martes, 5 de marzo de 2024

De la muerte de un árbol

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Lo imaginé resistiendo las aflicciones del tiempo y las depredaciones de los contaminadores, dice en El País el escritor Ariel Dorfman refiriéndose al arbolito que plantó de niño en el Jardín Botánico de Viña del Mar, manteniéndose erguido contra el desperdicio y la erosión, hasta que el incendio acabó con él. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com













Muere un árbol en Chile
ARIEL DORFMAN
27 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

¿Cómo llorar la muerte de un árbol solitario, cuando bosques enteros se queman a mansalva? ¿Y cómo hacerlo en una nación como Chile, donde cientos de seres humanos acaban de morir y muchos más han quedado heridos en la reciente conflagración abrasadora que ha devorado miles de hectáreas y demolido innumerables viviendas en vastas regiones de mi atribulado país?
Y, sin embargo, desde el amparo de mi casa en Santiago, a cien kilómetros de las carbonizaciones, por mucho que me horrorizaba la devastación que iba cobrando ingentes vidas y medios de subsistencia, no pude evitar preocuparme por un árbol en particular, una de las tantas víctimas desapercibidas de la catástrofe.
Se trata de un árbol que mis manos habían sembrado hace casi tres cuartos de siglo.
Yo era un niño argentino de siete años, que visitaba Chile por unas semanas, en mi camino de regreso a Nueva York, donde había vivido con mi familia desde la infancia. Mi papá decidió que yo era lo suficientemente grandecito para un ritual que él había llevado a cabo con su propio padre: plantar un árbol. Cumpliendo esa tarea, dijo, me quedaban por delante solo dos misiones adicionales: escribir un libro y tener un hijo varón (era bastante machista, mi viejo).
Y fue así que me llevó al Jardín Botánico de Viña del Mar, uno de los viveros más grandes del continente, fundado, según mi papá, en 1817, casi junto a la independencia de América. Una joven cuidadora nos guio a un sitio con condiciones óptimas para el crecimiento de un bosque colosal y me proporcionó una espátula menuda y una semilla aún más diminuta. La cubrí con tierra, me despedí como si fuéramos amigos íntimos y le prometí que volvería en algún futuro a ver si había prosperado.
Nunca logré visitar ese lugar (el tosco mapa que había dibujado en nuestro hotel se extravió rápidamente), pero lo que sí hice cinco años más tarde fue regresar a Chile, que se convirtió en mi patria permanente. Pruebas al canto: me hice ciudadano y me casé y publiqué mi primer libro y engendré, en efecto, un hijo varón. Si no llegué a cumplir esa promesa a mi árbol de saludarlo de nuevo, tampoco lo había olvidado. Y se me tornó más presente, paradójicamente, y más significativo, cuando partí al exilio, después del golpe militar que derrocó al presidente Salvador Allende en 1973.
Ese árbol mítico se me fue transformando en una forma de vencer la distancia impuesta por la dictadura. A menudo me consolaba con la idea de que el árbol que mi yo más joven había puesto en la tierra se estaba elevando desde ese suelo tan chileno, ramificándose mientras daba la bienvenida a pájaros y escarabajos, bendiciendo el Jardín Botánico con un verdor esplendoroso, haciéndome señas desde lejos, murmurando que me esperaba un pedazo de mi pasado, que no todo se había perdido y desarraigado en el cataclismo del golpe. Una promesa que pareció materializarse cuando, después de una larga lucha, la democracia retornó al terruño que había visto madurar ese árbol múltiple.
En estos últimos años, a medida que el cambio climático comenzó a obsesionarme hasta el punto de escribir una novela sobre cómo nuestra especie iba cometiendo un lento suicidio colectivo, ese árbol llegó a representar cada vez más para mí algo así como la esperanza. Lo imaginé resistiendo las aflicciones del tiempo y las depredaciones de los contaminadores, manteniéndose erguido contra el desperdicio y la erosión, ofreciendo sombra y colores junto con sus otros hermanos a lo largo del mundo, un símbolo de resistencia y continuidad.
Con toda probabilidad, ese árbol sembrado por ese niño ha sido ahora reducido a cenizas. De las casi 400 hectáreas del parque, el 90% de las plantas del Jardín (algunas estimaciones dicen que el 98%) fue destruido en el último incendio, provocando la pérdida irreparable de 1.300 especies, algunas de ellas ya en peligro de extinción. Junto con otras víctimas: 30 cachorros murieron en una perrera y se quemaron una inconmensurable cantidad de animalitos y pájaros y, por desgracia, cuatro seres humanos. Entre ellos se encontraba Patricia Araya, quien, durante las últimas tres décadas, había estado trabajando como horticultora, preparando nuevas semillas para la germinación. También murieron sus dos pequeños sobrinos. Y la madre de Patricia, de 92 años, que, cuando era más joven, había realizado las mismas labores que su hija. Y me pregunto, con pavor, si esta anciana no habría sido la misma adolescente que, en aquel entonces, proporcionó una semilla y una pala a un ansioso niño de siete años, me pregunto si la guardiana y madrina de mi árbol fue la que pereció.
De aquel árbol únicamente queda la historia de su origen legendario y su desenlace letal. Y de la miríada de otros árboles anónimos que perecieron ese día, ni siquiera permanece una historia como la que estoy mínimamente relatando. Y al igual que esos árboles sin vida, cada hombre, mujer y niño que murió en ese incendio era alguien con una historia propia que yo no tengo cómo contar. Y más allá de la hecatombe chilena se ciernen otras tragedias, una a una, una tras otra, convulsiones de magnitud incalculable en un planeta en llamas, cada vez más amenazado, cada vez más expuesto a medida que calentamos la atmósfera de manera intolerable y caminamos sonámbulos y ciegos hacia el apocalipsis.
¿Puede el árbol que sembré hace tanto tiempo prestarnos un último servicio y ayudar a que nuestra humanidad despierte a lo que le estamos haciendo a la Tierra y a nosotros mismos? ¿Cómo darles esperanza, dárselos de verdad, sin mentir, a los pequeños, un niño o una niña, que, en este mismo momento, colocan una semilla en la tierra y se despiden del árbol que crecerá allí y prometen volver a visitarlo, cómo podemos crear un mundo donde el árbol y los niños crezcan sin temer los incendios infernales que vienen por ellos y nosotros? Ariel Dorfman es escritor, autor de La muerte y la doncella y, más recientemente, de Allende y el museo del suicidio (Galaxia Gutenberg).
































[ARCHIVO DEL BLOG] Los virus y nosotros. [Publicada el 08/02/2020]











En Wuhan, -comenta en el A vuelapluma de hoy sábado el escritor Miguel-Anxo Murado- el epicentro de la epidemia del coronavirus, las autoridades sanitarias chinas están construyendo un gran hospital que albergará más de un millar de camas. Docenas de grúas y miles de obreros trabajan día y noche en un solar que mide como cinco campos de fútbol. En principio, se preveía que mañana estuviese terminado, pero quizás se demore aún dos o tres días más. Será un hospital muy simple, hecho a partir de módulos prefabricados, con tan solo salas de cribado, un laboratorio clínico, farmacia y habitaciones con baño individual. En realidad, es un hospital de cuarentena, un lazareto. Lo suficiente como para poder aislar a los que se vayan infectando en la ciudad sitiada de Wuhan, que ya es en sí misma un gigantesco lazareto con más habitantes que Londres. Es una hazaña de ingeniería fascinante de ver. Pero esas imágenes cenitales de la zona en construcción tienen también algo de inquietante. Visto así, desde lo alto y desde lejos, las grúas de colores y los puntos rojos de los obreros con casco y chalecos reflectantes, recuerdan, precisamente, a la imagen coloreada de un virus a través del microscopio, trabajando incansablemente por replicarse, construyendo, él también, su veloz arquitectura efímera. 
Quizás es algo más que una impresión. En muchos sentidos, la sociedad de los virus es una réplica de la humana. Los virus son gregarios, seres sociales que buscan compañía en los grupos numerosos. Primero la encontraron en los animales de rebaño y luego, cuando los humanos alcanzaron la densidad que permite el contagio -los expertos la cifran en 400.000 personas-, empezaron su larga y trágica asociación con nosotros. Como los humanos, también los virus son cosmopolitas que aspiran a expandirse por la superficie de la tierra. Y lo han logrado, usándonos a nosotros como vehículo, precisamente. Se han atrevido aún a más, y en ocasiones han conseguido determinar nuestra propia historia de un modo radical. Fueron ellos, los virus, los que al diezmar la población europea durante la Peste Negra hicieron más valioso el trabajo de los campesinos supervivientes y empezó así, lentamente, el camino hacia la igualdad política, o eso creen muchos historiadores. Fueron los virus quienes en realidad destruyeron los imperios precolombinos -los estudiosos han podido localizar al paciente cero de la infección de viruela, un esclavo negro del séquito de Narváez-. En África, los patógenos impidieron, en cambio, la colonización europea durante siglos, pero ahora impiden el desarrollo del continente. En todo esto, los motivos de los virus han sido idénticos a los de los seres humanos: vivir más tiempo y hacer más copias de sí mismos para expandirse. Llevado al plano más simple posible, es para lo que estamos programados unos y otros. Todo lo demás son detalles y excepciones; aunque sean esos detalles los que llenan nuestras vidas, y la posibilidad de la excepción lo que nos hace humanos. La semana que viene, pues, estará terminado el hospital efímero de Wuhan. Parece ser que ya se ha empezado la construcción de otro. Pronto se llenarán los dos de esa mezcla desigual de sufrimiento y esperanza que caracteriza a todos los sanatorios. Y allí, en un limbo blanco de batas y mascarillas, de ángeles sin rostro, volverán a librar su enésima pelea a muerte los humanos y los virus; dos especies antagónicas, pero condenadas a convivir y a hacerse daño, y que, como los oráculos de la antigüedad, solo se comunican entre sí por medio del delirio místico de la fiebre". 
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














lunes, 4 de marzo de 2024

De la esperanza de una Rusia democrática

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Navalny no quería pedir a los rusos que se opusieran a Putin y se arriesgaran la cárcel, o incluso a morir, desde la seguridad del exilio, escribe en El Mundo el politólogo José Ignacio Torreblanca, por eso, el mejor homenaje que podemos hacer a Navalny es albergar la esperanza de una Rusia democrática. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












La esperanza de una Rusia democrática
JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 
24 FER 2024 - El Mundo - harendt.blogspot.com

En el segundo aniversario de la invasión de Ucrania toca hablar del agresor, Vladimir Putin, y del hombre, Alexei Navalny, que lo desafío a un combate trágico y desigual que estaba condenado a perder. Vista su muerte, es lógico preguntarse por qué Navalny decidió volver a Rusia después de su intento de envenenamiento, a sabiendas de que lo encarcelarían y, muy probablemente, como así se ha demostrado, lo matarían.
La primera razón fue la coherencia. Navalny no quería pedir a los rusos que se opusieran a Putin y se arriesgaran la cárcel, o incluso a morir, desde la seguridad del exilio. La segunda, más profunda, tenía que ver con su creencia de que Rusia y los rusos eran mejores y más grandes que Putin, y que, por tanto, prevalecerían en su lucha contra él.
La Resistencia no expulsó a los nazis de Francia, pero permitió a los franceses dejar a un lado la ignominia de la colaboración del régimen de Vichy y hacerles creer que habían ganado la guerra. Y aunque la sombre de Pétain sigue ahí, siempre hay una Francia buena con la que disiparla. De igual manera, gracias a gente como Navalny, Boris Nemtsov, tiroteado a las puertas del Kremlin el día del cumpleaños de Putin, la periodista Anna Politkovskaya, asesinada por documentar los crímenes rusos en Chechenia, Vladimir Kara-Murza, que toma el relevo de la oposición rusa, también desde la cárcel, y tantos otros valientes opositores, exiliados, encarcelados o asesinados, los rusos podrán algún día decir que no todos ellos fueron sicarios amorales y embrutecidos de Putin, sino también sus víctimas, como los ucranianos.
Navalny no exculpa la culpabilidad individual y colectiva de tantos y tantos rusos que siguen, por convencimiento o propaganda, creyendo que Rusia tiene el derecho histórico de anexionarse Ucrania y asimilar a los ucranianos, esa nación ficticia e impostora que el Kremlin les dibuja todos los días. Rusia es hoy un Imperio en expansión y piensa y actúa como tal, pero eso no quiere decir que sea un país incapaz de vivir en paz con sus vecinos y con sus propios ciudadanos. Navalny ha mostrado cómo Putin, un hombre con un ejército de un millón de soldados y 5.997 cabezas nucleares, puede ser a la vez débil y cobarde. El mejor homenaje que podemos hacer a Navalny es albergar la esperanza de una Rusia democrática. José Ignacio Torreblanca es politólogo.

































[ARCHIVO DEL BLOG] Terraplanistas y otros frikis. [Publicada el 10/02/2020]










YouTube se llena de vídeos que defienden teorías delirantes que chocan con la ciencia, afirma en el A vuelapluma de hoy lunes, la escritora Rosario G. Gómez. "Internet y las redes sociales -comienza diciendo- son espacios en los que campan a sus anchas todo tipo de webs. Unas albergan el conocimiento, otras son un contenedor de ignorancia; comunidades comprometidas con el medio ambiente conviven con negacionistas del cambio climático de igual manera que reputados científicos comparten la web con terraplanistas ramplones. Cualquier corporación científica, como cualquier grupúsculo de frikis, tiene un poderoso altavoz a un golpe de clic. Y son millones las personas que se enganchan a las chifladuras. Lo ha comprobado la organización Avaaz (“voz”, en varios idiomas), que ha reclamado a YouTube que retire de la plataforma los vídeos que propagan bulos, se hacen eco de clamorosas falsedades o alimentan teorías conspiranoicas.
Avaaz se autodefine como una comunidad global de movilización online que integra la acción política impulsada por la ciudadanía dentro de los procesos de toma de decisiones globales. Con más de 50 millones de miembros en todo el mundo, su modo de actuar comprende la firma de peticiones dirigidas a los Gobiernos, la financiación de campañas en los medios de comunicación o el impulso de protestas en las calles. La organización se considera a sí misma como una célula madre de activismo político capaz de reproducirse y adoptar la forma más útil para cubrir una necesidad urgente determinada.
Las nuevas tecnologías juegan a su favor. Aceleran la capacidad de una respuesta rápida. Pero de esta ventaja también se aprovechan eficazmente los grupos que deterioran la convivencia en la Red, siembran mentiras o contaminan el conocimiento. Está comprobado que para que una teoría extravagante cale entre el público es necesario que exista un conspirador, un plan y medios para su difusión masiva.
Todos estos elementos confluyen en los predicadores de las antivacunas o en los terraplanistas, que han encontrado en YouTube un inmejorable canal de comunicación. En esta plataforma circulan vídeos que vinculan los voraces incendios forestales que azotan Australia, California o Siberia con proyectiles lanzados con armas láser desde una aeronave. Y no faltan los que proclaman con fe ciega que la Tierra es plana, horizontalmente infinita y con al menos 9.000 kilómetros de profundidad. La organización Avaaz ha pedido a la compañía hermana de Google que retire este tipo de vídeos ante el acelerado crecimiento de internautas que comulgan con contenidos que se dan de bruces con la ciencia. Quienes creen en teorías delirantes a menudo desconfían también de las instituciones. El ministro Pedro Duque se mostraba alucinado por el hecho de que un youtuber defensor del terraplanismo tuviera 88.000 inscritos. Magallanes lo advirtió hace 500 años: “La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque vi su sombra en la Luna. Y tengo más fe en una sombra que en la Iglesia”.
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













domingo, 3 de marzo de 2024

De la política como cacería

 






La política no es una cacería
MÀRIUS CAROL
03/03/2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

Giulio Andreotti, que tuvo a su cargo el Consejo de Ministros italiano en siete ocasiones, es el autor­ de la frase “el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”, que ha interiorizado en exceso el PP, al que le suele faltar finezza cuando no lo posee y, en cambio, le sobran prisas. Andreotti era un cínico y con sus sarcasmos podría es­cribirse un libro de citas políticas. Solo a él se le podía ocurrir decir esta sentencia en público: “Gobernar no consiste en solucionar problemas, sino­ en hacer callar a los que los provocan”.
A los populares no es la primera vez que les pasa. Es más, parecería que tienen una concepción excesivamente patrimonial del poder y cuando pierden en las urnas tienen la sensación de que les han echado de casa. Les pasó cuando José María Aznar perdió las elecciones frente a Felipe González en 1993, a pesar de que las encuestas les daban ganadores y les ha vuelto a pasar treinta años después, cuando Alberto Núñez Feijóo se ha quedado a las puertas de la victoria cuando nada hacía presagiarlo. Y en los dos casos, su oposición de inmediato fue implacable, saltándose a menudo las reglas del respeto parlamentario.
Parecería que les cuesta ser oposición, cuando su función es importantísima en democracia, lo que queda plasmado en la propia Constitución Española. La oposición es un contrapeso, un controlador del Gobierno, una alternativa. La buena oposición no es la que busca entorpecer, poner palos a las ruedas o frenar iniciativas positivas para el país, sino la que aporta críticas constructivas, propone otras opciones y es transparente en su voluntad de hacer política.
Pero el PP confunde –y lo estamos viendo estos días– hacer política con derrocar al Gobierno. Y no acaban de encontrar el tono. No se puede ir pidiendo a diario la cabeza de Pedro Sánchez al primer minuto de aparecer un problema. La política no es una cacería. Estos días están disparando contra el presidente del Gobierno­, contra la presidenta del Congreso o contra el ministro del Interior. A veces, Sánchez podría parafrasear a Andreotti cuando proclamó: “Me han acusado de todo menos de las guerras púnicas, porque era demasiado chico”.  Màrius Carol es escritor.













Sobre la destrucción de España

 






España intenta destruirse... pero no lo consigue
XAVI AYÉN
03/03/2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

Se atribuye a Otto von Bismarck, canciller alemán del siglo XIX, la atinada frase de que “España es el país más fuerte del mundo. Siglo tras siglo tratando de destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”.
El periodista británico Michael Reid –que fue varios años corresponsal de The Economist en España– ha vaciado todo su conocimiento de campo –y de lecturas– en el libro España, recién publicado por Espasa. Fiel a la leyenda del reporterismo anglosajón, se ha recorrido de punta a punta el país y ha  entrevistado a todo el mundo, desde personas anónimas hasta Felipe González o Carles Puigdemont. Podremos estar de acuerdo o no con sus opiniones, que no esconde, pero, como tiene la elegancia de separarlas de los hechos, la lectura es recomendable para curiosos de todas las tendencias.
“A diferencia de Italia, España no es un país sistémicamente corrupto”, apunta, aunque sí observa impunidad en “feudos unipartidistas” de algunas autonomías. Pone el dedo en la llaga en cosas que preferiríamos no oír, como que la pandemia tuvo aquí una de las tasas de mortalidad más altas en Europa por la ineficacia de las administraciones. Su análisis es agudo también al detallar las causas que condujeron a la revuelta de los indignados a principios de los años 10 (“la legislación española amparaba, de forma particularmente injusta, que quienes tenían que entregar las llaves de su propiedad para devolvérsela al banco siguieran debiéndole a este el saldo impagado de la hipoteca”), terremoto que cambió el mapa político y generó por imitación otros movimientos de protesta –Occupy Wall Street, nada menos–.
Muy contrario a la proclamación de independencia de Catalunya, defiende sin embargo que aquello fue una desobediencia que debería haber acabado con inhabilitaciones y multas, pero jamás con elevadas penas de prisión, como las de los dos Jordis, que ve “particularmente desproporcionadas”.
Tampoco entiende que al Estado español le cueste apoyar algo tan simple como la preeminencia del catalán en el modelo educativo (no se le ocurre mejor manera de generar empatía), ni que a su vez la Generalitat no sea algo más flexible en cuanto a la presencia del castellano en las aulas.
Ya ves, Otto, ahí seguimos. Xavi Ayén es periodista.












Del desánimo cívico

 






Desánimo cívico
FERNANDO VALLESPÍN
03 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Lo peor del caso Koldo/Ábalos es lo que suma a nuestro ya insufrible malestar político. Como si no tuviéramos suficiente con todo el ruido generado por la amnistía y sus derivadas, o la inescapable resonancia de los conflictos internacionales. Al diapasón de la política nacional se agrega el de esta nueva situación planetaria. Lo peor de todo, sin embargo, es que este nuevo caso de venalidad política nos retrotrae a tiempos que pensábamos que estaban periclitados. Como si de un enfermo de Alzhéimer se tratase, la sociedad actual tiene poca memoria inmediata. Nunca han dejado de producirse estas quiebras de la ética pública, y menos aún cuando la pandemia ofreció excepcionales condiciones objetivas para que los pillos hicieran de las suyas. La persecución del olvido como terapia frente al sufrimiento provocado por la pandemia nunca podrá enmendar lo acontecido en las residencias o la conducta de los aprovechateguis de turno.
De poco nos sirven las clásicas huidas de la asunción de responsabilidades que se esconden detrás de los ya manidos “y tú también” o el “y tú más”. Aunque ahora con un giro que no es menor: el estallido del actual escándalo bajo las nuevas condiciones de polarización extrema y en plena hybris de las redes sociales y la sociedad del espectáculo. Una se expresa en la Schadenfreude con la que aquel es acogido por la oposición y sus medios afines, que apenas pueden ocultar el arrebatado placer con el que informan de cada nuevo dato sobre el asunto. Lo otro tiene su más gráfico reflejo en la propia actitud de Ábalos, con sus paseos por los medios y sus declaraciones públicas. Su larga experiencia política le ha enseñado que la mejor defensa es un ataque, y que este pasa por sembrar su propio relato. La realidad no importa, lo decisivo es construirla a la medida de los intereses de cada cual. Por lo pronto ha conseguido que la decisión del Supremo sobre Puigdemont, otro personaje de similar ralea, sea casi eclipsada. Con todo, el tándem Puigdemont/Ábalos va a convertir la legislatura en un verdadero campo de minas, y con las elecciones europeas a la vuelta de la esquina.
Bajo condiciones de política normal, si es que esta existe, sería hasta comprensible. Resulta, por el contrario, que pocas veces hemos sentido tan cerca del cogote el hálito de tal cantidad de problemas sociales y políticos. Y no hace falta que los recite, son bien conocidos. Cubrirlos bajo el manto que proporciona ahora este nuevo escándalo solo va a conseguir achicar nuestra conversación pública. Que no se me malinterprete, sobre los responsables debe recaer todo el peso de la ley, en este y en cualquier otro caso de venalidad pública. Pero las ventajas que de él puede extraer ahora el PP, como ocurrió en su día con el PSOE, no pueden ocultar que los afectados somos todos, no un partido u otro, por mucho que se hagan los ofendiditos. Tan trágica como la corrupción es una situación en la que el recurso a consideraciones éticas se subordina a lealtades partidistas y se silencia todo lo demás. De lo que se trata es de definir cuál es el mal y extirparlo entre todos. Sin embargo, en esta política escindida en dos grandes batallones no hay más mal que el que representa el propio enemigo. De lo que deberían ocuparse es de resolver nuestros problemas. Para eso existe la democracia. En una situación parecida, J. Pradera lo dejó meridianamente claro cuando animaba a ser implacable con la realidad de la política democrática sin abandonar la fe en sus ideales. A ellos es a quienes debemos nuestra lealtad, no a este u otro partido. Fernando Vallespín es politólogo.













Del lugar de Cortázar

 






El lugar de Cortázar
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
03 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Por razones que no tienen ninguna relación con Julio Cortázar, hace unos días me encontré cruzando el cementerio parisino de Montparnasse, y una mezcla de curiosidad sociológica y de superstición literaria me obligó a desviarme unos cuantos pasos para ver su tumba por segunda vez en la vida. La primera había sido en el otoño de 1996, cuando Cortázar llevaba apenas 12 años muerto y el culto de su figura y de sus libros estaba, me pareció, agudamente vivo, y lo que recuerdo de ese día es una superficie de mármol tan cubierta de ofrendas —ramos envueltos en papel blanco, pequeñas materas plásticas, tulipanes sueltos, tiquetes de metro, cartas en sobres de colores— que leer la inscripción era imposible. De alguna manera esperaba encontrarme ahora con una escena semejante, pues el 12 de febrero pasado se cumplieron 40 años de la muerte del “gran cronopio”; y, después de pensar en lo insoportablemente cursis que me han parecido siempre los que lo llaman “gran cronopio”, pensé que sus lectores ya habrían pasado por allí para hacerle sus homenajes privados, y que me encontraría con la misma lápida cubierta de cosas, con el mismo nombre imposible de leer.
No fue así. Un solo tiquete de metro, dos materas de plástico del tamaño de un puño y una rosa de largo tallo sin espinas: eso era todo lo que había. El tiquete de metro, como sabrá más de un lector fanático o en vías de rehabilitación, es una referencia a El perseguidor, que para mí sigue siendo, más allá de sus usos fetichistas, uno de los grandes cuentos de la literatura latinoamericana: y la literatura latinoamericana, estarán ustedes de acuerdo, ha dejado una larga lista de maravillas en el género del cuento. Debajo de una de las materas, una nota hacía un inventario de virtudes y terminaba con la palabra “Gracias”, escrita en mayúsculas y seguida de un nombre de mujer; y junto a la nota vi una petición escrita sobre una placa de mármol, adosada a la lápida: “Estimados admiradores de Julio Cortázar y de su obra, gracias por respetar la claridad y la calma de esta tumba”. Y entonces me pregunté si la limpieza del lugar se debía a la obediencia de esos admiradores, o si era posible que la figura de Cortázar, que había marcado a más de una generación, ya no despertara entre sus lectores las mismas lealtades que antes.
Tal vez podamos permitirnos la pregunta, me parece: tal vez podamos preguntarnos cuál es hoy el lugar de Cortázar, cómo lo lee la gente, qué libros lee cuando lo hace. Entre los escritores latinoamericanos, ninguno ha despertado como Cortázar algo tan parecido a la devoción de secta, y basta leer su correspondencia para confirmar que no se trata solo de adolescentes letraheridos en busca de modelos; pero no seré el primero en reconocer que esos entusiasmos van cambiando, y que no todos los libros han sobrevivido de la misma forma al paso inclemente del tiempo. He hablado con muchos lectores de una generación mayor a la mía, los que eran ya adultos a comienzos de los años setenta, que hoy sienten una rara mezcla de rubor y melancolía cuando confiesan, bajando la voz: “Sí, a mí me gustaba hasta El libro de Manuel”. Pero la editora de Cortázar en España me decía no hace mucho que sus cuentos se siguen vendiendo con la misma terquedad de siempre, y yo pensé que allí donde se lean los cuentos de Cortázar no todo está perdido.
Me perdonarán ustedes un breve momento de proselitismo: pero es que nadie ha leído la literatura latinoamericana si no ha leído los cuentos de Cortázar. Cada lector tendrá su lista personal de querencias; la mía puede cambiar con los años, y de hecho ha cambiado, pero siempre han estado en ella Casa tomada, que Borges publicó en Los anales de Buenos Aires, y La isla a mediodía, aunque el final abuse de un recurso tramposo que le gustaba demasiado a Cortázar. Pero, si tuviera que escoger uno solo de los libros, sería Las armas secretas. Allí está El perseguidor, esa máquina capaz de producir tiquetes de metro en los cementerios, pero también el mejor de los cuentos que solemos llamar fantásticos, Cartas de mamá, y una maravilla de signo opuesto y delicadeza casi chejoviana: Los buenos servicios. Y en medio de todos ellos está Las babas del diablo, un cuento oscuro pero tan sólido que ha sobrevivido incluso a la película bastarda de Michelangelo Antonioni.
De lo que se habla menos, en cambio, es del otro género que dominó Cortázar: la correspondencia. Los cinco volúmenes de sus cartas, según los editaron hace unos años Carles Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez, son una fiesta insólita de inteligencia, cultura y humor del bueno, y en ellas puede cualquiera perderse durante días con la impresión de haber hecho un largo viaje en la mejor compañía del mundo. Tanto Carlos Fuentes como García Márquez hablaron muchas veces del viaje en tren que hicieron los tres juntos para encontrarse en Praga con Milan Kundera. Cuenta García Márquez que en algún momento del viaje nocturno le preguntó a Cortázar quién había metido el piano en el jazz, y que la pregunta inocente dio lugar a una cátedra precisa y divertidísima que duró la noche entera; pues bien, la lectura de las cartas de Cortázar es como yo imagino que fue ese viaje: un tiempo sostenido con un tipo cuya cordialidad es tanta como su conocimiento, y su erudición tan de agradecer como su desprecio de toda solemnidad.
En sus cartas, que al fin y al cabo eran privadas, está el Cortázar más contradictorio. “Alguna vez, con inocencia, creí posible una visión estética de la realidad y de la literatura”, le escribe a Carlos Fuentes en 1968. Pero ahora, dice, esa escala de valores se le está quebrando por todas partes. ¿Qué ha pasado? En tres palabras: la Revolución cubana. “Ninguna revolución me hará renunciar a Marcel Duchamp”, escribe, “pero Duchamp ya no podría hoy hacerme renunciar a la revolución. Todo está, todo estará, como siempre, en buscar y encontrar las articulaciones de la nueva estructura”. Son palabras abstractas para hablar del enorme problema que agobiaba a los novelistas de esa década: hasta dónde llegar con el compromiso político. En palabras concretas: hasta dónde llega el apoyo a la Revolución cubana. Cortázar, lamentablemente, lo asumió a ciegas: aunque en privado se lamentara de lo que llamaba los errores de la Revolución —pero algunos, como el caso Padilla, no eran errores, sino desmanes autoritarios de la peor estirpe estalinista—, en público le ofreció un apoyo sin fisuras, convencido como tantos de que solo así se podía resistir a los fascismos que habían marcado —y marcarían todavía más— la historia del continente.
Al final, de Cortázar acaba siendo cierto lo que es cierto de todo gran escritor de ficciones: fue mejor en la ambigüedad que en la certeza. Sus mejores cuentos son exploraciones del lado oculto o invisible de este mundo que a veces creemos entender, y si Rayuela sigue mereciendo que la frecuentemos debe ser, aparte de su humor delicioso y sus diálogos inmejorables, por esa actitud de duda constante, de incertidumbre, de invencible ironía. Ese Cortázar, el que buceaba en el otro lado de las cosas, seguirá con sus lectores: mereciendo flores, si ustedes quieren, o cartas, o tiquetes de metro. Juan Gabriel Vásquez es escritor.













Del adiós a Savater

 






Adiós a Savater
SANTIAGO ALBA RICO
29 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Siempre hemos estado desajustados Fernando Savater y yo. Hoy, cuando es difícil prestarle atención sin un poco de sonrojo, reconozco lo que hace tres décadas le negaba: que ha sido uno de los mejores ensayistas que ha tenido este país en los últimos cuarenta años. Era fino, brillante, prismático, culto, irreverente, divertido: un robusto chestertoniano al que le gustaban los desayunos ingleses y las carreras de caballos, más bien libertario al principio, insobornablemente socialdemócrata después. Yo era serio y recto: es decir, simple. En 1985 y 1988, publiqué con Carlos Fernández Liria dos panfletos marxistas: Dejar de pensar y Volver a pensar. En la portada de este último, mediante un fotomontaje, habíamos hecho sentar a Savater en el regazo de una virgen románica sosteniendo una rosa en la mano, en una clara alusión a su militancia socialista de entonces. Su respuesta no fue furibunda y ofendida. Al contrario. En un artículo en EL PAÍS se burló de nosotros del modo más implacable, displicente y mordaz. Todavía hoy me río. “Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria”, escribió, “son como los pastorcillos de Belén: piensan y piensan y vuelven a pensar”. Poco tiempo después, la revista La luna planteó un debate entre los tres. La paliza que nos propinó fue homérica. ¿Cuál era la diferencia? No solo que sostenía posturas políticas más sensatas que las nuestras: es que era más inteligente, más sabio y más gracioso que nosotros.
Cuando uno es joven piensa a menudo en lo que querría ser de mayor; luego, cuando se es mayor se piensa, hacia atrás, en lo que a uno le hubiese gustado ser de joven. Nunca quise ser Fernando Savater en una época en la que yo tenía veinticinco años y Savater, con cuarenta, era políticamente sensato e intelectualmente fulgurante; ahora que tengo sesenta y tres, querría haber sido un poco más listo en mi juventud. Creo que el que soy ahora hubiera coincidido en muchas cosas (salvo en la cercanía al PSOE de Felipe González) con el Savater de hace treinta años. Pero ya no podremos encontrarnos. Yo he cambiado para acercarme un poco —con menos talento e ingenio— a lo que él fue cuando escribía La tarea del héroe, La infancia recuperada o Ética para Amador. Él ha cambiado para parecerse a Isabel Díaz Ayuso y Giorgia Meloni. Alguien podrá decir que estos desplazamientos solo tienen valor geológico y que se limitan a anticiparme una deriva semejante: que estoy condenado, en fin, a acabar como ha acabado él. No descarto nada. No descarto ser un fanático dentro de quince años. Pero la cuestión es otra. La cuestión es saber cuándo se tiene razón; cuál de los dos Savater tenía razón. Sin duda era más listo, más simpático, más brillante, más ingenioso ese ya fenecido que escribía en EL PAÍS contra las locuras de los serios y los rectos. Pero ocurre que ese era también mucho más razonable. Podemos cambiar muchas veces a lo largo de nuestras vidas y sentir, desde el interior de nuestros cuerpos, que cada uno de esos cambios está justificado; podemos incluso justificarlos todos de manera autoevidente y más o menos convincente: cuando flaquea el pensamiento, se mantiene a veces intacta la inteligencia, esa facultad peligrosa que sirve sobre todo para convencerse a uno mismo de que la propia vida y la propia evolución, de las que somos escasamente dueños, tienen siempre un carácter premeditado y ejemplar. Ahora bien, una inteligencia sin pensamiento acaba devorada por la vejez y el narcisismo: se vuelve seria y recta: acaba, por así decirlo, perdiendo la razón.
La razón algunos la encuentran temprano y la conservan hasta la muerte: pensemos, no sé, en el genial e irritante Goethe, que fue siempre listo y sabio entre 1749 y 1832. Otros pasan por el mundo sin rozarla siquiera. Y otros muchos tropiezan con ella en algún momento de su vida y no saben conservarla. Tan difícil es hallarla como retenerla. No descarto nada, he dicho. No descarto convertirme en un fanático dentro de quince años. Pero es ahora cuando, al menos a ratos, tengo razón; y era hace treinta años cuando Fernando Savater, muchas veces, la tenía. Los cambios solo nos cambian a nosotros y por eso, por si acaso, me arrepiento ahora, sin esperar más, del viejo que seré. Despidamos a Savater con ternura y melancolía. Nos puede pasar a todos. Lo importante es que en el mundo siga habiendo un número aproximadamente estable de gente razonable, aunque nosotros todavía no lo seamos o hayamos dejado ya de serlo; lo importante es que haya más gente razonable cada día y no menos y que una mayoría razonable frene democráticamente a los que no lo son y se ocupe de gestionar los periódicos, los Presupuestos del Estado, los ejércitos y las instituciones. Digamos la verdad: no vamos por ese camino. La derrota de Savater resulta descorazonadora. Si Savater ha perdido el norte, ¿cómo no la van a perder Milei, Trump, Ayuso, Le Pen, Meloni, Netanyahu, y todos sus millones de votantes? Santiago Alba Rico es escritor y filósofo.