humanidad en pleno se encuentra hoy en el filo de una navaja histórica, social, medioambiental e, incluso, ética. El mundo, tal como lo conocemos pronto podrá ser una página más de un tránsito de una movilidad de la Historia que ha perdido los frenos. Por ello, desde mi percepción doméstica de vivir en una sociedad que se pretende inalterable y desde una lectura de los procesos políticos internacionales, de los progresos científicos, de los peligros de una economía global inestable y casi siempre en crisis, el panorama que oteo me llena de incertidumbre. Es un pesimismo histórico que, ojalá, no tenga más y mejores condiciones para concretarse en ese mundo predecible al que nos abocamos, que aun no podemos fijar, pero que quizás incluso nos haga añorar este otro de hoy, tan imperfecto, pero tal y como lo conocemos. Leonardo Padura es escritor. 












Sobre los insultos de los políticos





 


La cara de vergüenza
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
16 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En las últimas sesiones del Parlamento de la República antes del golpe militar del 18 de julio había guardias de asalto que cacheaban a los diputados a la entrada del hemiciclo a fin de incautarse de las armas de fuego que muchos de ellos llevaban. Entre proferir un insulto y disparar una pistola hay por fortuna una distancia muy grande, pero las palabras pueden alcanzar un grado de irracionalidad y agresión que ya sean en sí mismas actos de violencia, y vayan preparando el clima venenoso que debilita, corrompe y luego destruye la convivencia civil. En el Parlamento republicano, gracias a las precauciones de la policía, los diputados no podían sacarse los unos a los otros navajas o pistolas, pero en la calle había criminales que estaban pasando de las palabras a los hechos, en una escalada de sangre que abatió primero al teniente José Castillo en la esquina de Augusto Figueroa con Fuencarral, a plena luz, en la tarde del domingo 12 de julio, y esa misma noche, en un insensato acto de venganza, al diputado derechista José Calvo Sotelo. Para que hablen las pistolas han tenido antes que hablar, murmurar, gritar, muchas voces humanas. La culpa del teniente Castillo, que estaba recién casado y se había despedido unos minutos antes de su esposa, era ser republicano y socialista; la de Calvo Sotelo, al que sacaron de su casa policías de uniforme que lo ejecutaron de un tiro en la nuca en el mismo coche oficial donde lo llevaban detenido, era ser católico integrista y monárquico. Para matar a un adversario político es necesario privarlo antes de su humanidad, y por lo tanto de esa condición idéntica de persona y de ciudadano que comparte con su asesino. La disponibilidad para cometer un acto tan terrible, no nace de la noche a la mañana. Requiere una preparación gradual, una intoxicación de fantasías ideológicas, una atmósfera pública tan cargada que haga respirar la ira y el odio.
Como aficionado a la Historia, sé que el pasado nunca se repite. También sé, por la misma razón, que no existe una propensión española al cainismo y a la violencia, y que la Guerra Civil no fue un desenlace inevitable marcado por el destino, sino, como cualquier hecho histórico, la consecuencia de una serie de azares que convirtieron en una duradera carnicería de tres años lo que pudo haber sido un golpe militar sin éxito. Las cosas siempre están a punto de no suceder, o de suceder de otro modo. Hubo una guerra civil no por culpa de la furia de las dos célebres Españas enfrentadas, sino porque los militares y falangistas sublevados consiguieron el apoyo de la Italia fascista y la Alemania de Hitler, y porque las democracias europeas, la británica y la francesa, dejaron abandonada a la República que tan en vano les solicitaba su asistencia.
Leer las actas de las últimas sesiones de las Cortes en 1936 le hiela a uno la sangre. Unas cuantas voces razonables se pierden en el griterío taurino de los improperios y las amenazas, en las provocaciones, en el extremismo insensato de quienes han perdido todo rastro de sentido común y hasta de cordura. Todo podía haberse quedado en ese ruido, que entonces llegaba muy atenuado al público a través de los periódicos, y los parlamentarios que salían a la calle volviendo a ajustarse la pistola en la sobaquera se habrían ido a sus provincias para las vacaciones de verano, con esa desconcertante habilidad que tienen los políticos muy agresivos para dejar en suspenso su ferocidad melodramática y pedir tranquilamente un café, o hacer una broma, como actores al terminar una función. ¿De modo que en realidad estaban haciendo teatro, que todas las palabras venenosas que proferían en la tribuna eran sobre todo una representación, y que después de soltarlas para que ejerzan su efecto corrosivo sobre la convivencia no les cuesta nada olvidarse de ellas, como quien se sacude de la corbata unas migas o un poco de ceniza? ¿No tienen vergüenza?
Es el aire de farsa lo que más me ofendía cuando seguí en directo este miércoles la llamada “sesión de control” en el Congreso de los Diputados. Me impuse el deber desagradable de prestar plena atención y de verla en la pantalla, para fijarme no solo en las voces, sino también en las expresiones de las caras, y en esos gestos de asentimiento servil de los que aplauden desde el graderío, muy echados hacia adelante, como para ver más de cerca y jalear con más ruido la faena en la plaza. Es un espectáculo tan bajo que degrada a quien lo contempla, y no solo al que participa en él. En la presunta sesión de control nadie controla nada, y cada uno repite su papel con una grosería verbal y gestual que sería menos hiriente si no tuviera un lado tan visible de cinismo. Los oradores de derechas añaden al insulto el bulo y la mentira. Los dos actores principales, Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, ponen la misma sonrisa mientras escuchan al adversario, y se nota que se recrean cuando se lanzan una barbaridad, en la que siempre hay un punto de sarcasmo y otro de hipocresía, y un recrearse en el bramido inminente y el aplauso de los incondicionales. Cada uno señala con un dedo de agraviado acusador a los corruptos que el otro ha consentido en sus filas, con ese aire de virtud ultrajada con que el policía colaboracionista y venal de Casablanca finge descubrir que hay partidas clandestinas de juego en el café donde cada noche viene a recoger el sobre bien mullido de billetes de banco que Humphrey Bogart le desliza sin mucho disimulo en el bolsillo. Pedro Sánchez, y Núñez Feijóo, y cada uno de los que se sientan en el Congreso, saben que la corrupción afecta en medida comparable a todos los partidos en España, porque no es la consecuencia de la falta de escrúpulos y la codicia de unos pocos aprovechados, sino de una administración colonizada y saqueada por la arbitrariedad política, en la que los mecanismos de control no existen o están neutralizados. Como escribe Michael Reid en su último libro, España es el país de Europa en el que hay más políticos y más cargos de “libre designación”. En cualquier parte puede surgir un sinvergüenza, de derechas o de izquierdas, dispuesto a forrarse a costa del sufrimiento ajeno: pero no llegará muy lejos si un procedimiento administrativo imparcial y eficiente detecta a tiempo sus trapacerías y puede atajarlas sin que interfiera el favor político. En vez de arrojarse basura los unos a los otros, y de dejar convertido el Parlamento en un ruedo de inmundicias, podrían llegar a un gran acuerdo para limitar de una vez por todas el poder arbitrario de los cargos políticos en las administraciones, su facilidad de tomar graves decisiones o aprobar gastos sin un riguroso control técnico, de contratar a capricho asesores sin cualificación comprobada y sin otro mérito que el parentesco o la adhesión clientelar.
Empecé a ver con mi mejor voluntad la “sesión de control” y al cabo de un rato no pude seguir resistiendo el espectáculo. Como socialdemócrata con ilusiones y melancolías regeneracionistas, me ofende el sarcasmo desabrido del presidente del Gobierno, y la frivolidad con que el Partido Socialista y toda la izquierda se enfangan en el sumidero pútrido de lo que antes se llamaba Twitter. Como ciudadano me espanta que el otro partido en el que debería sustentarse la estabilidad de la democracia española haya elegido tan resueltamente propagar mentiras comprobables y sabotear la credibilidad de las instituciones, por la pura impaciencia de derribar cuanto antes al Gobierno. Estaría bien que al entrar en el hemiciclo alguien les confiscara a todos ellos sus arsenales de palabras. Y que en algún momento se les cayera la cara de vergüenza. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la RAE.











De la deshumanización de Europa

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. La violencia como norma, afirma en  El País la coordinadora general de Médicos Sin Fronteras en España, Raquel González, marca la pauta de la gestión de la migración y el asilo de la UE y sus Estados miembros, pero no imaginábamos que solo fuera el principio. Les recomiendo  encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Europa deshumanizada
RAQUEL GONZÁLEZ
12 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Las 121 personas rescatadas por el Geo Barents, el barco de búsqueda y rescate de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el Mediterráneo central, desembarcaron en el puerto de Bari, en el norte de Italia, a mediados de febrero. Junto a ellos, la tripulación bajó cuidadosamente dos camillas naranjas donde descansaban los cadáveres de dos mujeres jóvenes que habían fallecido durante la ruta. A una de ellas, el equipo de MSF la encontró muerta en el fondo de una embarcación neumática después de rescatar al resto de ocupantes; la otra, murió a bordo del Geo Barents sin que los sanitarios pudieran hacer nada por evitarlo. Estas dos muertes irreparables son una de las últimas tragedias que hemos presenciado a las puertas de Europa, desgraciadamente no es un drama aislado.
El reciente informe Muerte, desesperación y desamparo: el coste humano de las políticas migratorias de la UE documenta la espeluznante adopción de tácticas violentas, autorizadas por las políticas de la Unión Europa (UE) y sus Estados miembros, y azuzadas por discursos cada vez más deshumanizadores de sus líderes. El objetivo es claro: alejar a las personas migrantes y refugiadas del continente. Y es que, en cada paso del viaje migratorio, la UE escoge usar la violencia como medida de disuasión.
Muchas de estas personas se ven atrapadas, a menudo de forma brutal, en países fuera de la UE, donde se les niega el acceso a asistencia médica básica y a seguridad y protección debido a los acuerdos de externalización, como el de Níger o el Túnez; este último firmado hace menos de un año. Otro ejemplo son los guardacostas libios, financiados con fondos europeos, que interceptan rutinariamente a personas en el mar y las encierran en centros de detención en Libia donde se han documentado condiciones de vida deplorables y graves episodios de crueldad. En estos países, y también en Serbia, hay patrones similares de violencia exportada desde la UE.
Cuando consiguen salir de la espiral de ensañamiento y falta de atención en terceros países, estas personas quedan bloqueadas en las hostiles fronteras europeas. En tierra, más de 2.000 kilómetros de muros y alambradas, sumados a violentas represiones por parte de las fuerzas de seguridad, causan lesiones de diferente consideración. MSF asistió a más de 20.000 personas en las fronteras de la UE entre agosto de 2021 y septiembre de 2023. En el mar, los Estados se han desentendido de su obligación de asistir a aquellos en peligro, convirtiendo la ruta del Mediterráneo central en la más peligrosa del mundo, según la Organización Internacional de las Migraciones.
Si logran entrar en la UE, se encuentran con el desmantelamiento de mecanismos de protección que minan su salud y bienestar. Son detenidas en países como Italia o Grecia, donde el máximo exponente de confinamiento son los Centros Cerrados de Acceso Controlado financiados por la UE. Los trastornos depresivos, por estrés postraumático y de ansiedad son frecuentes entre nuestros pacientes en las islas griegas de Lesbos y Samos, incluidos los niños y niñas.
Y cuando la persona consigue superar todos estos obstáculos, se encuentra con políticas excluyentes que la privan de cualquier posibilidad de curarse, asentarse y vivir con dignidad. Debe hacer frente al abandono y la indigencia. Al preocuparse sobre todo por mantener a las personas en las fronteras exteriores, la UE institucionaliza estas dinámicas, cuyos efectos perversos ven nuestros equipos en países como Francia y Bélgica.
Llevamos años dando la voz de alarma, pero la situación solo ha empeorado. El Pacto de Migración y Asilo —acordado por los ministros de Interior de la UE en diciembre y que previsiblemente aprobará el Parlamento Europeo en abril— insiste en el objetivo único de disuadir y excluir a aquellos que buscan seguridad, sin reforzar el sistema de acogida y asilo, ni hacer frente a la violencia que impregna la gestión de los movimientos de personas. Entre otras medidas, permite la creación de zonas de detención en las fronteras que incluirán automáticamente a los menores no acompañados que puedan suponer una “amenaza para la seguridad”. Familias y niños también podrán ser detenidos.
Otro ataque al maltrecho derecho de asilo es el acuerdo que acaba de ser ratificado entre Italia y Albania, que conlleva la tramitación de las solicitudes de asilo en territorio no europeo, y la aplicación de procedimientos fronterizos acelerados.
En definitiva, acciones que comportan una reducción de los derechos de las personas en movimiento y/o solicitantes de asilo, que huyen de la persecución, el conflicto o la extrema pobreza.
La UE se empeña en seguir un camino que la aleja de sus valores fundacionales y se despreocupa de su responsabilidad de acogida y asilo, anclada en el respeto a la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, mientras fomenta políticas y prácticas de disuasión que infligen sufrimiento y muerte. Hace falta voluntad política para revertir esta situación y es urgente hacerlo. En 2016, MSF renunció a los fondos de la UE y sus Estados miembros en protesta por el pacto UE-Turquía, pensando que habían llegado muy lejos en la deshumanización de las políticas migratorias; no imaginamos que fuera solo el principio. Raquel González es coordinadora de Médicos Sin Fronteras en España.






















[ARCHIVO DEL BLOG] Algo ha cambiado para bien. [Publicada el 18/03/2017]











A pesar de mis ideales políticos, que los tengo aunque a veces no lo parezca, en política soy bastante posibilista. O lo que es lo mismo, y mucho mejor expresado por Karl Popper que por un servidor: "hay que hacer lo que se pueda en el momento en que se pueda". Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado, y de utopías, los cementerios a rebosar. 
Rubén Ruiz-Rufino, profesor de Política Comparada en el King´s College de Londres y director del Informe de la Democracia en España 2016, publicado por la Fundación Alternativas, escribió hace unas semanas en El País un artículo, titulado Por fin nos representan en el que afirmaba que el nuevo panorama político mostraba que una de las mayores quejas del 15-M había sido escuchada. 
Hasta 2015, decía en su inicio, los Gobiernos que perdían la confianza de los ciudadanos solían perder las elecciones. De esa manera, las elecciones servían como catalizador de la irritación. Así ocurrió cuando Aznar ganó a González en 1996, Zapatero venció a Rajoy en 2004 y Rajoy derrotó a Rubalcaba en 2011. Esa tendencia, sin embargo, se rompió en 2015, cuando el PP, pese a haber perdido la confianza del 70% de los ciudadanos, logró permanecer en el poder.
Estamos por tanto, añadía, en un nuevo escenario político en el que la desconfianza en el Gobierno ya no sirve para explicar un cambio de gobierno. ¿Supone esta paradoja un cambio en la forma de hacer política, una metamorfosis institucional? Y si es así, ¿qué define este nuevo modelo? La respuesta requiere analizar tres dimensiones relacionadas entre sí. En primer lugar, la manera en la que los ciudadanos canalizan su frustración con el sistema político ha cambiado. Quizás la muestra más clara de ese enfado con la política fue el movimiento 15-M, pero lo que indican las encuestas es que a partir de 2011 dicha irritación sirvió para activar políticamente a los ciudadanos, sobre todo a los grupos sociales más castigados por la crisis económica, que empezaron a demandar un cambio de rumbo político significativo. Para muchos, este cambio en las preferencias ciudadanas significó el apoyo a actitudes populistas. Recientes datos de encuestas reflejan que más del 50% de los ciudadanos se identifican con afirmaciones sobre la política basadas en actitudes antielitistas, el pueblo como eje central del discurso político o la primacía de la soberanía nacional sobre interferencias internacionales. Es en este contexto en el que surgieron los nuevos partidos políticos y se celebraron las últimas elecciones generales.
En segundo lugar, seguía diciendo, en España la combinación entre crisis económica y descontento ciudadano no provocó un tsunami político. En términos generales, las instituciones que articulan la vida política —como el Parlamento, los partidos o las elecciones— son versátiles y resistentes, lo que les ha permitido evitar el colapso ante un escenario de mucha incertidumbre. El caso del PP y el PSOE es especialmente relevante, pues a pesar de existir un descontento ciudadano grande, ni uno ni otro han sufrido derrotas electorales tan graves que los hayan colocado al borde de la extinción, como sí ha ocurrido, por ejemplo, en Grecia. Además, el sistema electoral ha transformado los votos a las nuevas formaciones en escaños suficientes para convertirlas en actores parlamentarios relevantes. La suma de votos de Podemos y Ciudadanos, casi el 35% en 2015 y el 34% en 2016, se ha transformado respectivamente en el 31% y el 29%. Y esto ha ocurrido en unos procesos electorales limpios y transparentes donde los ciudadanos han votado sin coacciones y donde los relevos de poder se han producido con toda normalidad.
Sin embargo, señalaba más adelante, sería equivocado pensar que nada ha cambiado. Hasta 2015, nuestro sistema político era un sistema de ganadores y perdedores casi absolutos. El sistema político se estructuraba en torno a un partido político que gobernaba y a otro que hacía de oposición. Estos dos partidos, a pesar de representar a una parte muy importante del electorado, no reflejaban, sin embargo, la pluralidad de la ciudadanía. Este sesgo tenía su contrapeso en la capacidad de los votantes para expulsar del gobierno a los partidos cuando estos dejaban de tener la confianza de los ciudadanos. Lo que observamos hoy es algo bien distinto. Ya no hay ganadores o perdedores absolutos sino relativos. El Congreso refleja ahora una fragmentación parlamentaria equiparable a la distribución de preferencias en la ciudadanía. Pero el precio a pagar ha sido una erosión en la rendición de cuentas: ahora, frente a la confianza prima más la representatividad política. Eso explica que el PP siguiera en el Gobierno después de las elecciones a pesar de que solo tres de cada diez españoles decían confiar en su labor.
Aunque es pronto para saber si este nuevo contexto es temporal o pasajero, concluía diciendo, lo cierto es que es totalmente novedoso. El Gobierno ya no se apoya en una mayoría hegemónica en el Parlamento, sino en el apoyo de varias fuerzas políticas que, de forma pivotante, condicionan sus acciones. Mientras que en el pasado los ciudadanos solo contaban con el voto para hacer rendir cuentas al Gobierno, ahora cuentan con sus representantes. La queja del 15-M, "no nos representan", parece haber sido cursada, y aceptada. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt